Santiago Masarnau (3)

Mitxel OlabuénagaSantiago MasarnauLeave a Comment

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  1. DE NUEVO EN ESPAÑA

La etapa de Quadrado que comprende entre 1829, fecha de su regreso a España, y la segunda emigración en 1837, dista mucho de ser uniforme: en el intermedio de estos ocho años hay que anotar un viaje de casi dos años a París y Londres.

Cuatro años desorientados

Llegado a Madrid a la casa familiar de la calle de la Encomienda, sometido a los solícitos cuida­dos de su padre y de la fiel Dominga, a Masarnau no le fue fácil adaptarse de nuevo —si es que antes de 1825 lo había estado— al ambiente madrileño. Después de esos años en París y Londres, tocando, componiendo, asistiendo a conciertos y óperas, disfrutando de la amistad de músicos como Rossini, Chopin, Bellini, Cramer, Meyerbeer, Gomis, Schlessinger, Mendelsohn, y en continuo trato con ellos, Madrid, sin cultura ni afición musical, sin apenas conciertos y sin ópera, desvinculado de antiguas amistades —excepto, probablemente, de los Madrazo—, no solamente no contribuyó a le­vantarle el ánimo, sino que le dejó sumido en una especie de apatía que le impedía tomarse interés por las cosas o personas, de modo que las visitas obligadas a los familiares fueron más una penosa obligación que una distracción.

Contribuyó a agravar este enfermizo estado de ánimo el fallecimiento de su padre, a los 56 años. En un dietario o cuaderno de apuntes que llevaba desde su estancia en Londres anotó al poco tiempo de llegar a Madrid: «mejoría de salud, poco de diversión y nada de trabajo». Durante la breve enfermedad de don Santiago apenas se separó de la cabecera de su lecho los once días que duró la mortal dolencia. El laconismo de sus apuntes nos informa de que «el 4 de noviembre, a las ocho y media de la noche, expiró mi adorado padre», indicando los apuntes de los días sucesivos que en la tarde siguiente se llevaron el cadáver, que el 6 se celebraron las misas y el entierro, y el 11 «cabo de octava», el funeral. Avisado su hermano Vicen­te, llegó de Río Tinto con amplio permiso el 19.

No se dejó llevar demasiado tiempo en llorar lo irremediable, y aunque el recuerdo de su padre nunca dejó de estar presente en su memoria, al cabo de un mes había reanudado su vida habitual; en su dietario aparece la distribución que hacía de su tiempo: «tocaba el piano —escribió Quadrado—y hasta componía algún rato; jugaba al ajedrez con Vicente, y a las cartas con los vecinos a segunda noche; visitas a parientes, algunos paseos…». Es lástima que Quadrado no dé pormenores de un hecho de gran interés y sobre el que pasa de largo sin darle mayor importancia, pues al hablar de sus amistades —dice— «empiezan a sonar las de Ochoa, Lobo y Madrazo».

Tuvo ocasión de contemplar la llegada de la princesa María Cristina de Borbón y los festejos que se hicieron en su honor; «dos meses más tarde fue recibido por Fernando VII para obtener por vía de orfandad, hasta llegar a la edad de 25 años, un tercio de la pensión que percibía su padre del Montepío»’. Pero nuevamente su salud se resintió aquel invierno: insomnio, temores absurdos, neu­ralgias.

El 13 de febrero, terminado su permiso y arre­glados los asuntos familiares, Vicente se volvió a Río Tinto, con lo que la soledad y la melancolía de

 

Santiago aumentaron, hasta el punto de hacérsele difícil la vida en la casa que habían llenado el padre con los tres hermanos y la fiel Dominga, y en la que ahora el vacío le era insoportable con tanto recuerdo como llenaba su mente.

A juzgar por el dietario de 1830 —prosigue diciendo Quadrado—, y por una que otra memo­ria biográfica de aquel año, parece que el viejo Masarnau se llevó a la tumba toda la actividad de Santiago, o habérsele pegado al carácter de éste el contagio de la sociedad madrileña. El piano, en vez de estudiarlo o divertirle a solas, no le servía más que para entretener las tertu­lias, prolongadas hasta muy tarde de la noche.

Algo alivió esta desidia el trato con unos ingle­ses (había llegado a dominar perfectamente esta lengua) y con la familia del Embajador de los Es­tados Unidos, a cuya hija menor, Cornelia Van Ness, dedicó una fantasía escrita para ella. Según Quadrado, conoció a Quintana, que influyó en sus lecturas, pero no aclara ni cuáles fueron (aunque sí dice que «no todas bajo un aspecto religioso irreprensible», ni dónde le trató, aunque por en­tonces y desde un año antes el vate residía de nuevo en Madrid y tenía en su casa una tertulia literaria.

A fines de 1830, en noviembre, su hermano  Vicente dejó las minas de Río Tinto para desem­peñar en la Universidad de Madrid la cátedra de Química, «pingüemente dotada»; tomaron casa —abandonando la que Santiago ocupaba en la calle de la Reina— en la calle de Hortaleza «esquina a la del Colmillo», donde vivieron con más amplitud y comodidad. Durante el verano, y por tanto antes de la venida de Vicente, había pasado algo más de quince días en Aranjuez, «para disfrutar la tempo­rada», entre el 24 de mayo y el 11 de junio. Al año siguiente la temporada la pasó en La Granja de San Ildefonso durante la segunda quincena de ju­lio. Mantenía durante estas ausencias frecuente correspondencia con su hermano. Hacía alguna excursión, trataba a poca gente y leía a Byron. Viajó desde La Granja, hasta fines de agosto, por Valladolid, Burgos, Vitoria y Bilbao, «recogiendo de donde quiera amigables obsequios, vivos aplau­sos por sus complacencias musicales y variadas y gratísimas impresiones».

Fue para Masarnau motivo de alegría y anima­ción el volver a estar con Rossini, que había sido traído a España por su amigo el banquero Alejan­dro Aguado (febrero de 1833), en cuya finca de Petit Bourg había escrito no pocos pasajes del Guillermo Tell. Dice Quadrado que «el examen de las obras del pianista ocupó la atención del inmortal maestro el espacio de una larga visita». Desde su regreso a España Masarnau había escrito tres piezas con el título de Cantos de las Dríadas, «de cada una de las cuales había tirado tres ediciones, igualmente que una segunda de las anteriores La Ricordanza, Il Rondino y L’Innocente, cuyo despa­cho en las librerías de Madrid, sin el gran número de ejemplares regalados a los amigos, importó en un año (1831-1832) cerca de 2.700 reales».

Lejos de entibiar la ausencia su amistad con Gomis, la acrecentó. Esperanza y Sola menciona que el 21 de enero de 1831 se estrenó en el teatro Ventadour de París, la ópera Le Diable a Sevilla, de la que dice que «a pesar que lo disparatado del asunto envolvió a la partitura en el naufragio, el compositor aludido sintió la para él nueva y siem­pre profunda emoción de los aplausos». Masarnau tuvo conocimiento del fracaso, pero al menos Gomis ya había conseguido que se representara una ópera suya, género que más le atraía y en cuya música le había ayudado alguna vez Masarnau con comentarios a las consultas que le hacía».

Durante el año 1832 siguió cursos de matemá­ticas en la cátedra de don Antonio Gutiérrez, al tiempo que por las mañanas dedicaba unas horas a componer un Método.

Hubo, también, un repetido intento de recupe­rar lo que en 1823 le había sido arrebatado. Es quizás muy sintomático que el memorial de San­tiago Masarnau fuera presentado al Rey después de los sucesos de La Granja (1832), cuando un nuevo gobierno con declarada tendencia pro-libe­ral (al menos en algunos de sus miembros) había tomado las riendas de Estado con María Cristina al frente del despacho de los negocios. Decía así:

Señora:

Don Santiago de Masarnau, hijo de don San­tiago de Masarnau y Torres, que fue secretario de la Mayordomía Mayor por espacio de ocho años, ante V.M. con el más profundo respeto hace presente:

Que habiendo sido envuelto en la desgracia de su difunto padre en 1823, en fuerza de la cual lograron los enemigos de aquél fuera privado de sus destinos y sueldos en el último tercio de su vida, y después de haber sacrificado la mayor parte de ella en el desempeño más completo y honrado de sus deberes, fue también privado al exponente de una plaza supernumeraria de Gentilhombre de la Real Casa que disfrutaba desde 1819, igualmente que de la pensión vita­licia de 300 ducados que S.M. le había concedido espontáneamente en 1817, sin más delito que ser hijo de un hombre virtuoso pero desgra­ciado.

El exponente, Señora, no quiere molestar la soberana atención de V.M. llamándola hacia lo imposible que le era haber delinquido en la épo­ca de su separación cuando sólo contaba 17 años de edad, dedicados casi totalmente a su instrucción, como es notorio; pero las circuns­tancias le obligaron a callar, igualmente que a su pobre padre, y a acogerse a los consuelos que la Religión y la filosofía suministran siempre, pero con particularidad cuando el testimonio íntimo de nuestra conciencia no tenía qué echarnos en cara. Pero las circunstancias han variado. Los gemidos de los inocentes pueden llegar a los soberanos oídos de V.M., conocida la intención de los que tanto interés tenían en evitarlo, y el exponente, por lo tanto, lleno de inexplicable placer y confianza, a V.M. humildemente supli­ca se sirva mandar por efecto de su soberana bondad y en atención a la injusticia con que fue separado de su plaza de Gentilhombre de la Real Casa y privado de su pensión, se le vuelva al goce de una y otra con la antigüedad que le corresponda en la primera, por cuyo favor pe­diré al Cielo mientras viva colme de felicidades los interesantísimos días de V.M.—Madrid, 26 de noviembre de 1832.—Señora: a sus R.P., San­tiago Masarnau’.

La petición no fue atendida, si es que llegó a ser examinada. Pocos datos más se tienen de 1832 con relación a Masarnau. Le pesaba el ambiente, tan poco propicio a sus gustos y aspiraciones, y echa­ba de menos los años de París y sobre todo, los de Londres. El 9 de abril de 1833, cuatro días después de haber asistido al estreno del Stabat Mater de Rossini en San Felipe el Real, abandonó Madrid, y por Burgos y Vergara se dirigió, vía Burdeos, a París. Probablemente fue allí, de nuevo con Rossini, donde tuvo lugar la crítica a la que se refirió Esperanza: «nuestro artista fue el primero que dijo a Rossini lo bueno y lo malo que había en su Stabat, dedicado al Comisario de la Cruzada, Varela, y la jugarreta que sospechaba había hecho a los españoles— y que aquél no tuvo otro remedio que confesar— escribiendo más tarde los trozos que había incluido como suyos y eran obra de su amigote Tardolini». Así fue, en efecto, tal como Masarnau dijo. Al ocuparse del Stabat en su citado libro, Esperanza y Sola relata las vicisitudes que por esta falsedad pasó la edición de la partitura:

Rossini pidió a los tribunales y a la policía que impidiera ejecutar una obra «en la cual no hay más que seis números de mi composición», pues por enfermedad encargó a otro compositor los de­más.

Paréntesis en París y Londres

No cabe duda de que, de tener disponible la documentación que conoció Quadrado, hubiera sido posible, quizá, ser más precisos en no pocos tramos de su vida, pero no con relación a las razones que tuvo para abandonar España: «Lo que de dichos apuntes (los que llevaba Masarnau) ni de otro dato se deduce —escribió Quadrado— cuáles son las causas determinantes que sin precedente decidieron de pronto en 1833 su segundo viaje a Francia e Inglaterra, después de tres años y medio de aclimatado contra todas sus inclinaciones y pre­ferencias en el nativo suelo».

El 24 de abril de 1833 estaba de nuevo en París, donde se puede decir que estuvo de paso, pues el 6 de mayo transitaba por las calles de Londres en compañía de Trueba y Cosío, que había decidido acompañarle. Con todo, en París «diez días apenas le bastaron para renovar allí sus entrevistas e intimidades con Viardot, Rossini, Aguado y Telesforo Trueba, y especialmente con su inolvidable Gomis». En Londres se encontró de nuevo con sus viejos amigos Schelinger, Drugonetti, la familia Latorre, sus antiguos discípulos, y por supuesto madame Laborde. Volvió al tenor de vida de su anterior estancia: asistencia a conciertos (especial­mente de Cramer, Paganini y Nicholson), visita a exposiciones, comidas o cenas con aquellas cele­bridades musicales, audiciones de óperas tanto ita­lianas como alemanas. (Precisamente Pedro Madrazo, en la semblanza citada, especifica una ter­cera época en la música de Masarnau de clara influencia alemana); leía a Shakespeare y a Gibbon, daba paseos en bote por el Támesis y se relacionaba con los más selectos círculos de la sociedad londinenses. Había conocido en Londres en su anterior viaje a una familia con la que con cierta frecuencia se relacionaba, una de cuyas hi­jas, de nombre Gracia, había despertado en Masarnau una incipiente pasión o enamoramiento. Al reanudar en este viaje la relación con la familia, se avivó el fuego. En una de sus cartas describió —según dice Quadrado— la reunión brillante de unas doscientas personas y la deliciosa pradera donde se tuvo el baile,   y los bosques que la rodeaban con sus tortuosas y sombrías sendas por donde pasearon solos, y se sentaron y se le escapó la declaración más in­condicional y calurosa que jamás salió de sus labios. A esta inolvidable entrevista (era el 13 de julio) siguieron otras y otras en soirées y en secreto, donde creció tanto con honestos favo­res la llama, a despecho de un rival de más ventajosas condiciones, que sintió la necesidad de dejar cuanto antes Inglaterra si no quería quedar en ella prendido con lazos inquebran­tables».

Por entonces su hermano Vicente estaba en Pa­rís con otro profesor de matemáticas, Antonio Gu­tiérrez, a cuya cátedra había asistido Santiago. Éste, en carta del 12 de agosto, le brindó a su hermano extender el viaje a Londres, «antes de que se ausentara irrevocablemente, aunque con más pena que nunca, de su país favorecido». Tres semanas permanecieron juntos los hermanos en Inglaterra, regresando ambos a París el 15 de sep­tiembre del mismo 1833.

Vicente se volvió a España, pero Santiago per­maneció en París el resto del año y gran parte del siguiente. Económicamente se defendía bien dan­do lecciones de piano, pero su curiosidad por el saber le llevó a las clases de Física de Pouillet, a la par que seguía componiendo y cultivando antiguas y nuevas amistades, y no sólo en los medios musi­cales. «He visto hoy —escribía— en el espacio de doce horas escribir a Rossini, conversar a Bellini, al barón de Taylor con sus literatos, a La Place pensando en su viaje alrededor del mundo, a Du-mas llevado en triunfo por el éxito de su Angela, a Pouillet, de ciencia tan luminosa como de expansi­vo carácter, a Alkan escribiendo y tocando su mú­sica, a Gomis lleno de esperanzas en el próximo estreno de su Revenant, y a Miró y a Esain quema­dos de emulación… ¿No se dirá, pues, con verdad que París da la fiebre, aunque sea a un leño?».

El regreso a España

No todos los días eran así. Pasaba, dado su carácter, temporadas de pesimismo por falta de porvenir; vivía con gran frugalidad, y no siempre las clases eran para él motivo de gozo. Pensó ir a Italia en primavera, pero allí no veía tampoco gran porvenir o aprovechamiento para su música, pues —decía— «no sirve sino para aquel género suyo débil, que si tanto por moda ha brillado, decae continuamente». Por otra parte, y después de la muerte de Fernando VII, España había cambiado. A Santiago no le atraía gran cosa la política, pero no así a su hermano, que le escribía con entusias­mo del nuevo orden, de la vuelta de los emigrados, de la Milicia Nacional (a la que se envanecía de pertenecer), animándole a regresar a la patria en vista de las nuevas circunstancias, que juzgaba más prometedoras por más libres.

Quizá con el fin de animarle, o por encargo del propio Santiago, Vicente se dirigió de nuevo a la Reina Gobernadora exponiendo la injusticia de que había sido objeto su hermano en 1823, pero cambiado el texto de la primera representación y acomodándola a la nueva situación y con distintos argumentos:

«En el día, Señora, en que se oye y se juzga por delito el que verdaderamente lo es, se puede hablar en términos tan claros, y de los mismos hubiera usado el padre del exponente si las cir­cunstancias de aquella época no le hubieran obligado a callar; así, pues, pedía de nuevo «con particularidad de su innata bondad y en aten­ción a la justicia que asiste al exponente, se le vuelve a la plaza supernumeraria de Gentilhom­bre con la antigüedad que le corresponde, del mismo modo que han vuelto a las suyas los Gentilhombres de Casa y Boca, Mayordomos de Semana y Ayudas de Cámara separados en la misma época.»

Firmaba la representación en Madrid el 4 de febrero de 1834 (Era presidente del gobierno Mar­tínez de la Rosa, para cuyo Aben Humeya había escrito la música Gomis, y al que quizá Santiago hubiera conocido en París), por poder de Santia­go, su hermano Vicente Santiago de Masarnau». Pero este nuevo memorial, como el otro del mismo Santiago, tuvieron el mismo silencio que si no se hubieran escrito. En este aspecto los liberales no mejoraron la resolución que firmó Fernando VII.

Al fin, Santiago Masarnau se decidió. Según constata Quadrado su pasión por la mujer que «durante ocho años ocupaba su alma» le impelía a quedarse en Inglaterra. La disyuntiva era: «para ir a España, decía, hay que pensar en el empleo; para ir a Inglaterra, en el matrimonio». De momento regresó a París. No podía ofrecer a Gracia una posición, por lo que resistió los requerimientos perseverantes de dos de sus muchos buenos ami­gos de Londres, Esaín y Field, para volver a Lon­dres. En París reanudó sus estudios con Pouillet y asistió a las clases de astronomía de Arango. Vis­lumbró con la publicación del Estatuto un comien­zo de estabilidad en el nuevo régimen implantado en España, pero si ello le hizo sentirse atraído, siquiera levemente, por las cuestiones políticas, la noticia de la brutal matanza de frailes en junio de 1834 con el acompañamiento de los sacrilegios que conjuntamente se cometieron enfriaron su pri­mera decisión de emprender el viaje. Al fin, y por la insistencia de su hermano coincidiendo con la extensión del cólera por Europa, el 9 de agosto emprendió el camino de regreso a la patria.

Federico Suárez

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