Santa Luisa, educadora (III)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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  1. PEDAGOGÍA Y MÉTODOS

Para conocer a fondo la pedagogía y los métodos empleados por Luisa en el campo educativo, tendríamos que entrar de lleno en su correspondencia y escritos; como el tiempo no nos lo permite, des­tacaremos algunos aspectos, a mi juicio más significativos, escu­chando sus propias palabras, que transmiten todo un espíritu y un estilo.

Luisa considera fundamental que los niños/as se sientan a gusto en la escuela; hacer de ésta un lugar atrayente es clave para que la enseñanza-aprendizaje sea eficaz y señala para ello unas actitudes favorecedoras, coincidiendo, muchas de ellas con los objetivos anuales que venimos trabajando los últimos cursos:

—Acogida: Insiste en esta disposición, que es aceptación y reco­nocimiento incondicional del educando. Las niñas pobres han de encontrar en la escuela su lugar, sentirse en casa; todo debe estar dispuesto para que las más necesitadas puedan beneficiarse de la instrucción:

«Les ruego también… que hagan la lectura los domingos y fies­tas a las muchachas mayores, instándolas a que vayan a verlas; a veces tienen tanta necesidad de instrucción como las pequeñas; pero tienen ustedes que hacerlo con suavidad y delicadeza, sin avergonzarlas por su ignorancia, si es que la tienen». (A Clara, febre­ro de 1659).

«Pido a mi querida Sor Ana… me dé con detalle sus noticias, en particular cómo hace la instrucción a las niñas. Le ruego, Hermana, que reciban el mayor número de pobres que puedan» (A Bárbara Angiboust, noviembre de 1647).

«Ruego a Sor María (acaba de llegar para reemplazar a otra Her­mana) que reciba muy bien a las niñas de la escuela, a las que podrá enseñar a hacer medias de estambre, pero sobre todo el Catecismo y las práctica de la virtud». (A Genoveva, noviembre de 1658).

— Sencillez: tanto en la forma de enseñar las maestras como en el aprendizaje de las alumnas. Sencillez que ha de darse también en los locales destinados a la escuela (generalmente una habitación anexa al hospital o parroquia) y en la limpieza de los mismos, como expresión de respeto a las niñas:

«Si lo encuentra bien, pienso es conveniente no marcharme de aquí (Bicétre, donde Luisa proseguía la instalación de los niños expósitos) sin haber dejado una maestra de escuela capacitada para enseñar a leer y coser a las niñas… Nuestras señoras no han pensa­do en disponer un lugar para la escuela. Hemos visto uno en el piso de abajo que sería muy indicado para los niños, a los que hay que separar de las niñas; no habría más que hacer una puerta y tapiar algunas ventanas; la de las niñas se haría en el piso de arriba». (A san Vicente, agosto de 1647).

«Pondrá más atención en instruirlas bien… que hacerlas adelan­tar en la lectura y enseñarles de memoria cantidad de frases que sir­ven sólo para halagar la curiosidad y la vanidad y no son verdade­ra ciencia, ya que ésta consiste esencialmente en comprender bien lo que se aprende y en llevarlo a la práctica…». (Oficio de maes­tra de escuela).

Dulzura y afecto: Aparecen con frecuencia. Así le habla a Juana Francisca, que sirve a los huérfanos en Etampes:

«Continúe así, se lo ruego, sirviendo a nuestros queridos Amos con gran dulzura, respeto y cordialidad, viendo siempre a Dios en ello». (Junio de 1653).

«Les ruego que instruyan a sus colegialas con mucha dulzura…». (A Claudia Brígida, finales de 1649).

Dulzura y afecto que no se confunden con debilidad, sino que implican firmeza; la última carta citada, continúa: «… Y tengan gran cuidado de no dejarles pasar sus faltas y corregírselas». También en las observaciones sobre las Reglas, constata:

«… Han de poner cuidado todos los meses en ver las que suelen faltar para reprenderlas y dar algún premio a las asiduas».

Y «les regañará seriamente, pero con dulzura, animándolas con la esperanza que les hará concebir, de que ya no cometerán las fal­tas en las que las ha sorprendido, diciéndoles que hay que pedir a menudo la gracia de Dios».

Así pues, la corrección es ocasión y punto de partida hacia una vida más auténtica, marcando un claro acento optimista y de impulso.

— Coherencia: Consciente de que, en la educación, la primera cosa eficaz es el ser del educador, la segunda lo que él hace y la tercera lo que él dice, Luisa puntualiza:

«Y para que sus advertencias sirvan de provecho a las almas a las que se dirige se ejercitará ella misma en un gran amor por la sal­vación de esas almas y tener gran estima por su empleo, del que se reconocerá indigna, guardándose mucho de darles ningún mal ejemplo, corrigiéndolas sin pasión y presentándose siempre ante ellas con modestia»34 (Oficio de maestra de Escuela).

— Cuidar el desarrollo del autoconcepto y la autoestima: con atención, paciencia, acompañamiento, flexibilidad:

«No pueden adoptar el orden que siguen en París las Maestras de Escuela; lo harán sólo con niñas pero deben recibir a cualquier hora a todas las que quieran ir a aprender, de cualquier edad que sean, teniendo la discreción de hacer pasar a las vergonzosas o tími­das a un lugar particular para ellas, acogiéndolas con mucha cor­dialidad aún cuando se presenten a la hora de la comida o muy tarde…».

La educación así vista es personalizada y adaptada a las necesi­dades reales y concretas de cada educanda. Supone y exige, a la vez, conocimiento de la psicología de la niña y dedicación.

— Educar en valores y potenciar la interioridad: básico para saber situarse en la vida y ante la vida con serenidad y equilibrio y medio indispensable para ser feliz:

«Espero también, queridas Hermanas, que pongan gran cuida­do… en instruir a las niñas no sólo en la doctrina, sino también en los medios para vivir como buenas cristianas». (A Andrea y Fran­cisca, junio de 1653).

«Ya sé que enseñará todo lo que pueda a las niñas pobres, acor­dándose de que lo más necesario es lo relativo al conocimiento de Dios y su amor». (A Eduvigis Vigneron, octubre de 1658; está recién establecida esta fundación).

«No dejará de hacer que las niñas oren a Dios por la mañana y por la tarde antes de marchar… Les enseñará de qué forma ha de transcurrir para ellas el día y a dar cuenta de cómo lo han practicado». (Oficio de la Maestra de Escuela).

— Exactitud y organización: que dista mucho de la inflexibilidad, pero que recomienda ajustarse lo más posible al programa y horas de instrucción:

«Le ruego, querida Hermana, ponga gran cuidado en la instruc­ción de las niñas y en llevar buen orden en la escuela; creo que el Sr. Portail le habrá dejado el reglamento de la misma. Le ruego que se ocupe también de hacer la lectura (explicación del Catecismo) a las muchachas mayores, las tardes de los domingos». (A Isabel Turgis, octubre de 1646).

«Le ruego, querida Hermana, que sea muy puntual en dar la ins­trucción tanto sobre el Catecismo como sobre las buenas costum­bres y otras advertencias…». (A Ana Hardémont, 1647).

— Sentido de la responsabilidad y cumplimiento del deber, que le llevan a priorizar la Misión, por encima de otras necesidades; así a Bárbara, que ha de ir desde Bernay a Santa María del Monte para informar a Luisa de este último lugar le dice:

«Le ruego me comunique en qué momento exacto podrá usted hacer ese viaje sin que salgan perjudicados ni los enfermos, ni las niñas de la escuela»‘ (junio de 1657).

Y a Clara:

«Desearía tanto como usted que viniese a hacer los ejercicios; pero lo impiden dos cosas; una es que este tiempo es de verdadera cosecha para sus niñas de la escuela, a las que tiene que instruir y preparar bien…». (A Clara, febrero de 1659)

— Disciplina educativa, que mira especialmente a la formación de la voluntad, del carácter y de la personalidad, al autocontrol. Luisa sabe que la auténtica libertad es la interior, que supone el dominio de sí, pero la niña ha de ser ayudada por métodos externos y preconiza una disciplina «preventiva», vigilante, que debe procurar estar aten­ta, sin intimidar, sin cortar, para educar la autonomía personal:

«Estará atenta a todo lo que haga en la clase, y, como es mejor prevenir el mal que castigarlo… será muy diligente en vigilarlas constantemente, aunque sin aparentarlo, y sin que su vigilancia pueda parecer suspicacia o revelar inquietud».

Luisa es consciente de que a veces serán necesarios los correcti­vos, y sus recomendaciones al respecto son claras: en general, las Hermanas deberán abstenerse de golpear a los educandos (castigo muy extendido en la época) y nunca corregirán llevadas por el enfa­do, ni en presencia de los demás. La escuela de Chars, precisamen­te, sería cerrada, entre otros motivos, ante la imposición del párro­co (jansenista) para que una Hermana pegase a una niña de 13 años, a lo cual se negó.

Aconseja, en cambio, recurrir a la emulación.

— Enseñanza-aprendizaje comprensivo, que cale en la inteligen­cia y vida de las niñas:

«Hará repetir la lección a las niñas con atención y no negligen­temente… Explicará todos los jueves el Catecismo haciéndolo de manera inteligible, empleando palabras distintas, en varias formas, para hacer las mismas preguntas, con el fin de que las niñas lo com­prendan con su inteligencia y no por rutina» (Oficio de la Maes­tra de Escuela).

— Formar a los padres, llegar a ellos a través de los hijos: Tam­bién en esto fue pionera, se adelantó a nuestro siglo, en el que tanto afirmamos que una formación completa y eficaz requiere la cone­xión con la familia:

«Llevará un registro de todas las discípulas y pasará lista todos los días para saber las que faltan y avisar a sus padres».

— Uniformidad en los métodos. Método que era a la vez activo y dinámico, racional y comprensivo:

«Hace algún tiempo, el señor Vicente me hablaba de nuestras Hermanas que están dedicadas a la enseñanza, con el deseo de que todas se sirvieran del mismo método; tan pronto como lo sepa con seguridad no dejaré de comunicárselo»46. (A Bárbara Angiboust, noviembre de 1647).

Con el fin de evitar demasiada dispersión en la educación, se exige un mismo método a todas las educadoras. La Regla 14 seña­la: «No seguirá su dictamen en el modo de instruir a la juventud, sino que se conformará con el método que se observa en la Casa de la Superiora, tanto para la enseñanza como para el catecismo y bue­nas costumbres».

Es así como se inicia el ideario vicenciano, que casi cuatro siglos después sigue vivo en el espíritu, un espíritu que trata de inculturarse día a día en los nuevos ropajes culturales para ser respuesta válida a los interrogantes vitales de los niños y jóvenes de hoy.

La uniformidad metodológica, lógicamente no restaba creativi­dad a la hora de desarrollar la enseñanza, pues educar es mucho más que transmitir meros conocimientos, es, desde la propia vida, ayu­dar a descubrir y a poner en juego la gran riqueza interior que cada ser humano lleva en sí, riqueza que es irrepetible y que, consi­guientemente, nos hace personas únicas.

La educación hace surgir y construir la persona desde sus recur­sos y posibilidades. La verdadera finalidad estriba en llegar a la capacidad de decisiones responsables, en promover de forma gra­dual y continua la autonomía personal, robusteciendo la formación de la conciencia y la participación en el proceso de crecimiento per­sonal y social.

Alguien dijo, a propósito de Vicente de Paúl, que consiguió transformar el rostro de la sociedad y de la Iglesia de la Francia del siglo XVII. Pues bien, a propósito de Luisa de Marillac podemos afirmar que nada habría sido igual en la obra de la educación, nada sería hoy igual sin su valiosísima aportación, en este campo, tan querido para todos nosotros.

Sor Mª Cruz Gutiérrez. CEME.

 

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