Santiago Masarnau (2)

Mitxel OlabuénagaSantiago MasarnauLeave a Comment

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  1. LA PRIMERA ESTANCIA EN EL EXTRANJERO

Ya se vio en el capítulo anterior cómo la familia Masarnau vivió pacíficamente y sin ser molestada al menos hasta agosto de 1825 en el que el segundo hijo varón, Santiago, emprendió viaje a París en agosto. No hay fuentes conocidas ni el menor in­dicio de que la familia Masarnau fuera molestada en lo más mínimo, ni hasta 1825 ni después. No hubo ningún exilio, pues Santiago salió por cues­tión de estudios, Vicente siguió sus estudios con toda normalidad, y la correspondencia del padre con Santiago, conocida y utilizada por Quadrado, muestra que vivieron tranquilamente durante la última década de Fernando VII.

La primera salida de Santiago al extranjero comprende los años que van desde 1825 hasta 1829, y las tres fuentes principales —y hasta ahora únicas— para conocer esta etapa son el libro de José María Quadrado, la biografía condensada (anterior a la que escribió Quadrado) de Esperan­za y Sola, publicada en «La Ilustración Española y Americana» el 15 y 22 de enero de 1881 y reco­gida luego en sus Treinta años de crítica musical, y el esbozo que hizo Pedro de Madrazo en «El Ar­tista».

Estas fuentes —que dicen mucho menos de lo que podían haber dicho— son absolutamente fia­bles. A Quadrado se le proporcionaron todos los papeles de Santiago Masarnau para que escribiera la biografía, y entre ellos 240 cartas, algunas muy extensas, particularmente las de su padre, cruza­das entre ambos en estos cuatro años; por su parte, Esperanza, que conoció y trató a Masarnau duran­te algunos años y con quien llegó a tener gran confianza, escribió: «Si apuntase ligeramente si­quiera lo que el mismo Masarnau me ha contado respecto de todos, o casi todos, los artistas de que he hecho mención, haría este relato interminable»; debió ver también sus papeles, o parte de ellos, pues dice que Masarnau había tocado de cerca «los verdaderos móviles que impusieron a Rossini el silencio en que largos años ha vivido y que, más tarde, en una carta notabilísima (cuyo borrador ha aparecido entre sus papeles)…». En cuanto a Pe­dro de Madrazo, fue como un hermano.

Durante cuatro años Santiago Masarnau residió en París primero, en Londres luego, y por último nuevamente en París. No es fácil averiguar el por qué cuantos se han ocupado de Masarnau, con alguna rara excepción, dan como un hecho el exi­lio o destierro como la razón de su salida de Espa­ña. Así, por ejemplo, Esperanza y Sola: «habiendo caído su padre en desgracia con el rey, tuvo que marchar con toda su familia al destierro»; o Vicente Lloréns: «En Londres se dio a conocer como pianista Santiago Masarnau (1805-1882), que acompañó en el destierro a su padre». Lo mismo dicen los autores de la Intro­ducción a la edición de «El Artista» (de Turner), así como José Luis Alborg y la biografía que inclu­ye la Enciclopedia Espasa. Más objetivo, pues le conoció a fondo, Pedro Madrazo, en la semblanza que hizo de Santiago Masarnau el «El Artista» dijo «que se halló envuelto en la persecución con­tra los liberales en 1823, y fue despojado, con su padre, de todos los honores y empleos»», cosa cierta, como se vio antes, pero sin hacer la menor alusión a un «exilio» o «destierro», puesto que no lo hubo. Por lo demás, ya se vio cómo su padre y hermanos permanecieron en España sin ser moles­tados y él mismo volvió en 1829 sin mayor incon­veniente ni trámite especial.

París

Don Santiago Masarnau preparó cuidadosa­mente las cosas para que su hijo no fuera al azar. La condesa de Goyeneche tenía como apoderado a un pariente de Masarnau, y fue ésta la razón de que el joven Santiago residiera en una de las de­pendencias de la casa o palacio de la condesa. Partió de Madrid un 9 de agosto e hizo su entrada en París el 20, siendo recibido por su pariente. Uno de los objetos del viaje —si no el principal—fue acudir a las clases del famoso Monsigny, aun­que a la postre no lo consiguiera por exceso de alumnos y falta de tiempo, o «por calculadas mi­ras».

Dado el ventajoso arreglo que en cuanto aloja­miento y comida, además de tener un piano a su disposición, tuvo Masarnau desde su llegada, se dedicó de lleno al trabajo, a cultivar amistades y relaciones y a frecuentar la sociedad. Se familiari­zó «con las obras de Weber y Hamel, como con las de Haydn, Beethoven y Mozart»; asistió al teatro, especialmente a la ópera, estuvo en el estreno de Il Crociato, de Meyerbeer; entabló conocimiento con Rossini, aunque la profunda amistad que los unió vino después; asistió a reuniones y a soirées, «donde su admirable y diabólica ejecución adqui­rida con la dureza del piano, y su rara habilidad en el acompañamiento, a la vez que sus distinguidos modales, le granjeaban entusiasta y universal aco­gida» (Quadrado). Fue aquí en París donde publi­có una colección de valses con el título de El Par­naso.

Conoció a españoles, músicos y artistas, que de fijo o de paso coincidieron con él: a los pianistas Arnau y Almazán, de quienes recibió consejos; un tal Mals, vecino suyo; León, que era violinista; Daro, con quien hizo amistad. Pero sobre todo conoció, trató y fue influido por un músico, cator­ce años mayor que él, con quien entabló la amistad más profunda y duradera, de nombre José Melchor Gomis, natural de Onteniente. Éste sí que era un exiliado, entre otras razones por sus letrillas o canciones patrióticas liberales que publicó el libre­ro Cabrerizo en 1823, además de haber sido músi­co mayor de un batallón de la Milicia Nacional. Vivía modestamente en París —en «un cuartito que le costaba 15 francos al mes» dijo Masarnau—, dedicado a dar lecciones de canto, pero su nombre comenzó a sonar a raíz de la publicación «de algunas de las canciones que escribía para sus discípu­los, así como dos cuartetos vocales». En 1825 pu­blicó su Método de solfeo, y fue Gomis el que introdujo una tercera persona en la amistad de ambos. Una de sus discípulas había mostrado cua­lidades extraordinarias para el canto; era de origen italiano, pero francesa por su matrimonio con el general Laborde, de quien estaba separada. A los dos meses de su estancia en París, Masarnau deci­dió trasladarse a Londres «en compañía y por consejo de Gomis», y aunque como argumentos no fueran concluyentes, algo pesaron diversas cir­cunstancias, tales como el resultado negativo de sus intentos de recibir clases de Monsigny (algunas de cuyas deficiencias en cuanto al método le des­cubrió Gomis), la mayor cantidad de salas de con­cierto y de ópera en Londres, incluso la posibili­dad —también insinuada por Gomis— de recibir lecciones de Cramer, «el primer pianista de Euro­pa, y asegurarle una inmensa fortuna allí donde ganan en estimación a los más ilustres Lores las eminencias del arte».

En la nutrida correspondencia con su padre, Santiago le refería cuanto hacía relación a la vida que llevaba, tanto de trabajo como de reuniones, así como también hacía mención de las amistades que iba adquiriendo y de sus cualidades. El padre, por su parte, y como era lógico y natural en aque­llos tiempos, y dada la educación que había dado a sus hijos, no dejaba en sus cartas de recordarle los buenos principios religiosos y morales que le había inducido desde la niñez, temeroso de los peligros que para la virtud de un muchacho, solo y en París y Londres, podía encontrar a la vuelta de cada esquina. Santiago le tranquilizaba: «des­canse usted —le decía— me hallo con la suficiente filosofía para decirle: los que opinan que en mi actual edad es invencible la fuerza de las pasiones, ¡qué pobres hombres son! Llaman necesidad al efecto de su flaqueza».

El lazo que sus respectivas —y casi se podría añadir: complementarias— cualidades musicales animó a aquel heterogéneo trío (Gomis, Masarnau y madame Laborde), y el común propósito de ins­talarse en Londres para dar conciertos causó pro­funda desazón al conocerla en Madrid don Santia­go por carta de su hijo. Mostróse por completo contrario a la idea, y durante algún tiempo la correspondencia entre ambos tuvo este proyecto como tema principal, si bien el padre iba progre­sivamente ablandándose, hasta el extremo de ce­der y agradecer a Gomis la solicitud que mostraba por el porvenir de Santiago.

El 12 de enero de 1826 abandonó Masarnau Francia por Calais con la señora Laborde, mucho mayor que él, pero sin el autor de la idea, «reteni­do Gomis en París por algunas semanas».

 

La larga estancia en Londres

No sabemos hasta qué punto influyó París en la personalidad y los gustos de aquel mozo de 20 años decidido a triunfar, pero sí se sabe de cierto que Londres le marcó de tal manera que se hizo al ambiente y aun a los modos ingleses como si hu­biera nacido allí. En las cartas a su padre le habla de la formalidad de sus gentes (le encantó la cos­tumbre de no ser visitado por persona alguna sino mediante previa invitación por esquela), de las calles silenciosas donde sólo los pasos de los tran­seúntes se oían y por las que circulaban silenciosa­mente los coches’.

Tampoco a Londres llegó del todo sin ayuda. Contó —o mejor, contaron— con la de un anciano mecenas, compatriota, de apellido Manota, «tan indefinible en su profesión como en su conducta, tan sin par manirroto que paga de su dinero la linda casa que les toma en sitio principal». Mien­tras, desde París, escribía Gomis el 14 de enero de 1826: «Yo sigo trabajando como un loco y desean­do salir de aquí. Espero dinero, sin el cual nada puedo hacer, y sin poder pagar a grabadores ni a nadie». Gracias a su Método de solfeo, que llevó a Rossini, quien le hizo tales elogios que «la adusta de su señora (que hace algunos días está conmigo más amable)» le pidió un ejemplar para utilizarlo con sus discípulas. Rossini escribió una carta en extremo laudatoria para el Método de Gomis, e incluso le consiguió otra, no menos entusiasta, de Boieldieu. «Yo pienso litografiar su carta (la de Rossini) porque,en España sobre todo, habrá mu­cha gente que sólo por ver la letra de Rossini será capaz de comprar el Método, y al cabo, yo creo que esto no cuenta gran cosa». Fue, al fin, Joaquín Ferrer —que luego a partir de la Regencia de Ma­ría Cristina, tuvo una pública actuación política con los progresistas— el que sacó de apuros a Gomis comprando 100 ejemplares de su Método.

El 5 de febrero Gomis comunicaba estas noti­cias a Masarnau, así como sus deseos de abando­nar París: «abandono decididamente París en cuanto tenga las cartas de Rossini y de la Colbrand. Lo que siento es que, como pienso sacarle al primero unas cuantas, y esto no es fácil lograrlo sin muchísima paciencia, por los poquísimos mo­mentos en que está libre…»: tales eran las circunstancias que retrasaban su viaje. Afortunadamente para él, dos días después de esta carta anunciaba su próxima salida para Londres’.

Sin esperar a la llegada de Gomis, Masarnau había adquirido un piano —cuyo coste, 2.000 fran­cos, corrió a cargo de su padre— en el que practi­caba asiduamente entre seis y ocho horas diarias; se puso en relación con Cramer (aunque no llegó a recibir sus lecciones), y seguía manteniendo con su padre una nutrida correspondencia en la que se mostraba feliz en Londres. Tanto que —escribió Quadrado— «vivía el joven respirando alegría y salud en aquella atmósfera de carbón piedra, he­cho un inglés, en vestir, en comer, en estudiar, en pasear y hasta en dormir, no conociéndose a sí mismo en los arranques sublimes de la fantasía y en un júbilo interior que se traduce en corporal robustez»».

Las cartas de Rossini que llevó a Londres Gomis no tardaron en hacer su efecto. Los hermanos Latorre, establecidos en Londres hacía muchos años, les abrieron la puerta de la sociedad londi­nense; Masarnau comenzó a dar lecciones (una libra dos lecciones semanales); pero más interesa­do en adquirir renombre como pianista y compositor, sólo dedicaba dos horas diarias a las leccio­nes, empleando el resto en el estudio y el piano, «hasta adquirir tal maestría por sí mismo que llegó a no envidiar a la de Cramer y la de Moscheles, como en París anteriormente la de Liste, ya que los vicios del primero, tan desautorizado moral­mente en la sociedad inglesa, no le permitieron lograr el aprendizaje que tanto se le había encare­cido».

Fue en Londres donde Masarnau comenzó a adquirir un estimable prestigio, primero como acompañante —reconocido, decían, en este punto sólo inferior a Rossini—, luego como pianista y compositor, comenzando a figurar su nombre en los programas de los conciertos. Participaba en reuniones y partidas de caza durante el verano. Aunque el anciano mecenas Manota había regre­sado a Madrid y visitado y entablado amistad con don Santiago, comunicándole no sólo noticias de la buena conducta de su hijo, sino de la compene­tración fraternal de aquel terceto, la preocupación por su salud y por los peligros que para su espíritu podía encontrar en aquel ambiente protestante no desaparecía. Es cierto que el joven Masarnau, en­tre clases, estudio, conciertos y reuniones había perdido aquel grado de religiosidad con que salió de España (en Londres había que ir a la capilla de la Embajada de Austria para cumplir el precepto pascual), pero seguía con la misma integridad religiosa, sin que le hubiera afectado el ambiente en este aspecto.

No abandonaron el trabajo durante el verano. En los primeros meses de 1827 les llegó la oportu­nidad merced a una canción de Gomis, interpreta­da por una famosa diva, que alcanzó gran popula­ridad y fue causa de que se incluyera a Gomis en un concierto de la Sociedad Filarmónica. El 22 de junio tuvo lugar un gran concierto a beneficio de Masarnau y madame Laborde (una guinea la en­trada), que fue un éxito.

A poco vino la gran contrariedad: rumores infa­mes acerca de aquella especie de familia. Al punto, dejando el cuarto principal para madame Labor­de, se mudaron Gomis y Masarnau; llegaron los rumores a oídos del viejo don Santiago con el consiguiente disgusto: «no volverla a ver jamás, en ningún sitio, bajo ningún pretexto», le escribió, decisión rectificada al poco tiempo al convencerse de buena fuente de la inocencia de su hijo y de no haber en todo el asunto más que murmuraciones infundadas.

El joven Santiago soportó la prueba a fuerza de trabajo: aumento de lecciones y prácticas constan­tes en el piano; compuso una polonesa que tituló La Pichona, improvisaba oberturas al estilo ale­mán. A fines de 1827 su balance arrojó 127 libras, que comparadas con las 31 del año anterior era casi una fortuna. Una nueva oportunidad, no re­munerada pero útil, le reportó la llegada a Londres como Embajador del conde de la Alcudia, que hizo de Gomis maestro de capilla, y organista a Masarnau.

Al entrar la primavera de 1828 se entregó al trabajo con mayor afán que nunca, produciéndole, estimables ganancias las soirées en las que era so­licitado. Dirigió la sesión del día de San Fernando en la Embajada de España, que constituyó un gran éxito. Pero no tardó en quedarse solo. Gomis fue reclamado a París para escribir la música del dra­ma Aben Humeya, de Martínez de la Rosa, y Masarnau, cada vez más conocido y solicitado, se entregó con tal ímpetu al trabajo que acabó por arruinar su salud:

Sin olvidar —escribió Quadrado— por un sis­tema más comunicativo sus laboriosos hábitos de gabinete, y sin dar por terminada su educación en el piano aun después de un trienio de enseñar a los más distinguidos alumnos de Lon­dres, y hasta a consumados maestros, recibía Masarnau al frisar en sus 23 años, del alemán Schlessinger, lecciones que no había tenido oca­sión, ni mostrado quizá gran empeño, en lograr de Cramer ni Moscheles, al mismo tiempo que se acreditaba de fecundísimo compositor, aña­diendo a su primera serie de valses otra de nue­ve más con el título de Segundo Parnaso, dos canciones inglesas y seis italianas, un rondó, otra polonesa apellidada La Inocente (…) Suce­día esto a la entrada del invierno de 1828; las fiestas de Navidad se le deslizaron sobre la ím­proba tarea de poner en orquesta, para ser ad­mitida en el selectísimo repertorio de la gran Sociedad Philarmonica, una obertura, trece me­ses atrás improvisada a cuatro manos sobre pia­no, con tal premura que cada día, aparte de sus obligaciones ordinarias, había de escribir diez pá­ginas de metida nota; y faltaban poco más de treinta días, cuando dio en el suelo con sus ago­tadas fuerzas.

La enfermedad no era grave, pero hizo reflexio­nar muy seriamente al joven pianista, a juzgar por la carta que escribió a su padre el 21 de enero de 1829. Durante aquellos días le asistieron con asi­duidad su amigo Gomis —de vuelta en Londres—y otro emigrado, Telesforo Trueba y Cosío. En aquel año —1828 Masarnau había ganado unas 250 libras, pero (no se sabe si a consecuencia de su decaimiento) reconocía que en el piano le era im­posible llegar a tener nombre. «Amo a Inglaterra —escribía a su padre— y la lloraré si llego a dejar­la»; pero comenzaba a ver que quizá, con los co­nocimientos que tenía en París, pudiéransele abrir las puertas del Conservatorio y satisfacer —conti­nuaba— «todavía la vocación a la música de teatro que me llamaba tiempo atrás a Italia o Alemania. A cualquier mandato inclino la cabeza, hasta el más duro de todos, que sería el de regresar a Madrid; hable usted y obedezco».

Su convalecencia, aunque lenta, fue constante. Se había trasladado a Hampstead, a cuatro millas de Londres; en marzo, por consejos paternos, y aun no del todo curado, decidió dejar Inglaterra, y en abril repasaba al estrecho de Calais camino de París.

Segunda estancia en París

Cuatro meses duró esta segunda estancia en París. Todavía no repuesto del todo, y sometido a un plan que le recetó el médico Orfila, así como a un descanso total, su restablecimiento avanzó con rapidez. Fue en esta segunda estancia cuando anu­dó una profunda amistad con Rossini, que «le admitió francamente a su jovial conversación y picantes epigramas a costa del prójimo». Renun­ció al Conservatorio —quizá por las secuelas de falta de vigor y de ganas que le había dejado su enfermedad—, y con las amistades que había hecho y las que hizo entonces —entre ellas las de la fami­lia Viardot— alternaba los paseos a caballo, excur­siones a Versalles y Saint-Cloud y alguna partida de caza. Tan sólo Masarnau y el tenor Nourrit fueron testigos de la elaboración del Guillermo Tell de Rossini. El mismo Masarnau relató a Esperan­za y Sola mil anécdotas a este respecto. Sabedor Rossini del estado de decaimiento físico —y desde luego, de cierta desmoralización para su trabajo—fue a visitarle, y a la vez le propuso ir a su casa para acompañarle mientras trabajaba en la parti­tura de su nueva ópera. Vivía Rossini en Mont-martre, y con frecuencia exponía a Masarnau su trabajo o le consultaba el desarrollo que pensaba dar a determinado motivo. «Una de estas veces, y en el momento de entrar Nourrit, volvióse a ellos Rossini diciéndoles: Acabo de escribir un trozo que creo les habrá de gustar. Y sentándose al pia­no el gran maestro, él, Masarnau y el célebre tenor cantaron por vez primera el admirable terceto del Guillermo».

Mientras tanto, en Madrid había habido nove­dades. El hermano mayor de Santiago, Vicente, aceptó la subdirección de las minas de Río Tinto, puesto bien remunerado; el viejo don Santiago quedó solo con la fiel Dominga, y esta circunstan­cia hizo poner fin a la estancia de Santiago en París. En agosto de 1829, después de haber asisti­do al estreno de Guillermo Tell, regresó a Madrid enriquecido de experiencias y amistades, con un nombre entre los pianistas y compositores más en boga en Europa, y convertido en un excelente pia­nista y decoroso compositor.

Federico Suárez

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