Santiago Masarnau (6A)

Mitxel OlabuénagaSantiago MasarnauLeave a Comment

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  1. LA NUEVA VIDA DE SANTIAGO MASARNAU

Lo que Donoso Cortés llamó su conversión cambió su vida interior, pero no afectó a su vida exterior: siguió siendo arrogante, polemista y polí­tico, frecuentando el Ateneo y —en París y Berlín — los salones. El cambio afectó a su alma y a su inteligencia; también a su vida, pero en el sentido de que su modo de ser natural, su talante, se vio considerablemente atemperado por la práctica de las virtudes cristianas que intentó vivir y que le proporcionaron una humildad que corrigió su ca­rácter. No cambió sus características, pero induda­blemente las mejoró.

No fue éste el caso de Masarnau. No solamente mejoró, sino que cambió de tal modo que —al menos a juzgar por la biografía que escribió Quadrado— parece como si fuera otro hombre. Los ejercicios espirituales, o las conferencias cuares­males en Nótre Dame, o cualquier cosa que fuese lo que le hizo abrir los ojos a lo sobrenatural le mudaron de tal manera que hasta se tomó muy a pecho reformar a su hermano:

En Madrid no se cree —escribía a Vicente—porque no se piensa; échanse ahí de menos ca­tólicos severos e ilustrados, relegando la fe a los pobres e ignorantes, y el oír misa para los sim­ples e hipócritas. En Alemania, en Inglaterra, en Francia, los adelantos de la ciencia son los que desalojan la indiferencia religiosa: París no es el mismo de hace siete años, con sus templos que rebosan en escogido concurso, con la esplendi­dez de sus cultos, frecuencia de sacramentos y oradores elocuentísimos, con el espíritu de cari­dad que de clase en clase va infiltrando el buen ejemplo, poniendo a contribución las econo­mías del obrero y hasta el óbolo del niño. Si no basta para convencerte, oraré por ti. ¿Por qué no dedicas algún momento de ocio a la lectura del Evangelio? Careces de fe, no por malas in­clinaciones o vicios, sino por falta de instruc­ción. Instrúyete» 7‘.

Este fue el talante nuevo de Santiago de Masarnau, en el que también influyó su conexión con las Conferencias de San Vicente de Paul, como se verá.

Entre 1843 y 1849

Durante estos seis años Santiago Masarnau se acomodó a su nueva vida, y a un trabajo no tan nuevo, que de hecho, al menos en sus rasgos gene­rales, mantuvo hasta el fin de su vida. Juan N. Lobo, que se había ordenado sacerdote en la Com­pañía de Jesús, fue el director espiritual del Cole­gio; Santiago, además de vicerrector, daba clase de elementos musicales y de piano. Entre su sueldo de vicerrector, las clases, la venta de los Métodos y piezas de música, y las clases particulares a las hijas de Remisa, ganaba lo suficiente para sí y para colocar todos los años algunos miles de francos en fondos públicos de Francia.

Santiago Masarnau había hecho su entrada en España a primeros de mayo, llegando a Madrid el 9, dos o tres semanas antes de que comenzaran los levantamientos contra Espartero. El 23 de julio tuvo lugar la «batalla» de Torrejón de Ardoz. Fue a fines de agosto o primeros de septiembre cuando Donoso regresó a España. Unas breves líneas pa­recen indicar que seguía la amistad con Masarnau con la confianza suficiente para solicitar su ayuda:

Mi querido amigo: Ya tengo criado, no se incomode usted en buscarlo. Lo que necesito ahora es que me envíe a casa un maestro de francés de la confianza de usted para que ense­ñe a un hermano mío bien y pronto. De usted afectísimo, Donoso.— 31 de octubre».

Probablemente —aunque más bien podría darse por seguro, dada la amistad entre ambos— la rela­ción entre los dos siguió durante estos años. Se conoce otra breve carta, sin fecha, de la que más adelante se hablará. También Antonio María Se­govia seguía —éste desde Francia, donde aún per­manecía— con sus peticiones, aunque esta vez su carta es sumamente reveladora:

París, 11 de noviembre de 1843.— Amigo y señor Masarnau: Para establecer por regla gene­ral que en Madrid todo el mundo pierde la memoria, sólo me faltaba ver lo que ya he visto, y es el que un hombre de la maravillosa puntua­lidad de usted haya echado en olvido mi encar­go de escribirme su opinión sobre el estado de ese país, mirando especialmente desde el punto

de vista de un hombre que, como yo, desea vivir de su trabajo, siendo este trabajo de la clase de los muchos que tienen relación con lo que sole­mos llamar las letras.

Ahora no sólo reitero, ratifico, repito, confir­mo, reproduzco, y aun encarezco y recomiendo la citada petición de informe, sino que añado esta otra nueva, y es la siguiente:

No sé si recordará usted haberme alabado, y aun comprado para mí, un libro que se ha pu­blicado en ésta en dos ediciones a lo menos, y cuyo título es: Aux incrédules et aux croyants. L’athée revenu chrétien. Ouvrage posthume de Mr. Delasire-Duber, conseiller a la court royale de Montpellier.

El plan de la obra es éste: Dios es.— Dios es el que es.— Dios nos ha hecho a su semejanza.—Dios exige de nosotros homenajes.— Dios ha podido revelar el cristianismo.— Etc, etc. etc.

Yo empecé a leer este libro y ya no pude soltarlo de las manos hasta su conclusión: tal me pareció de bien escrito por el estilo, el método, la fuerza de raciocinio, la claridad y otras bue­nas dotes. Ahora nos hemos propuesto Ochoa y yo hacer algunas traducciones de obras religio­sas, y yo le he señalado ésta como la primera que debíamos emprender. La he comenzado hace algunos días, pero antes de llevarla adelan­te hemos pensado que conviene averiguar si se halla ya traducida, por si acaso. ¿Querrá usted encargarse de esta diligencia?

No lo dudo, y tanto más cuanto que le ayudo en la pesquisa: escribe Eugenio con esta fecha a su amigo Lobo, y cada cual por su lado ya podrán tropezar con algún aficionado a esta clase de lecturas que les dé luz de si L’athée ha pasado o no los Pirineos.

Ningún otro objeto tiene esta carta, y por consiguiente no hay para qué prolongarla. Cuí­dese usted y trabaje mucho; dé alguna vuelta por mi casa cuando le venga bien; y de tiempo en tiempo, acuérdese de que en la lista de sus mejores amigos está con uno de los primeros números su afectísimo A. M. Segovia.— 14, Rue de Navarin73.

El estado de la investigación —o más bien de su carencia— acerca de Antonio María Segovia no permite dar respuesta a la segunda parte de esta carta. Alborg, citando a Donald A. Randolph alude a que «en 1837 Ochoa se trasladó de nuevo a París y con ello su actividad como traductor se aplicó, un tanto sorprendentemente, a obras reli­giosas. Quizá no era éste sino un trabajo de pane lucrando, pero Randolph se pregunta si no sugiere alguna crisis en la vida del escritor»». Es posible, desde luego, puesto que «de los diez hijos que llegó a tener Eugenio Ochoa, perdió varios de muy corta edad: primero a Cecilia, y en 1843 a Ma­ría»», pero ignoramos si fue ésta la razón. No obstante, llama la atención que fuese precisamente en 1843 cuando muere su hija María, y desde luego no es desdeñable una intensificación de la religiosidad de Ochoa. Tampoco se puede dejar de lado la influencia que sobre él pudo ejercer Masar-nau —como la ejerció sobre Donoso—, ni su amis­tad con Lobo, que se hizo jesuita (según Quadra-do) o (según otros) dominico.

A todo esto, Masarnau no cejaba en reclamar su reposición como Gentilhombre de Casa y Boca de que había sido despojado en 1823. Con ocasión de la mayoría de edad de Isabel II se le repuso al fin.

El 21 de noviembre de 1843 escribió Masarnau al Intendente de general de la Real Casa y Patrimo­nio en los siguientes términos:

Ilmo. Señor: Habiéndose dignado S.M. con­ferirme el destino de Gentilhombre de Casa y Boca, según me comunica el Excmo Sr. Conde de Santa Coloma con fecha 8 del corriente, ad­vierto que se me reclama en el oficio el pago de los ducados de media cuota, como si fuese éste para mí un destino nuevo. Pero habiendo tenido el honor de desempeñarle en los cuatro años que transcurrieron del 1819 a 1823, como es notorio y debe constar en la Secretaría de la Mayordomía Mayor, me parece debo exponerlo a V.I. para que se sirva tomar en cuenta la razón que me asiste para eximirme de dicho pago.—Dios guarde a V.I. muchos años.— Madrid, 21 de noviembre de 1843.— Santiago de Masar-nau».

Efectivamente, se tuvo en cuenta, según consta en una nota de 8 de noviembre de 1843, que Masarnau fue repuesto, no nombrado:

Señor Intendente general de la Real Casa y Patrimonio. Ilmo. señor: S.M. la Reina doña Isabel II, y en su Real nombre el señor tutor, se ha servido nombrar Gentilhombre de Casa y Boca, con motivo y en celebridad de la mayor edad de S.M. hecha por las Cortes generales en este día a los sujetos siguientes: D. Santiago Masarnau, repuesto; D. Antonio Beltrán, D. Joaquín S. Bermúdez de Castro, D. Juan de Dios Montoya y D. Joaquín Marraci y Soto.

Y lo comunico a V.S. para su inteligencia y demás efectos consiguientes.— Comunicación al decano.

La vida de Masarnau durante estos años fue sumamente ordenada. Según escribió Quadrado, dedicaba ocho horas al trabajo, «otras tantas a los deberes con Dios y con la sociedad, y el resto al descanso, alimento y cuidado propio según el sis­tema inglés». Con respecto a lo primero —deberes con Dios— solía entre semana asistir a Misa en las iglesias próximas (S. José, S. Luis, Caballero de Gracia), o en las Salesas o las Calatravas, donde tocaba el órgano; dedicaba tiempo a la oración y a la meditación, a la lectura espiritual (especialmen­te la Biblia), se confesaba con frecuencia. Pero no era, como se pudiera pensar, «un ser hosco, excén­trico y repulsivo (…) o meticuloso y ñoño», según escribió Esperanza y Sola que le conoció y trató íntimamente durante largos años; más bien unía a su gran humildad una gran firmeza de carácter, tenía un espíritu jovial, gran trabajador, y de una gran libertad de espíritu junto con una gran auste­ridad en su vida. «De clarísimo talento, de sólida y esmerada instrucción, de felicísimo ingenio, de gran conocimiento del mundo, a pesar del aparta­miento en que vivía, y tan tolerante con las faltas ajenas como severo con las que él creía propias, era a más un amigo irreemplazable, un consejero atinado y seguro, y un hombre, en fin, cuyo trato atraía y cautivaba»».

Lo del «apartamiento del mundo» es hasta cier­to punto relativo. A su trato con Pedro Madrazo y con Eugenio de Ochoa (que había regresado a Madrid hacia 1844) se unía el de los músicos que le visitaban con frecuencia. Esain iba a verle cada vez que pasaba por Madrid; el navarro Juan María Guelbenzu, dos años más joven que Masarnau, organista de la Real Capilla desde 1844, era uno de los asiduos al Colegio donde vivía Santiago, con el que interpretaba música clásica hasta que los deberes de vicerrector o sus clases obligaban a interrumpir aquel agradable ejercicio; Pedro Luis Gallego no fue de los que pudo visitar a Masarnau en Madrid, pues murió a los 24 años, pero trató a Masarnau antes de 1837, con quien —al decir de

Romero Larrañaga— tuvo gran amistad, «de quien recibió útiles consejos y en cuyo estudio aprendió prácticas saludables»». Sí mantuvo relación con don José Aranalde, el que intentó que ocupara una plaza en el Conservatorio, y más aún con Mariano Pedraza, cuya hija Angélica fue alumna suya en París y cuya agonía contempló en 1843 acompa­ñando al padre. No rompió, en fin, con ninguna de sus viejas amistades del mundo artístico o litera­rio, aunque su nueva vida y su ya no asistencia a reuniones hacían su trato menos frecuente.

Su hermano Vicente, además del Colegio, se ocupaba de otros trabajos y encargos, además de su cátedra en la Universidad. Un oficio del Inten­dente del Patrimonio, trasladado por don José de Madrazo le agradecía de parte de S.M. la coloca­ción de los pararrayos en el Real Museo.

En 1846 Masarnau extendió su actividad propo­niendo a la Junta de Beneficencia enseñar música en el Hospicio. La Junta lo agradeció aprobando la idea. Al año siguiente habían los huérfanos ade­lantado lo suficiente para cantar el Miserere y el Stabat en los oficios de Semana Santa. Más tarde, o quizá coincidiendo con el segundo año de ense­ñanza en el Hospicio, «en la Casa de Misericordia de Santa Isabel, de la calle de Hortaleza, enseñó de oídas el canto a treinta y cinco educandas»; recibió no sólo la gratitud del Ayuntamiento, sino la Cruz de la Orden de Carlos IV con que el go­bierno quiso premiar en 1847 sus servicios; «pero vinculada al pago de mil reales la expedición del diploma», la renunció.

Mientras tanto no había perdido su contacto con sus amigos franceses de las Conferencias de San Vicente de Paul, que le instaban a que las estableciera en España, cosa que Masarnau estaba resuelto a intentar, aunque las primeras gestiones resultan fallidas.

En agosto de 1847 realizó un breve viaje a Fran­cia, a Tolosa, que tanto podía considerarse de des­canso como de trabajo, pues durante quince días «dedicó peculiar atención a la música, a los órganos de los templos, al Conservatorio, informándo­se de todo y tocando con los profesores»; con algunas detenciones de Bagreres de Boigorre y en Bayona, el 5 de septiembre estaba de regreso en España. Hasta 1849 permaneció en Madrid, y sólo en este año se permitió una semana en Toledo y algunos días de vacaciones en el Escorial. Pero algo mucho más importante sucedió este año.

Federico Suárez

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