Santiago Masarnau (6D)

Mitxel OlabuénagaSantiago MasarnauLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: .
Tiempo de lectura estimado:

La revolución de 1868

Hasta que tuvo lugar la revolución de 1868, que sus autores y seguidores llamaron «Gloriosa» y que tantos males trajo, la vida de Masarnau se iba deslizando sin altibajos, y del mismo modo que desde que comenzó lo que fue la obra de su vida (las Conferencias de S. Vicente de Paúl), desde 1839 había decidido, como se vio, que aun siendo para él la música importante (jamás la abandonó), no iba a ocupar el primer lugar. Verdad es que tampoco la revolución consiguió que cambiara el ritmo de sus actividades.

Ya se vio antes cómo Pedro de Madrazo y Vi­cente de la Fuente intentaron que José María Quadrado iniciara en Mallorca las Conferencias con dos o tres amigos. Lo consiguieron, aunque Quadrado se resistió algún tiempo. En 1856 estaban ya sólidamente asentadas, como lo muestra la si­guiente carta:

Palma, 2 de diciembre de 1856.—Sr. don San­tiago de Masarnau: Muy señor mío y venerado presidente: En mi viaje, que duró diez días des­de mi salida de Madrid, no cesé un momento de respirar, por decirlo así, el aire dulce y suave de nuestras queridas Conferencias. Las de Valen­cia me encantaron por el entusiasmo y estrechí­sima cordialidad que reina en ellas, especial­mente desde que se han formado su modesto casino, y llevo grabado en el corazón el recuer­do de su digno presidente, don Enrique Rubio. Sienten mucho la falta de reglamentos, y de los 40 que llevaba tuve que dejarles 10 en calidad de reintegro. En Vinaroz me detuve un día para ver a un amigo muy querido, pero no conocido personalmente, don Baltasar Piñol, joven y pia-dosísimo abogado; hablele de las Conferencias, cuyo reglamento ya tenía; expúsome las dificul­tades locales, la falta de sujetos, la división y aislamiento, etc.; insistí, reunímonos casual, o más bien, providencialmente aquella tarde en un devoto santuario de la Virgen de la Miseri­cordia, a una legua del pueblo, cuatro personas, una de ellas sacerdote. Oramos un rato al pie del altar y nació la Conferencia. Por la noche celebró ésta la primera sesión y quedó compues­ta por tres miembros activos: presidente, secre­tario y tesorero, y de dos miembros de honor, como se lo había participado a usted el repetido Piñol. En Barcelona reina el mismo espíritu que en Valencia, y tuve el gusto de asistir a su reunión del sábado por la noche, llevándome grandes motivos de edificación.

La nuestra Palmesana progresa admirable­mente, siendo los más sorprendidos los que más desconfianza teníamos en años pasados. Y es que no es obra humana, sino obra de Dios. Clases, opiniones, caracteres, todo está armoni­zado, fundido y animado por un espíritu mismo de caridad y de santa fraternidad. Contamos 44 socios activos, miembros de honor una dece­na, honorarios pocos, familias de pobres adap­tadas y visitadas unas 110. En esta temporada de invierno prevemos un considerable aumento de socios e ingresos, y por consiguiente de po­bres, y para entonces aguardamos la división de la Conferencia en tres, que es la más apropiada para la ciudad, pues por ahora lo numeroso y concurrido de la única que tenemos no daña en lo más mínimo el orden de ella ni la cordialidad de los socios, antes bien, sentimos separarnos tan pronto. El día de la Concepción había comu­nión general en la Iglesia de San Vicente de Paúl. ¡Cuánto sentiremos que no coincida con la deseada noticia de nuestra agregación! (2).

El presidente Zaforteza me ha dicho que es­cribirá a usted por otro correo, y no lo hace por éste por no duplicar las cartas. Todos preguntáronme por usted y envidiáronme la dicha de haber visto y tratado tantos y tan estimados socios. A todos sírvase usted hacer presente mis cordialísimos afectos, especialmente a Tejado y a Canga Argüelles (3), y mande usted a este su más adicto y humilde servidor q.b.s.m., José María Quadrado.—P. D. Los ingresos son 2.400, los gastos 1.800, sobre poco más o me­nos, pues no tengo a la vista las notas de la tesorería.

Seis meses después le volvía a escribir recomen­dando al presidente:

Palma, 11 de mayo de 1857.—Señor don Santiago Masarnau.—Muy señor mío y veneradísimo Presidente: No como presidente del Conse­jo particular de Palma, sino como amigo mío muy querido, paso a recomendar al señor don José Quint Zaforteza, que viene a reforzar la representación ya bastante numerosa de nuestra sociedad en el seno del congreso. Ojalá, así lo espero, que nunca represente los nuestros, sino los principios fundamentales y los más vitales sentimientos de esta asociación. No hablo a us­ted de los progresos de ella en nuestra isla, porque mejor los manifestará a usted de viva voz su presidente, sin olvidar nuestro pensa­miento de plantear escuelas de noche para los muchachos pobres. Hemos hablado largamente con el señor Conrado de las agradables veladas que se pasan en el cuarto de usted y de que podrá disfrutar el señor Zaforteza. Doy a usted mil gracias por la carta del señor Lafuente que tuvo la bondad de remitirme. En cambio, sólo ocasiones de emplearse en el servicio de usted su más inútil pero afectísimo consocio y s.s.q.b.s.m., José María Quadrado.

Las Conferencias prosperaban; Masarnau seguía con su vida regular, aparentemente monótona, de dirigir las Conferencias cada vez más numerosas, atender a la correspondencia, las clases en el Cole­gio, sus funciones de vicerrector, visitar a los po­bres; y la música, que nunca dejó de lado, aunque hacía ya muchos años que había perdido el primer lugar en su quehacer y en sus ilusiones y proyectos.

Fue en 1863 cuando se produjo un leve cambio. Después de veinte años viviendo en el Colegio en la calle de Alcalá, Masarnau fue a vivir con su hermano a una casa de la calle de Cedaceros que éste había adquirido en 1850. La razón de la mu­danza estuvo en que Vicente, al llegar a los 60 años, decidió que debía abandonar el Colegio y la Universidad y descansar de muchos años de intenso trabajo. Quizá lo que Santiago echó más de menos fueron las clases de música, por las que pasaron infinidad de discípulos que siempre le guardaron afecto por la ayuda que con sus conse­jos les dispensó. Aunque muy distintos en carác­ter, aficiones y hasta en el modo de pensar, ambos vivía en perfecta armonía y entendimiento. Poco después del traslado de domicilio recibió Santiago, a través de Pedro de Madrazo, una triste noticia:

Querido Santiago: Ya habrás sabido tal vez la muerte de Rosales. Pobrecillo. ¡Era tan bueno! Encomiéndale a Dios.

He leído esta mañana el delicioso trozo de poesía que copio a la vuelta, y como tú tienes el don de madrugar no he querido privarte de él.—Tuyo siempre amantísimo, Perico.—Hoy 23 de enero de 18641«.

No hay dato alguno que sugiera especial amis­tad entre Masarnau y Rosales, pero sí conocimien­to, sobre todo a través de los Madrazo, pues Ro­sales había contraído matrimonio con una hija de Federico Madrazo.

Hay noticia de un viaje a Francia en la prima­vera de 1863, a las Landas, con motivo de la inau­guración de un monumento junto a la casa natali­cia de San Vicente de Paúl y la traslación de sus reliquias desde la parroquia de Pony, donde se custodiaban, a la nueva capilla que se había cons­truido en honor del santo. Fue un viaje corto, con detención en Bayona durante un par de días. A su regreso fue visitando algunas de las Conferencias de Cataluña y Aragón, deteniéndose un par de semanas en Barcelona, con visitas a Montsemtt y, ya de camino hacia Madrid, al Pilar de Zaragoza. Ese mismo año las Conferencias destinaban 30.000 pesetas para los damnificados por las inun­daciones de Alcira.

Los años, si bien le hicieron vestir con sobriedad, no menguaron el aseo y la pulcritud que en sus años jóvenes lucía en Londres y París. Desvela Quadrado que «estrenaba generalmente dos trajes completos al año, oscuros, el de verano hacia el 19 de mayo», y el de invierno por Santa Cecilia. So­lían ser negra la levita, y también el chaleco, y «de color ceniciento el pantalón». En invierno se abri­gaba con una capa. Se cuenta que en una de sus visitas a los pobres, al que vivía en una buhardilla, enfermo y tiritando de frío, le dejó su capa. Sos­pechando su hermano Vicente la razón de que no tuviera, le regaló una, por lo que Santiago solía decir que la había recibido de limosna, lo que en cierto modo le enorgullecía porque, decía, no sin humor, que «había sido ascendido a pobre».

En 1866 vacó una de las plazas de Gentilhom­bre dotadas con 2.000 escudos y le fue asignada a Masarnau, que la rehusó de muy buenas maneras en una exposición a la Reina por conducto del duque de Bailén:

Señora: El exponente, con el más profundo respeto a V. M., hace presente su viva gratitud por el favor que le ha sido dispensado al com­prenderle en el número de los Gentilhombres de Casa y Boca agraciados con la dotación de mil escudos anuales. Nunca podrá olvidarlo, pero al mismo tiempo se ve precisado a hacer presente también que, consagrado todo su tiempo al de­sempeño del cargo que tiene en la Sociedad de San Vicente de Paúl y del cual no cree posible poder prescindir, le es enteramente imposible el servir la dicha plaza, como en otro caso lo haría gustosísimo, adicto de corazón que como lo es y lo ha sido siempre a la augusta persona de V.M. Y por lo tanto,

Rendidamente suplica se sirva mandar que la dicha dotación de mil escudos anuales se asigne al que le corresponda de la misma clase por antigüedad prescindiendo del exponente, y será un nuevo favor que aumentará, si es posible, su agradecimiento y la obligación en que se consi­dera de pedir a Dios todos los días por la felici­dad espiritual y temporal de V.M.—Madrid, 26 de mayo de 1866.

Señora, a los RR.PP. de V.M. su más afecto y humilde súbdito, Santiago de Masarnau»».

La reina accedió a admitir la renuncia «en vista de las atendibles y muy respetables razones» que manifestaba en su escrito.

Por estos años ya corrían malos vientos para Isabel II. En 1866 el general Prim había organiza­do un pronunciamiento que se materializó en la sublevación de los sargentos del cuartel de San Gil, que costó la vida a algunos jefes y oficiales. Sofo­cada la sublevación, unos setenta y seis sublevados fueron pasados por las armas. Hubo otro intento al año siguiente sobre la base de levantar en armas a progresistas y demócratas, pero se abortó. En abril de 1868 falleció el general Narváez, que hasta entonces había sido el más eficaz valladar contra la revolución. Al fin, los trabajos de los conspira­dores (Prim a la cabeza, desde Bruselas, a la que se sumaron algunos generales), tuvieron éxito en septiembre cuando la escuadra, situada en la Bahía de Cádiz, apoyó la sublevación en la ciudad e Isabel II fue destronada. Como de costumbre, en Madrid se formó una junta provisional compuesta por unionistas, demócratas y progresistas (en la que figuraban Rivero, Morayta, Figueras, Muñiz y Orense, entre otros), que proclamaron, además del sufragio universal, la libertad de asociación. Por fin se formó un gobierno presidido por el general Prim, en el que figuraba como ministro de la Gobernación Sagasta, y en Gracia y Justicia Romero Ortiz.

No tardaron mucho los hombres de la «Glorio­sa» en mostrar su talante y el espíritu que los animaba. Un día de octubre de 1868 apareció en la Gaceta un decreto disolviendo la Sociedad de San Vicente de Paúl, reducido a un solo artículo, sin la exposición de motivos que habitualmente precedían al texto articulado con el fin de mostrar  la bondad o la conveniencia de aquella disposi­ción. Decía el texto del decreto:

Quedan disueltas desde esta fecha (19 de oc­tubre) las asociaciones conocidas con el nombre de Conferencias de San Vicente de Pala Los gobernadores civiles se incautarán de los libros, papeles y fondos, que siendo de su propiedad, existan en poder de sus presidentes, secretarios o cualesquiera otras personas.

Firmaba el decreto Romero Ortiz, ministro de Gracia y Justicia, que en rigor no podía hacerlo puesto que no era de su competencia, ya que la Sociedad no era eclesiástica, sino civil y depen­diente, por tanto, del ministerio de la Goberna­ción. La ausencia de la exposición de motivos es explicable porque no había motivo alguno que jus­tificase la medida de la supresión de una sociedad benéfica que jamás había tenido nada que ver con la política, aunque algunos políticos habían perte­necido a ella (Segismundo Moret, por ejemplo), ni habían recibido de ningún gobierno o partido re­cursos por los que se les pudiera tachar de par­tidistas.

No obstante, y casi antes de que hubiera tiempo de asimilar la medida, se presentó un oficial de Gobierno civil con un notario y un escribano y procedieron a la incautación e inventario de los libros de notas, papeles y dinero (respecto a esto último, rebañando de aquí y de allá, sólo 14.000 reales). En total, 46 cajas con la correspon­dencia, 7 volúmenes del registro de cartas, otros tantos en que contaban las familias adoptadas, 76 legajos de discursos, cuentas, etc., 228 volúme­nes de Boletines, etc., etc.

Masarnau permaneció tan sereno y ecuánime como de costumbre. Como hombre era, si no pú­blico y sí conocido como músico y de gran presti­gio, amigo de políticos —ejemplo, Olózaga, desde la década de los treinta—, de músicos como Jesús Monasterio o Guelbenzu, de escritores como Euge­nio de Ochoa o Mesonero Romanos, de pintores como Federico Madrazo. Quizá por eso, el comi­sario que estuvo al frente de aquella requisa, en un aparte le mostró su extrañeza: «No comprendo cómo —le dijo— una persona de las prendas e ilustración de usted puede emplear las horas y los días visitando gentes zafias y repugnantes como esa pobretería», a lo que Masarnau, no sin cierto humor, replicó: «Cuestión de gustos, señor; ¿es más fácil comprender la diversión de un pescador de caña que se pasa las horas muertas en la orilla esperando que acudan al cebo los pececillos?»!».

En aquel momento, a los veinte años de la pri­mera Conferencia en España, el desarrollo había sido tal que existían 694 Conferencias regidas por 46 consejos, con 9.916 inscritos como visitadores y 14.409 familias de pobres objetos de las visitas y la ayuda. Los ingresos eran de unos tres millones, y las salidas de más de dos millones setecientas mil.

Tuvo lugar una circunstancia curiosa. Desde luego se dieron a Masarnau los recibos y justifican­tes correspondientes de cuanto se habían llevado; la reclamación en forma que se hizo un mes des­pués ni siquiera fue atendida: la Sociedad estaba disuelta, no existía, y por tanto tampoco el derecho a ser representada. En cambio, poco antes de la reclamación, una disposición dejaba subsistentes las Conferencias de señoras, y no sólo se les resti­tuyó cuanto se les había incautado, sino que ¡hasta fueron recomendados a los Gobernadores civiles! No sirvió de mucho porque se solidarizaron con los varones y dejaron de funcionar. Y no deja de ser curioso que el gobierno encargara favorecer las asociaciones civiles de beneficencia, que es preci­samente lo que era la Sociedad disuelta.

Concepción Arenal, que había colaborado pre­cisamente con los hombres de la revolución, algu­nos de ellos verdaderamente importantes, en «La Iberia», el periódico que había suministrado las doctrinas que habían sido puestas por obra por los revolucionarios, demostró su independencia de criterio escribiendo en favor de las Conferencias y contra la arbitrariedad del gobierno. Quizá tuviera razón Juan A. Cabezas cuando al tratar de la cola­boración de C. Arenal en el citado periódico escri­bió: «Se siente intelectualmente atraída por los postulados de la revolución, pero empiezan a asus­tarla los rumbos que toma el periódico». Todo lo que fuera combatir las injusticias —y el liberalismo español del siglo XIX no parece que remediara las del Antiguo Régimen, creando en cambio otras muchas más graves— contaba con su pluma, pero no transigía con la violencia ni con revoluciones que no remediaban ni la miseria ni las injusticias. Ante el decreto de Romero Ortiz escribió que de­jaba sin asistencia a sesenta y cinco mil pobres que quedan sin so­corro y sin consuelo, cerca de ocho mil niños quedan sin patrocinio, un gran número de aco­gidos en los asilos de las Conferencias arrojados a la calle y gimiendo en el más completo desam­paro. Y esto ¿por qué razón? El decreto no lo dice. Ni una palabra que justifique, que miente siquiera medida tan grave, tan dura; y ese silen­cio, reminiscencia desdichada del ordeno y mando del despotismo, es bien extraño y bien incomprensible'».

Concepción Arenal no publicó entonces el ar­tículo o mejor aún, opúsculo. No lo hizo sino hasta dos años y algunos meses después, ya que cuando iba a darlo a la imprenta se dio el nuevo decreto que autorizaba las Conferencias de señoras. Cre­yendo doña Concepción que este paso era el co­mienzo de una rectificación, suspendió la publica­ción; terminada la interinidad se resolvió a publi­carlo en La Voz de la Caridad, donde apareció con el título de «La Sociedad de San Vicente de Paúl y la revolución». La citada revista o periódico había sido fundada en 1870 por el valenciano An­tonio Guerola y la misma C. Arenal, siendo el primero de ambos su director durante muchos años.

En su escrito, Concepción Arenal hablaba de las «prevenciones injustas de que son objeto las Con­ferencias de San Vicente de Paul»; de que ella no había sido elegida para ser su portavoz contra el decreto, ya que «el único socio que he visto desde que leí el decreto que encabeza este escrito opina que se debe callar». (Probablemente se trata del mismo Masarnau). A lo largo de su alegato demos­traba que el decreto de Romero Ortiz no era con­secuencia de una exigencia de la opinión pública, ni había sido consecuente con los principios proclamados por el gobierno, ni era un decreto justo, y ni siquiera se había tenido presente los intereses del partido que lo había promovido.

Fue una formidable defensa de las Conferencias y una no menos acusación de sectarismo del go­bierno que las había disuelto sin más razón que su poder: «Lo decimos con verdad —decía el artícu­lo—: antes nos hubiéramos dejado cortar la mano que firmar ese decreto; comprendemos la vida con el cuerpo mutilado, pero no con el alma acongoja­da por haber sido causa de tanto mal»'». Lo que no hizo la revolución lo hizo el gobierno provisio­nal que nació de ella. Pero cuando se publicó el artículo, Romero Ortiz no era ya ministro: tan sólo lo fue desde el 8 de octubre de 1868 hasta el 19 de junio del año siguiente.

Poco antes de la revolución, en agosto, Concep­ción Arenal había publicado un artículo, titulado A todos, en la «Revista general de Legislación y Jurisprudencia», con una dedicatoria impresa a Salustiano de Olózaga «en recuerdo de lo mucho que le debo». En el ejemplar que envió a Masarnau la dedicatoria iba manuscrita: «A don San­tiago Masarnau en prueba de amistad muy sin­cera».

Después del decreto de Romero Ortiz, y desde La Coruña, escribió a Masarnau, pero sin mencio­nar el decreto:

La Coruña, 5 de noviembre de 1869.

Mi muy estimado don Santiago: Aquí he lle­gado sin novedad el 15 del pasado con el firme propósito de descansar, propósito que no he cumplido, porque ¿dónde irá el buey que no are?

He leído La caridad de París, libro verdade­ramente edificante, que consuela por la huma­nidad, que aflige por la comparación de lo que entre nosotros pasa. Hágame usted el favor de decir si le hay ahí en venta.

Le agradecería a usted que pidiese a París una noticia de los periódicos de beneficencia que allí se publican, además del Boletín de S. Vicente, y de las condiciones de la suscripción.

Fernando, bueno, en Valladolid; no tardará en ver a usted. Soy siempre su verdadera amiga, Concha.

El tono de la carta, así como la mención de su hijo Fernando, da pie para conjeturar que la amistad entre Concepción Arenal y Masarnau no fue un protocolario y superficial conocimiento, como se verá más adelante.

Lo que pudo hacer Romero Ortiz en relación a la Sociedad de San Vicente de Paúl no pudo ha­cerlo con Masarnau ni los socios de las Conferen­cias. Nadie podía prohibirles visitar a quien quisie­ran, ni tampoco que dispusieran de su dinero a su gusto. Tanto Masarnau como muchos de los que componían las distintas Conferencias siguieron, ya como simples particulares, con menos medios y abarcando mucho menos, con sus visitas y so­corros a los pobres, hasta que ya en la Restaura­ción, el gobierno autorizó de nuevo la Sociedad y Masarnau volvió a reorganizarla, aunque con me­nos esfuerzo que el que pudiera suponerse, puesto que ni se había perdido el contacto entre los socios ni la organización era tan compleja como para que hubiera que comenzar de nuevo partiendo de la nada como en 1849.

Federico Suárez

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.