La tercera y última etapa del recorrido espiritual y apostólico de la Señorita Le Gras comprende desde la fundación de la Compañía de las Hijas de la Caridad hasta la muerte de la fundadora (1633-1660). Es la etapa más fecunda en obras y en palabras. Como las dos anteriores, la presente se divide en tres períodos. El primero estudia la tarea de educación y formación que se impuso la Señorita con las jóvenes llamadas al servicio de los pobres en la nueva comunidad. La experiencia de la maestra ilumina su palabra llena de sabiduría (1633-1642). El segundo testimonia el sentido práctico en las fundaciones de comunidades particulares, destinadas al alivio y socorro de los necesitados. Continúa la tarea de formación y dirección de las Hermanas, con las que trata directamente o por medio de la correspondencia (1642-1657). El tercero confirma y compendia la experiencia de la Santa, su configuración con Cristo Jesús por arte y gracia del Espíritu Santo y con la ayuda de Vicente de Paúl (1657-1660).
- Maestra y educadora de la Caridad (1633-1642)
El fundador de la Congregación de la Misión acostumbra a hablar a la naciente comunidad, aproximadamente, una vez cada veinte días. Las jóvenes son todo oídos y ojos para seguir las enseñanzas del Sr. Vicente. Sus exhortaciones versan sobre la vocación y misión de las Hijas de la Caridad en la Iglesia y en el mundo, sobre el reglamento que ordena su vida diaria, sobre la oración, la vida comunitaria y el servicio de los pobres. Con frecuencia, la Señorita le sugiere el tema de la conferencia, que es recogida sobre la marcha, con la mayor fidelidad posible, por algunas amanuenses, aunque ninguna supera la habilidad y precisión de la misma Señorita. La exposición doctrinal del orador es sencilla y coloquial; se sirve del «pequeño método» para hablar, pero, en realidad, no sigue más orden que el impuesto por la caridad o el amor. En ocasiones, no faltan lágrimas ni en el conferenciante ni el auditorio. Es una fiesta escuchar la palabra confortadora del superior de la Misión. Terminada la plática, él se retira a su priorato de san Lázaro, donde reside con un grupo de misioneros entregados a la evangelización, y a Luisa le toca entonces hacer de maestra y educadora de la Caridad con las jóvenes congregadas. Estas viven muy entusiasmadas en el servicio de los pobres, pero están necesitadas de cultura y formación. Algunas son analfabetas. Sobre la Señorita recae la tarea silenciosa y sacrificada de la educación cristiana y apostólica.
«Estáis reunidas para vivir con un ideal común»
Así comenzaba su catequesis el Sr. Vicente, el 31 de julio de 1634, ante las doce jóvenes venidas de las aldeas para adiestrarse en los trabajos propios de la comunidad. Todas juntas forman un pequeño colegio apostólico, que espera la fuerza del Espíritu. La principal animadora del grupo es su superiora, la Señorita Le Gras, conocida de todas por su trato delicado y por el don de su palabra. Ese día último de julio, en su tercera conferencia a las Hermanas (la primera que nosotros conservamos), el orador, visiblemente emocionado, inicia su charla: «Mis buenas hijas, os decía el último día que os hablé que hace algún tiempo que estáis reunidas para vivir con un ideal común y que, sin embargo, todavía no habéis recibido ningún reglamento que ordene vuestra manera de vivir. La divina Providencia os ha conducido en esto como condujo a su pueblo, que, desde la creación, estuvo más de mil años sin ley… La Providencia os ha reunido aquí a vosotras doce, y, al parecer, con el designio de que honréis su vida humana en la tierra»
La Señorita apoya, suscribe y remacha la enseñanza recibida del «padre espiritual» de la comunidad. El «ideal común» predicado integra todos los elementos constitutivos de la identidad de la Hija de la Caridad: la entrega total a Dios, la vida de comunidad, el espíritu propio sacado del evangelio y el servicio de los pobres. Los tres primeros elementos están ordenados al último, y de él reciben su carácter específico. La entrega a Dios explicita las exigencias del bautismo, por el que todos quedamos consagrados y dedicados a Dios. La vida de comunidad está organizada según las necesidades de los pobres a los que sirven. El espíritu propio encarna el estilo o talante de Jesús evangelizador, humilde, sencillo y caritativo. El servicio especifica la misión para la que ha nacido la comunidad. La Señorita inculca estos principios de dinamismo espiritual y apostólico, por activa y por pasiva, en las jóvenes aspirantes a Hijas de la Caridad. ¡Qué derroche de paciencia, humildad, dulzura y tolerancia el de Luisa al lado de aquellas ignorantes campesinas! Sólo les basta mirarse en el espejo de la maestra para aprender a ser buenas «siervas de los pobres», educadas, amables y comprensivas las unas con las otras.
Ambos a dos, el Sr. Vicente y la Señorita Le Gras, están de acuerdo en que ha sido la Providencia, no ellos, la que ha dado origen a la Compañía. Sólo la Providencia, al llegar la plenitud de los tiempos, ha puesto en marcha esta obra tan querida. Por eso, «tenéis que tener tan gran confianza y tan gran amor a esta divina Providencia que, si ella misma no os hubiese dado este hermoso nombre de Hijas de la Caridad, que jamás hay que cambiar, deberíais llevar el de Hijas de la Providencia, ya que ha sido ella la que os ha hecho nacer».
Lo mismo piensa y enseña la fundadora de la comunidad. Cuando así habla, no es «la voz de su amo», un eco material de la palabra vicenciana, sino la constatación de una misma experiencia teologal, aunque fuese provocada por causas sociológicas. Cada vez ven más claro los fundadores que los pobres se multiplican por días en la sociedad, y urge correr hasta ellos.
La imitación de Jesús, que recibió vida del Espíritu, es el modelo que hay que seguir fielmente. El «designio» del Padre consiste, para todas las Hijas de la Caridad, en que se llenen de los sentimientos del Hijo de Dios, «para hacer lo que él hizo en la tierra»: predicar la buena noticia de la salvación, curar enfermos, dar comida al hambriento, vestido al desnudo, libertad al prisionero, paz a los que sufren las consecuencias de la guerra… Las consignas vicencianas son comentadas y ampliadas por la maestra y guía del «pequeño rebaño».
«La piedra de toque»
Mientras el Sr. Vicente adoctrina con su palabra y ejemplo y entusiasma a todas en el seguimiento de Jesús, la Señorita hace de cantero y pone «la piedra de toque» en la edificación de la comunidad’. Ella aquilata el alcance de la doctrina o la disciplina necesaria para la buena marcha del grupo. Nadie mejor que ella conoce los puntos flacos de las jóvenes aspirantes. Cuando interviene en una charla, el conferenciante pone especial atención, porque sus palabras son sillares para el edificio comunitario.
No encontramos en las comunicaciones luisianas una sola desautorización del Sr. Vicente. Existe entre ellos un acuerdo fundamental: entusiasmar a las jóvenes en el seguimiento de Jesús. «Para ser verdaderas Hijas de la Caridad hay que hacer lo que hizo el Hijo de Dios en la tierra. ¿Y qué es lo que hizo principalmente? Después de haber sometido su voluntad, obedeciendo a la santísima Virgen y a san José, trabajó continuamente por el prójimo, visitando y curando a los enfermos, instruyendo a los ignorantes para su salvación… Humillaos mucho y velad por haceros todas perfectas y santas, puesto que no podéis esperar que las que vengan después de vosotras, para seguir vuestro ejemplo, sean mejores que vosotras, ya que de ordinario cada cosa produce algo semejante a sí misma»4. Así exhortaba el director y así asentía la educadora de la Caridad.
El tema de la santidad es el más tratado bajo distintos aspectos. En torno a él quedan articulados todos los demás puntos referentes a la ascética cristiana. Sobre el servicio de los pobres se insiste a cada paso, haciendo ver que la santidad consiste en el ejercicio de la caridad: «Sabed, hijas mías, que cuando dejéis la oración y la santa misa por el servicio de los pobres, no perderéis nada, ya que servir a los pobres es ir a Dios; y tenéis que ver a Dios en sus personas. Tened, pues, mucho cuidado en todo lo que necesitan y vigilad, particularmente, en ayudarles en todo lo que podáis hacer por su salvación: que no mueran sin los sacramentos. No estáis sólo para su cuerpo, sino para ayudarles a salvarse». La amanuense que recoge tan bella exhortación es la misma Señorita, que aplaude la palabra de su director y se apoya en ella para recomendar lo mismo a sus hijas.
«No he visto jamás a una mujer como usted»
El Sr. Vicente conoce y trata a muchas mujeres de la alta sociedad y del pueblo bajo, pero pocas le parecen tan desconcertantes como su dirigida, la Señorita Le Gras. Le parece extraño que Luisa, después de las experiencias adquiridas, de la formación que posee, además de otras dotes para el gobierno de la comunidad, recaiga en antiguos sentimientos de culpabilidad. El espíritu de autocrítica para imputarse los fallos de los demás es la espina que lleva clavada y la que humilla hasta lo inconcebible. El análisis que hace de sí misma es tan puntilloso que la cubre de terror como un fantasma. En 1636 recibe del Sr. Vicente esta amable pero firme amonestación:
«No he visto jamás a una mujer como usted, ni que tome ciertas cosas tan fuerte que en cualquier cosa vea un crimen. La elección de su hijo, dice usted, es un testimonio de la justicia de Dios sobre usted. Está ciertamente equivocada al dar lugar a estos pensamientos y más aún al manifestarlos. Ya le he dicho en otras ocasiones que no hable de ese modo. En nombre de Dios, señorita, corríjase y sepa de una vez para siempre que esos pensamientos amargos son del maligno y que los de Nuestro Señor son mansos y suaves, y acuérdese de que los defectos de los hijos no siempre se les imputan a los padres, especialmente cuando éstos los han hecho educar y les han dado buen ejemplo, como usted ha hecho, gracias a Dios, y que Nuestro Señor permite por su Providencia admirable que algunos padres y madres santos se vean desgarrados en sus entrañas».
El desgarramiento interior de Luisa no puede ser más hondo, a pesar de los esfuerzos que hace por curarlo. Las que conviven con ella no se aperciben del sufrimiento de su maestra, pero ésta no puede ocultárselo al director. Mientras llega el remedio final, o al menos un alivio temporal, continúa la tarea de la formación, transmitiendo su rica experiencia de hija de Dios y sierva de los pobres. Siente que su pasión por el Espíritu de Jesús crece en la medida en que secunda el designio de la providencia sobre la obra naciente. No hay duda; ha encontrado del todo su verdadero camino, Jesús, manantial y modelo de toda caridad.
«Se comprometió con un voto irrevocable»
Gobillon escribe de su biografiada: «Después de encargarse de la dirección de esta pequeña Compañía, creció en ella tanto el amor a la vocación, que quiso sacrificarse por ella enteramente. Al año siguiente (de la fundación), el día de la anunciación de la Santísima Virgen, se comprometió con un voto irrevocable, con el cual renovó el voto de viudez. Desde entonces ofreció a Dios durante su vida, cada mes una de sus comuniones, para darle gracias por haberla llamado a este estado»‘.
El 25 de marzo de 1634 marca un hito más en el itinerario espiritual de la Señorita, fecha imborrable que le trae a la memoria su vocación definitiva y su misión concreta en la Iglesia de los pobres. A imitación de María, abierta al Espíritu, se propone dejarse invadir por el Espíritu de Jesús para continuar su obra de salvación en la tierra. Ha encontrado la paz siendo Hija de la Caridad, hija de Dios para consolar a los que necesitan consuelo.
Aunque no lo diga, ella es la piedra viva del edificio de la Caridad. El Sr. Vicente recibe limosnas de excelentes mujeres como Genoveva Fayet o Señora de Goussault, María de Lumage o Señora de Pollalion, Isabel du Fay…, pero ninguna contribuye tanto a la obra vicenciana como la Señorita Le Gras. Menos cualificada socialmente que las anteriores, vive totalmente entregada al servicio de los pobres.
Cascada de fundaciones
La dedicación a las Hermanas obliga a la formadora a cortar algunas salidas al exterior de la Casa, aunque no se cierra en banda ante las llamadas que llegan de fuera. Las calles y hospitales de París están repletos de pobres, mendigos y vagabundos, que reclaman su presencia. Según cunde la noticia de la fundación de la Caridad, llueven peticiones de uno y otro lugar para establecerse en ellos. Las demandas son atendidas según las posibilidades que hay de nuevas fundaciones. Se procura responder siempre que se asegure la vocación y trabajo propios de la Hija de la Caridad. El Hótel-Dieu de París es el primero en recibirlas (1634). En París nace la comunidad; de la capital se desparrama por provincias. En 1636 se establece en Liancourt. Al año siguiente, en san Germán de Auxerre. En 1638 las Hijas de la Caridad se encargan de los niños expósitos, y fundan además en san Germán-en-Laye y en Richelieu. La fundación de Angers tiene lugar en 1639. Este mismo año se comprometen en el servicio de los galeotes de París y de Nanteuil-le-Haudoin. En 1641 empiezan su trabajo en Sedán.
Una cascada de fundaciones inunda el suelo de Francia; todas son pocas, sin embargo, para socorrer a tantos pobres como aparecen por los campos y ciudades. Cada establecimiento de Hermanas obliga a la Señorita a uno o varios desplazamientos. Tanto trabajo, dentro y fuera de Casa, llega a agotarla físicamente. En ocasiones, más parece un cadáver ambulante que una persona viva. En cualquier viaje podría haber muerto de agotamiento. Pero esta mujer enfermiza es más fuerte de lo que parece.
La espiritualidad que proyecta durante los primeros años de vida de la comunidad tiene muy en cuenta las aptitudes de las Hermanas y sus compromisos sociales. La misión concreta de atender a los enfermos, a los niños, a los ancianos, a los condenados a galeras, bien en los propios domicilios o en los hospitales, en las escuelas, en la capital o en las aldeas, recaba de la directora el consejo oportuno. La Señorita goza del don de consejo para orientar a sus hijas. Especial relieve adquiere en la vida de comunidad el envío a la misión. El Sr. Vicente asiste al acto, dando solemnidad con su presencia y recomendaciones. De éstas echarán mano las enviadas cuando el obispo de la diócesis o cualquier sacerdote les pregunten sobre su identidad: quiénes son y para qué han venido.
«¡Cuánto se multiplicarán y qué gran bien van a hacer!»
El crecimiento de la comunidad aumenta los desvelos de la fundadora. Ya no son principalmente sus propios problemas, sino los de los pobres, los que reclaman la dirección y consejo del Sr. Vicente. La responsabilidad de gobierno no rebasa la capacidad de trabajo de la Señorita; pero requiere apoyo y asesoramiento en muchas cuestiones, sobre todo para imprimir en sus hijas el gozo de la vocación y de la perseverancia en la Compañía.
El Sr. Vicente se recrea repitiendo muchas veces las últimas palabras que pronunció la señora Goussault antes de morir: «He visto durante esta noche a las Hijas de la Caridad delante de Dios. ¡Cuánto se multiplicarán y qué gran bien van a hacer! ¡Qué dichosas se sentirán! Así será, si sois buenas y si trabajáis por tener vuestro espíritu, porque entonces Dios será glorificado por medio de vosotras y le darán mucha gloria vuestras buenas obras».
La conservación y el crecimiento en el espíritu propio de la Compañía son garantía de nuevas y buenas vocaciones. El espíritu, siempre el espíritu, es lo único permanente. Si falta el espíritu, la Caridad está muerta; pero si se mantiene, la Caridad está viva y atrae nuevos candidatos al seguimiento de Jesús, para servirle en la persona de los pobres.
La expansión de la Compañía impone cambios de domicilio. En 1636, la comunidad presidida por la Señorita se traslada al barrio de La Chapelle. En 1642, de nuevo muda de casa, al barrio de Saint Denis. La casa principal recién adquirida pertenece a la parroquia de san Lorenzo, cerca de la abadía de san Lázaro, donde el Sr. Vicente tiene acuarteladas sus huestes misioneras. La proximidad de domicilio de ambos fundadores agiliza la solución de problemas urgentes e imprevistos. La Señorita, sobre todo, aprovecha para escaparse a san Lázaro y dialogar con su director sobre asuntos pendientes, o simplemente para dar cuenta de su conciencia.
Escritos espirituales y correspondencia
Entre los escritos de Luisa de Marillac los hay de distinta índole y valor doctrinal. Abundan reglamentos, resúmenes de meditaciones y charlas, informes sobre las visitas a las Cofradías de la Caridad, avisos a las Hermanas, testamentos, pensamientos sueltos y hasta un catecismo. Al no estar fechados gran parte de ellos, no resulta fácil seguir la evolución de la persona que los escribió. En general, los escritos propiamente espirituales delatan la intimidad del autor y expresan los rasgos de un corazón enamorado de Dios en la oración. La extensión del escrito varía según sea su origen y su finalidad. Todos y cada uno son instrumentos valiosos para captar la profundidad de pensamiento y la sensibilidad de Luisa, incluso aquellas notas breves que resumen el diálogo mantenido con el Señor. Sin el conocimiento de los escritos no sería posible observar los altos vuelos de la oración de nuestra mística, la Señorita Le Gras.
La correspondencia copiosa que conservamos de la fundadora de las Hijas de la Caridad —no toda la que ella despachó, pero sí muchas muestras— es otro instrumento necesario e imprescindible para conocer su rica personalidad humana y cristiana. Prescindir de las cartas, para fijarse sólo en los escritos, sería cercenar engañosamente su ser dotado para las relaciones humanas: la prudencia, el juicio práctico, el trato amable y comprensivo, el conocimiento de las personas y realidades cotidianas. Por medio de las cartas conocemos a la otra Luisa que pisa en la tierra; a la mujer fuerte que sabe de cocina, de botica, de administración; que lo mismo entiende de bordados, ropas y perfumes que de jardinería y aguas medicinales.
Escritos y correspondencia son dos ríos de un mismo manantial, dos aguas con el mismo sabor para un fino paladar que saborea la gracia multiforme de Dios en las personas.
Los pobres, «nuestros amados amos»
Cada comunidad local tiene sus gracias y desgracias, sus virtudes y fallos. Cuando la Señorita detecta estos últimos, los diagnostica y trata con mano habilidosa. No es raro que el cansancio en el servicio genere un descontento vocacional. Entonces es cuando la inteligencia y la ternura de la superiora de París recurren a todos los medios para entusiasmar a la Hermanas en la vocación de siervas de los pobres. Ella misma quisiera verse en la situación de poder aliviar a los miembros dolientes del cuerpo de Cristo. Así anima a las Hermanas del hospital de Angers, en agosto de 1640:
«Parece que me estoy viendo en medio de todas ustedes al servicio de nuestros amados amos, dándoles la cena. ¡Qué dicha tienen ustedes en efecto, que yo no soy digna de poseer más que de deseo! ¡Ánimo, pues, queridas Hermanas! Háganlo con gran corazón, lleno del puro amor de Dios que nos lleve siempre a amar las rosas en medio de las espinas… La perseverancia tiene que ser el último florón de nuestra corona, ya que tenemos que adquirirla en el último momento de nuestra vida en la gracia y amor de Dios».
Luisa repite de muchas maneras que el que ama a Dios lo encuentra en todas las partes, particularmente en los pobres, que son presencia privilegiada del Hijo de Dios en la tierra. Los pobres, a la vez que son servidos, mandan en la vida de la Hija de la Caridad y son maestros que enseñan a renovar la fe y el amor con que se conquista la bienaventuranza eterna. Así proyecta Luisa sobre las Hermanas su pasión por «los miembros de Jesucristo», pasión que se confunde con la del Espíritu, «padre de los pobres».
«Una verdadera humildad lo arreglará todo»
Algunas hermanas fueron muy favorecidas con las cartas de la Señorita. Bárbara Angiboust es una de las más beneficiadas. Su enfrentamiento con Luisa Ganset arranca de la pluma de la fundadora una misiva llena de firmeza y de ternura. A Luisa no le tiembla el pulso cuando tiene que escribir la verdad, aunque escueza. Siempre redacta con delicadeza y busca la paz. Nada más contrario a ella que la discordia y la guerra; antes pasaría por el infierno que acarrear un disgusto inmerecido a una de sus hijas. Pero, cuando corrige faltas notorias, se humilla antes y luego, con conocimiento de causa, denuncia los fallos y anima a seguir trabajando unidos por el amor. En el caso presente, el amor y la tolerancia le dictan estos consejos, que recibirán las dichas Hermanas destinadas en Richelieu con espíritu de fe:
«Me he enterado que ha ocurrido lo que siempre he temido tanto, y es que su servicio, tan beneficioso para el alivio de los enfermos y la instrucción de las niñas, no ha servido de nada para la perfección de ustedes; al contrario, parece haberlas perjudicado, porque el buen olor que exhalaban empieza a desvirtuarse. Piensen, mis buenas Hermanas, en lo que hacen ustedes: son causa de que Dios sea ofendido en lugar de ser glorificado como antes lo era, y el prójimo escandalizado, y dan ustedes pie a que no se estime como antes el santo ejercicio de la Caridad…
Usted, sor Bárbara, por su poca cordialidad con la Hermana que Dios le ha dado, por sus pequeños desaires, por la poca tolerancia hacia sus defectos; ¿cómo no se ha acordado usted de que cuando se la puso con ella para hacer las veces de superiora, era para obligarla a portarse como madre…? Y al aceptar ese cargo, ¿no vio enseguida a qué humildad la obligaba, ya que tiene tantos motivos para reconocer su incapacidad?…
Y usted, querida sor Luisa, ha vuelto a caer en sus malas costumbres. ¿Qué idea se ha formado usted de su estado? ¿Es una vida de libertad? Ni mucho menos. Tiene que ser una continua sujeción y obediencia… ¿Qué saca usted cuando hace sin permiso visitas o peregrinaciones y quiere vivir en todo según su voluntad?… Yo creo que la causa de la mayor parte de las faltas que comete es que maneja usted dinero y de que siempre le ha gustado tenerlo. Si quiere seguir mi consejo, deshágase de esa afición…
¿Saben lo que espero de su reconciliación, además de una renovación de su afecto mutuo? Que tengan el corazón abierto la una para la otra… Una verdadera humildad lo arreglará todo».
La cita, aunque larga, merecía la pena, porque es modélica de otras respuestas a situaciones comunitarias similares. Las desavenencias entre las Hermanas solían originarse por causas muy distintas: por diferencias temperamentales, por intromisiones indebidas de los capellanes o administradores en asuntos comunitarios, por celos y envidias. Rara vez las hostilidades entre ellas terminaban con el abandono de la vocación; pero si se daba el caso, el corazón de Luisa se afligía amargamente, buscando todos los medios posibles de reconciliar a las enemistadas, o de hacerles volver a la comunidad si se habían escapado.
«Estoy quejosa de que no me escriba de su puño y letra»
La enfermedad física o psíquica de las Hermanas conmueve las entrañas de Luisa, que vela desde París por la salud de cada una de ellas. Lo que la Señorita no puede aplicarse sin recurrir a su director, sabe recetarlo con admirable maestría: la conformidad en las adversidades y la alegría en el sufrimiento. Como directora de sus compañeras es un ejemplo evangélico de compasión y de misericordia con los enfermos. A Isabel Martín, destinada en Angers, le envía este ramillete de consuelo, interesándose por su salud, de la que quisiera tener noticias frescas. Isabel reacciona contestando a los deseos de su superiora. Pero antes regusta con nueva lectura la carta empapada de simpatía y comprensión humana:
«¡Cómo la compadezco en sus dolores! Quisiera que los suavizara con la consideración continua de que se halla usted en el estado en que Dios la quiere, y, además, que no se inquiete pensando que está sirviendo de carga y que no trabaja como usted querría… Piense que Dios quiere que esté alegre y tranquila en medio de sus padecimientos… Estoy quejosa de que no me ha escrito de su puño y letra ni siquiera una vez desde que salí de ahí. Hágalo siempre que pueda; pero dígame con toda franqueza sus sufrimientos, que yo leeré y entenderé todo perfectamente».
Ejemplos como éste se repiten en la correspondencia. Luisa comprende en su propia carne la debilidad producida por la enfermedad. Isabel Martín es una pequeña muestra de la solicitud maternal de su superiora.
Otro caso distinto lo presenta María Joly, protagonista de una escena rara que pone a prueba la paciencia y la bondad de la fundadora. María Joly llevaba en Sedán la friolera de trece años, desde 1641 a 1654. Los superiores creen oportuno sacarla de aquel lugar para trasladarla a otro. Pero, estando en la casa principal esperando destino, huye de la comunidad sin decir adiós a nadie. La noticia desconcierta a Luisa, que manda buscarla por todas las calles de París. Al poco tiempo vuelve arrepentida de su fechoría. La superiora experimenta un gozo indecible porque ha recobrado la oveja perdida.
Grafología y dicción luisianas
Al final de las cartas quedaba estampada la firma inconfundible de Luisa de Marillac. Sus rasgos grafológicos bien ligados, limpios de todo adorno, delatan una mujer sencilla, clara, inteligente y organizada. Los lazos de la escritura confirman la lógica de su mente. Aunque el trazo de las palabras es más anguloso que redondeado, predomina un espíritu abierto, en el que cabe la comprensión de la miseria humana. Se mantiene en una tesitura noble y leal a sus principios de fe. La leve inclinación de la escritura hacia la derecha, con tendencia a caer, revela su ternura y sensibilidad, sostenidas por un espíritu de constancia en lucha contra el abatimiento, que la empuja pesadamente al suelo.
La composición del pensamiento se desarrolla, normalmente, dentro de períodos largos con muchas subordinaciones. No tiene prisa en concluir la idea, sino que la matiza dándole vueltas. Con frecuencia se sirve también de abundantes oraciones coordinadas, copulativas, adversativas e ilativas, que parecen no tener fin. Pero su dicción no resta claridad al pensamiento, que se manifiesta claro e inteligible. Puede parecer más complicado cuando desarrolla conceptos teológicos sobre la Trinidad o revela una vivencia profunda de difícil trasmisión.
Autógrafo de Luisa de Marillac.
Los consejos por carta los formula rápidamente y los adereza con gracia literaria. Tiene especial habilidad, según las circunstancias, para encajar una sentencia popular o una máxima evangélica. Aunque parezca extraño, no faltan en las cartas leves «ironías», que traslucen cierto humor fino, nada hiriente, que da gracejo a la lectura. No es esto lo ordinario, pero sorprende alguna que otra vez con tales salidas inesperadas.
«Tuve la dicha de ver a la señora de Chantal»
Poco antes de expirar la etapa que estamos comentando, la Señorita tiene «la dicha de ver a la Señora de Chantal». La entrevista se celebra entre los meses de octubre y noviembre de 1641. La fundadora de la Visitación morirá al poco tiempo, en Moulins, el 13 de diciembre del mismo año. No sabemos de qué hablaron. Pero ¿cómo no iban a recordar al santo obispo de Ginebra? La lectura de sus obras embelesa a las dos, que respiran salesianismo por los poros. ¿Cómo no comentar la marcha de las dos comunidades que ellas representan? El encuentro de las dos santas vigoriza su espíritu de cordialidad y de dulzura. Ambas son viudas, ambas fundadoras, ambas corren hacia Jesús manso y humilde. La historia, sin embargo, ha tratado con desigualdad a estas dos místicas del siglo XVII francés. Mientras la Señora de Chantal ocupa un lugar destacado en los estudios sobre la mística, la Señorita sigue ignorada, a pesar de su magna influencia en la práctica del amor puro a Dios cuajado en testimonios de caridad con los pobres.
ORCAJO, A.: «La Pasión por el Espíritu de Jesús». Ed. Paulinas






