SANTA LUISA LA MADUREZ EN CRISTO JESÚS (1633-1660) (II)

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  1. En la cumbre de la escalada espiritual (1642-1657)

El nuevo período es el más rico en documentación y en compromisos. Se abre con la emisión de votos de cinco Hermanas y la caída del piso de la casa principal (1642). Los años siguientes corren sobre alturas abrasadoras, donde el aire puro curte la piel de la santidad. La gracia acumulada de Cristo, si no ha cambiado la psicología de Luisa de Marillac, la ha transformado. Ya no obra por temor; el amor es su divisa. Vive casi toda la etapa de milagro, minada por la enfermedad. Previendo una muer­te cercana, hace testamento en 1645. Como la vida se prolonga, añade más tarde dos codicilos al testamento. La multiplicación de compromisos no la separan del “puro amor de Dios”. Su configuración con Jesús evangeliza­dor de los pobres, abrasado de caridad para con su Padre y con los hombres, se hace patente (1646-1657).

Entregadas por completo a todas las tareas de esta pequeña Compañía”

1642 destaca como un año estelar en la peregrinación de la fe de Luisa, señala una cumbre más en la escalada espiritual. Dos acontecimientos extraordinarios fijan su memoria. El primero tiene lugar el 25 de marzo, fiesta de la anunciación del Señor. Cinco Hermanas, presididas por la Señorita, hacen por primera vez en la Compañía los votos de pobreza, castidad, obediencia y servicio de los pobres. Se cumplía el día soñado desde antiguo para entregarse a Dios en una comunidad donde habría “idas y venidas”. Desde aquel pentecostés de 1623, el designio de Dios se fue cumpliendo al pie de la letra. Los votos la sumergen en el misterio de Cristo. En él y con él aspira a vivir el anonadamiento, la muerte total y la resurrección a la vida nueva según el Espíritu. Ya el 25 de marzo de 1634 se había comprometido con un voto irrevocable para permanecer en el estado de Caridad. Pero en la misma fiesta de la anunciación de 1642 inau­gura en la Iglesia una forma nueva de vivir la donación al Señor, en comunidad, con un espíritu propio, para servir a los pobres. En 1655 recuerda al Sr. Vicente la gran fiesta de la Compañía:

“Mañana es nuestra gran fiesta, en la que debemos mostramos agradecidas por la merced que Dios hizo en tal día a las cinco primeras Hermanas que su Bondad quiso le estuvieran del todo entregadas en el empleo de la pequeña Compañía, una de las cuales está en el cielo si nuestro Señor le ha hecho misericordia”.

Como María, también Luisa desea ser “la esclava del Señor”, cumplir su santa voluntad. El misterio de la encarnación del Verbo suscita un movimiento incesante de caridad culminado en la crucifixión. Luisa se abisma en el misterio nupcial del amor divino. La vivencia de los votos la orienta hacia las exigencias plenas del bau­tismo y al compromiso con los pobres.

Las tareas de la compañía son muchas y variadas. Toda miseria humana tiene cabida en la Caridad. Ningún pobre marcha de la presencia de la Señorita sin el alivio y ayuda necesarios. Para esto se consagran a Dios ella y sus compañeras. Los votos no hacen religiosas a las Hijas de la Caridad; tienen un valor y dimensión eminente­mente apostólicos. Se lo habían oído muchas veces al Sr. Vicente: “Si os llevan a ver al obispo de la diócesis, le pediréis su bendición; le diréis que queréis vivir total­mente bajo su obediencia y que os entregáis totalmente a él para el servicio de los pobres, ya que para esto habéis sido enviadas. Si os pregunta qué sois, si sois religiosas, le diréis que no, por la gracia de Dios, y que no se trata de que no estiméis a las religiosas, pero que si lo fueseis, tendríais que estar encerradas y que por consiguiente tendríais que decir: adiós al servicio de los pobres. Decidle que sois unas pobres Hijas de la Caridad, que os habéis entregado a Dios para el servicio de los pobres, y que se os permite dejarlo y que también se os puede despedir. Si os pregunta además: ¿Hacéis votos religiosos?, decidle: No, señor, nos entregamos a Dios para vivir en la pobreza, castidad y obediencia, unas para siempre, otras por un año”.

Así era al principio: no había una práctica uniforme acerca de la duración de los votos. Unas los hacían per­petuos; otras, temporales por un año, por dos… o por cinco. Con votos o sin ellos, las Hermanas procuraban que la caridad de Jesucristo modelara su corazón de sir­vientas de los pobres.

“Este accidente no ha ocurrido ni por sus pecados ni por los de nuestras hermanas”

El segundo acontecimiento sucedió el 5 de junio del mismo año 1642, víspera de pentecostés. La fecha no podía ser más significativa para una enamorada del Es­píritu Santo. Aunque el suceso parezca casual, tiene, sin embargo, hondas repercusiones en la vida personal de la Señorita y en la marcha de la Compañía. A las Hermanas de san Juan, de Angers, les comunica la noticia:

“Todas ustedes, queridas hermanas, den gracias a Dios por nosotras por la merced que nos ha concedido de preservarnos en la víspera de pentecostés, cuando el piso de nuestra habitación se hundió y tuvimos justo el tiem­po de alejarnos a unos cuatro pasos”.

Existen lecturas distintas del suceso, pero lo cierto es que la fundadora, a raíz de lo ocurrido, reafirma su de­voción al Espíritu Santo y embarca a la Compañía por derroteros espirituales y jurídicos estables. Ella confiesa que el hecho es providencial y que sus pecados no han sido la causa del hundimiento del piso, aunque alguna duda debió atormentarla, ya que el Sr. Vicente se ve obligado a escribir:

“A usted le digo exactamente lo mismo, señorita: que este accidente no ha ocurrido ni por sus pecados ni por los de nuestras hermanas, sino para advertirnos a todos los que lo hemos conocido que hemos de vivir de forma que nunca nos sorprenda la muerte, y para que usted vea en estas circunstancias un nuevo motivo para amar a Dios más que nunca, ya que Él le ha preservado como a la niña de sus ojos de un accidente en el que debería haber muerto bajo las ruinas, si Dios no hubiese deteni­do ese golpe con su divina Providencia”.

La caída del piso ha convulsionado el sentimiento de culpabilidad de Luisa; pero, ¡de qué distinta manera reac­ciona ahora! Antes, dicho sentimiento lo traducía en mul­tiplicidad de actos que aplacaran la ira de Dios. El temor originaba nerviosismo, inseguridad y desconfianza en su vida espiritual. Ahora, por el contrario, el mismo senti­miento se trastrueca en responsabilidad que genera amor, entrega gratuita y confianza en la Providencia. El cambio ha sido prodigioso. Siempre creerá que es responsable del bien o del mal que se produzca en la Iglesia o en su co­munidad, pero ya no perderá la paz ante ninguna situa­ción. Su camino es el amor confiado y sin límites.

El mismo Sr. Vicente comenta el acontecimiento bajo la perspectiva de la responsabilidad moral: “La mayor parte habéis confesado, dice a las Hermanas, que vues­tros pecados eran la causa de la caída de vuestro piso, y yo con vosotras, el más miserable pecador de todos; y habéis reconocido todas en particular que la mayor falta que había entre vosotras era la desunión. Un cuerpo no puede ser perfecto si la unión no es entera”. El 3 de junio de 1645, sábado vigilia de pentecostés, vuelve Luisa a recordar a su director:

“Hoy es el aniversario de la caída del piso; mañana será el del día en que nuestro buen Dios me dio a co­nocer su voluntad y en el que desearía que su santo amor se diese a mi corazón por la ley suprema”.

Así compendia la Señorita su actitud política y moral desde pentecostés de 1642. Desea sólo dejarse gobernar por la ley de la libertad de los hijos de Dios. El amor personal del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo, es la ley suprema que regula sus pensamientos, palabras y accio­nes según el modelo Jesús de Nazaret.

Las disposiciones de la divina Providencia

Luisa atraviesa, en 1642, por “grandes inquietudes y dificultades”. No consisten éstas en decaimientos de es­píritu, como antaño, sino en preocupaciones sobre la organización de la Compañía. Para la Fundadora, la unión y dependencia de las Hijas de la Caridad con el Superior General de la Congregación de la Misión son de interés común. Pentecostés de 1642 le arroja “luz y esclareci­miento” sobre el asunto. Queda también iluminada acer­ca de su conducta personal como formadora. El texto que

escribe es claro y definitivo:

“He pensado enseguida que toda nuestra familia debía tener gran devoción a la fiesta de Pentecostés y una dependencia total de la divina Providencia, pero todo ello de una manera muy especial, pareciéndome que al mismo tiempo se operaba interiormente en nues­tro muy Honorable Padre y en el alma de algunas de nuestras Hermanas algo grande para el establecimiento sólido de esta pequeña familia; y que en esta gracia de Dios, más que un accidente, debíamos ver una adverten­cia a su caridad para que implante una estrecha unión entre la manera de vida que Dios quiere que lleve esta Comunidad y la de su Instituto, ya que los intereses son comunes…

Me ha parecido que para ser fieles a Dios, debía­mos vivir en gran unión unas con otras, y que así como el Espíritu Santo es la unión del Padre y del Hijo, así también la vida que voluntariamente hemos emprendido debe transcurrir en esa unión de los corazones que nos impedirá indignarnos contra las acciones de las demás y nos comunicará una tolerancia y paciencia cordial hacia nuestro prójimo…

Esta voz de Dios debe enseñarnos también a que nos acostumbremos por amor a pensar frecuentemente en Él para estar preparadas a morir en el momento en que le plazca…

En cuanto a mí, he pensado tenía que ser más fiel que nunca a Dios, tanto en mi vida interior como en el servicio que debo a los pobres, y más especialmente en la instrucción y ayuda a nuestras Hermanas… Me pare­ció que Dios me daba a entender que las gracias que Él me otorgaba no eran para mí, sino por pertenecerle en la manera en que le pertenezco…

Que todas nuestras hermanas practiquen todos los años algún ejercicio interior desde la Ascensión a Pen­tecostés, honrando los designios que tuvo el Hijo de Dios cuando ordenó a sus Apóstoles que permanecieran pasivamente en espera de la venida del Espíritu Santo, y procurar acompañar el estado de la vida de la Santí­sima Virgen y de los mismos Apóstoles en la privación de la presencia visible de Jesús…”.

El servicio de los pobres, la unión fraterna y la dependencia del Espíritu son los temas más comentados por la Señorita hasta su muerte. El Espíritu Santo, inspi­rador de la oración e impulsor de la actividad apostólica, la atrae hacia Jesús, centro de unidad y de amor. La Santísima Trinidad es propuesta también como modelo de unidad a todas las comunidades.

La doctrina impartida no podía ser más explícita. Vicente de Paúl había ya enseñado a las Hermanas: “Lo mismo que Dios no es más que uno en sí, y hay en Dios tres Personas, sin que el Padre sea mayor que el Hijo, ni el Hijo superior al Espíritu Santo, también es preciso que las Hijas de la Caridad, que tienen que ser la imagen de la Santísima Trinidad, aun cuando sean muchas, sin embargo no tienen que ser más que un solo corazón y una sola alma””. Luisa, por su parte, insiste en la misma recomendación. A las tres hermanas que habían llegado a Varsovia el 7 de septiembre de 1652 les dice con motivo del envío de otras tres compañeras:

“Mis queridas hermanas, siempre me han dicho uste­des que no formaban más que un corazón entre las tres; en nombre de la Santísima Trinidad, a quien han honra­do y deben honrar, les ruego que lo ensanchen y que nuestras tres hermanas puedan entrar en esa unión cor­dial, de tal suerte que no se distinga cuáles son las tres primeras y cuáles las tres últimas”.

“La caridad de Jesucristo crucificado nos apremia”

Así reza la leyenda que circunda el escudo de la Com­pañía de las Hijas de la Caridad y que representa un corazón abrasado en llamas, sobre el que descansa un crucifijo. El texto está tomado de san Pablo, 2Cor 5,14, con el matiz de Jesucristo Crucificado. A partir de 1643, las alusiones de Luisa al amor del Crucificado son cons­tantes en las despedidas epistolares. La representación heráldica compendia la espiritualidad luisiana y explica las razones del celo apostólico de las Hijas de la Caridad.

Pero ¿en quién se inspiró la Señorita para diseñar el blasón? ¿en el escudo de las Visitandinas, dictado por Francisco de Sales? ¿en las Armas de las Capuchinas impresionadas por la pasión de Cristo? ¿en las consignas de Vicente de Paúl? Al no disponer de una fuente directa de información, caben distintas cábalas. Yo me inclino por la última, bien que conjugada con la inspiración salesiana, que en el Tratado del amor de Dios, L. XII, c. XII-XIII, canta las grandezas del Corazón de Jesús en su pasión y muerte, y enaltece las maravillas del amor crucificado.

“La Santísima Virgen, Madre y Guardiana de la Compañía”

Corre el año 1644. Luisa se da prisa a peregrinar a Chartres para “glorificar a Dios por las gracias que con­cedió a toda la Compañía con motivo de la caída del piso”. La Virgen María, elegida ya como protectora y modelo suyo, es reconocida como madre única de las Hijas de la Caridad. La comunidad debe mucho a la Madre de Dios desde su mismo origen. En los últimos años ha habido alguna desbandada del nido comunitario. Cada salida preocupa a la Señorita, que piensa en las faltas de caridad como causa principal del descontento en la vocación. Estima que es conveniente ir a Chartres para implorar de María la fidelidad y la unión de todas las Hermanas. Otros fundadores habían dedicado también su obra a María. Luisa siente el impulso de peregrinar a la Virgen de la Soterraña, oculta en la cripta de la bella catedral gótica, para:

“Ofrecer a Dios los designios de su Providencia sobre la Compañía de las Hijas de la Caridad, ofreciéndole enteramente dicha Compañía y pidiéndole su destruc­ción antes de que pudiera establecerse en contra de su santa voluntad; pidiendo para ella por las súplicas de la Santísima Virgen, Madre y guardiana de dicha Compa­ñía, la pureza de que tiene necesidad. Y viendo cumpli­das en la Santísima Virgen las promesas de Dios a los hombres, y en la realización del misterio de la Encarna­ción cumplido el voto de la Santísima Virgen, pedí para la Compañía esa fidelidad por los méritos de la Sangre del Hijo de Dios y de María y que Él mismo fuese el lazo fuerte y suave de los corazones de todas las Herma­nas, para honrar la unión de las tres divinas Personas. Y por lo que a mí personalmente se refiere, puse entre las manos de la Santísima Virgen la resolución que haya de tomar, según las notas que he entregado a mi muy Honorable Padre espiritual…”.

Entre las notas —no mencionadas— figura el Regla­mento, que debe entregarse al arzobispo de París para su aprobación. Los deseos de la fundadora se van cumplien­do lentamente. En 1646, Juan Francisco Pablo de Gondi, obispo coadjutor de París, da su asentimiento a la Cofra­día de las Hijas de la Caridad, aunque bajo la dependen­cia de los obispos. A los diez años escasos, en 1655, el cardenal de Retz, arzobispo de París, aprueba la Compa­ñía de las Hijas de la Caridad y reconoce al Superior General de la Congregación de la Misión como Superior de las Hijas de la Caridad. Fue ésta una baza ganada por la habilidad e inteligencia de la Señorita Le Gras, a quien sólo le faltó conocer la aprobación pontificia de la Compañía, aprobación que llegó el 8 de junio de 1668, a los ocho años de fallecimiento.

Figura también entre las notas el deseo de ser aten­dida personalmente por su director. Los logros consegui­dos para la Compañía no la dejan satisfecha. En el campo espiritual advierte que se está obrando una transforma­ción que no llegará a cuajar sin la ayuda del Sr. Vicente, pues le dice: “De nadie en el mundo puedo tener ayuda, ni la he tenido nunca más que de su caridad”23. En la misma carta en que solicitó permiso para peregrinar a Chartres, declara: “Ya es tiempo de pensar en mí, y delante de Dios le aseguro que creo va en ello el interés de nuestra pequeña Compañía” 24. La Señorita vincula la suerte de la comunidad a su propio progreso espiritual. El apoyo que busca redunda en provecho de la Compa­ñía, sobre la que tiene temores de ser destruida. ¿No habrá que buscar la causa de esa ruina en los pecados e infidelidades personales? ¿No será más aconsejable el cambio por otra Hermana que dirija la Compañía? Estos pensamientos torturaban a Luisa, que, a diferencia de etapas anteriores, no espera consuelo humano al descu­brir su interior, sino orientación para asumir el designio de Dios manifestado en los últimos acontecimientos. Esta es la súplica ardiente que dirige al Sr. Vicente en 1654:

“Nuestro buen Dios sabe lo que quiere hacer y lo que hará con la Compañía. Tengo gran confianza en su bon­dad a este respecto, si su caridad cuida de derribar en mí las oposiciones que mi miseria puede levantar; lo que me hace suplicarle, por el amor de nuestro Señor, se digne tomarse el tiempo para conocerlas bien; yo no me reservaré nada que lo pueda impedir, según la gracia que Dios me ha concedido siempre de desear que pudiera usted ver todos mis pensamientos, acciones e intenciones tan inteligentemente como su Bondad los ve, para mayor gloria suya; estando dispuesta a renunciar a la satisfacción que esto me proporcionaría y también a aceptar las humillaciones que quizá trajera…”.

La unión íntima con Dios

Cada vez que Luisa entra en ejercicios espirituales expe­rimenta fuertes sacudidas de la gracia. Su máxima aspi­ración es renovarse en el amor provocado por el Espíritu. Ella no sabe cómo reforzar más la unión con Dios. Si es cierto que ha experimentado los “desposorios místicos”, tal vez lo que Dios le pide es que tienda a la “unión transformante”. Parece que está desasida de sí misma, pero algún lazo le impide volar más alto. ¿Qué es lo que la retiene? ¿La preocupación económica y social de su hijo Miguel? Casi en vísperas de pentecostés de 1645 escribe al Sr. Vicente:

“Suplico a nuestro buen Dios me haga la merced de que mis importunidades no sean demasiada sobrecarga para su caridad, y le pido a usted perdón por todas las molestias que le ocasiono en mis necesidades… La gran fiesta que se aproxima me infunde mucha devoción por todas las gracias señaladas que Dios otorgó en ella a su Iglesia, y en cuanto a mí, por las que su bondad me comunicó hace veintidós años y que me trajeron la dicha de ser suya en la forma que su caridad sabe. Siento en mi interior no sé qué inclinación, que me parece quiere unirme más fuertemente a Dios; pero no sé cómo”.

La fiesta de pentecostés de cada año le hace revivir el cúmulo de gracias recibidas. Sus aspiraciones de unión con Dios crecen en la oración y en el servicio. Pentecos­tés le trae a la memoria la actitud de María y de los apóstoles en oración, esperando la venida del Espíritu Santo. Su ejemplo es la mejor disposición para recibir los dones del Espíritu Santo y al mismo Espíritu Santo, que estrecha la unión con el Padre y el Hijo:

“Es preciso establecerse en obediencia, como los após­toles, y en el reconocimiento sincero de nuestra impo­tencia, desprendiéndonos por completo de todas las cria­turas y hasta de Dios mismo en cuanto a los sentidos, puesto que vemos cómo el Hijo de Dios, que fue quien preparó a los apóstoles para recibir el Espíritu Santo, los colocó en ese estado privándolos de su santa y divina presencia con su ascensión”.

¡Quién lo iba a pensar! Su aspiración a vivir unida a Dios trasciende el gusto de los sentidos: algo incompren­sible antes de la última experiencia de pentecostés. La humildad de la Señorita consolida la edificación de la Compañía y de su propia vida cristiana.

“Llegar a ser verdaderamente cristiana”

Luisa vive y enseña que nada hay comparable a la con­dición de cristianos, de hijo de Dios por el bautismo. Cuanto más asciende al vértice de la perfección, tanto más ahonda en las raíces de su vocación cristiana. Con­templa la encarnación, muerte y resurrección del Señor, misterios que esclarecen su estado de Hija de la Caridad. La meditación sobre la humanidad santa de Jesús le urge la práctica de sus virtudes, “especialmente la mansedum­bre y la humildad, la tolerancia y el amor al prójimo”. El seguimiento de Jesús suscita en ella el deseo de cono­cerle mejor a él y a sí misma. Hacia 1650 resume estos pensamientos:

“He tomado la resolución de fijarme cuidadosamente en su santa vida, para poder imitarla. Me he detenido con insistencia en el nombre de cristiano que llevamos, pen­sando que requiere conformidad (con Cristo), y he pen­sado que debí informarme de qué manera había adquiri­do yo ese santo nombre y de qué palabras se sirve la Iglesia para dárnoslo, y cómo he recibido ese santo nom­bre, a fin de llegar a ser verdaderamente cristiana”..

Sentado el fundamento de la vida cristiana, su ilusión es crecer como miembro del cuerpo de Cristo. No desea otra cosa que ser testigo de la caridad en el mundo. Su compromiso caritativo-social dimana de la fe. Así lo demuestra la vida de entrega que lleva. Este enfoque verdadero desmiente muchas afirmaciones sobre el inti-mismo, desfiguración de su experiencia de Dios y de la vida. Ni las angustias juveniles, ni el miedo aterrador a perderse, sofocaron sus ansias de santidad, expresada siempre en obras de amor a Dios y al prójimo.

No podía faltar, al término de la carrera, la invoca­ción a María, Madre de la Ley de Gracia. La Virgen y Madre de Dios es la primera cristiana y la seguidora más distinguida en el seguimiento de su Hijo. El título con que ahora Luisa invoca a María trasluce su deseo de asemejarse a la Virgen Inmaculada, abierta de par en par a la acción del Espíritu:

“Te veo hoy, purísima Virgen, Madre de gracia, por­que no sólo has dado la materia para formar el sagrado Cuerpo de tu Hijo —pues por entonces aún no eras

madre , sino que al introducirlo en el mundo, eres, juntamente, Madre de Dios y Madre de un hombre que al nacer trae al mundo una ley nueva, la única ley que lleva en sí Vida Eterna. ¡Oh Madre de la Ley de Gracia, pues eres Madre de la Gracia misma! Me parece que nunca te había reconocido como tal” “.

Luisa contempla en Jesús la ley nueva, la única vida verdadera. Si Jesús es la gracia salvadora, y el Espíritu Santo el amor, María es la Madre de la Gracia y la esposa del Espíritu de amor. Hacia la Reina de los Após­toles vuelve sus ojos para alcanzar, por su mediación, la Ley nueva de Cristo.

ORCAJO, A.: “La Pasión por el Espíritu de Jesús”. Ed. Paulinas

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