Santiago Masarnau (4B)

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4B EL ARTISTA: La colaboración de Masarnau

A la vista de lo que hasta ahora se conoce por Quadrado y Esperanza, Masarnau tuvo una gran facilidad para tener amigos y hacerse apreciar por ellos. Ya se ha indicado la amistad con los Madrazo —que le consideraban casi como de la familia—y cómo a través de ellos se inició también su amis­tad con Ochoa. Éste frecuentaba, probablemente desde que a los 18 años regresó de Francia, termi­nada su estancia de cinco años pensionado por Fernando VII, el círculo artístico y literario que en su casa reunía don José de Madrazo, como se ha visto. Había obtenido Ochoa un empleo de ofi­cial 2.° en la Gaceta de Madrid, dirigida a la sazón por Alberto Lista desde enero de 1833. No es improbable que una recomendación de Sebastián Miñano a Lista fuera ajena a esta colocación de Ochoa, ni su rápido ascenso a oficial 1.° a los po­cos días, un año después (15 de marzo de 1835) a redactor 2.°, y redactor 1.° en septiembre. Y hasta tal punto se aden­tró en la familia Madrazo que en 1835 contrajo matrimonio con Carlota, una de las hijas. Miñano —padre natural de Eugenio de Ochoa, según todos los indicios y testimonios»— lo notificó a Reinoso en estos términos: «Creo haber dicho a Vm. que por fin Eugenio se encalabrinó en casarse con la hija de Madrazo y ha sido necesario darle consen­timiento formal. Nunca tuvimos otra repugnancia que la de su corta edad, pero ésta era bastante para que recelemos que no sea más feliz que en los primeros años a lo más. Sin embargo, Dios le bendiga, y aquí le ayudaremos todo lo que se

«El Artista» comenzó a publicarse el 4 de enero de 1835; era semanal, pero los ejemplares no lle­vaban fecha, por lo que en caso necesario hay que deducirla por acontecimientos (estrenos, defuncio­nes, nombramientos…) a los que se hace referencia en la revista. En la Introducción que redactó J. Si­món Díaz para este primer volumen de los Indices de publicaciones periódicas nos da a conocer a Eugenio de Ochoa y a Federico Madrazo como fundadores y editores de «El Artista»: Ochoa para la parte literaria, Madrazo para la artística.

Un artículo publicado por Ochoa en el «Semi­nario Pintoresco Español» un año después puede muy bien explicar el nacimiento de «El Artista». Decía: «Uno de los rasgos más característicos del estado actual de España, y por actual entendemos no sólo el del momento, sino el de muchos años a esta parte, es la falta de actividad de todos los ramos que abraza la inteligencia humana. Al paso que en las demás naciones cultas de Europa el movimiento cultural progresa con una velocidad increíble, poco menos que nulo es éste en nuestro suelo, y para colmo de desgracia hay razones muy poderosas para que esto sea así: hay obstáculos muy difíciles de remover y que por muchos años detendrán su marcha a pesar de los vigorosos es­fuerzos del gobierno y de los escritores ilustrados (…) Sin la protección inmediata del gobierno no puede subsistir con decoro un artista por grande que sea su mérito (…); las bellas artes son, con la literatura, la expresión más exacta de la sociedad a que pertenecemos»».

Desde luego, todos, o una gran parte de los concurrentes a las tertulias artísticas de don José de Madrazo intervinieron en «El Artista» con sus colaboraciones, aunque, naturalmente, no todos en igual medida. Por supuesto el que llevó el peso de la revista fue Eugenio de Ochoa (su hermano José Augusto colaboró también, a pesar de ser todavía más joven. Eugenio contaba apenas veinte años); José de Negrete, conde de Campo Alange, fue también otro de los más asiduos colaborado­res, así como Valentín Carderera y Santiago Ma-sarnau, que se ocupó de la crítica musical y escri­bió con gran frecuencia. Espronceda, Zorrilla. Pe­dro Madrazo y su padre don José, y por supuesto Federico, Musso y Valiente, Nicomedes P. Díaz, Jacinto Salas y Quiroga, Lista, Gallego, Bartolomé J. Gallardo, Leopoldo Augusto Cueto, Luis Gon­zález Bravo, Gabriel García Tassara son algunos de los más conocidos nombres que integraron aquella joven y espléndida plantilla de colaborado­res, con Bretón de los Herreros, pero sin Larra.

Masarnau estuvo comprometido en la empresa desde el principio. También él había creado sus reuniones en su casa de Hortaleza, donde los do­mingos interpretaba composiciones de clásicos y suyas propias. «El Artista» se preparó con tiempo. A fines de 1834 estaba en la imprenta el original del primer número, en el que colaboró ya Masar-nau con un comentario al «Don Juan» de Mozart, aunque hubo alguna dificultad para su publicación según se aprecia por esta carta de Ochoa:

Amigo Santiago:

Mucho he sentido hoy no haber podido ver a Vm. para hablarle de su artículo de «Don Juan». Todos nos hemos llevado un gran chasco acerca de las materias que caben en un número del «Artista», y así ha sido preciso dividir todos los artículos; en todos pone al fin se continuará, y esto no obstante apenas queda sitio para el Don Juan. He logrado, en fin, que lo pongan en letra pequeña como la del prospecto, y así po­drá ir entero; pero me ha dicho el regente que aun así sobran algunas líneas, no sé si sabe él a punto fijo cuántas, pero mañana temprano lo sabrá y será menester que Vm. se pase por la imprenta y vea de acortarlo en los sitios que le parezca. Yo hubiera acortado de buena gana otras materias, pero ya están en prensa y es imposible.

La imprenta es la de Sancha, calle de la Con­cepción Jerónima. Le espero a Vm. en mi casa hasta las 9, e iremos juntos para ayudarle a Vm. en lo que me sea posible.

Haga Vm. por no faltar, pues es esto de la mayor importancia; también corregirá Vm. sus pruebas.

Desea el señor Madrazo, en cuya casa escribo a Vm., saber si ha recibido Vm. carta de Perico y unos versos en ella. Si es así, haga Vm. el gusto de llevármelos mañana cuando vaya a mi casa.—De Vm. afmo., Eugenio de Ochoa.

Contra-orden: Si hay carta y versos de Perico envíe Vm. con Juan esta noche los últimos, y si puede, la primera, porque así lo desea don José’.

Los versos de Pedro Madrazo que su padre don José suponía haber enviado a Masarnau son, pro­bablemente, los de la composición que con el título de Queja se publicó en la segunda entrega de la revista.

Por lo que respecta al Don Juan debió encontrar Masarnau —y aún más Ochoa— alguna dificultad. No pudo llevarse a efecto la intención de Ochoa: salió con la misma letra que el resto de la revista, pero con el mismo título (Don Juan) Masarnau escribió hasta tres artículos. La ópera de Mozart se había representado en Madrid. «Pero habiendo advertido el efecto que ha producido en muchos el mal éxito del Don Juan, las opiniones tan des­carriadas que ha dado lugar, el atrevimiento con que la ignorancia critica y hasta la burla de un nombre tan respetable como el de Mozart, ese genio sublime…» llevó a Masarnau a aclarar ideas.

Continuaba el artículo en la 2.a entrega, y proponía dos criterios para juzgar el valor de una pieza de música o el de una obra de arte: «Para apreciar el mérito de una obra es indispensable tener conoci­mientos en el arte a que pertenece; cuanto más sublime sea la obra, tanto mayores deben ser los conocimientos necesarios para apreciarla». Prose-p,tría la defensa del Don Juan —en realidad, una objetiva defensa de Mozart, por quien sentía una verte admiración—, que todavía prosiguió más adelante por causa de una crítica aparecida en «La Revista», en la que se impugnaban los dos prime­ros artículos de Masarnau, llegando el crítico a decir que «la música vieja, por buena que sea, entorpece el oído, lo mortifica y fastidia, sirviendo de narcótico para reconciliar el sueño».

Naturalmente Masarnau, sin perder la mesura, se opuso a semejante despectiva afirmación (el crítico era probablemente un profesor del Conser­vatorio), y más refiriéndose a Mozart: «Yo he dicho —escribió Masarnau— que Mozart era un coloso, y no me he acordado de los brazos de hierro que le quieren agregar». «Sé muy bien añadía— cómo se escribió Don Juan, la amalga­ma de los cantos italianos con la armonía alema­na…»». En resumen: la admiración de Masarnau por Mozart —un clásico— en pleno periodo román­tico no dejó de escandalizar, aunque esto a él le importaba muy poco. Tenía razón Pedro de Ma-drazo cuando en su semblanza de Masarnau aludía a los tres estilos de Masarnau, el último de los cuales era «puramente alemán», que quizá comen­zó por su admiración de la obra de Mozart y se consolidó con el trato que tuvo en Londres con compositores alemanes, con los que mantuvo sin­cera amistad.

La que nació entre Ochoa y Masarnau se hizo íntima por el continuo trato con ocasión de «El Artista». Del vuesa merced se pasó pronto al tú: «Amigo Santiago: corrige con cuidado esas prue­bas, y si sales déjalas a la Dominga, porque diré en la imprenta que vayan por ellas a tu casa. Si tú puedes llevarlas, tanto meglio.—Eugenio»». Si de esta breve esquela no se puede deducir de qué artículo eran las pruebas, más fácil es averiguar la referencia de otra nota de Ochoa a Masarnau, también sin fecha: «Caro mío: Ya viste lo que dije de Paganini en el número pasado. Ahí te envío un artículo de Jules Jamin, en el feulleton de ese pe­riódico, para que hagas un articulejo para el do-mingo.—¿Tendrás la alta bondad de entregar a mi criado, envuelto en un pañuelo, tu bata, para hacerme otra igual? Te lo agradecería tu amigo, Eugenio».

En el tomo II, 167 y siguientes de «El Artista», había publicado Masarnau una necrología de Pa­ganini, fallecido a causa del cólera. «Con razón podrán exclamar todos los filarmónicos del mun­do, los artistas todos: desapareció para siempre de entre nosotros el fenómeno del siglo». El gran Paganini —como le llamaba—, siendo «dueño de un inmenso caudal (se asegura que dejó siete mi­llones de francos) vivió siempre en la mayor estre­chez, comía mal, vestía mal, y se alojaba pobre­mente. ¿Por qué? Nadie lo sabe». En el número siguiente —correspondiente al 11 de octubre de 1835— Eugenio de Ochoa en «Reflexiones sueltas» (en realidad, venían firmadas por «Los editores y redactores de «El Artista»») escribía: «Anuncia­mos en el anterior (aunque dándola por segura…) la muerte del grande, del incomparable Paganini; ahora parece que aquella noticia fue falsa, y que Paganini vive». La breve carta de Ochoa a Masar-nau debe, pues, fecharse en la semana que va entre el 4 y el 11 de octubre.

Casi a los cuatro meses de aparecer «El Artis­ta», una carta de Gomis de 23 de abril, junto con la buena noticia de haber comenzado los ensayos del Portefaix (la ópera que realmente consagró a Gomis), daba otras que hicieron entrar en cuidado a Masarnau: «Las fuerzas me faltan —escribió—; mi mal ha anodado mi físico, en términos que no vale dos sueldos, aunque el semblante es mejor que nunca; y si la voz me volviese, cierto que yo no me quejaría; pero no vuelve, y su falta ha irritado tanto mis nervios que estoy intratable (…) Ya ve usted que es un gusto. Pues más tarde, cuando vengan las repeticiones a grande orquesta, ¡yo que no tengo ánimo ni para corregir una nota! ¡Dios me asista, pues bien lo necesito!»». Masarnau no dejó de aprovechar la ocasión para hacer eco del éxito de su entrañable amigo, escribiendo en «No­ticias musicales»: «Vive en París hace ya algunos años un profesor natural de Valencia, de nombre José Melchor Gomis. Hombre es éste dotado de raro genio y de laboriosidad suma (…). Luchando siempre con su mala suerte, su poca salud y aun a veces su escasa fortuna, esta alma de fuego no ha cesado de producir sin embargo continuamente bellísimas cosas (…) Nuestro objeto al presente es sólo dar noticia de la última ópera suya, que con gran aceptación se ha ejecutado en el teatro Fey-deau de París por el verano pasado. Le Portefaix, que así se llama (…) ha llamado la atención del mundo músico de París. Los papeles franceses le han prodigado grandes encomios; en Alemania es probable se haya ejecutado ya, según noticias del estado que llevan los ensayos ¡y en España, país nativo del autor, ni aun se sabe casi que tal obra existe! ¿No es de sentir, repetimos, y no nos can­saremos de repetirlo, este abandono, esta frialdad, tan profunda indiferencia?»».

Al dato de que en Alemania le habían pedido la partitura, Gomis añadía que «en Estocolmo co­menzó a ensayarse muy luego». El libreto de Scri-he fue la causa de que la ópera no luciera lo que merecía la partitura. «El poema era de Scribe, que es el mejor poeta francés; el poema se ha vuelto malo desde el momento que debía servirme a mí», escribió Gomis; pero se equivocaba al valorar de tal modo a Scribe, si hemos de creer a Ochoa que, en materia de literatura merece más crédito, y que terminaba un artículo —De la rutina— con estas pa­labras: «Pidamos, pues, al cielo, como don singular que nos libre del cólera morbo, de la guerra civil, de las piececitas de Scribe, y sobre todo de la rutina»».

Mientras Gomis se debatía entre la ilusión, la penuria y la enfermedad, Masarnau seguía con regularidad sus colaboraciones en «El Artista». En total se registran las siguientes:

Don Juan: I, 11.

Don Juan: I, 22.

Los dos Fígaros: I, 65.

Respuesta a una impugnación de su artículo «Los dos Fígaros»: 1, 107.

Real Conservatorio de Música María Cristina: I, 207.

Música. Catherine de Guisa: 1, 219.

Música sagrada. Exequias del Excmo. Sr. duque de S. Fernando: I, 239.

Música sagrada: Gran función anual en la Catedral de S. Pablo, Londres: I, 274.

Nueva representación de Parisina d’Este: I, 311.

Otello: II, 23.

La Casa dishabitata: II, 58.

Concierto vocal e instrumental: II, 83.

¡Pobre María!: II, 100.

La Muda de Portici: II, 151.

Paganini: II, 167.

Bellini: II, 190.

Il Castello di Kenilworth: II, 203.

Norma: II, 262.

El Barbero de Sevilla: III, 22.

Necrología (José María Cruz): III, 85.

Concierto de don Estanislao Ronci: III, 116.

Música sagrada: III, 131.

Música de piano: III, 151.

Los Hugonotes: III, 158.

Margarita de Anjou: III, 149.

Fue de los más asiduos colaboradores (el terce­ro por el número de colaboraciones). Pese a su escaso volumen (no solía sobrepasar las dos pági­nas), los epígrafes de crítica musical constituyen uno de los testimonios más convincentes del espí­ritu moderno y cosmopolita que animaba a los redactores de «El Artista». En este caso concreto la responsabilidad incumbe casi exclusivamente al pianista y compositor Santiago Masarnau que, se­gún se vio, durante su estancia en París y Londres se había familiarizado con todas las corrientes mu­sicales (italiana con su amistad con Rossini y Be-Ilini, francesa con la de Meyerbeer, y alemana con la de Schlessinger). En efecto, no era «Masarnau un italinizante fanático, como la mayoría de sus contemporáneos españoles; por el contrario, la in­fluencia de la música francesa —la de Meyerbeer, por ejemplo— y la alemana estaba presente en sus obras y en sus gustos mucho antes de que el públi­co madrileño más sagaz aplaudiera Robert le Dia-ble y de que el más mostrenco pateara el Don Giovanni de Mozart»».

La crítica de Masarnau era inteligente y refleja­ba sus conocimientos musicales, teniendo en cuenta las peculiaridades de cada ópera. No era aficio­nado a las controversias, pero no solía utilizar un despectivo silencio ante las críticas de sus contra­dictores; con todo, sus respuestas solían acomo­darse al tono de la crítica. Un ejemplo ya se men­cionó antes con el tercer título sobre el Don Juan de Mozart replicando a las críticas que se hicieron a los dos primeros que escribió. Otro ejemplo pue­de mostrar su talento con ocasión del artículo Los dos Fígaros, de Mercadante, publicado en el núme­ro de «El Observador» de 23 de febrero de 1835, en el que los términos utilizados por el contradic­tor no eran precisamente corteses: «¡Cuántas co­sas habría que decir a este señor! —decía—. ¿Es posible que un hombre como él, que ha viajado y no como un cofre, que sabe algo de música, siente el despropósito de que Mercadante no atinó el género español para hacer ópera? (…) La base que establece el articulista de que cada nación tiene su género de música es absolutamente falsa (…) Este escritor (Mercadante) recomendable oyó en Espa­ña toda su música característica, lo que quizá no le habrá sucedido al pianista censor con ser espa­ñol (…) Estoy persuadido de que o no entiende de música, o no oyó Los dos Fígaros que con tanta ligereza discurre sobre ella (…) Réstame hacer pre­sente al articulista que somos muchos a negar esas bellezas colosales que dice contiene la música sa­grada de nuestros tiempos».

En la entrega IX de «El Artista», correspon­diente al 1 de marzo, Masarnau se mostró muy parco en su respuesta. Simplemente expuso sola­mente que diría que, entrado y aparte no teniendo yo mi tiempo de sobra, es imposible que me entre­tenga en contestar a todo el que solapado bajo tal o cual nombre supuesto se presente en un periódi­co a rebatir mis artículos de «El Artista» con los conocimientos necesarios para hacerlo, o sin ellos; con el lenguaje propio de un caballero, o con el de quien no sabe respetar al público ni respetarse a sí mismo. Las personalidades no me hieren: las des­precio altísimamente; pero no me estimo en tan poco que crea deber entrar en contestaciones con quien, sea por ignorancia, sea por malicia, o por las dos cosas reunidas, se expresa en los términos del que se firma Un Malagueño.

Calle en buena hora su nombre el que trate de impugnarme, si quiere callarlo (aunque no sea fá­cil de adivinar el motivo que pueda haber para ello); pero al menos me parece que tengo derecho a esperar que sepa música y que escriba con el decoro debido.—S. de Masarnau».

«El Artista» sobrevivió hasta marzo de 1836. Dos meses después caía el ministerio de Mendizábal, que no había resuelto ninguno de los proble­mas a cuya solución se había comprometido, ex­cepto la obtención de algún dinero por el despojo de los bienes de las Órdenes religiosas que había disuelto para este fin. Sus consecuencias fueron desastrosas para el patrimonio artístico, y «El Ar­tista» lo acusó en un artículo de Pedro de Madrazo, cuyo título era ya expresivo del contenido: Demolición de conventos. Se lamentaba de la pérdi­da de monumentos tales como San Felipe el Real, La Merced, La Trinidad, «y otros de mérito, con cuya desaparición se convertirá la Corte de Espa­ña en un extenso lugarón»; sobre todo sentía la destrucción de San Felipe el Real, «cuya bóveda era de Herrera», así como «la espantosa quema todavía reciente del suntuoso panteón de Po-blet»50. Tanta importancia dio a este artículo de Pedro Madrazo «El Artista» que contravino una de sus principales características: la de la origi­nalidad de sus colaboraciones, hasta el punto que consideró oportuno justificarse ante los lecto­res.

Durante su estancia en España entre sus dos etapas en el extranjero, Masarnau estuvo presente en todos los ambientes culturales. Cultísimo en el conocimiento de la literatura (Pedro de Madrazo hizo referencia a los estudios «que constantemente ha hecho sobre la literatura española, inglesa, fran­cesa, italiana y aun alemana»), se contó entre los socios fundadores del Ateneo de Madrid y del Liceo Artístico y Literario. Y como resulta lógico, también en los eventos familiares de la familia Madrazo. Precisamente con motivo del día del santo de don José, su yerno Eugenio Ochoa quiso obsequiarle y solicitó la ayuda de Masarnau:

Caro James: Como mañana son los días de don José, pensamos obsequiarle regalándole un palco bajo para la ópera; dime, pues, con toda franqueza al momento si te será posible obte­nerle de Piermarini, porque como en mi vida le eché paja ni cebada… En fin…

Quiero que, si no puedes o no tienes bastante franqueza con él para pedírselo y obtenerlo, me lo digas a vuelta de correo, para en este caso escribirle yo, o presentarme en su casa e intrigar porque admita mi demanda.

Contéstame pues, en el acto, porque tengo entendido que a la una será ya tarde.—Tuyo, Eugenio. Hoy, 18/36.

No fue sólo «El Artista» la única publicación en la que colaboró Masarnau. En «No me olvides», la revista fundada y dirigida por Jacinto Salas y Qui-roga (con quien había coincidido ya en «El Artis­ta»), vio la luz el artículo sobre Música sagrada. Gran función anual en la catedral de San Pablo, en Londres, donde niños de las 237 escuelas de las parroquias de Londres, en número de seis u ocho mil, cantaron salmos un jueves determinado, resul­tando un espectáculo de tal grandiosidad que Haydn, que lo presenció alguna vez, dijo que «los hombres no pueden disfrutar de otro alguno sobre la tierra que le sea comparable».

Federico Suárez

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