Santa Luisa, educadora (II)

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3.3. Luisa y la institucionalización de la enseñanza

Mientras Luisa y el gremio social al que pertenecía poseían un alto grado de cultura, la educación de los pobres estaba descuidada.

Se pensaba que enseñar la gramática al pueblo, además de no ser necesario, podía ser perjudicial. Luisa no compartía en absoluto esta idea, es más sufría por ella. Una carta suya a Miguel Le Masle des Roches, Chantre de Notre-Dame de París, el 9 de mayo de 1641, pidiéndole permiso para establecer una escuela de niñas pobres, revela claramente su preocupación y el contraste de su actitud con la mentalidad existente:

«Señor: Luisa de Marillac, viuda del señor Le Gras; secretario de la Reina Madre del Rey, suplica humildemente diciendo: Que el gran número de pobres que hay en el arrabal de Saint-Denis, le ha inspirado el deseo de ocuparse de su instrucción; considerando que si las pobres niñas permanecen en su ignorancia, es de temer que ésta fomente la malicia que les haga incapaces para cooperar con la gracia a su salvación; en atención a esto, dígnese, Ilmo. Señor, otor­gar a la suplicante la licencia que el caso requiere, con la esperan­za de que Dios será glorificado si los pobres pueden enviar libre­mente a sus hijas a la escuela sin tener que abonar cantidad alguna y sin que las personas ricas puedan impedirles tal bien, al negarse a que las maestras que enseñan a las suyas las reciban en sus cla­ses con tanta libertad. Estas almas rescatadas con la sangre del Hijo de Dios se tendrán por obligadas a rogar por usted, Ilmo. Señor, en el tiempo y en la eternidad».

Esta carta es una de las primeras afirmaciones decididas y pro­gramáticas que más tarde llevarán a la sociedad a tomar conciencia del derecho de todos a la enseñanza libre y gratuita.

A través de sus contactos y visitas a las Cofradías de la Caridad había comprendido que dejar al pueblo en la ignorancia significaba abandonarlo a la miseria e inferioridad, bajo el dominio de los ricos y poderosos, e impedir su promoción humana y social.

Al expresar: «Las pobres niñas dejadas a la ignorancia… se incapacitan para cooperar con la gracia», Luisa no quiere decir que la gracia de Dios depende de la ciencia humana, sino que con­fía en que el saber leer y escribir faciliten penetrar en la Palabra de Dios, de la Iglesia y de los autores devotos, creciendo, por ello, en la formación y vida cristiana.

Busca, ante todo, la educación integral, la formación en los valores y el crecimiento armónico de las alumnas.

Con la autorización del Chantre (respuesta dada en latín, en el mismo folio de la súplica), Luisa organiza en la Casa Madre, enton­ces en el parisino barrio de san Lorenzo, una escuela para niñas pobres. La carta dice así:

«Miguel Le Masie, Consejero del Rey en sus Consejos de Esta­do y Privado, Prior y Señor de Boches de Saint Paul, Chantre y Canónigo de la insigne y metropolitana Iglesia de París, a nuestra amada señorita Le Gras; vecina de la feligresía de San Lorenzo, de París, salud en nuestro Señor.

Compitiéndonos y perteneciéndonos, por razón de nuestra dig­nidad de Chantre de la dicha Iglesia de París, la colación y gobier­no de las escuelas primarias de la ciudad, arrabales y suburbios de París, y habiéndola encontrado digna de abrir y dirigir escuelas, después de detenido examen por nuestra parte, dictamen de su párroco y el testimonio de otras personas dignas de fe, y teniendo conocimiento de su vida, costumbres y Religión Católica, nos le concedemos para este fin nuestra licencia y otorgamos la facultad de dirigir escuelas e impartir enseñanza en la calle llamada del barrio de san Lázaro, en arrabal de Saint-Denis, con la carga de enseñar a niñas pobres solamente y no a otras, y de educarlas en las buenas costumbres, letras gramaticales y otros piadosos y honestos ejercicios, habiéndole previamente tomado juramento de desempeñar fiel y diligentemente dichas escuelas, según nuestros estatutos y ordenanzas. Las presentes serán solamente valederas hasta nuestro próximo sínodo. Dado en París y sellado con nuestro sello y el de Maese Juan Le Vasseur, notario apostólico, nuestro escribano y secretario ordinario, en el año de Nuestro Señor de 1641, a veintinueve días del mes de mayo».

Siguiendo la costumbre de la época, Luisa tuvo que poner un cartel en la puerta o ventana de su casa, con la siguiente inscripcioii.

«Aquí mantenemos Pequeñas Escuelas

LUISA DE MARILLAC

Maestra de escuela que enseña a la juventud

el servicio divino, a leen escribir, y hacer

las letras, la gramática».

Nace así la primera tentativa en París de un servicio a los pobres ignorantes, en el que la Compañía de las Hijas de la Caridad se comprometería cada vez más.

Siguiendo a Calvet podemos afirmar que «está fundada 1(1 escuela popular de niñas» e incluso podemos ampliar este concep­to a los niños, pues en uno de los Consejos de la Compañía, cele­brado el 30 de octubre de 1647, leemos:

«La señorita Le Gras consultó si convendría que nuestras Her­manas de la ciudad y de las aldeas que llevan la escuela, recibiesen a los niños y a las niñas …»

Hay muchas razones para ello. En primer lugar se puede hacer mucho bien enseñando los principios de la piedad a los niños que, sin ellos, se quedarán quizás sin instrucción. En segundo lugar, parece que hay necesidad de hacerlo así, ya que en la mayor parte de los sitios no hay maestros de escuela. En tercer lugar, lo están deseando los padres y las madres y, al parecer, tienen grandes razones para ello, ya que sería de desear que sus hijos tuvieran al menos tanta instruc­ción como sus hijas; por este motivo, urgen a nuestras hermanas para que los reciban en la mayor parte de los lugares en que están…».

A pesar de todas las razones, la decisión fue negativa, porque la legislación vigente, la civil y la eclesiástica, prohibían la escuela mixta, tanto de alumnos como de maestros.

Sin embargo, el principio de la escuela popular para niños de uno y otro sexo había sido sentado por Luisa con toda claridad y concreción, aunque su realización fuera posterior.

Ahora bien, el amor de Luisa a los pobres, igual que el de Vicen­te, era real y comprometido: trataba de proporcionarles los recursos necesarios para que salieran de su miseria y para que combatiesen las causas que la originaban; ésa es la razón por la que no se dedi­caron sólo a un servicio determinado, sino al conjunto de todas las pobrezas. Y no es extraño que la educación, las «Pequeñas Escuelas Vicenciano-Luisianas» aparezcan vinculadas a otros servicios, especialmente a las «Casas de Caridad» (visita a domicilio) y los hospitales.

No nos detenemos aquí porque de ello nos hablarán a continua­ción. Sólo recordaremos que la dedicación a la tarea educativa es hm importante para Luisa de Marillac que de unas sesenta obras habidas a su muerte, en veinticuatro o veintiocho (según diversos autores) de ellas, había una escuela.

A ello hay que añadir otro campo fundamental:

3.4. La educación de los niños expósitos

No menos importante fue la aportación de Luisa y Vicente, en colaboración con las Damas de la Caridad, en el ámbito de los niños abandonados. Su clamor, su grito fue acogido por ellos en 1638, como grito de Dios que demandaba liberación, educación, recupe­ración de la dignidad humana.

Como muy bien dice Sor Flinton, la obra de los niños expósitos «fue el primer intento organizado con criterios modernos en el campo del bienestar de la infancia». Y es que Luisa no sólo se inculturó en su época y en su sociedad, sino que supo, desde esa fina intuición que da el amor, traspasar las fronteras, con gran visión de futuro.

Un precioso Reglamento para Hermanas que les cuidan, ela­borado por ella hacia 16409, su ampliación y observaciones des­pués de 164110 y de 164711, así como sus numerosas cartas, revelan toda la solicitud y cuidado que la educación de estos niños exigía:

  • Cuidar los mínimos detalles con ternura exquisita: higiene, alimentación a las horas, peligros de la exposición al fuego o al sol…
  • Igualdad en el trato para no suscitar celos ni envidias. — Educarles humana y cristianamente.
  • Ser claro ejemplo para ellos y estimularles al bien.
  • Impartir una formación moral, religiosa y técnica que les pre­pare para el mañana.
  • Buscarles colocación cuando son mayorcitos (16 años).
  • Dedicación total…

Luisa reconoce muy bien la dignidad de toda persona, por eso defiende el derecho a la educación de estos niños y niñas —aquí habrá ambos sexos— a quienes el siglo XVII consideraba como «hijos del pecado» y desecho de la sociedad.

Y es que ¡no se hace nada sin amor en la educación!

3.5. Luisa educadora de educadoras

Gobillón, primer biógrafo de santa Luisa, nos relata así los comienzos de la compañía:

«El Señor Vicente creyó que era necesario reunir a estas jóve­nes (las que habían llegado para el servicio de las Damas en las Caridades de París) bajo la dirección de una superiora para que fue­sen formadas en el ejercicio de la caridad… No encuentra a nadie que fuese más digna de esta tarea que a la señorita Le Gras. Pone en sus manos algunas jóvenes para hacerlas habitar en su casa y vivir en comunidad. Vivía ella por entonces cerca de san Nicolás de Chardonnet e inició esta pequeña Comunidad en el año 1633, el 29 de Noviembre…

Eran cuatro o cinco buenas muchachas (después vendrían otras muchas) y a ella le va a corresponder darles una formación comple-I a, prepararlas cristiana y profesionalmente al género de vida que la Compañía de las Hijas de la Caridad, que con ellas acababa de nacer, requería. Así inaugura Luisa su verdadera vocación: formar, educar a las pobres siervas que tendrían que descubrir en los des­heredados de la tierra a Jesucristo Crucificado.

Durante veintisiete años, a pesar de su débil salud, de los sufri­mientos ocasionados por su hijo, a pesar de las dificultades de todo tipo, Luisa de Marillac fue la sierva de las siervas de los pobres, a quienes dedicó todas sus energías, para que ellas, a su vez, transmi­tieran la bondad de Dios a niños y jóvenes, ancianos, enfermos, dementes, galeotes…

A todas sus hijas, muchas de las cuales llegaban sin grandes conocimientos religiosos y sin ninguna instrucción, Luisa les abri­ría horizontes, ayudándoles a despertar y desarrollar, con una fina psicología y una gran pedagogía, lo mejor de sí mismas en favor de los demás.

Un pequeño «Empleo del día» o reglamento será inmediatamente necesario; en él se dedica gran espacio a las tareas de la jornada, al estudio del catecismo y al aprendizaje de la lectura: se deja un tiem­po después de la Eucaristía en el que se hace leer a las Hermanas para que aprendan; ejercicio que se repite por la tarde, haciéndoles recor­dar los principales puntos de

Bárbara Bailly, una de la primeras Hermanas, asegura que la «Señorita Le Gras se tomaba la molestia de enseñar ella misma a leer a las Hermanas; haciéndolas decir los artículos de la fe…»

También unas palabras de san Vicente testifican en el mismo sentido: «Dios mío, cuanto deseo que sus hijas se ejerciten en apren­der a leer y que sepan bien el catecismo que usted les enseña».

Y es que, como dijimos antes, Luisa compuso, hacia 1630 ó 1633 un catecismo que recogía todos los aspectos fundamentales de la fe y doctrina cristiana, en forma de preguntas y respuestas.

Años después, en 1648, una de las hermanas más cultas —Isabel Turgis—, pediría a Luisa el Catecismo de Belarmino para explicar.

La petición sería tratada en un consejo de la Compañía y, aun­que Luisa no era partidaria, Vicente responde que «ojalá todas las hermanas lo explicaran» y solicita a Luisa que les forme en él.

Si en los planes de Luisa, la enseñanza fue prioritaria desde el comienzo de sus visitas a las Cofradías de las Caridades rurales, no lo era menos la formación de las maestras, para que llegaran a impartir la enseñanza escolar con competencia. Por eso, en la Casa Madre organiza una «pequeña escuela de magisterio» para sus Hijas. Estas, una vez formadas, se lanzarán al encuentro con Cristo en las niñas y jóvenes pobres.

Ciertamente que estas maestras, inscritas en la escuela de Luisa, no recibían una educación esmerada como la suya —estamos en el siglo XVII y además, hay que tener en cuenta las destinatarias—, más bien su formación se adapta al método más provechoso para las muchachas; no se trata de hacer sabias, sino de inculcarles las nociones elementales de la fe, la lectura y la escritura, con el fin de que puedan transmitírselo a sus jóvenes alumnas. Su meta es formar cristianas; todo estará subordinado a ésto. Es más, en este periodo, como decíamos al principio, resulta difícil distinguir entre cateque­sis y enseñanza o «instrucción» (se identifica con educación, lo que implica la plenitud de la formación intelectual y moral, sobrenatu­ral y humana del niño); generalmente ningún educador pensaba en diferenciar la formación religiosa del resto de la enseñanza.

De ahí que «instrucción», «catecismo», «lectura», sean términos que aparecen como sinónimos, indistintamente en los escritos de Luisa, cuya preocupación principal era añadir al aprendizaje de la lectura y el catecismo, la formación religiosa y la enseñanza técnica que ayudase a las niñas pobres a ser personas de bien, conse­guirles cierta independencia y un lugar en la sociedad.

La importancia que Luisa concede a la formación de las educa­doras se pone de relieve en el «reglamento para el oficio de la maes­tra de escuela» , que esta tarde trabajaremos en el Taller de textos, así como en las numerosísimas cartas a las Hermanas que ejercen esta misión. La grandeza de la vocación de maestra, el entusiasmo, la alegría, la profunda vida en Dios, la identificación entre el ser y el hacer, serán condiciones indispensables. Por eso, las Hermanas, serán elegidas para desempeñar una u otra tarea según sus capaci­dades y preparación: «Todas no podéis ser iguales: unas valen para los enfermos; y otras para las escuelas».

Y para darles la capacitación requerida no dudan en poner como ejemplo a las Ursulinas, en cuanto a sus métodos pedagógicos y les permiten ir a sus casas para formarse en la instrucción de la juven­tud, dejando, sin embargo, bien claro la diferencia: «Vuestra compa­ñía, mis queridas Hermanas, tiene como finalidad instruir a los niños en las escuelas, en el temor y amor de Dios; y esto es lo que tenéis en común con las Ursulinas. Pero ellas, al tener grandes y ricas casas, los pobres no pueden ir allí, y han recurrido a vosotras».

No se escatimará nada para que las maestras tengan la técnica de su vocación de educadoras. Luisa se siente profundamente interesa­da en todo lo que pueda ayudar:

  • Al aprendizaje de la lectura a los niños.
  • A la tarea pedagógica de las maestras.
  • El número de alumnas…

Así a Bárbara Angiboust, en Fontainebleau, el 3 de marzo de 1647 le dice: «No sé si se ha equivocado usted al decirme el núme­ro de colegialas porque sesenta son muchas».

«Me gustaría mucho que tuviéramos esos carteles alfabéticos; los pondríamos sobre las paredes. Es el método de las Ursulinas en algún lugar».

Y ambos, ponen en marcha «cursos de especialización».

«Esa buena dama (Sr. Chaumont) ha sacado a una joven de las Ursulinas. Sabe que esas buenas religiosas enseñan, y muy bien, a trabajar en tapicería. Se me ha ocurrido la idea de que quizás pudie­ra ser útil durante dos o tres meses a las hermanas de La Chapelle, sobre todo para enseñarles a llevar la escuela».

También Isabel Turgis será enviada lejos de la Casa para apren­der a llevar una escuela con mayor competencia. En una conferen­cia, Vicente se alegra con las noticias al respecto que ha recibido desde Narbona:

«Hace algunos días me escribieron desde Narbona hablándome maravillas de nuestras Hermanas. Sor Francisca ha estado en una ciudad muy lejos de allí, adonde la ha enviado el señor Obispo de Narbona para aprender un método excelente que allí se sigue para instruir a la juventud. Lo ha aprendido y lo aplica con mucha edifi­cación de todo el mundo».

Luisa de Marillac, cuya personalidad ha sido forjada por la vida, que está impregnada por el amor de Jesucristo, pondrá todo su ser al servicio de la misión de educadora de educadoras. Su pedagogía con ellas es directa y sencilla, basada en tres pilares fundamentales:

  • Personalización de la formación: tiene muy en cuenta su carác­ter, aptitudes, circunstancias…
  • Conocimiento profundo y real de lo que viven las Hermanas y cómo lo viven.
  • Dinamismo contagioso, que le impulsa a transmitir el amor al pobre, que saca del amor a Cristo Encarnado, porque «la Caridad de Cristo crucificado le urgía a llevar la «Buena Nueva» a quienes esta­bas más carentes de ella».

 

Sor Mª Cruz Gutiérrez. CEME

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