Santiago Masarnau (5B)

Mitxel OlabuénagaSantiago MasarnauLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: .
Tiempo de lectura estimado:

La relación con Donoso Cortés y Antonio Mª Segovia

Fueron, quizá, estos últimos años de Masarnau en Francia los más brillantes desde el punto de vista social. A la amistad con los grandes músicos de su época, unía la de literatos y científicos por su «caudal de conocimientos en la literatura espa­ñola y extranjera, lo mismo que en matemáticas, física y astronomía, ganándose el afecto de Arango, Faraday y Pouillet; con ellos se le vio concurrir asiduamente a los círculos del autor del Barbero de Sevilla, a las tertulias de Ochoa, a las reuniones del pintor Dauzats (que, por cierto, fue el que en 1837 llevó a Ochoa a visitar por primera vez a Víctor Hugo, según nos da a conocer Randolph), del ba­rón Taylor y del mismo Luis Felipe»’.

Al fin, tantos meses de aplazamientos por parte de Paulina para que Santiago planteara la cuestión discretamente a su madre y, según la actitud que tomara seguir adelante o retirarse, hizo que Ma-sarnau diera la relación por terminada. Paulina contrajo matrimonio a primeros de 1840, «mate­rialmente más ventajoso y del agrado de los pa­dres». Masarnau no se resintió lo más mínimo, «hasta el punto de poder a los pocos días sentarse a la mesa apaciblemente con los novios». Había encontrado, por fin, su camino, aunque de momento todavía no tuviera de ello una idea muy clara: sólo un sentimiento de libertad y de quitarse una preocupación de encima.

Ya no interrumpió los veranos las clases de quienes todavía en esa época preferían continuar­las. Se dedicó, en lugar de giras campestres con sus amistades, a componer música durante las vacacio­nes: «tres baladas francesas que publicó sucesiva­mente, un canto de cuna, Le roi de la montagne y Souvenir de Venise, en memoria más bien de Grana­da que de Venecia, al mismo tiempo que traía entre manos varias plazas españolas e italianas, entre las primeras otro antiguo romance y una canción titu­lada La Miedosa, y entre las segundas La Libertá»».

Había ya comenzado Masarnau a encontrarse a gusto en París:

Trabajo sin fatiga —escribía en 1840 a su hermano—, ahorro con holgura, como con ape­tito, duermo perfectamente, estudio con delicia, en esparcirme y concentrarme disfruto alterna­tivamente. Sin necesidad de felicitaciones, cele­bro felices a mis solas los cumpleaños y los días; felicítome a mí propio, que motivo no me falta.

Tan sólo frecuentaba la casa de Ochoa, a quien tuvo que consolar por el fallecimiento de una de sus niñas; sintió vivamente la muerte en tierra extraña de su antiguo profesor de física Antonio Gutiérrez, y un año más tarde la de Schlessinger, muerto lejos de París. Con Espartero había sido designado Embajador en París Salustiano Olózaga, con quien le unía cierta amistad; unos meses antes había llegado a Francia Donoso Cortés, y precisamente en las tertulias en casa de Ochoa se iba a iniciar una amistad que sólo rompió la muer­te de Donoso en 1853. Federico Madrazo había cambiado París por Italia, desde donde escribía con frecuencia a Masarnau.

Las noticias que recibía de España no le anima­ban, precisamente, a un regreso a la patria, noti­cias que «le llegaban por conductos tan opuestos como el del señor Castillo, agente de la reina Cris­tina, y el de su antiguo camarada Olózaga, Embajador a la sazón en París, y principalmente por casa de Ochoa, punto de cita de las notabilidades españolas sin exclusivo color de partido, donde a la vez afluían Mesonero Romanos y Carderera, Patricio de la Escosura y Donoso Cortés, quien concibió de la virtud de nuestro amigo una alta idea»».

Fue, pues, hacia 1841 cuando comenzó la amis­tad entre Donoso y Masarnau. A juzgar por unas cartas, sin fecha, pero de estos años de emigración, Santiago Masarnau trató a Donoso con cierta asi­duidad… y con intención, y hasta es probable que comenzara el extremeño a ayudar con algún dona­tivo a la nueva actividad a la que el compositor —sin dejar las otras— había comenzado a dedicar­se, y a cuyo conocimiento no era ajeno Pedro Madrazo, también amigo de Donoso, como lo ma­nifiesta esta esquela de Donoso a Madrazo:

Mi querido amigo: Hágame usted el favor de decir a Masarnau que he leído el librito que me dejó, y que necesitamos hablar; si puede venir esta noche, que venga; si no, en la noche del martes, porque en la del lunes tengo que ha­cer—. De usted afectísimo amigo, Donoso. Hoy domingo.

Querido Santiago: vuelve la hoja y lee lo que me escribe Donoso. Dios quiera que no sean otros escrúpulos como los de Jourque.— Tuyo de corazón, Pedro.— Domingo, a las 3.

Los ambientes en que se movían Donoso y Ma-sarnau eran muy distintos y no era fácil que coin­cidieran en ellos, haciendo excepción del hogar de Ochoa, que parece haber constituido la casa co­mún de amigos con aficiones artísticas y literarias. Donoso era el hombre de confianza de don Fer­nando Muñoz y se movía entre políticos y, sin que lo pudiera evitar, tangencialmente con militares con fuerte vocación política. Masarnau, en cam­bio, seguía con sus lecciones de música, y aunque en abril de 1841 habían dejado de asistir a sus clases las hijas del infante don Francisco de Paula, que habían entrado de educandas en un convento, su hueco se había llenado con la señora de Castillo y las hijas de Aguirre Solarte y de Gaspar de Remisa. Además, y en razón de su amistad, tres días a la semana daba también clases de rudimen­tos de música a la prole de Ochoa, de Antonio María Segovia y de la familia Emerson, inglesa. «Estudio más y ando algo menos», escribía a su hermano. El trabajo dio como fruto dos piezas para piano (op. 19 y 20), dedicadas la una a una hija de Remisa y la otra a la segunda hija del infante don Francisco; un nocturno (Une idée fixe) y una Misa, que no llegó a ejecutar por causa de un maestro de capilla. Le compensó del disgusto, si es que lo tuvo, el éxito de sus composiciones interpretadas por Mendelsohn en Berlín (particu­larmente la titulada Spleen), y que motivó «la visita de un diplomático encargado de adquirir todas las restantes», así como la composición que el gran pianista Cramer le dedicó.

No es posible saber, sin otros datos, la asidui­dad de la relación con Donoso, ni tampoco de la que tuvo con Segovia. Éste había emigrado a París al llegar el gobierno Espartero y concurría tam­bién a las reuniones en la casa de Ochoa; conocido como escritor por todos los demás por su colabo­raciones en los periódicos moderados, mantuvo alguna correspondencia con Masarnau, con el que parece haber tenido gran confianza a juzgar por las cartas que se conocen:

Amigo y señor Masarnau: Tengo ánimo de seguir la costumbre parisiense de las étrennes para ofrecer a la amable Mme. Ochoa un álbum musical, como pequeña demostración del agra­decimiento que debo a estos buenos amigos. ¿Tendrá usted la bondad de indicarme cuál es el mejor de los que por ahí se venden? Si ninguno vale cosa dígamelo usted también, y en todo caso hágame el favor de dirigirme por la petite poste dos líneas de contestación, y dos arrobas de perdones por la impertinencia.

No quiero soltar la pluma sin recordar a us­ted que yo estoy en París (como en todas partes) para trabajar, y que usted me ha ofrecido acor­darse de recomendarme a sus conocidos. Tengo ya algunas lecciones, y me parece que mis discí­pulos no se encuentran descontentos. Para fas­tidiar a usted con tales encargos cuento con su natural propensión a hacer bien a cualquiera, ya que no tenga grandes y antiguos títulos de amis­tad que alegarle su afectísimo sinceramente y no por fórmula, A. M. Segovia.— Rue de la Victo­ria, 22″.

Gran confianza, pero no antigua amistad, aun­que sí conocimiento. Merecida fama debía tener Masarnau de ayudar a todo el que acudiera a él, como si fuera natural su «propensión a hacer bien a cualquiera», como tan bien expresó Segovia, y sin considerar abuso el que se le molestara con peticiones. De todos modos, el trato con éste había llegado a ser frecuente. He aquí otra muestra:

Amigo y señor de Masarnau: Acordándome de que hoy es sábado, no intento el ir a ver a usted por no distraerle del despacho de su correo, y me valgo de la pluma para pedirle un favor.

Mme. Dake quisiera tener en sus sociedades un buen tocador de música para bailar, y prefe­riría un alemán o un inglés a los franceses, cuya exactitud y buen gusto no es tan general. ¿Co­nocería usted a algún pobre y modesto virtuoso que, con las condiciones requeridas de tocar mucho, bien y a compás, se contentase con unos 8 francos cada noche? La de cada miércoles es la señalada; se empieza a las 8 en punto y se acaba a la una lo más temprano. Si usted sabe de alguno a quien pueda, sin incomodarse, ha­cer la proposición entre hoy y todo el día de mañana, sírvase de avisármelo; en caso de que no sea así, no se tome el trabajo de echarse a buscar, que nosotros lo haremos por otro lado.

Llevo contados los jueves en que no me ha sido posible ir a charlar un rato con usted; pro­bablemente no será lo mismo esta semana.— De usted siempre afectísimo, A. M. Segovia.— Sá­bado 24.— R. Navarin, 14.

De la relación de Masarnau con Donoso se conocen otras otras dos breves esquelas, una segu­ro de 27 de mayo de 1842, y otra probablemente de los primeros meses de 1843. La primera de ellas dice así: «Mi queridísimo amigo: Soy el hombre más desgraciado del mundo. Mañana me es impo­sible ir a ver a nuestro Ochoa y a la buena alhaja, porque es día de estafeta y estoy a las órdenes de S.M.; por esta razón, ni las señoras a quienes acompaño ni yo podremos tener el gusto de ser de la partida.

Tenga usted la bondad de hacérselo así presente de la parte de su afectísimo amigo q.b.s.m., Juan Donoso Cortés.— París, 27 de mayo.

La otra nota es una excusa por una razón im­prevista que impidió reunirse a ambos: «Mi queri­do amigo: Estoy en desgracia. Hoy, día de Institu­to, he recibido recado de S.M. para ir allá y tener la honra de comer con ella. ¿Si habrá otro obs­táculo el lunes próximo? De usted afectísimo ami­go, Donoso. Hoy lunes»».

El colegio de Vicente Masarnau

En una de las cartas de Vicente a Santiago le comunicó, a primeros de 1842, «la idea de estable­cer un colegio de segunda enseñanza agregado a la Universidad», de la que era catedrático. Parecía más la idea de una posibilidad que un propósito meditado, pues eran apenas dos líneas «sólo para acabar de llenar el pliego»; pero era algo ya decidido y Vicente tenía sus planes. Quería que Santia­go se incorporara al Colegio. En octubre de 1841 había presentado instancia para establecerlo, y a fines de mes estaba ya concedida la licencia por el ayuntamiento. Se situó en la calle de Alcalá, esqui­na a la de Peligros, en el convento que habían tenido que abandonar por la exclaustración obra de Mendizábal las monjas franciscanas de Vallecas (así llamadas porque antes habían vivido allí du­rante largo tiempo). El nombre era «Colegio pre­paratorio para todas las carreras», y además de la enseñanza primaria comprendía Humanidades y Filosofía, repaso de asignaturas que se cursaban en al Universidad, e incluso estudios de agricultu­ra, industria y comercio, «fuentes de riqueza que han elevado a la Inglaterra, Francia, Bélgica y otras naciones a la altura en que se hallan en el día teniendo un suelo y cielo mucho menos privilegia­do que el nuestro»».

Vicente Masarnau, además de competente cate­drático de Química, demostró ser emprendedor y organizador excelente. En el verano de 1842, pre­cisamente el 25 de julio, día de Santiago, llegó a París con el fin de adquirir los materiales didácti­cos necesarios para la enseñanza de las distintas materias que se iban a impartir en el Colegio. Volvían a reunirse los hermanos después de algu­nos años y estuvieron viviendo en la casa de la calle de San Lázaro, que —como se vio antes— fue el domicilio de Santiago durante esta estancia en París. Allí Vicente encargó cuanto necesitaba, y a primeros de octubre regresó a España. «Libros, mapas, paisajes, aparatos, todo lo dejó encomen­dado al diligente hermano, que se lo fue remitien­do a Madrid».

Vicente sentía su soledad —como antes Santiago en Madrid— y deseaba el regreso de su hermano, pareciéndole que para ello sería un buen medio asociarle a la empresa. Poco a poco fue insistiendo en sus cartas, pero Santiago se encontraba muy a gusto en París: «La vida en Madrid no es tan cómoda ni barata como la de París; contigo ya sería otra cosa. Esta idea, lo confieso me sonríe, aunque soy feliz y a nadie envidio». El director del Conservatorio de Madrid, Aranalde, le ofreció una plaza, dotada con 12.000 reales, de profesor de piano, pero Santiago —según escribía su herma­no— prefería la independencia de unas eventuales lecciones que la sujeción y dependencia que impli­caba un sueldo fijo. «Tú no quieres que yo viva de lecciones, y yo no quiero vivir a costa tuya». Antes había rechazado encargarse de las clases de música en el colegio, al ver que la música venía a ser una disciplina de adorno, algo así como la esgrima y el baile: «no vale la pena —escribía— de que vaya yo para tan escaso servicio, mucho más cuando obser­vo lo que ahí priva y se aplaude, y la más vergon­zosa degradación del arte, a que jamás suscribiré», por otra parte —escribió Quadrado—, estaba «fir­me en la idea de que no había de gustar su música y estilo a los madrileños en atención al deplorable estado del arte».

Comenzó a mudar de manera de pensar cuando las cosas no comenzaron a irle tan bien en París. Patricio de la Escosura había fundado con Ochoa una revista y quería contar también con Masarnau:

Querido Santiago: Adjunto un prospecto de la revista para que te enteres del plan y me hagas el favor de escribirme el artículo Música. No oigo disculpas en esta materia. Si para la crónica religiosa me dieras algo, sería miel so­bre hojuelas. Entre tanto, queda como siempre tuyo, Escosura.— Sábado 13.

Se trataba de la «Revista Enciclopédica de la Civilización Europea, dirigida y redactada por Pa­tricio de la Escosura y Eugenio Ochoa», que se publicó en París y en la que colaboró (presumible­mente, pues no lo he comprobado) Masarnau. La Revista tuvo tan escaso éxito que no prosperó.

La inclusión entre los estudios del Colegio de una especie de Conservatorio o cátedra de Música, pero no ya como asignatura de adorno; la promesa formal de una cátedra en el Conservatorio, asegu­rada por su director Aranalde, y sobre todo los buenos oficios de Juan Nepomuceno Lobo (que según Quadrado fue compañero en Valladolid de Pedro Madrazo y amigo de los dos hermanos Masarnau) terminaron por decidir a Santiago a dejar París y colaborar con su hermano en el Colegio.

Federico Suárez

 

 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *