Santiago Masarnau (1)

Mitxel OlabuénagaSantiago MasarnauLeave a Comment

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  1. INTRODUCCIÓN

Antecedentes

Si hoy el nombre de Santiago de Masarnau es familiar a algunos investigadores, el origen de esta familiaridad (ya que no popularidad) hay que atri­buirlo a Donoso Cortés. En efecto, en algunas ocasiones mencionó como una de las causas de lo que él mismo llamó su «conversión» la impresión tan viva que le produjo la conducta de un amigo a quien tuvo ocasión de tratar con frecuencia, im­presión que fue durante años como una música de fondo que le fue transformando paulatinamente. El mismo Donoso lo refirió en una carta de 28 de julio de 1849 a su amigo Alberich de la Blanche, marqués de Raffin, en los siguientes términos:

 

INTRODUCCIÓN

 

«Cuando estuve en París traté íntimamente a Masarnau y aquel hombre me sojuzgó con sólo el espectáculo de su vida, que tenía a todas horas delante de mis ojos. Yo había conocido a hombres honrados y buenos, o por mejor decir, yo no había conocido sino hombres buenos y honrados; y sin embargo, entre la honradez y bondad de unos, y la honradez y bondad del otro hallaba yo una distan­cia inconmensurable; y la diferencia no estaba en los diferentes grados de honradez: estaba en que eran dos clases de honradez de todo punto diferen­tes. Pensando en este negocio vine a averiguar que la diferencia consistía en que la una honradez era natural, y la otra sobrenatural o cristiana. Masar-nau me hizo conocer a usted y a algunas otras personas unidas por los vínculos de las mismas creencias; su convicción echó entonces raíces más hondas en mi alma y llegó a ser invencible por lo profunda.»

Cuando Gabino Tejado trazó en 1854 la Noticia biográfica que puso al frente de la edición de las Obras de Donoso, se limitó a mencionar al influ­yente amigo simplemente como M… Tanto Ortí y Lara en su edición de las Obras de Donoso en 1903, como después Hans Juretschke en la que publicó la BAC en 1946, transcribieron la carta tomándola de G. Tejado, con lo que la identidad del personaje se convirtió en un misterio.

Estando de Embajador en París, Donoso hizo un relato de su conversión en el salón de Mme. Swetchine, relato del que Bois-le-Comte (antiguo Embajador de Francia en España) hizo una rela­ción que sometió a Donoso para que rectificara lo que hubiera de inexacto, si es que algo había; el extremeño la aprobó íntegramente después de exa­minarla, pero puso como condición que se mencio­nara a su amigo como «don Manuel», sin dar su verdadero nombre.

Creo que fue Edmund Schramm quien, en la biografía de Donoso que publicó en castellano en 1936, especificó por primera vez el apellido Ma-sarnau, pero sin dar el más mínimo detalle sobre él, tomándolo de la carta de Donoso a Raffin en la que, como se vio, mencionaba a Masarnau con todas sus letras. También lo mencionó S. Galindo, pero —lo mismo que Schramm— sin más datos que el apellido escueto.

No lo mencioné yo en 1964 al escribir una In­troducción al estudio de Donoso Cortés, debido so­bre todo a la valoración de lo escrito por Tejado y Bois-le-Comte, considerados por mí como fuentes principales, sin que, naturalmente saliera del ato­lladero, aunque probablemente tampoco hubiera obtenido mejor resultado entonces con el dato de Schramm, porque el apellido Masarnau no me decía nada, ni había modo de averiguar cosa algu­na sin que hubiera un indicio por donde comenzar.

En 1963 publicó su libro Vicente Lloréns sobre la emigración liberal en Inglaterra. Cita a Masarnau en un par de páginas, incluyéndole entre los exiliados, así como a José Melchor Gomis. Dio respecto a Masarnau los suficientes datos para que dejara de ser un simple apellido sin nada debajo; su mayor aportación, sin embargo, fue probable­mente la mención de José Esperanza Sola, que incluyó en su obra Treinta años de crítica musical la biografía de Santiago Masarnau que publicó en la «Ilustración española» a raíz de la muerte del pianista, compositor y amigo. Pero ninguno de los que nos ocupábamos de la vida y obra de Donoso se nos ocurrió que en una obra que trataba de los liberales españoles en el Reino Unido durante la última década del reinado de Fernando VII pudié­ramos encontrar algún dato útil con referencia a Donoso o a su entorno, por la sencilla razón de que entonces estaba Donoso estudiando Leyes en la Universidad de Sevilla, y ni se vislumbraba que el que después tanto influyó en su vida estuviera por esos años creándose una reputación musical europea en Londres y París en contacto con los mejores músicos.

Entre los estudiosos de Donoso Cortés, Carlos Valverde fue el que primero dio en 1970 unos datos concretos en la edición de las Obras de Donoso: se trataba de Santiago Masarnau, músico, nacido en Madrid y exiliado en 1823. Pero el gran descubrimiento, si se puede llamar así, se debió a Gabriel de Armas, que ya en otras ocasiones se había ocupado de distintos aspectos de la obra de Donoso. En 1974 publicó un par de artículos en «Iglesia-Mundo»’, cuyo mayor mérito, a mi juicio (aparte de la pequeña historia de los intentos falli­dos para averiguar al misterioso amigo), fue la referencia a dos obras sobre Masarnau, de las que tomó los datos para perfilar la figura del vaporoso «don Manuel»; y por tanto, indicios positivos para iniciar una investigación más extensa buscando fuentes que permitieran un más completo conoci­miento de este personaje que durante tantos años intrigó a los estudiosos del extremeño. No conoció los datos de Lloréns ni el libro de Esperanza y Sola’.

Hasta que el citado Gabriel de Armas bosquejó la figura de Masarnau no se pudo apreciar la enti­dad o el peso específico que tenía. No obstante, su mayor aportación fue sacar a la luz la biografía de Masarnau escrita por José María Quadrado, que tuvo a su disposición todos los papeles de Masarnau, de los que —a juzgar por las citas que hace—solo utilizó una pequeña parte.

Lo curioso del caso, y que muestra hasta qué punto los que nos hemos ocupado de Donoso Cortés —acaso por considerar que la personalidad del influyente amigo no era demasiado importante—hemos descuidado la consulta de otro tipo de fuen­tes es que en «El Artista» apareció ya en 1836 una primera semblanza de Masarnau, debida a Pedro Madrazo (y un retrato debido a su hermano Fede­rico), que nos hubiera ahorrado tiempo y evitado decir vaguedades. Bastaba la consulta de la referi­da revista en el «Índice de publicaciones periódi­cas» que comenzó su vida por iniciativa y bajo la dirección del infatigable y competentísimo José Simón Díaz, y que tan excelente servicio presta a los investigadores, pues además de la citada sem­blanza viene la relación de los artículos de Masar-nau en la revista, así como algunos documentos que se verán en su lugar y que fueron recogidos ya en un artículo relativamente recientes.

Por supuesto nadie podía vislumbrar siquiera que en biografías sobre Concepción Arenal pudie­se haber valiosísimos datos sobre Masarnau, tanto en la de Manuel Casás como en las de Juan Antonio Cabezas y, sobre todo, en la escrita por la Condesa de Campo Alange, además de indicacio­nes marginales que permitían investigar en nuevas fuentes. Y para colmo, a ninguno de nosotros (me refiero a los que hemos, estudiado, investigado o escrito sobre Donoso) se nos ocurrió acudir a la Enciclopedia Espasa, ni tampoco a la Gran Enci­clopedia del Mundo (D.U.R.V.A.N., Bilbao, tomo XII de la ed. de 1971, pág. 741), que en la breve reseña sobre Masarnau menciona el episodio del vals que cedió a Chopin, donde hubiéramos encon­trado la identidad del misterioso M… de Tejado, el «don Manuel» de Bois-le-Comte, o el Masarnau de Schramm, y salido del callejón en que estábamos metidos, porque el nombre de Santiago de Masar-nau figura hasta en los callejeros de Madrid. Tam­bién Juan L. Alborg, que toma los datos de V. Llo-réns, lo menciona, así como a su gran amigo Gomis, pero sin añadir, por tanto, dato alguno nuevo.

El presente estudio sobre Santiago de Masarnau está lejos de pretender el honor de ser una defini­tiva biografía: para esto sería necesario no sólo tener a disposición todo el material de que dispuso Quadrado, especialmente la correspondencia con su padre y su hermano, con José M. Gomis y con Concepción Arenal, entre otros corresponsales, sino también los suficientes conocimientos musica­les para poder valorar el mérito de Masarnau en este aspecto. Pero es probable, en cambio, que aun no siendo más que un esbozo, facilite la tarea a quien quiera ocuparse a fondo —si es que hay alguien con suficiente interés en ello— de este hom­bre excepcional en más de un aspecto, como podrá comprobar el que leyese este libro.

Familia y primeros años

Cuando José María Quadrado escribió la bio­grafía de Santiago Masarnau periodificó su vida con apreciable acierto. El primer capítulo abarca los primeros diecinueve o veinte años, terminando en 1825, cuando el joven Santiago sale de España para ampliar sus estudios de música en París y Londres.

Había nacido un 10 de diciembre de 1805 y era el menor de tres hermanos. El mayor, Vicente, nació en Portugalete hacia 1803, y sus dos herma­nos —Dolores y Santiago— en Madrid. El padre, Santiago Masarnau y Torres, era de un pequeño pueblo cercano a Igualada; la madre, Beatriz Fer­nández Carredano, era montañesa, del lugar de Omaño, cerca de Santander. Habían contraído ma­trimonio en 1802, pero fue una unión muy breve porque en 1808 falleció en Córdoba a fines de febrero, a los treinta y cinco años. Los niños —el más pequeño, de apenas dos años y medio— que­daron al cuidado del padre, que no volvió a con­traer nuevas nupcias.

Era hombre de sólida piedad. Según notas ha­lladas entre sus papeles —escribió Quadrado— era hombre de Misa diaria, «oración mental mañana y noche, lectura devota, rosario, examen de concien­cia, rígido ayuno tres días a la semana, y hasta maceración de disciplinas y cilicios no relegada todavía un siglo hace a los claustros». Él mismo se encargó de la educación de sus hijos enseñándo­les a la vez a leer en la cartilla y a rezar. El matri­monio se estableció en Córdoba desde 1806 en virtud del nombramiento de secretario de las Rea­les Caballerizas de Córdoba que se hizo a favor de Masarnau a causa del desorden administrativo de los anteriores secretarios.

Ocupada Córdoba por los franceses y despro­visto de su empleo, dejó la ciudad al abandonarla el conde de Miranda, jefe de las Caballerizas, y fijó su casa en Granada. Masarnau se vio reducido —escribió Quadrado— «a ayudarse en sus apuros con la industria de sombreros, a cuyo efecto tenía alquilado un portal en la calle del Estribo», donde gozó durante cuatro años de paz y tranquilidad, aunque «jamás apartado de la casa de su ilustre protector». Fue allí en Granada, donde el pequeño Santiago comenzó sus estudios de música con el organista de la Catedral José Rouré y Llamas.

En 1813 la familia Masarnau siguió al conde de Miranda y se estableció en Madrid. En 1814 fue nombrado éste Mayordomo Mayor, siguiendo Masarnau como su secretario. En virtud de su cargo, Masarnau debía gozar de las «mismas exen­ciones, preeminencias y prerrogativas que tiene el de las Reales Caballerizas de la Corte», según se expresaba en su nombramiento. Ahora bien: como una de estas preeminencias era la de entrar en la clase de supernumerarios de Gentileshombres de Casa y Boca, el conde de Miranda representó en el sentido de que debía concederse la correspon­diente plaza a Masarnau.

Se le concedió, pero su situación económica no debía ser demasiado floreciente cuando, a su vez, hubo de representar el Rey solicitando se le cos­tease el uniforme de gala de Gentilhombre por carecer de medios para ello. Al nombrársele ofi­cialmente secretario de la Mayordomía Mayor hizo renuncia el 18 de noviembre de 1815 de su cargo de secretario de las Caballerizas de Cór­doba.

Por entonces su hijo Santiago estaba a punto de cumplir diez años. Los estudios de música que había comenzado en Granada los prosiguió en Madrid, según refiere Esperanza y Sola, con Boxeras y Nono y con Ángel Inzenga, realizando al mismo tiempo sus estudios en el colegio de agus­tinos de María de Aragón primero, y en San Isidro después. Mientras, su padre —siempre bajo la pro­tección del conde de Miranda— iba ascendiendo en cargos y honores. A fines de 1815, y por falleci­miento de uno de los Gentilhombres de Casa y Boca, quedó vacante una de las Cruces pensiona­das de la Orden de Carlos III, que Miranda solici­tó —y obtuvo— para Masarnau. Fue también nom­brado secretario de S. M. con «ejercicio de decretos y honores de ministro del Supremo Consejo de Hacienda». En marzo de 1816, y con ocasión de tenerse que ausentar el conde de Miranda a Cádiz para formar parte del séquito que debía recibir a las infantas del Brasil doña María Isabel y su her­mana doña María Francisca, que iban a desposar­se con Fernando VII y su hermano don Carlos respectivamente, Masarnau hubo de encargarse in­terinamente «del despacho de los negocios tocan­tes a mi Real Casa y Patrimonio».

Por entonces, y con motivo de las bodas Reales, el pequeño Santiago —que ya había escrito algunas composiciones para la reina— tocó el órgano en el Escorial, en presencia de Fernando VII, recibien­do al igual que sus dos hermanos, una pensión vitalicia de trescientos ducados. A los trece años había compuesto una Misa; algún autor dijo que se cantó «en la Capilla de Palacio». En 1819, y acaso por estas circunstancias, se le nombró Gen­tilhombre honorario de la Real Casa.

En 1820 tuvo lugar la sublevación de Riego en Cabezas de San Juan. Tanto el conde de Miranda como Santiago Masarnau y Torres siguieron en sus puestos. En 1823, el segundo siguió al Rey a Sevilla, pero no a Cádiz, pues le retuvo una enfer­medad en el Puerto de Santa María; y habiendo regresado a Sevilla, el general Bourmont no le concedió pasaporte en dos meses. Era entonces su jefe el marqués de Santa Cruz, que no pudo hacer nada a su favor, ni tampoco el conde de Miranda «a quien se suponía repuesto en su cargo por la Regencia».

No hay documentación que permita reconstruir lo que hizo Masarnau y Torres a partir, sobre todo, de comienzos de 1823. Percibió lo delicado de su situación en el verano de aquel año. De una carta al hasta entonces su protector, el conde de Miranda, parece deducirse que hubo por parte de sus émulos acusaciones o insinuaciones que le per­judicaron. «En cuanto a mí —escribió el 30 de julio al conde Miranda— nada quiero, y lo que es más, ni aún la continuación en mi destino. Cómo me he conducido en él en todas épocas es notorio: lo sabe bien S.M., y de ello resulta gloria a V.E. de quien soy hechura. Mis émulos, que a nadie faltan, no podrán citar un solo hecho que me denigre (…). A nadie temo, señor conde, y no es arrogancia, ni aspiro a más que al logro de mi jubilación después de acreditar hasta el último quilate que no he des­merecido. Vuestra Excelencia, que de la nada me elevó a lo que soy, hará lo que resta, a cuyo fin me lisonjeo de que nadie le persuadirá a mi favor con más eficacia que su mismo corazón». En otra carta a un amigo se quejó, refiriéndose al conde de Miranda —que se desentendió de él— que «pueden más en el ánimo de Su Excelencia las prevenciones que le hayan hecho contra mí (…) que los testimo­nios de suficiencia y probidad repetidos en diecio­cho años que llevo de servicio a sus inmediatas órdenes»».

Un año antes su hijo Santiago obtuvo licencia para pasar a Portugal, a Alcacerías, a tomar baños para curarse de una afección nerviosa. Se ignora la razón por la que el conde de Miranda se desen­tendió de Masarnau en aquellas difíciles circuns­tancias del verano de 1823, ni qué acciones o cir­cunstancias hicieron desmerecer del concepto del rey, que tanto le había considerado hasta entonces, a su tercer hijo, Santiago, para privarle de lo que años antes le había libremente concedido. El hecho es que con fecha de 11 de noviembre de 1823 una Real orden decía así: «Real orden.- Hallándose don Santiago Vicente Masarnau contenido en una lista remitida con Real orden, fecha en Andújar a 31 de octubre próximo pasado, de los sujetos que se ha servido el Rey Nuestro Señor separar de su servidumbre, se nota en este pliego para que conste, y que desde 1.° del presente mes no se le abone la partida de trescientos ducados que gozaba con arreglo a la última nota que contiene la citada lista.- Palacio, 11 de noviembre de 1823.- Scarlatti-. -Fue repuesto en esta plaza por orden de 3 de noviembre de 1843».

La mayor parte de los que se han ocupado de Santiago Masarnau hablan del «exilio» que tuvo que padecer con su familia. A partir de la muerte de Fernando VII, el haber estado en el exilio venía ser como una patente de liberalismo, de resistencia a la opresión (?) y de mérito para ocupar cargos. Era un título que prestigiaba, y no es infrecuente que algunos se adornaran con esta clase de plumas sin haber salido de España y aún ocupando cargos importantes con Fernando

El biógrafo más informado por la cantidad de material de que dispuso, José María Quadrado, es lo suficientemente concreto para que no haya duda alguna en este punto:

Respetáronle las persecuciones —escribió el citado autor—, por más que no se le hiciese justicia; porque entre el extremo de emigrar y el de congraciarse con la tirantez de la situación, mantuviéronse en paz y sensato retraimiento muchos antiguos servidores, no tan raro como se juzga por el vulgar concepto que nos queda del temple de aquellos partidos y de la toleran­cia de aquel gobierno.

Disminuidos sus ingresos, la familia Masarnau hubo de abandonar su domicilio en la plazuela de Santo Domingo y trasladarse a la calle de la Enco­mienda, más acorde con su menguada fortuna, acomodando a sus recursos su tenor de vida. Du­rante los años 1824 y 1825 consta documentalmen­te la permanencia en Madrid (por el padrón muni­cipal y por el párroco) de toda la familia, compues­ta por el padre, los tres hijos (Vicente, Dolores y Santiago) y una doméstica que fue considerada siempre como de la familia, a cuyo servicio había entrado en 1815 o 1816, cuando Santiago contaba apenas diez años. Se llamaba Dominga Villa, era natural de Villarrubia de Ocaña, y permaneció al servicio de la familia durante treinta años, hasta que cumplidos cincuenta contrajo matrimonio, contando hasta el final de su vida con la ayuda de los hermanos Masarnau.

No se conocen más datos hasta 1825. Fue éste un año duro para la familia: la hija, Dolores, falle­ció en junio; meses después, Santiago emprendía el vuelo rumbo a París dispuesto a abrirse camino, con recomendaciones para el duque de San Fernando y la condesa de Goyeneche, «a cuya resi­dencia iba a parar por de pronto nuestro viajero». En principio, el propósito era completar su forma­ción musical con el célebre Monsigny. Quedó, pues, don Santiago con la compañía del hijo ma­yor, Vicente, que había acabado sus estudios de Química y Ciencias Naturales con notable aprove­chamiento, pero sin que todavía sus conocimientos se pudieran traducir en una ayuda pecuniaria que fortaleciese la economía familiar.

Fue en este año 1825, precisamente a raíz del fallecimiento de su hija, cuando D. Santiago elevó un nuevo memorial al Rey. En él recordaba la merced que el 23 de agosto de 1817 había hecho a cada uno de sus tres hijos de una pensión vitalicia de 300 ducados, y solicitaba con argumentos, no demasiado convincentes, que la pensión de la fa­llecida hija recayera en sus dos hermanos, «y suce­sivamente la vayan disfrutando en adelante hasta que el último falte».

El dictamen pedido por el Contador General de la Real Casa, Torre, que acompañó al memorial resume todo el proceso:

Por R. D. de 29 de agosto de 1817, comuni­cada a don Santiago Masarnau y Torres, y tras­ladada con la misma fecha a la Contaduría ge­neral de mi cargo, consta que satisfecho el Rey N.S. de los buenos servicios de aquél en el desempeño de la secretaría de la Mayordomía Ma­yor, y en el despacho de los negocios de ésta durante la ausencia del Excmo. Sr. Mayordomo Mayor al recibimiento de la reina doña María Isabel (q.e.g.e.), se sirvió S.M., por decreto es­pecial de aquella fecha, conceder a los tres hijos del expresado Masarnau, Don Vicente, don Santiago y doña María de los Dolores, una pen­sión vitalicia de trescientos ducados anuales a cada uno sobre los fondos de la Tesorería gene­ral de la Real Casa. El don Santiago cesó en el goce de la suya desde 1 de noviembre de 1823, mediante que en la nota de individuos separa­dos de la Real servidumbre, que se comunicó a la Contaduría general de mi cargo con R.O. fecha en Andújar a 31 de octubre de 1823, se halla comprendido en la clase de Gentilhombres de la Real Casa, previniéndose en dicha nota que, aunque muchos de los individuos compren­didos en ella no gozaban sueldo, se les quitase la asignación que gozaran, sea de la clase que fuese; en cuya inteligencia, dirigiéndose la pre­sente solicitud de don Santiago Masarnau y Torres a que la pensión de trescientos ducados, que ha vacado por fallecimiento de su hija doña María Dolores, recaiga en sus otros dos herma­nos actuales, y sucesivamente lo vayan disfru­tando en adelante los demás hasta el último que falte, porque en concepto del deponente lleva la concesión envuelta la gracia de transmisible, de que fuese recayendo en cada uno de sus tres hijos según fuesen faltando, mediante que en este sentido era como a su parecer lo quería hacer S.M. remuneratoria del mérito de haber despachado con la Real Persona. Me parece no tiene lugar respecto al don Santiago, mediante a estar privado de la que S.M. le concedió; y respecto del don Vicente, atenida la razón que expone su padre, sólo S.M. puede declarar si en su Real ánimo llevaba la gracia envuelta la cua­lidad de que se persuade don Santiago Masarnau y Torres. Lo que hago presente a V.S. en cumplimiento del anterior decreto. —Francisco Scarlatti de Robles.

Quién fue el que incluyó el nombre de Santiago Masarnau y Fernández en la lista de los que de­bían ser desposeídos de sus emolumentos, qué cau­sa o razón hubo para ello, qué falta y de qué clase fue la cometida (si la hubo), por qué precisamente Santiago, y no su hermano Vicente, o todos los hermanos, sufrieran el castigo, es cosa que será difícil de averiguar, y eso suponiendo que se en­cuentren fuentes.

Federico Suárez

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