Santa Luisa y la Educación (II)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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  1. POR LAS ALDEAS DEL MUNDO RURAL PRIMERAS ESCUELAS DE LA CARIDAD

Nos situamos en el año 1629. Luisa es una joven viuda de 38 años, que ha conocido a san Vicente y acaba de emprender su primera gira misionera a la Caridad de Montmirail. A partir de este momento va a recorrer los pueblos y aldeas de los alrededo­res de París visitando las Caridades fundadas por los misioneros de la Congregación de la Misión. Durante estas visitas palpa con sus propios ojos la ignorancia de la infancia y juventud de las clases más pobres. Ella, mujer de cultura y de fuerte compromi­so cristiano, no pasa de largo. Durante los días que permanece en el pueblo, ella misma se constituye en maestra y catequista. Para que continúe abierta la escuela, busca y prepara jóvenes capaces de seguir enseñando. Así en el Reglamento que escribe para las Señoras de las Cofradías en los pueblos, les dice:

«…enseñarán a las niñas de las aldeas cuando estén allí y trata­rán de formar algunas jóvenes en el mismo lugar para que en ausencia suya continúen haciendo lo mismo, todo ello por amor a Dios y sin retribución alguna».

Cuando en alguna aldea había maestra, Luisa le daba ánimos y medios para mejorar la enseñanza.

Aquí nacen las pequeñas Escuelas Vicencianas, llamadas también «Escuelas de la Caridad», porque nacen por la Caridad y para la Caridad.

Jean Calvet dice en su biografía que «tenía el gusto, la pasión y el arte de enseñar porque sabía lo que vale el conocimiento y que el alma está hecha para conocer».

Ella poseía una gran cultura, sabe que la ignorancia es la causa de muchas pobrezas, por eso dedica todo su ardor y todo su saber a promocionar las Pequeñas Escuelas.

A partir de 1633 cuando aparecen las primeras Hijas de la Caridad y son enviadas de dos en dos a las aldeas a servir a los pobres, pondrá sumo cuidado para que por lo menos una sepa leer y pueda dedicarse a la instrucción de las niñas. En la carta que escribe a san Vicente respecto a la fundación de Sedán, le dice; «La Hermana que le propongo para ir con Sor María Yoly, sabe leer, podría llevar la escuela para las niñas pequeñas pobres».

Recorriendo la correspondencia encontramos numerosos luga­res donde las Hermanas han abierto una escuelita para enseñar a leer a las niñas pobres: Richelieu, Fontainebleau, Chars, Sedán, Vanize, Chateaudun, Ussel, Bernay y Chantilly… También en el castillo de Bicetre se preparan los locales para la escuela. Luisa estudia la manera de que los niños estén separados de las niñas y propone la necesidad de contar con un sacerdote que sería el encargado de enseñar a los niños, ya que una Hermana sería la maestra de las niñas.

Santa Luisa sabe que la ignorancia saca al hombre de su des­tino, por esta razón ella dedica todo el ardor y empuje de su inte­ligencia a la fundación de la Escuela Vicenciana.

  1. EN EL ARRABAL DE PARÍS

A lo largo de su vida, santa Luisa cambia varias veces de domicilio. En 1641 la vemos instalarse con las Hermanas en el barrio de Saint Denis, en la Parroquia de san Lorenzo. San Vicente ha comprado allí dos casitas colindantes con patio, huer­to, pozo y establo. Al poco tiempo de estar allí, Luisa, que está abierta al clamor de los pobres, descubre que las niñas pobres no pueden ir a la escuela, necesitan de alguien que les enseñe a leer y a escribir, cuentas y el catecismo. Luisa que había ejercido de maestra por los pueblos, se apresura a pedir autorización para abrir una escuelita, al Chantre de Nótre-Dame. En mayo de 1641, le escribe en estos términos:

«Luisa de Marillac, suplica humildemente, diciendo: Que el gran número de pobres que hay en el arrabal de Saint-Denis, le ha inspirado el deseo de ocuparse en su instrucción, consideran­do que si las pobres niñas permanecen en su ignorancia, es de temer que esta fomente la malicia que las haga incapaces para cooperar en la gracia de la salvación… Dios será glorificado si los pobres pueden enviar libremente a sus hijas a la escuela sin tener que abonar cantidad alguna».

La respuesta a esta petición se dio en latín en el mismo folio de la súplica. Haciendo un gran elogio de la «Amada Señorita Legras…que habiéndola encontrado digna de abrir y dirigir escuelas, después de detenido examen por nuestra parte, dicta­men de su párroco y el testimonio de otras personas dignas de fe y teniendo conocimiento de su vida, costumbres y Religión Católica, le concedemos nuestra licencia y otorgamos la facultad de dirigir escuelas e impartir enseñanza…con la condición de enseñar a niñas pobres solamente y no a otras».

Según la costumbre de la época, fijó un cartel en la puerta de su casa que decía:

«Aquí mantenemos Pequeñas Escuelas,

Luisa de Marillac, maestra de escuela

Que enseña a la juventud,

el servicio divino, a leer,

escribir, hacer las letras y la gramática»

  1. ALGUNOS RASGOS DE SU LABOR EDUCATIVA

Recorriendo sus cartas y escritos, descubrimos algunos rasgos de su talante educativo y admiramos su capacidad de organiza­ción y la claridad de ideas que manifiesta en las exhortaciones que da a las Hermanas. Ella misma ha elaborado un proyecto común para las maestras de escuela», cuyo texto lo encontramos en sus Escritos con el título de «oficio de la Maestra de Escuela».

Tiene muy claro los fines que persigue:

  • Ayudar a las niñas a su salvación.
  • Dedicarse sólo y exclusivamente a las niñas pobres que no pueden ser instruidas por otros medios.

Sin embargo respecto a este punto es curioso descubrir la amplitud de miras que demuestra, ya que siempre se podrá dar una oportunidad a las niñas ricas que no pueden asistir a la escue­la. «Sabrán también que no deben ser recibidas en su escuela toda clase de niñas, sino solamente aquellas que son pobres. No obstante si la Providencia y la obediencia la llaman a alguna parroquia donde no hay maestra para la instrucción de aquellas que son ricas… en este caso las podrán admitir, pero a condición de que actúe de forma que las pobres sean siempre preferidas a las ricas y que estas no desprecien a las otras».

Es interesante descubrir los rasgos pedagógicos que encontra­mos en las cartas que escribe a las Hermanas, donde se ve su talante creativo y su visión de futuro:

  • Manifiesta especial interés y preocupación para que se disponga de lugares cómodos, amplios y bien dispuestos para educar. Cuando está organizando la instalación de los niños expósitos en el castillo de Bicetre, le escribe a san Vicente haciéndole esta advertencia: «Nuestras señoras no han pensado en un lugar para la escuela. Hemos visto uno en el piso de abajo que sería muy indicado para los niños, a los que hay que separar de las niñas; no había más que hacer una puerta y tapiar unas ventanas; la de las niñas se haría en el piso de arriba».
  • Quiere y pide que se eduque para la vida, no para mantener buen nombre y una buena imagen; «Las instruirán en los misterios de la fe y las buenas costumbres, más que en aprender de memoria cantidad de frases que sirven sólo para alagar la curiosidad y la vanidad, ya que la verdadera cien­cia consiste en comprender bien y llevarlo a la práctica’.
  • Y sobre todo pide que se eduque para vivir como buenas cristianas: «Espero, queridas Hermanas, que pongan gran cuidado en instruir a las niñas no sólo en la doctrina, sino también en los medios para vivir como buenas cristia­nas». «Para ello deben instruirles en el temor y amor de Dios más que enseñarles a hablar mucho de ello». Para Luisa es tan importante esta convicción que en varias oca­siones recuerda a las Hermanas que «lo más necesario es lo relativo al conocimiento de Dios y su amor». Es pre­cioso el párrafo que escribe a Sor Clara Jaudoin, respecto a la preparación de las niñas para vivir con devoción el tiempo de Cuaresma, como preparación a la Pascua, espe­cialmente a las que harán la Primera Comunión.
  • Muestra gran interés porque «aprendan todas las niñas no sólo las que tienen más cualidades, incluso deben dar pre­ferencia a las vergonzosas o tímidas, haciéndolo con mucha discreción, para ello les harán pasar a un lugar par­ticular para ellas». Las tímidas, las vergonzosas, las pobres, éstas son las que elige Luisa y las que confía a sus hijas, recomendándolas que lo hagan siempre con «suavi­dad y delicadeza, sin avergonzarlas por su ignorancia».
  • Es consciente que en las escuelas de los pueblos no se puede adoptar el orden que siguen en París las Maestras de Escuela, por ello les recomienda flexibilidad, «debiendo estar dispuestas a recibir a las niñas que quieran aprender a cualquier hora y de cualquier edad. Deben acogerlas con mucha cordialidad aun cuando se presenten a la hora de la comida o muy tarde.
  • Desea también que todas las Hermanas que se dedican a la enseñanza se sirvan del mismo método’, llevando un buen orden y siguiendo un mismo Reglamento’: para ello como hemos dicho anteriormente ella misma elaboró las Reglas para las Maestras de Escuela.
  • Un detalle importante es el seguimiento continuo y cons­tante que ella realiza, bien personalmente o bien a través de sus cartas, de cada escuela. Averigua el número de niñas, le parece excesivo que en Fontainebleau tengan 70 niñas en la escuela. A Sor Ana Hardemont, le recomienda que sea muy puntual al dar las instrucciones tanto del cate­cismo como de las buenas costumbres y le hace otras advertencias. Le expresa también el deseo de recibir ampliamente noticias de Sor Ana que está en Fontainebleau «pero sobre todo de la forma en que lleva la instrucción de las niñas». «Cuántas niñas hay en Richelieu» y «si las mayores les van a ver algunos días de fiesta para escuchar la lectura y qué enseñanzas dan a las más pequeñas».
  • Desde el principio trabajó en la formación de los seglares, procurando formar jóvenes o señoras que se hicieran cargo de las Pequeñas Escuelas Rurales. Es lo que reco­mienda a las jóvenes que trabajan con las Señoras en las Cofradías de los pueblos: «Enseñarán a las niñas de las aldeas cuando estén allí y tratarán de formar algunas jóve­nes en el mismo lugar para que en ausencia suya continúen haciendo lo mismo, todo ello por amor de Dios y sin retri­bución alguna».
  • Pero sobre todo, santa Luisa forma a las Hermanas para ser buenas maestras. Desde el orden del día fijado en 1633, deja un tiempo después de la misa en el que se hace leer a las Hermanas para que aprendan, ejercicio que se repetía por la tarde. Una de las primeras Hermanas asegu­ra que la Señorita Le Gras «se tomaba la molestia de ense­ñar ella misma a leer a las Hermanas, haciéndoles decir los artículos de la fe». Siempre les recordaba que esta instrucción no era para su propia satisfacción y utilidad particular, «sino para hacernos capaces de enseñar a las niñas de los lugares donde estáis empleadas».

Bien podemos afirmar que en la «casa madre de entonces» santa Luisa organiza una «pequeña escuela normal» para formar a sus hijas y una vez formadas las lanza a formar a los niños y jóvenes.

Esta preparación de las Hermanas debe ser continua; en varias ocasiones les recomienda que deben estar dispuestas a aprender nuevos métodos, «tal es el caso de los carteles alfabéti­cos que tienen las Ursulinas»27. Es muy probable que Luisa conociera los Reglamentos de las Ursulinas en lo concerniente a la instrucción de las niñas. Su tío Miguel había enseñado a las futuras ursulinas «algunas disciplinas intelectuales». Y fue Luisa en persona la que llevó a la pequeña Magdalena de Attichy al convento de las Ursulinas.

  • Llama la atención cómo santa Luisa en el transcurso de los años se va abriendo a nuevas formas de enseñanza.

Hasta ahora las escuelas que ella iba fundando eran sólo para niñas, es lo que estaba permitido, pero en 1647, se hace una nueva pregunta: ¿podría darse el caso de escue­las mixtas en los pueblos que no hubiera clase para niños? Esta cuestión la presentó en el consejo del 30 de octubre de 1647 donde se dieron las siguientes razones a su favor:

«En primer lugar, se puede hacer mucho bien enseñando los principios de piedad a unos niños que se quedarían sin instruc­ción. En segundo lugar parece necesario porque la mayor parte de los sitios no hay maestros de escuela. En tercer lugar, lo están deseando los padres y las madres. En cuarto lugar, parece que no hay ningún inconveniente que temer por parte de la maestra; no puede haber ningún motivo de tentación por parte de los niños ya que son muy pequeños».

San Vicente añadió que ya lo estaban haciendo con los niños y niñas expósitos.

Finalmente santa Luisa añadió una quinta: «Que a veces una niña no puede venir a la escuela si no trae a su hermanito con ella, ya que su madre no está en casa para cuidar de él».

Después de haber tratado el asunto con detenimiento, san Vicente, habiendo recogido todas las opiniones rechazó la idea con este sencillo argumento: «Yo creo que será conveniente que nos atengamos a las órdenes que se han dado y que no se admita a nin­gún niño. El rey lo ha determinado así tras maduro consejo’.

Teresa Barbero

Ceme 2010

 

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