SANTA LUISA LA MADUREZ EN CRISTO JESÚS (1633-1660) (III)

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  1. El legado de la Señorita Le Gras (1657-1660)

Poco antes de consumir el período anterior, Luisa asiste al matrimonio de su hijo Miguel con Gabriela Le Clerc (18 de enero de 1650). Sólo le queda ultimar algunos detalles del testamento y despedirse de todos. Ha logrado sobrevivir, después de la larga enfermedad, hasta el 15 de marzo de 1660. El último tramo de la carrera lo co­rona en la cima de la montaña (1657-1660). Este corto recorrido representa, en síntesis maravillosa, el conjunto de sus opciones espirituales y apostólicas, fruto de un relanzamiento continuo a Dios, dueño de la vida y de la muerte; significa la paz y el gozo que concede el Espíritu a los que le obedecen; testimonia el premio que otorga Jesús a los que practican la caridad en su nombre. Es el legado de Luisa a toda la humanidad, especialmente a los que sufren por “el hambre y sed de justicia”, a los que buscan incansablemente la voluntad de Dios y esperan con paciencia la hora de la Providencia.

“Mi oración ha sido más de contemplación que de razonamiento”

Los ejercicios practicados en 1657 inician la última marcha de Luisa hasta la meta final. Las meditaciones de cada jornada se centran en el Espíritu Santo. La Señorita se sumerge en el océano de la inmensidad de Dios, con el atractivo de la humanidad de Cristo. Contempla más que razona los designios de Dios al crear al hombre a su “imagen y semejanza”. Repasa los motivos de fe que obligan a negociar los dones infusos en el bautismo por el Espíritu y ordena los medios que preparan la venida del Espíritu Santo: el desprendimiento de todas las cria­turas, la remoción de obstáculos al “puro amor” y a la caridad efectiva:

“Es lo que nuestro Señor quería decir a sus apóstoles cuando les anunciaba que después de la venida del Espí­ritu Santo, ellos también darían testimonio de Él. Y esto es lo que tienen que hacer todos los cristianos… ¡Qué felices son las personas que por disposición de la divina Providencia tienen el deber de continuar en todas las prác­ticas más sencillas de su vida el ejercicio de la caridad!”.

No sabemos qué clase de oración prevalece de ordi­nario en Luisa. Ella afirma repetidas veces que se mueve en el área de la contemplación. Lo más común entre los cristianos es la oración vocal o mental, y sólo a ratos la contemplación. Pero Luisa puede ser una excepción entre los orantes, al menos en el último estadio de su carrera.

De hecho, en los ejercicios de 1657, al comentar la ora­ción del tercer día, escribe:

“Mi oración ha sido más de contemplación que de razonamiento, con gran atractivo por la humanidad santa de nuestro Señor y el deseo de honrarle e imitarle lo más que pudiera en la persona de los pobres y de todos mis prójimos, ya que en alguna lectura he aprendido que nos había enseñado la caridad para suplir la impotencia en que estamos de rendir ningún servicio a su persona, y eso ha penetrado en mi corazón de manera especial y muy íntima”.

Luisa no sabe explicar “la invención de amor” que Dios ha puesto en su corazón, aunque está segura de que procede del Espíritu. En cualquier caso, la oración provocada por el amor le concede sentirse amada de Dios y querer al Señor y a los pobres.

La autenticidad de su mística radica ahora en “el atractivo por la humanidad de nuestro Señor” y en el amor con que realiza la caridad en los trabajos cotidianos de poco o ningún relieve. El salto al Dios transcendente lo da sin llamar la atención de nadie. ¡Qué diferente es su comportamiento frente al de la difunta Mme Acarie (1566-1618), envuelta en conceptos abstractos, y al de la futura mística Mme Guyon (1648-1717), tachada de quietismo! Luisa se diferencia de las anteriores por el modo de practicar el puro amor encarnado en Cristo, “en quien reside toda la plenitud de la divinidad corporalmente” (Col 2,9). El fiel de la santidad de la Señorita adquiere su centro en la docilidad al Espíritu de Jesús y en la práctica de la caridad con los pobres al mismo tiempo.

El paso ligero que hemos llevado nos ha prohibido detenernos en explicaciones de posibles influencias do­minicanas, franciscanas-capuchinas, berullianas, abstrac­tas o devotas, salesianas o vicencianas, que, por otra parte, hubieran oscurecido la originalidad de la experien­cia luisiana. El último pensamiento sobre la imposibili­dad del hombre para amar a Dios si Él no se adelanta a amarnos, lo ha leído en el Tratado del amor de Dios, L.II, c.IX; se lo ha ofizio además muchas veces a Vicente de Paúl, que también se inspira en Francisco de Sales.

La práctica del puro amor

La vocación de Luisa es el amor: amar a Dios y al prójimo indisolublemente. De joven escogió el amor “por ley perpetua”. De mayor se reafirma en la misma pasión; pero más desinteresada, más limpia de afectos humanos, más liberada de ataduras. En la práctica del “puro amor” busca la gloria de Dios y la extensión del reino, respon­diendo a la mística del bautismo33.

Su escrito sobre “la práctica del puro amor” refleja su experiencia mística, compendio de una vida centrada en el seguimiento de Jesús. El texto de san Juan 12,32, “cuando me levanten de la tierra, atraeré a todos hacia mí”, cautiva su corazón y lo sume en gozo. Ningún comentario mejor logrado al lema de la Compañía que éste sobre el puro amor.

En el escrito de esta santa mujer salta a la vista el Tratado del amor de Dios, de Francisco de Sales. Aquí encuentra su inspiración, no así en otros autores de la época. El comentario de Luisa va dirigido a todas las Hijas de la Caridad, pues también ellas han de sentirse atraídas por Jesús elevado en la cruz:

“Puesto que Dios al crear el mundo nos ha enseñado que la semejanza era algo que dependía de su amor, conservemos en nosotras su imagen, tratemos de aseme­jamos a Él por esas dos eminentes perfecciones: la de la pureza, representada por la blancura, y la de la caridad por el color sonrosado de la rosa; nos representan la pureza de Dios en sí mismo por su gran simplicidad, y la pureza de Dios en todas las gracias que su Bondad ha comunicado de siempre y seguirá comunicando a todas sus criaturas con completo desinterés suyo”.

La práctica del puro amor traduce, con algunas dife­rencias, las enseñanzas vicencianas sobre la sencillez. Los limpios de corazón buscan agradar a Dios solo con pureza de intención; no se detienen en la estima o juicios humanos, sino que van derechos a Dios. Tanto el amor de Dios en sí mismo como el amor de Dios hacia los hombres incitan a los sencillos a reproducir la unidad del misterio trinitario y el ejemplo de Jesús, revelación del amor del padre y de la unción del Espíritu.

El puro amor, don del Espíritu, es irrenunciable y se experimenta en la oración, en el trabajo y en la adquisi­ción del espíritu propio de la Compañía, el mismo del que fue revestido Jesús para permanecer con los hijos de los hombres.

¡Magnífica lección ésta, que sitúa a Luisa de Marillac entre los místicos que aventajados por su amor a la hu­manidad de Cristo, y a las Hijas de la Caridad les abre las puertas a la experiencia sabrosa de la caridad de Jesucristo Crucificado!

“Les digo a usted lo que a mí misma me han dicho en tiempos atrás”

A estas alturas del camino es inútil buscar dependencias abstractas en Luisa, aunque en sus escritos aparezcan analogías con otros maestros. En la Señorita Le Gras se ha realizado una serie de simbiosis y de síntesis entre lo viejo y lo nuevo. Con mirada retrospectiva repasa aconte­cimientos personales para proyectar hacia el futuro su experiencia del Espíritu de Jesús, del servicio de los po­bres y de las realidades cotidianas. Las personas que re­ciben su comunicación son, entre otras muchas, Vicente de Paúl, el abad de Vaux, las Hijas de la Caridad y algu­nas señoras. Sobre todos proyecta su fe y caridad refleja­das en múltiples realizaciones apostólicas y espirituales.

Algunos biógrafos de Luisa, impresionados por vie­jas imágenes, no captan su actual situación, no descartan antiguos prejuicios sobre ella, a quien ven todavía aferra­da a sus gustos juveniles. Pero la realidad del presente es distinta, traduce una evolución y superación donde la palabra y el gesto proyectan el testimonio del equilibrio evangélico. Instruida por el Espíritu de Jesús, a todos aconseja simplificar la vida espiritual, no complicarse con excesivos actos de piedad.

A Juana Lepintre la tranquiliza aconsejándole un modo de llevar la dirección espiritual; le recuerda el ejemplo de la “gran santa Teresa”, que no siempre tuvo a su lado al hombre deseado de quien poder aconsejarse, y, sin embargo, quedaba, “sin afligirse”, bajo la direc­ción del Espíritu de Dios, ya que:

“… donde los hombres nos faltan, Dios se nos comunica con más abundancia, y que es lo mejor para nosotras querer sacrificarle todas las satisfacciones que nos proporcionaría el comunicar hasta el menor de nuestros pensamientos, lo que sería un entretenimiento del espí­ritu sin ningún provecho”.

La experiencia ha enseñado a Luisa la necesidad de una buena dirección espiritual, porque “nada hay tan ciego como los ojos para verse a sí mismos, aunque vean las demás cosas”; pero cuántas veces hay que acudir, por falta de personas idóneas, al Espíritu solo, que guía a sus hijos por las sendas de la verdad, de la paz y del verda­dero consuelo. Además, la dependencia del Espíritu ayu­da a “simplificarnos mediante un completo abandono a la dirección de su divina Providencia” 37, sobre todo en los ejercicios, que son tiempo de gracia, donde abunda la acción del Espíritu, dándose a los que le obedecen.

El último consejo va dirigido a sor Carcireux, depo­sitaria de las mejores enseñanzas de la Señorita Le Gras. Sor Carcireux ardía en deseos de alcanzar pronto la per­fección cristiana, pero ¿no estará buscándose a sí misma bajo la apariencia de una tendencia tan justificada? Por eso recibe de su directora esta sabia amonestación:

“Mucho nos engañamos cuando nos creemos capaces de ella, y más todavía cuando pensamos poder adquirirla con nuestros propios medios y con una mirada o aten­ción continua hacia todos los movimientos y disposicio­nes de nuestra alma…; dar continuo tormento a nuestro espíritu para escudriñar y llevar cuenta de todos nuestros pensamientos, es tarea inútil, por no decir peligrosa. Le digo a usted lo que a mí misma me han dicho en tiem­pos atrás”.

Por el contrario, la santidad consiste en la unión con Dios, y “se opera, con frecuencia en nosotras sin noso­tras, en la forma que sólo Dios conoce, y no como nos la queremos imaginar” 39. De ahí que tengamos que pedir a Dios la gracia de:

“… caminar por las vías de su santo amor, sencillamen­te, buenamente, sin complicaciones, para que no llegue­mos a parecernos a esas personas que, en vez de enri­quecerse, corren a la ruina a fuerza de querer buscar la piedra filosofal”.

Imagen fiel de Luisa, que recoge la experiencia de muchos años de duro bregar. De todo su conjunto doc­trinal me quedo con el último consejo, porque contiene la “piedra filosofal” que anduvo buscando durante largo tiempo de su vida. Al lado de Jesús entiende su invita­ción: “Venid a mí todos los que estáis cargados y ago­biados, porque os voy a dar respiro” (Mt 11,29).

Luisa representa un oráculo para quien le pide conse­jo, un modelo cercano de fe y de amor, una encarnación de la sencillez evangélica que lleva directamente a Dios, a quien hay que agradar con la práctica del puro amor. A una señora, al terminar sus ejercicios, le entrega esta nota:

“Dios lo único que quiere de nosotros es nuestro co­razón; no ha puesto en nuestro poder más que el puro acto de la voluntad y es lo que mira, junto con la acción que de él procede. Haga las menos reflexiones que le sea posible y viva con una santa alegría al servicio de nuestro soberano Dueño y Señor”.

Esta es la verdadera Luisa de Marillac: corazón para amar y manos para trabajar. Su acción procede del amor a Dios y a los hombres. En el amor y en el trabajo alcanza la plenitud humana y cristiana como mujer y como hija de la Caridad.

Testamento espiritual

Junto al lecho de la Señorita, herida de muerte desde finales del mes de febrero de 1660, desfilan las personas más queridas: su hijo Miguel, algunos misioneros de la Congregación de la Misión, las damas de la Caridad, colaboradoras suyas en la ayuda a los pobres y, sobre todo, las Hijas de la Caridad residentes en París. Sólo faltó la presencia del Sr. Vicente, aquejado también, por las mismas fechas de una enfermedad. A las Hijas de la Caridad les expresa su última voluntad:

“Mis queridas Hermanas, sigo pidiendo para ustedes a Dios su bendición y le ruego les conceda la gracia de perseverar en su vocación, para que puedan servirle en la forma que Él pide de ustedes.

Tengan gran cuidado del servicio de los pobres y sobre todo de vivir juntas en una gran unión y cordialidad, amándose las unas a las otras, para imitar la unión y la vida de nuestro Señor.

Pidan mucho a la Santísima Virgen que ella sea su única Madre”.

Gobillon recoge este testamento y lo estampa al final de la biografía de la Señorita Le Gras, añadiendo que ella “moría con una alta estima de la vocación, y que, aunque viviera cien años, recomendaría siempre la misma cosa” 43. La vocación que entusiasmó a Luisa fue la misma de Jesús, que vino al mundo para evangelizar a los pobres; la misma de los apóstoles fortalecidos por el Espíritu para dar testimonio de la muerte y resurrección del Señor; la misma que contempló en Vicente de Paúl, enviado para curar las dolencias y miserias humanas. La vocación de Luisa rompe los moldes de la tradición religiosa femenina e institucionaliza un estilo de seguir a Jesús en el puro amor a Dios y en el servicio de los pobres.

El servicio de los pobres constituye el fin de la Com­pañía que Luisa ha fundado con Vicente de Paúl. Su pervivencia depende del grado de fidelidad al designio de Dios. Su vocación y misión están orientadas al servi­cio de los necesitados. Poco antes de morir escribe, con­vencida de la llamada personal y comunitaria al segui­miento de Jesús evangelizador de los pobres:

“¡Qué dicha si la Compañía, sin ofensa de Dios, no tuviera que ocuparse más que de los pobres desprovistos de todo! Y por eso la Compañía no debe apartarse del ahorro ni cambiar de manera de vida, con el fin de que si la Providencia le da más de lo necesario, vayan a servir (las Hermanas) a sus expensas a los pobres, espi­ritual y corporalmente, sin ruido, con sordina, no impor­ta, con tal de que las almas honren eternamente los méritos de la Redención de nuestro Señor”.

La exhortación a vivir en unión, cordialidad, afabili­dad y tolerancia se convierte, para Luisa, en una sana obsesión. No acierta a despedirse de sus Hermanas sino en el amor de Cristo crucificado, ejemplo vivo de amor en el mundo. Inútilmente podría esperarse de las “siervas de los pobres” un testimonio convincente si no viven el amor mutuo que engendra la unión. ¡Cuántas veces ha comprobado que la división perjudica la atención al pobre! Aunque viniera un ángel a desmentírselo, no lo creería. En cambio, la cordialidad y la tolerancia fomen­tan la ilusión para un mejor servicio.

Finalmente, la recomendación a acudir a María como única Madre de la Compañía, mil veces se lo tiene repe­tido. María Inmaculada, abierta al Espíritu, Madre de Dios y de los hombres y sierva humilde, es la guardiana de la comunidad. La historia atestigua que las Hijas de la Caridad han aprendido la lección recibida de labios de la fundadora. Todos los días se dirigen a la Santísima Virgen y la invocan bajo los títulos con que Luisa implo­raba la protección de la Madre de la divina gracia.

El testamento espiritual recogido por las Hermanas asistentes a la muerte de la Señorita resume las enseñan­zas principales que impartió durante todo el tiempo que hizo de superiora, madre, educadora y formadora de las Hijas de la Caridad. El paso del tiempo no ha marchitado la frescura y vigencia de sus instrucciones. Permanece en pie el consejo dado al borde de la muerte a Juana Delacroix, destinada en Cháteaudun:

“Le suplico que no deje de darme noticias de ustedes y que me diga, sobre todo, si mientras trabajan en el servicio exterior, su interior se ocupa, por amor de nues­tro Señor, en velar sobre sí mismas para vencer y domi­nar sus pasiones… Sin esto, sabe usted muy bien que las acciones exteriores, aun cuando sean para el servicio de los pobres, no pueden agradar mucho a Dios ni merecer­nos recompensa, puesto que no van unidas a las de nues­tro Señor, que siempre trabaja con la mira puesta en Dios su Padre”’.

“Spes unica”

El 15 de marzo de 1660, entre las once y doce del medio­día, Luisa de Marillac entregaba su espíritu a Dios. Tenía sesenta y ocho años cumplidos y unos meses. Su muerte “preciosa”, como canta la liturgia de los santos, coronaba una vida de fidelidad al designio divino. En su peregrina­ción de la fe y de la caridad no hubo curvas ni retrocesos, sólo alteraciones emocionales producidas por la propia psicología y por los avatares de la vida, y una tendencia constante hasta llenarse del Espíritu de Jesús servidor de los pobres. El párroco de san Lorenzo, que se encontraba junto a la moribunda, exclamó viéndola expirar: “¡Qué alma tan bella que se lleva consigo la gracia bautismal!”.

La finada había dispuesto en su testamento que una gran cruz de madera con su Crucifijo se alzara en el muro donde debían descansar sus restos mortales, y al pie de la cruz esta inscripción: Spes unica. Muchas veces había recitado el himno propio de pasión: Vexilla Regis prodeunt, cuya estrofa sexta canta a la cruz como única esperanza. La cruz había sido su compañera inse­parable en el país de la vida. Jesús crucificado había hechizado su corazón hacia el puro amor. Era justo que la cruz sellara su muerte y la guardara hasta la resurrec­ción.

“Tenía una vida interior muy intensa”

Cuando el Sr. Vicente recobró la salud mínima para salir de casa, acudió a la sala de conferencias de las Hijas de la Caridad para hacer el elogio de las virtudes practica­das por la difunta. Nadie mejor que él podía dejarnos un retrato fiel de la Señorita Le Gras, para quien el Sr. Vicente había sido “la persona más querida en este mundo”. Dijo entonces el orador sensiblemente emo­cionado:

“A veces me ponía a pensar delante de Dios y me decía: «Señor, tú quieres que hablemos de tu sierva, ya que era obra de tus manos». Y me preguntaba: «¿Qué es lo que has visto durante los treinta y ocho años que la has conocido? ¿Qué has visto en ella?». Se me ocurrie­ron algunas pequeñas notas de imperfección, pero peca­dos mortales… ¡eso jamás! Le resultaba insoportable el más pequeño átomo de movimientos de la carne. Era un alma pura en todas las cosas, pura en su juventud, pura en su matrimonio, pura en su viudez… Nunca he visto a nadie acusarse con tanta pureza…

Bien, tenéis que pensar que vuestra madre tenía una vida interior muy intensa para regular su memoria, de forma que sólo se servía de ella para acordarse de Dios, y de su voluntad para amarlo…

Tenéis en el cielo una madre que goza de mucha in­fluencia”.

El Sr. Vicente había pilotado con habilidad la nave de Luisa hasta el puerto de la caridad en medio de fuertes tormentas. No sólo evitó el naufragio; también le conce­dió paz y bonanza durante la travesía por el mar de la vida. Muchas cualidades y virtudes, con algunos defec­tos, destaca de su ilustre colaboradora. Pero comenta sobre todo su exquisita sensibilidad, ternura y capacidad de interiorización. Canta la verdad como se la dicta el corazón. Las Hermanas interrogadas durante las charlas confirman el juicio vicenciano.

Luisa estuvo dotada de extrema sensibilidad. Su psi­cología vibraba ante la grandeza de Dios y la pequeñez del hombre. Obró siempre con amor y temor; pero se sobrepuso el amor al descubrir la inmensa benignidad de Dios. No soportó nunca el pecado, aunque algunas im­perfecciones mancillaron su conciencia. La falta de cari­ño en la niñez, la inseguridad y el miedo de tiempos pasados se tradujeron en apego a las personas queridas y en machaconerías. De estas faltas tuvo que ser corregida a cada paso.

Los rasgos de su sensibilidad ante la belleza queda­ron plasmados en mil detalles: obras de pintura y borda­dos, afición por la himnología sacra y pequeños regalos a los bienhechores. Se diría que era un tejido hermoso de feminidad.

Su misma receptibilidad al amor y al dolor la hizo impresionable ante todo acontecimiento divino y huma­no, traducido luego en ternura de Dios con los desvali­dos. Pudo dar la imagen, alguna vez, de ser áspera con las Hermanas, explosión sin duda del genio Marillac; pero fue comprensiva y razonable con todos. Su clarivi dencia del futuro le hacía sufrir interiormente ante lo indeseable, aunque no extraña esta reacción, propia de toda persona inteligente.

Luisa gozó de una gran capacidad de interiorización. La facilidad para concentrarse potenciaba su oración. Desconocemos todas las virtualidades de su cerebro para hacer la meditación y sumirse en la contemplación de Dios transcendente e inmanente en la historia. Tal vuelo oracional provocaba su vocación mística enraizada en el misterio trinitario, en la divinidad y humanidad de Jesús y en el sacramento del bautismo. Vivió y recomendó la vida de oración centrada en la unión con Dios mediante la práctica del puro amor. Las oraciones jaculatorias la mantenían bajo la mirada protectora del Altísimo.

La Señorita Le Gras fue obra de Dios porque no opuso resistencia a la acción del Espíritu y se abrió a la Ley nueva encarnada en Jesucristo. Su transformación se debió, ante todo, al Espíritu de Jesús, que obró la mara­villa de convertir en ella las tinieblas en luz, la debilidad en fortaleza, la inseguridad en firmeza, el abatimiento en paz y el miedo en valentía. El proceso fue lento y labo­rioso. Sólo al final de la carrera se advierte este cambio prodigioso. Tal vez su psicología no sea bien compren­dida por los que se sienten seguros en la vida, pero tal postura revela un desconocimiento de las potencialidades del espíritu humano y de la acción divina.

La transparencia con que obró siempre Luisa fue fruto de su fidelidad en todos los estados de su vida: juventud, matrimonio y viudez, fidelidad al designio divino descu­bierto en cada etapa del recorrido. Gracias a la coheren­cia consigo misma, sin ambiciones humanas, escaló las cimas del cristianismo, urgida por la caridad de Jesucris­to crucificado.

ORCAJO, A.: “La Pasión por el Espíritu de Jesús”. Ed. Paulinas

 

 

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