Santa Luisa de Marillac y la Eucaristía

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

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Autor: M.ª Ángeles Infante, H.C. · Año publicación original: 2015 · Fuente: Anales de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad.
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El sacramento de la Eucaristía en el siglo XVII

Santa Luisa de Marillac fue una mujer de su tiempo en todo, también en la experiencia espiritual y en su vida de fe. En la época que ella vivió, el Magisterio de la Iglesia no propiciaba la comunión frecuente como en la actualidad, la santa misa se celebraba en latín y de espaldas al pueblo y el conocimiento de los fieles sobre la Eucaristía era muy parco y pobre. Incluso muchos fieles rezaban el rosario o hacían novenas u otras prácticas piadosas durante la santa misa. La instrucción de los fieles en lo que se refiere a la excelencia y contenido del santo sacramento era muy pobre, dada la poca formación de la mayoría del clero y la ignorancia del pueblo llano y sencillo.

Santa Luisa de Marillac es una mujer de su tiempo, pero en este tema se sale de la práctica común de los fieles y manifiesta un conocimiento singular y superior al de muchos clérigos. No es de extrañar, dada la cultura y educación recibida con las religiosas dominicas en Poissy. Lo había aprendido en aquel monasterio, foco de cultura y de fe, junto a su tía abuela Catalina de Marillac. Allí, al calor de la sólida piedad de la comunidad, aprendió a valorar la Lectio divina y la meditación sobre la Palabra de Dios que nos ofrece la santa madre Iglesia en la celebración de la Eucaristía diaria. En contacto con aquellas mujeres consagradas a Dios, aprendió a estimar la presencia eucarística del Señor Jesús en el Sagrario, visitándole con frecuencia y pasando muchas horas de oración ante el Tabernáculo. y también recibió de sus educadoras, las religiosas dominicas de Poissy, el amor y la devoción a la sagrada comunión, cuidando mucho las disposiciones para recibirla.

También la adoración al Santísimo Sacramento era muy floreciente en la época de su infancia y juventud. La corriente espiritual del humanismo devoto, impulsada por San Francisco de Sales, y la reacción contra la reforma protestante, hicieron crecer esta devoción. De hecho, Luisa de Marillac la practica con asiduidad y pide a las hermanas que lo hagan incluso cuando van de viaje1, para pedir una gracia importante como la paz2 o al tomar posesión de una nueva casa en la que quiere que esté el Santísimo Sacramento, sobre todo si se dedica al servicio y educación de los niños3.

Estas percepciones de su infancia y adolescencia marcaron tan profundamente su piedad y su experiencia espiritual que formaron en su alma como un sello que imprime carácter. Por eso, a lo largo de su vida vive de la Eucaristía, manifestando su devoción al Santísimo Sacramento en una estima honda y singular por la presencia real del Señor en el pan eucarístico reservado en el Sagrario, las frecuentes visitas a Jesucristo sacramentado y el interés en prepararse con buenas disposiciones para recibir la sagrada comunión. y esto que ella vive, lo enseña y lo proyecta en sus encuentros con las grandes damas y señoras de las Cofradías de la Caridad, con quienes se relacionaba en sus visitas a los pobres. y más tarde, cuando llega a ser la fundadora de las Hijas de la Caridad, lo enseñará a las hermanas.

En relación con la práctica de recibir la sagrada comunión, ella se ajusta a las costumbres y mentalidad de la época, tal como lo refleja San Vicente en la Conferencia del 14 de junio de 1643, explicando las prácticas espirituales de la Compañía: «Confesar y comulgar los domingos y fiestas principales, y no con mayor frecuencia sin permiso del director espiritual. Hijas mías, os recomiendo mucho que seáis exactas en la práctica de este punto, que es de gran importancia. Sé muy bien que podrá haber algunas que deseen hacerlo más veces; pero, por amor de Dios, mortificaos en esto y pensad que una comunión espiritual bien hecha tendrá algunas veces mayor eficacia que una real. Lo sé, hijas mías, y os diré con mucho gusto que las comuniones muy frecuentes han sido causa de grandes abusos, no ya a causa de la santa comunión, sino por las malas disposiciones que a veces se tienen. Por eso, hijas mías, os ruego que no comulguéis con mayor frecuencia sin el permiso de vuestro director»4. En esta Conferencia estaba presente Santa Luisa y ella es la primera que cumple lo que San Vicente explica, comentando la normativa de la Iglesia sobre la sagrada comunión en aquel tiempo.

Por aquel entonces se concebía la excelencia del sacramento de tal grandeza y sublimidad que se temía que no se recibiese con las debidas disposiciones si se comulgaba con mucha frecuencia. Esta mentalidad se mantuvo en la Iglesia hasta los inicios del s. XX en que el papa San Pío X abrió las puertas a la comunión frecuente. De ahí que San Vicente, y sobre todo Santa Luisa, diesen tanta importancia a las disposiciones para recibir bien la sagrada comunión.

La Eucaristía, centro de la vida y misión de santa Luisa

Este tema ha sido poco estudiado por los críticos y estudiosos de Santa Luisa. Bien merece la pena que volvamos la mirada sobre esta mujer excepcional en lo que se refiere a su devoción a la Eucaristía. Es para ella el centro de su vida y misión desde joven. Su Reglamento de vida en el mundo, escrito después de su viudez y antes de fundar la Compañía de las Hijas de la Caridad, expresa de forma clara el valor de este sacramento en su vida.

Su estima por la Eucaristía se refleja en las disposiciones con que participa en la celebración diaria de la santa misa: «Una vez levantada, haré inmediatamente la oración (por espacio) de una hora o tres cuartos. Tomaré el tema de los Santos Evangelios y Epístolas una hora entera, y con las Epístolas y Evangelios, la vida del Santo del día para que me sirva de instrucción el ejemplo del mérito del Santo».

La oración es su preparación inmediata para participar en la santa misa. y la hace meditando sobre los textos de la Palabra de Dios que la Iglesia nos propone cada día. A la oración añade la invocación a la Santísima Virgen, con algunas oraciones del Oficio parvo, solicitando su ayuda para conservar las inspiraciones recibidas y el eco de la Palabra de Dios en su corazón. Por eso, añade: «Acabada la oración, rezaré pausadamente Prima y Tercia de Nuestra Señora, conservando los sentimientos de la oración. Y si hay que dar alguna orden para el gobierno de la casa, me ocuparé de ello mientras acabo de arreglarme. A las ocho y media en verano y a las nueve en invierno iré a oír la Santa Misa; unas veces con la sola intención de la Iglesia y otras sirviéndome de los puntos para meditación durante ella en Filotea o en otro libro»5.

Después de participar en la santa misa, escribe cómo termina su acción de gracias y cómo mantener en su corazón los efectos y gracias espirituales recibidas en ella: «Acabada la santa misa, rezaré lo que queda del oficio de la Virgen conservando en mi corazón el sentimiento del gran amor que Dios nos tuvo por nosotros en la institución de este Santo Sacrificio»6. De nuevo aparece su invocación a la Santísima Virgen como alma eucarística excepcional, tal como la presenta el papa San Juan Pablo II7, que conserva en el corazón lo que ha visto y oído sobre su hijo Jesús. En su Reglamento manifiesta que tiene permiso para comulgar los primeros sábados de mes en honor de la Madre de Dios y para honrar a María, antes o después de la sagrada comunión se propone leer la oración que ella llama Acto de protestación, verdadera oración de ofrenda y consagración. De forma sencilla expresa la vinculación entre María y la sagrada Eucaristía. y, a la vez, vemos también cómo entiende Santa Luisa la Eucaristía: es la manifestación del infinito amor que Dios tiene a los hombres.

Catequista de la Eucaristía

A partir de 1633, Luisa de Marillac se convierte en cofundadora de las Hijas de la Caridad y, preocupada por su formación, les enseña:

  • a estimar la Eucaristía como manantial de caridad y centro de la devoción,
  • a valorar la sagrada comunión como el principal medio para unirse con Jesucristo y participar de su misma vida por la gracia salvadora que él nos regala en el santo sacrificio de la misa y la comunión eucarística,
  • a tener las disposiciones debidas para comulgar bien y con la frecuencia prescrita entonces por la Iglesia,
  • a adquirir las disposiciones requeridas para recibir bien la santa comunión: deseo ardiente, desprendimiento de apegos, conformidad con la voluntad de Dios, unión de nuestras acciones a las de Jesucristo, búsqueda de la gloria de Dios al recibirle, recta intención en cuanto hacemos y decimos y, por último, mortificación y sacrificio para dominar las pasiones que nos inclinan al pecado.

San Vicente sabía y conocía los conocimientos y experiencia espiritual de Santa Luisa en este punto. Por eso en la Conferencia que tiene con las hermanas el 18 de agosto de 1647 sobre la sagrada comunión, él pide expresamente a Santa Luisa que lea las notas escritas que llevaba para comunicárselas a las hermanas. En ellas se lee lo siguiente:

«Nos importa mucho entregarnos a Dios para comulgar bien, ya que sin esto estaríamos en peligro de que las amenazas, tanto a quienes no comulgan, como a quienes comulgan mal, se dirigiesen a nosotras para castigarnos.

La otra razón que tenemos para entregarnos a Dios y comulgar bien es el reconocimiento que hemos de tener del gran amor que nos muestra, al entregarse a nosotros en la santa comunión. Esto lo podemos hacer solamente testimoniando a nuestro Señor un amor en cierta forma recíproco, deseando recibirlo con todo nuestro corazón, ya que él se quiso entregar a nosotros con todo su corazón. Su amor me ha parecido todavía mayor en que, habiendo bastado su encarnación para nuestra redención, parece que se entrega a nosotros en la santa Hostia solamente para nuestra santificación, no sólo para la aplicación de los méritos de su encarnación y de su muerte, sino también por la comunicación que su bondad desea hacernos de todas las acciones de su vida, y para ponernos en la práctica de sus virtudes, deseando que seamos semejantes a Él por su amor.

Sobre el segundo punto, que es sobre lo que nos conviene hacer para entregarnos a Dios para comulgar bien, me parece que es preciso que tengamos tan alta estima de la comunión, que sintamos miedo de no tener en nosotras las disposiciones para comulgar bien, y que, como uno de los efectos de la santa comunión, y el principal, es unirnos a Dios, tenemos que quitar en cuanto podamos, los impedimentos para esta unión. Viendo que el más peligroso de todos es estar demasiado apegadas a nosotras mismas, por el amor a nuestra propia voluntad, es necesario que nos entreguemos a Dios para no tener nada más que una misma voluntad con él, para participar de los frutos de la santa comunión. Es lo que yo deseo hacer según lo que tantas veces me ha dado a conocer Dios de que soy incapaz de toda clase de bien y muy indigna de la santa comunión. Lo que creo que hay que hacer es poner una mayor atención en las acciones del Hijo de Dios, para procurar unir a ella las mías, con la ayuda de su gracia. Y puesto que sé que Dios lo ve todo, creo que es preciso que tengamos siempre una recta intención para comulgar, sin mezcla de ningún respeto humano, sino por el amor que hemos de tener a la humanidad santa y divina de Jesucristo, para ser fieles en corresponder al amor que nos tiene en este santísimo Sacramento.

El conocimiento que Dios me ha dado del abuso que muchas veces he hecho en mi vida de la santa comunión, llevando una vida que me hacía indigna de ella por la violencia de mis pasiones, me ha inspirado el deseo de esforzarme en mortificarlas, para que no tenga que experimentar el odio de Dios, sino su amor, en el caso de que continuase usando mal este divino alimento»8.

De forma sencilla reflexiona sobre el significado de la comunión pascual como prenda de resurrección y vida eterna: «La sagrada comunión del día de Pascua, única mandada por la Iglesia, me ha hecho pensar hoy que sus hijos iban a recibir el legado testamentario de su Esposo; lo que me ha parecido era un tesoro que durante todo el año iba a proveerme de cuanto necesitara, obligándonos a escoger la vida de Jesús Crucificado como modelo de nuestra vida con el fin de que su resurrección sea para nosotros medio de gloria en la Eternidad»9.

Su devoción a la Eucaristía no se limita a la vivencia personal y a enseñar a las Hijas de la Caridad lo que ella cree y vive, va más allá. Se preocupa de que los niños y niñas de las Escuelas, los ancianos del Asilo y los enfermos del Hospital conozcan bien la santa Eucaristía, antes de recibir al Señor en la primera comunión. A tal fin, nos ha dejado escrito en su Catecismo de preguntas y respuestas lo siguiente, a modo de instrucción sencilla y fácil de entender a las inteligencias más simples:

  • ¿Qué hay en el Santísimo Sacramento del altar? El Cuerpo, la Sangre, el Alma y la divinidad de nuestro Señor.
  • ¿El Cuerpo es el mismo que fue clavado en la Cruz? Sí.
  • ¿Por qué no podemos verle ni sentirle? Porque es un cuerpo resucitado y glorioso.
  • ¿Cuándo está el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor en la Sagrada Hostia? Cuando el sacerdote ha pronunciado las palabras sacramentales, que es un poco antes de la elevación de la Sagrada Hostia.
  • ¿Qué sucede entonces? un cambio de la sustancia del pan y del vino en el cuerpo y sangre de nuestro Señor.
  • Si el sacerdote pronuncia una sola vez las palabras sacramentales sobre muchas Hostias, ¿estarán en todas ellas el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de nuestro Señor? Sí.
  • ¿Y estarán allí mucho tiempo? Hasta que las especies sean consumidas.
  • ¿Y cuándo son consumidas? Cuando son comulgadas.
  • Si el sacerdote, al dar la comunión, os diese muchas Hostias, ¿comulgáis muchas veces? No.
  • ¿Y hará falta advertírselo? No.
  • Y si os diese una sola partícula, ¿recibiríais entero a nuestro Señor? Sí.
  • Cuando el sacerdote parte la Sagrada Hostia en la Santa Misa, ¿en qué parte de ella queda el Cuerpo de nuestro Señor? En las tres.
  • ¿Qué es lo que bebe el sacerdote en el cáliz la primera vez? La Sangre de nuestro Señor.
  • ¿Por qué en la Misa está separada del Cuerpo la Sangre de nuestro Señor? Porque la separación nos representa su Muerte y Pasión.
  • ¿Y qué se nos da en el vaso después de la Comunión? Vino para enjuagar la boca.
  • Luego, ¿no recibimos la Sangre de nuestro Señor? Sí, porque un cuerpo resucitado no puede estar sin su sangre.
  • ¿Desde qué hora hay que estar sin comer ni beber antes de comulgar? Desde medianoche.
  • ¿En el Santísimo Sacramento del Altar está solamente la segunda persona de la Santísima Trinidad? La segunda persona está allí en cuerpo y alma; y el Padre y el Espíritu Santo están por concomitancia, porque las tres personas son un solo Dios.
  • ¿Qué preparación es siempre necesaria para comulgar? Es preciso desear comulgar y hacer una buena confesión10.

A partir de 1646, la Compañía se organiza con estructuras de gobierno y formación estables y similares a las actuales. Se nombra a sor Juliana Loret como Directora del Seminario para la formación de las nuevas que llegan a la Compañía. Santa Luisa, en el Reglamento para las hermanas de la Casa Madre, nos ha dejado escrito lo que quiere que la Directora enseñe a las recién llegadas sobre la Eucaristía:

  • la excelencia de este sacramento y de los demás,
  • la necesidad de prepararse bien para recibirle con las debidas disposiciones, y
  • los frutos que produce en el alma recibir bien la santa comunión.

Ella lo expresa así: «A las 2, después de la lectura de toda la comunidad, dicha hermana celadora o directora irá con las hermanas nuevas a su lugar particular y las instruirá sobre la excelencia de los Sacramentos y por qué vía nos vienen comunicados, que es la de los méritos de la Sangre de Jesucristo. Les advertirá la gran dicha de las almas que los reciben bien y la desgracia de las que los reciben mal… Les enseñará los actos necesarios para hacer una buena confesión y una buena comunión»11.

La confesión está ordenada a recibir con buenas disposiciones la sagrada Eucaristía y a obtener de ella el fruto necesario para vivir bien y con entrega total la práctica de la caridad fraterna y la caridad y justicia hacia los pobres.

Tanto para San Vicente como para Santa Luisa la recepción de los sacramentos, con las debidas disposiciones, de la penitencia y de la Eucaristía, constituye el manantial en el que bebemos la caridad y el amor de Dios que llevamos a los pobres a través de nuestros humildes servicios: «¿Creéis, hijas mías, que Dios espera de vosotras solamente que les llevéis a sus pobres un trozo de pan, un poco de carne y de sopa y algunos remedios? Ni mucho menos, no ha sido ese su designio al escogeros para el servicio que le rendís en la persona de los pobres; él espera de vosotras que miréis por sus necesidades espirituales, tanto como por las corporales, Necesitan el maná espiritual, necesitan el espíritu de Dios; ¿y dónde lo tomaréis vosotras para comunicárselo a ellos? Hijas mías, en la santa comunión; los grandes y los pequeños, hijas mías, tienen necesidad de ello. Por eso es preciso que tengáis un cuidado especial en prepararos a recibir abundantemente este divino espíritu»12.

Santa Luisa insiste en los frutos de la comunión bien hecha, y en particular de la participación de la vida divina que poseen los santos. Así lo expresa en sus escritos hacia 1632: «La sagrada comunión del Cuerpo de Jesucristo nos hace participar realmente en el gozo de la Comunión de los Santos del Cielo, que la Encarnación y Muerte del Hijo de Dios nos han merecido; habiendo sido tan completa la reconciliación de la naturaleza humana alcanzada por tal medio, que el Amor de Dios no ha podido ya separarse de ella. Y así como en el Cielo Dios se ve en el hombre por la unión hipostática del Verbo hecho Hombre, así ha querido estar en la tierra para que los hombres no estén separados de Él. ¡Oh Amor infinito! ¿Por qué permites que los hombres ciegos olviden tan gran bien?; y lo pierdan por el pecado que es lo único que puede impedir la unión de tu bondad con ellos»12.

En las conferencias ofrecidas a las primeras hermanas, los Fundadores bajan a detalles muy concretos de la vida que expresan los frutos de nuestra vida eucarística:

«Otra señal infalible de una comunión bien hecha es, hijas mías:

  • Cuando vemos que nos esforzamos valientemente en hacernos semejantes a Jesucristo en nuestro trato y en nuestras costumbres.
  • Cuando nos inclinamos fácilmente a la
  • Cuando rompemos con nuestros apegos
  • Cuando nos resultan indiferentes todos los lugares a donde nos llama laobediencia.
  • Cuando solamente vemos el cumplimiento de la voluntad de Dios en todo lo que le gusta a él que hagan con nosotros, bien sea que nos envíen a los pueblos, o que nos pongan en una parroquia, o que nos dejen en laCasa.
  • Entonces, mis queridas hijas, podemos decir que realmente un alma ha hecho todo lo posible para disponerse bien a la recepción del Santísimo Sacramento»13.

Estima real por la presencia eucarística

Santa Luisa fue una mujer espiritual y apostólica de honda vida de oración. Sus notas espirituales en torno a su experiencia de Dios nos revelan un alma ávida de Dios, de rica inteligencia y con muchas horas pasadas en oración ante el Sagrario. Las experiencias espirituales más profundas las tiene durante sus visitas al Santísimo en las diferentes iglesias de París, como las de Los Mártires y San Nicolás de los Campos, o bien en las iglesias de los pueblos que visita, durante la sagrada comunión, como en Asnières o en Saint Cloud14.

En su Reglamento de vida en el mundo, redactado por ella misma después de quedarse viuda y ponerse espiritualmente bajo la dirección de San Vicente de Paúl, dice: «Que mi primer pensamiento, después del descanso de la noche sea para Dios, haciendo un acto de adoración, de acción de gracias y de abandono de mi voluntad en la suya santísima y con la vista puesta en mi miseria e impotencia, pediré la gracia del Espíritu Santo, en la que he de tener una gran confianza, para que se cumpla en mí su santísima voluntad, que será el único deseo de mi corazón… Al dar las cuatro, aunque me halle por la ciudad, si no estoy demasiado comprometida en una obra de caridad o alguna conveniencia social muy señalada, me retiraré a la iglesia más próxima para rezar vísperas de la Santísima Virgen y durante ellas recoger mi espíritu para hacer después media hora de oración15 y luego retirarme a casa permaneciendo allí lo más que pueda. Si me queda tiempo después de la oración, coseré hasta las seis».

Está muy clara su exigencia de practicar la visita al Santísimo Sacramento a diario, fijando en su proyecto personal o reglamento de vida el lugar: la iglesia más próxima al entorno; la hora en que la va a realizar: las cuatro de la tarde; y cómo: recogiendo su espíritu en oración durante media hora y rezando las vísperas de la Santísima Virgen. Es la forma de no olvidarlo y de adquirir el hábito o costumbre de practicarla. Su estima honda del Sacramento la lleva a estas precisiones para ser fiel a su devoción.

Cuando va a visitar las Cofradías de la Caridad y no puede llegarse hasta la iglesia para realizar su visita al Santísimo Sacramento, envía al Ángel de la Guarda para que la realice en su lugar y enseña a las hermanas y a las señoras a hacer lo mismo. y en su Reglamento para los viajes lo tenía bien escrito, hasta el punto de que en la reunión del Consejo del 19 de junio de 1647, cuando San Vicente pregunta a las consejeras si existe un reglamento para los viajes, las hermanas afirman lo siguiente: «La señorita dijo que teníamos la costumbre de ir a saludar al Santísimo Sacramento en las iglesias de los lugares en donde bajábamos, y visitar a los enfermos que se encontrasen; de paso, instruir a los enfermos o a los pobres; y que para eso llevaban rosarios, estampas, catecismos y que en las posadas se observaba también no sentarse a la mesa común, sino retirarse a una particular»16.

El primer punto que establece en su Reglamento para los viajes es ir a hacer la visita al Santísimo Sacramento al llegar a un lugar determinado y, simultáneamente, visitar y socorrer a los pobres y enfermos. Lo mismo establece y ordena para las hermanas: «Yendo por los caminos (durante el viaje) se acordarán de cumplir lo más exactamente que puedan sus reglas; en los lugares en que se detenga la diligencia, irán a la iglesia a adorar al Santísimo Sacramento, excepto la que se encargue de ir a la posada para las provisiones y demás cosas necesarias; y si tienen tiempo, irán al hospital, si lo hay en el lugar, a visitar a algunos pobres enfermos, acordándose de que no están en el mundo más que para amar y servir a Dios y al prójimo»17.

La devoción a la Eucaristía lleva a Santa Luisa a vivir habitada por el amor de Dios, a trabajar con alegría, diligencia y disponibilidad, a gozar la suavidad de su santo amor, y a desear que todas las hermanas estén llenas de honda caridad. Está convencida de que sólo las personas que llevan una vida teologal profunda de fe, esperanza y caridad, son capaces de permanecer en la entrega total a Dios para el servicio de los pobres: «Deseo que todas estén llenas de un amor fuerte que las ocupe tan suavemente en Dios y tan caritativamente en el servicio de los pobres, que su corazón no pueda ya admitir pensamientos peligrosos para su perseverancia. Ánimo, queridas hermanas, no pensemos más que en agradar a Dios por la práctica exacta de sus santos mandamientos y consejos evangélicos, puesto que la bondad de Dios se ha dignado llamarnos a ellos; para lo cual nos debe servir la exacta observancia de nuestras reglas, pero alegremente y con diligencia. Sirvan a sus amos con gran dulzura; tengan gran respeto a los señores Administradores y honren mucho a los señores eclesiásticos»18.

Con San Vicente, Santa Luisa afirma con frecuencia que la principal virtud de una Hija de la Caridad es comulgar bien, por eso se esmera en ayudar a las hermanas a adquirir esa sublime virtud: «Lo que conviene hacer para darnos a Dios con el fin de comulgar bien es tener gran estima de la comunión… Y como uno de los efectos de la sagrada comunión, el principal, es el de unirnos a Dios, debemos tanto como podamos quitar los impedimentos a esa unión. El más peligroso de éstos es el amor exagerado a nosotros mismos por el apego a nuestra propia voluntad, y para participar en los frutos de la sagrada comunión, necesariamente tenemos que darnos a Dios para no tener más voluntad que la Suya… Lo que me ha parecido tenía que hacer también, es fijar más fuertemente mi atención en las acciones del Hijo de Dios para tratar de unir a ellas las mías, con la ayuda de su gracia»19.

Así, Santa Luisa se manifiesta como una mujer verdaderamente eucarística y expresa su voluntad de que todas las Hijas de la Caridad participen de esta misma experiencia.

  1. SLM, Correspondencia y Escritos, Ed. CEME, Salamanca 1985, p. 754. En adelante, se citará así: SLM, 754.
  2. SLM, 257.
  3. SLM, 237.
  4. SV, Obras completas, «Conferencias a las Hijas de la Caridad», Ed. Sígueme, Tomo IX, p. 123.
  5. SLM, 671.
  6. Ibídem.
  7. Ecclesia de Eucharistia, nn. 53-58; Mane nobiscum, Domine, n. 31.
  8. SV IX, 317-318; cf. también, SLM, 767.
  9. SLM, 719.
  10. SLM, 708-709.
  11. SLM, 745.
  12. SV IX, 229.
  13. SV IX, 228.
  14. SLM, 665-667 y 682.
  15. SLM, 671-672.
  16. SV X, 765.
  17. SLM, 754.
  18. SLM, 82.
  19. SLM, 767.

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