Santiago Masarnau (4A)

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4A. EL ARTISTA: La amistad con los Madrazo

Dados los datos de que actualmente se dispone no es posible fijar con garantía de certeza los co­mienzos de la relación entre las familias Masarnau y Madrazo, pero debió ser antigua y nada superfi­cial. Aparte, como se verá, de la coincidencia de ambas familias en Palacio en cuanto empleados en algunos cargos los cabezas de ellas, hay un texto muy significativo de Pedro Madrazo en la sem­blanza que hizo de Santiago Masarnau en «El Ar­tista», pues al referirse a la amistad que les ligaba menciona «largos años de un trato continuo y ali­mentado por los recuerdos de la primera infancia del que escribe».

José Madrazo, el padre, era de Santander y había nacido en 1781. Contrajo matrimonio en Roma, donde estaba pensionado, con Isabel Kuntz, italiana, pero de padre originario de Silesia; allí en Roma, le nacieron sus hijos Federico en 1815 y Pedro al año siguiente’. Lo que fue la trayectoria de José Madrazo se puede leer en cual­quier Enciclopedia, pero para nuestro objeto es más expresivo el memorial que dirigió al rey el 14 de noviembre de 1818 porque contiene algún dato poco o nada conocido:

Señor:

Don José de Madrazo, pintor de Cámara de V.M., residente en Roma, con el más profundo respeto expone: que después de haber estado pensionado en París para el estudio de su profe­sión, pasó a aquella capital con el mismo objeto, a fin de perfeccionarse en tan dificil carrera.

Enterado el Augusto Rey Padre de V.M. de sus adelantamientos, le nombró pintor de Cá­mara con el sueldo de 18.000 reales que ha estado disfrutando. Después tuvo la bondad de recomendarle a V.M. para que se dignara con­firmar este nombramiento, y esto lo hizo con tanto aprecio y distinción que S.M. mismo le puso de su puño al margen del memorial del exponente, queriendo corroborarlo en cierto modo con lo que de su Real orden anotó al respaldo don Antonio de Vargas Laguna, Minis­tro de V.M. en Roma.

Este nombramiento y recomendación consta de la certificación original dada en Roma a 14 de octubre de este año por el Teniente General don Ramón de San Martín, Mayordomo Mayor y Sumiller de Corps de los señores Reyes Pa­dres, y ella fue tan eficaz y poderosa que V.M. tuvo a bien aprobar el referido nombramiento por Real orden de 1 de noviembre de 1816, dirigida al mismo Ministro por don José Pizarro, Secretario del Despacho de Estado.

Ambos documentos acompaña legalmente autorizados; y aunque en la Real orden no se hace mérito del sueldo, y de la certificación sólo resulta que el señor Rey Padre se sirvió nom­brarle pintor de Cámara recomendándole a V.M. para que se dignase confirmar este nom­bramiento, y concederle al mismo tiempo el sueldo correspondiente, en atención a que no lo percibía en aquella Tesorería, es bien cierto que le señaló S.M. y gozó el de 18.000 reales, como resultará acaso de los antecedentes que hay en el Ministerio de Estado. Pero el Mayordomo Mayor, con los justos respetos debidos a V.M., lo dejó a su soberano arbitrio, y no tuvo por conveniente expresarlo. De cualquier manera, Señor, espera confiado el exponente que V.M. tendrá presente su mérito; y en este concepto:

Suplica a V.M. humildemente se digne seña­larle el sueldo que le corresponda, o sea de su Real agrado, y a su consecuencia mandar pagar­le el que ha vencido y venciere en adelante, a cuyo fin presenta también su fe de vida, como así lo espera de su augusta munificencia y de la decida protección que V.M. dispensa a las no­bles Artes.

Madrid, a 14 de noviembre de 1817.—Señor, en virtud del poder que presenta, Francisco An­tonio de Rucavaco.

José Madrazo había ido a París en 1803, y en 1806 a Roma. La razón de la instancia a Car­los IV, de 26 de mayo de 1817, pidiéndole se interesara ante Fernando VII para seguir percibiendo su sueldo se debió a que acaso éste había creído «que el exponente continuase todavía disfrutando el que se sirvió señalarle V.M., del que ya no goza»». Estaba entonces pintando para Carlos IV un cuadro que «por el argumento y grandes di­mensiones» requería tiempo, pero «la falta de me­dios para su subsistencia» le impedía seguir traba­jando en él.

El 7 de febrero el Mayordomo Mayor, conde de Miranda, comunicaba al Sumiller de Corps el nombramiento de José Madrazo, «que actualmen­te reside pensionado» en Roma, «para servir la plaza que obtenía el difunto don Francisco Rubio, destinada a la enseñanza del colorido y de la com­posición, y dotada con quince mil reales de suel­do». Con este nombramiento, debido a que Fernan­do VII quería que «los profesores de nobles Artes sus vasallos ejercieren en el reino sus talentos que estuvieron auxiliados por el Real Erario», José Madrazo obtenía plaza de pintor de Cámara de Fernan­do VII en Madrid. Allí estaba ya el 1 de junio del mismo 1818 reclamando los sueldos devengados».

Establecido ya en España y resueltos sus asun­tos, el 2 de octubre pidió licencia de seis meses para volver a Roma, recoger su casa y regresar con su mujer y sus hijos. La licencia le fue concedida el 7, regresó a Roma y el 15 de febrero solicitó una prórroga de otros seis meses, «o por aquel tiempo que V.M. se sirva tener por conveniente». Esta nueva petición fue debida a haber tenido que sus­pender el levantamiento de su casa a causa del fallecimiento de los Reyes Padres (Carlos IV y María Luisa), y tener que atender a lo que, a este respecto, le pidió Vargas Laguna».

Santiago Masarnau y Torres, secretario, como se vio, del Mayordomo mayor conde Miranda, pudo conocer a José Madrazo en 1818 cuando, después de prestar el juramento prescrito en ma­nos de Vargas Laguna por delegación del Sumiller de Corps, Madrazo tomó posesión de su plaza de pintor de Cámara. Hasta el verano de 1823 ambos fueron servidores de Palacio; debió ser entonces cuando nació la amistad entre los dos, y aunque no sepamos nada de su relación, sí se puede asegurar que fue profunda, según se verá más adelante.

Ya se vio cómo Quadrado menciona a los Madrazo y a Ochoa como amistades de Masarnau a su vuelta de España. Del grado de esta amistad con los Madrazo puede ser un indicio que cuando Masarnau regresó a Londres en 1833, recibió una carta de don José Madrazo concebida en los si­guientes términos:

Madrid, 8 de agosto de 1833.—Señor don Santiago Masarnau.

Mi querido amigo: Acompaño a Vm. adjunta una letra pagadera a la vista de L. Sterlinas con 18 schelines contra los señores Darthez herma­nos de Londres, para que pueda Vm. comprar el piano que le encargué para mi hija Carlota, cuya cantidad es la que expresa la nota que don Vicente dejó a Carlota, extractada de la indica­ción que Vm. le hizo en su carta; y en el caso que subiese algo más porque Vm. se hubiese olvidado de incluir alguna partida de gastos, o por cualquier otra razón, mi hijo Federico, que se halla en París en compañía de don Vicente, se la pagaría a Vm., o si no, éste mismo, que yo se la abonaré. Como la estación de las lluvias se va acercando ya, le estimaré a Vm. que cuide de hacer empaquetar bien dicho piano, cubriendo el cajón con tela encerada o embreada, esto es, debajo del embalaje que me figuro le pondrán de hierba para preservar el piano de los golpes que puede recibir tanto en las aduanas por la torpeza de los mozos y de los que pudiera reci­bir en el camino. Respecto al puerto de España a donde le haya de dirigir, lo dejó a la disposi­ción de Vm. y a la ocasión de embarque que pueda presentarse, y creo sería conveniente ase­gurarle en esa capital del riesgo del mar, porque tengo entendido que no cuesta mucho, y por una friolera no nos debemos exponer a perderlo todo. En una palabra, lo dejo a la prudencia de Vm., seguro de que lo ha de considerar como cosa propia.

Me imagino que le habrá a Vm. chocado mi resolución de mandar a Federico a París, pero la he tomado para que se distraiga un poco, habiéndose atareado demasiado al trabajo, pu­diendo serle además útil la vista de los objetos de Bellas Artes, que no deja de haber muchos en París, tomando al mismo tiempo una idea del estado de la pintura actual en dicha capital. Con todo esto, acaso no me hubiera decidido sin la favorable ocasión de mandarle con su hermano de Vm. quien no dudo tomará todo el interés considerándole como cosa propia, y ejerciendo sobre él el cargo de un amistoso mentor; y cuan­do Vm. pase a París, como lo espero, le dará la enhorabuena por la gracia que el Rey nuestro señor acaba de dispensarle nombrándole su pin­tor supernumerario de Cámara, con opción del gozo del sueldo de tal en la primera vacante que resulte; gracia verdaderamente especial, y con la expresión de que no sirva de ejemplar. Pocos días antes me agració S.M. con la Cruz de Co­mendador de Isabel la Católica, exceptuándome de todo pago, la que pongo a su disposición de Vm.

Reciba Vm. las más cordiales expresiones de Isabel, Carlota, Perico y demás hermanos y ami­gos de esta su casa, quienes se acuerdan muy mucho de Vm. No deje Vm. de avisarme al recibo de ésta, y de mandar lo que guste a su más afectísimo amigo que sabe le ama, J. de Madrazo.—Mr. S. de Masarnau.—Princes Stret. Cavendish Square.—London».

En cuanto a su relación con Eugenio de Ochoa debió tener lugar en el verano de 1834, cuando éste estaba ya en España, y según parece probable, a través de la familia Madrazo. Ochoa, nacido en 1815 —el mismo año que Federico Madrazo— ha­bía estado en París pensionado por Fernando VII desde 1828 a 1833, y teniendo en cuenta que el regreso de Masarnau de su segundo viaje a París y Londres fue a primeros de agosto de 1834, habrá que admitir como más probable que su relación comenzara a partir de esta fecha.

El punto de coincidencia pasa por los Madrazo.

En la necrología de Carderera que Pedro de Ma-drazo publicó en 1882, se lee que «el amor de Carderera a la Edad Media (…) recibía nuevo pá­bulo en las reuniones de artistas y literatos román­ticos de que era teatro la morada de don José de Madrazo, padre del que esto escribe, rica en obje­tos de arte de toda especie, esto es, en colecciones de cuadros, estampas, dibujos originales y libros, que alcanzaron verdadera celebridad. Allí trató Carderera a Lista, Ochoa, Larra, Espronceda, Ventura de la Vega, Serafín Calderón, José Ber­múdez de Castro, Bretón, Gil y Zárate, etc. De aquellas reuniones salió la idea de publicar un periódico que fuese como el portaestandarte de la nueva escuela, y entonces salió a luz, dirigido y redactado por los más decididos de aquella falange —pues no todos se declararon románticos desde luego— «El Artista» verdadero despertador del ge­nio español moderno, antes aletargado, en cuyas columnas se dio a conocer Carderera como histo­riador de las artes plásticas…»».

Allí también, en «El Artista», comenzó Masarnau a darse a conocer como crítico musical, pues fue él quien se encargó de esta materia, de modo que al comenzar a publicarse la revista su amistad con Ochoa —que prácticamente dirigía el periódico— era ya sólida, como lo muestra la correspondencia co­nocida —escasa desgraciadamente— entre ambos.

La intimidad con la familia Madrazo se vio re­forzada por la soledad en que se encontró Santia­go en Madrid. Vicente, su hermano, había encon­trado un trabajo en Málaga, al que hubo de incor­porarse en octubre de aquel año 1834, al comen­zar el curso; no es, pues, de extrañar que frecuen­tara la morada de los Madrazo, «con quienes pue­de decirse que convivía»: de no haber sido así habría sido imposible que Pedro, a la sazón estu­diante en Valladolid lo mismo que Zorrilla, escri­biera la semblanza de Masarnau de la que antes se hizo mérito.

Intentó trabajar, como en Londres y París, dan­do clases de solfeo, «no obstante de no parecer bien a los amigos por lo desconceptuados que es­taban los músicos en España, casi igual que las gentes de teatro». Por consejo de su hermano Vi­cente probó a entrar en el Conservatorio de Músi­ca, con la categoría de Adicto facultativo, aunque al parecer sin dotación. La asidua asistencia al hogar de los Madrazo le dio ocasión de cultivar amistades, si no de la alta sociedad como a su hermano le hubiera gustado, sí de personas sobresalientes por su cultura literaria y artística; y aun­que conoció y tuvo cierta relación con políticos de renombre —Quintana, Argüelles, Olózaga y Mendizábal—, con ninguno llegó al menor grado de amistad, a excepción, tal vez, de Salustiano Olózaga.

En cambio, su correspondencia con Gomis se­guía sin interrupción. Esperanza y Sola menciona cartas de Gomis de septiembre, octubre y noviem­bre que no sólo le tenían al tanto de su actividad, sino también de la vida musical de París y de sus ilusiones y proyectos. «Las noches las paso solo como un perro en mi cuarto, fastidiado hasta más no poder porque Scribe aún no me ha dado nada», decía el 11 de septiembre. (Scribe era poeta de moda para letras de ópera.) El 30 de noviembre explicaba: «trabajo en mi nueva ópera cuanto pue­do, y muchísimo más de lo que hubiera creído, porque no tocando apenas el piano, todo mi recur­so era el canto. No obstante, parece que Dios, viendo la necesidad que tengo, me inspira, porque a estas horas estoy instrumentando el final del primer acto, que es enormemente largo de escri­bir, aunque de corta duración». A mediados de octubre volvía a escribirle otra larga carta contán­dole sus problemas.

A fines de enero de 1835 —carta del 30— tenía concluida la ópera. Estaba pensando ya en procu­rarse un nuevo libreto para otra ópera, cuya músi­ca pensaba escribir en un viaje, al que invitaba a Masarnau, «en busca de la salud perdida», pues Gomis la tenía muy deteriorada. Terminaba como solía con frecuencia, dando noticias del ambiente tan común y querido por ambos amigos: «Rossini siempre aquí tan guapo. Últimamente se ha dado una ópera de Bellini, nueva, I Puritani. ¡Gran su­ceso! Yo no la he visto porque no salgo de noche». Pero a Masarnau no le seducía volver a sus amis­tades de París en este momento porque otro pro­yecto le estaba llamando.

Federico Suárez

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