¿QUÉ SUPONE INCULTURAR HOY EL ESPÍRITU EDUCATIVO DE LUISA DE MARILLAC?
Afirma Edgar Faure, en «Aprender a ser», que: «La educación del mundo moderno está considerada en gran número de países como el problema de excepcional dificultad, y en todos sin excepción, como la tarea de la más alta importancia. Constituye un tema capital de envergadura universal para todos los hombres que se preocupan de mejorar el mundo y de preparar el mañana».
Así, entre la importancia y la dificultad nos movemos en la tarea educativa, que requiere interés y esfuerzo, ilusión y responsabilidad, amor y autoridad…
El retrato de la marginación en la sociedad de los siglos XVI y XVII, estaba poblada de mendigos y vagabundos. Luisa de MariIlac, siguiendo a Jesús de Nazaret, se encarnó en la cultura de estos pobres como único camino posible para anunciarles la «Buena Nueva», comprometiendo su vida en ayudarles a luchar contra las causas que originaban su exclusión social, en la base de la cual estaban las carencias educativas.
El grito de los pobres fue el que hizo nacer a la educadora vicenciana. Ese mismo grito es el que hoy nos urge a quienes estamos aquí:
A las puertas del Tercer Milenio, la humanidad ha progresado enormemente a nivel científico, tecnológico… , pero nuestro mundo sigue plagado de dolor, pobreza, injusticia, hambre, marginación… Para que este mucho dolor reinante entre en el interior de los individuos, grupos, instituciones y sociedades del «mundo desarrollado», hace falta un cambio del corazón con el que dar vida a unas nuevas entrañas de misericordia y solidaridad; porque sólo desde ahí podremos transformar nuestras mentes egoístas e individualistas y dejar «que el olor de los pobres penetre en nuestro mundo» (R. Díaz-Solar); sólo desde ahí podremos ir configurando una cultura de la solidaridad, expresión del Reino y manifestación (le un Dios, Padre de todos, que tanto inculcaba Luisa a educadoras y educandas.
Educar para ello es algo primordial a lo que estamos convocados y uno de los grandes retos que a los educadores vicencianos se nos plantea. A nuestra sociedad, invadida por el terror, la violencia, el egoísmo… hay que desafiarla con un equipo de educadores que presente la clave del amor y la bondad del corazón.
Vivimos en una sociedad en crisis: crisis de valores, de trabajo, de economía… La crisis actual es una crisis de la que no se podrá salir empleando solamente medidas económicas y políticas. Hacen falta transformaciones económicas y políticas, pero lo fundamental es la transformación de la cultura actual por una nueva cultura.
Luisa preparaba a los niños para vivir en su sociedad; hoy sería necesario una ruptura con la lógica interna del modelo actual y ello supone conflicto…
Los valores específicos de la tradición ético-cristiana hay que aplicarlos. ¿Cómo?
- humanizando la revolución tecnológica actualmente en marcha. Pasamos a la sociedad post-industrial del micro-chip y la informática: hay que preparar, educar para que sea éticamente beneficioso para toda la humanidad,
- suscitando y educando unas nuevas necesidades. Hoy, en gran parte somos el fruto de una gran programación que se lleva a cabo a través de los medios de masas. Se nos van interiorizando imágenes que nos convierten en el perro de Paulot. Nuestros educandos son muy vulnerables a ellos,
- inculcándoles necesidades nuevas:
- cooperación por encima de competitividad.
- mejoras en la calidad de vida en vez de aumento cuantitativo. «Tener más no significa estar mejor, aunque haga falta que todos tengan un mínimo históricamente invariable para que todos estén bien» (E. From).
Resumiendo mucho, yo creo que vivir hoy el espíritu educativo de Luisa de Marillac, ante todo supone:
- Que seamos educadores con el mismo espíritu, con idénticos criterios y con las mismas actitudes que tuvo Luisa, no imitándola en sus rasgos externos —siempre accidentales y a merced de la cultura vigente— sino en la urgencia y creatividad de una tarea que lleva al desarrollo de todo lo humano, que se cifra en proponer y abrir al niño a conocer y amar a Dios, que le ayuda a realizar su existencia según un mundo de valores que le llevan a crecer en responsabilidad, en libertad y autonomía.
- Que tengamos una clara preferencia por los alumnos más pobres, los que nunca tienen voz, los que nadie quiere atender, porque no son ni política ni social ni económicamente rentables porque no ofrecen ningún prestigio a nuestra sociedad, dominada por el placer, tener y dominar, aunque ello suponga rebajar el nivel cultural.
- Una gran capacidad de comprensión y comunicación con el mundo infantil y juvenil.
- Enseñar a vivir lo permanente en medio de lo efímero, a través del diálogo como alternativa frente a la intolerancia y al relativismo.
- Saber educar en una cultura marcada por la complejidad y el pluralismo (dónde no se da la continuidad en la transmisión de los valores como en otros tiempos), para llegar a ser promotores de cultura y de identificación personal.
- Educar para el desarraigo, dado que cada vez más nuestro mundo camina hacia la «aldea global».
- Calidad en la acción educativa, siendo presencia significativa, que acompañe al niño en su crecimiento humano y cristiano, que atienda a la vocación de cada niño, como dice al punto 6.8 del Plan Pastoral, conscientes de que sólo así alcanzará su felicidad.
- Formación y actualización permanente para poder responder a todos estos retos.
- Identificación con nuestra vocación de educadores, viviéndola con gozo y esperanza, serenamente en medio de todas las dificultades, recuperando el sentido de la alegría y de la fiesta.
Podríamos añadir un largo etc.
Ser educador con talante vicenciano hoy, es un reto y una aventura maravillosa, como lo fue en la época de Luisa de Marillac. No fue fácil entonces en una sociedad caracterizada por todos los rasgos que hemos visto, tampoco lo es hoy, en una sociedad postmoderna, donde predominan ideales de corto alcance, frágiles motivaciones, permisivismo ético, renuncia al esfuerzo, existencia fragmentada, búsqueda del bienestar, escepticismo, idolatría, materialismo, consumismo, subjetivismo, narcisismo…
Pero todas estas realidades son otros tantos retos, que ponen a prueba nuestra capacidad de educadores y, sobre todo, de educadores cristianos. Son una oportunidad real, cargada de valores y potencialidades que estimulan la creatividad y el ánimo de toda la comunidad educativa.
Son una invitación a contemplar la realidad con ojos de educador, sin limitarnos simplemente a constatar lo que sucede.
El niño, el joven de hoy, como el del siglo XVII, al despertar a la vida sintoniza con los valores más nobles (aunque condicionados por su formación personal y el contexto social en que vive). El anhelo de vivir, de ser feliz, de relacionarse con los demás inscritos en él, es, al mismo tiempo, búsqueda de sentido y de plenitud. Una sensibilidad educativa nos ha de llevar a recuperar todo lo que hay en él de positivo y a valorar el momento en que vive como un tiempo oportuno en el crecimiento personal y en la renovación de la sociedad.
Educar hoy es lograr que la fe se convierta en cultura y que la cultura se deje transformar por el Evangelio. Vamos a finalizar uno de los siglos más violentos de la historia. Buscar la paz y trabajar por ella; proclamar la tolerancia y dar el salto a la fraternidad, es algo más que un desafío: es un compromiso de todo ser humano.
En la Europa del mercado, donde la eficacia parece haber hecho superfluo a Dios, y la riqueza parece indicar la categoría social de las personas, los jóvenes buscan —o al menos necesitan educadores dignos de crédito y capaces de ofrecer propuestas llenas de sentido, capaces de abrirles sus despachos para conectar con el corazón.
Educadores con un nuevo talante, capaces de hacer propuestas audaces y concretas, de mejorar y optimizar a otras personas, de dinamizar con su ser y su estilo a los demás, de modo que las personas sean más humanas, más humanizadoras, más felices.
Son muchos los jóvenes que buscan con ansia personas, —familia, educadores, testigos— que puedan colmar la sed de vida y la felicidad que tienen. Personas que viven y se hacen signo y anuncio del amor de Dios y de la Buena Noticia de Jesucristo. Un educador que actúa desde un talante pacificador y tolerante puede hacer efectivo, con más facilidad, los signos de una Nueva Educación y con un talante profético, orientar para que el educando espere de la realidad y de las personas, no sólo algo, sino que espere a alguien.
Lo que constituye esencialmente al educador no son las ideas o instrucción que imparte al alumno; es el don singular que posee de hacer desarrollar una personalidad; es la riqueza moral que infunde y distribuye por su sola presencia.
La educación no es verdadera —como afirma el P. Dodin— si no sabe sobrepasar su tiempo, ver la eternidad que se esconde bajo las apariencias, adivinar el futuro que disimuladamente refleja el presente. El educador no es tal si no sabe olvidarse bastante de sí mismo, para que, viviendo junto a él, la educación se sienta como algo natural bajo la guía del espíritu. Sólo así su poder se afirmará como una creación completa o como una educación que se prolonga hasta la eternidad.
El magisterio es siempre ministerio; es maestro quien se abaja, quien sirve.
Y no es posible ser maestro sin ser utópico —entendido por utopía algo que no se ha dado del todo, pero que ya se ha dado en parte—. Tenemos que acercarnos a la utopía. La tenemos ya realizada en Jesús de Nazaret, el Maestro. Dios toma tan en serio al hombre que cuenta con cada uno de nosotros para la Historia de la Salvación, para hacerle presente en el amor de los hombres, para ayudarle a vivir en lo irrepetible de cada ser, de cada niño que está en nuestras manos.
Sor Mª Cruz Gutiérrez. CEME.







