- LLAMADA SIEMPRE ACTUAL: CONTINUAR LA MISIÓN SALVADORA DE JESUCRISTO
Desde los inicios del trabajo de Vicente de Paúl con los forzados, vemos que en su interior hay unas constataciones importantes: el bien realizado no puede acabar con las personas; hay que darle continuidad. Esta es la misión que tienen los Reglamentos y convenios, bien discernidos, convenientemente estudiados y prudentemente puntualizados. Para san Vicente, el servicio a los «encarcelados» es un servicio de origen vocacional que se encuentra en la base de su entrega a los pobres. Es como la resultante de la fidelidad a la propia vocación personal y de cada una de sus fundaciones. Por lo que se refiere a los Sacerdotes de la Misión, observamos, en primer lugar, que su servicio a los galeotes queda claramente estipulado en el contrato de fundación de la Congregación de la Misión del 17 de abril de 1625: «Asistir espiritualmente a los pobres forzados, a fin de que aprovechen de su pena corporal»… Y esta forma de caridad, afirma que él cree debe continuarse a perpetuidad en el porvenir por los dichos eclesiásticos por buenas y justas consideraciones.
El 7 de febrero de 1660, siete meses antes de su muerte, escribe a Santiago de la Fosse, misionero en Troyes, para explicarle la misión con las Hijas de la Caridad. Su carta incluye el servicio a los forzados: «Nuestra pequeña Compañía se ha entregado a Dios para servir a los pobres, corporal y espiritualmente, ha trabajado en la salvación de las almas y mediante las Cofradías de la Caridad ha encontrado el medio de aliviar a los enfermos. Lo cual está aprobado por la Santa Sede, por las bulas de nuestra institución. Ahora bien, la virtud de misericordia se ejerce de diversas maneras, por eso, en la Compañía se asiste a los pobres de distintos modos; por ejemplo, el servicio que se presta a los forzados de las galeras y a los esclavos en la zona de Berbería…».
También las Hijas de la Caridad están también destinadas por vocación a servir a los prisioneros. San Vicente lo explica claramente en la conferencia del 29 de septiembre de 1655: «Yo no he visto jamás una Compañía que dé más gloria a Dios que la vuestra. Ha sido instituida para honrar la gran caridad de Nuestro Señor». Y después de compararlas con las Carmelitas, las Hijas de santo Tomás, las del Hotel-Dieu, dice de todas éstas: «No tienen regla que les obligue a asistir en general a todo el mundo, es decir, a todos los pobres…; las hermanas del Hotel-Dieu, como os he dicho, tienen enfermos, pero no trabajan con los pobres condenados a galeras ¿Quién tiene compasión de esos pobres criminales, abandonados de todos?… Las pobres Hijas de la Caridad. ¿No es esto hacer lo que hemos dicho, honrar la gran caridad de Nuestro Señor, que asistía a todos los pecadores, incluso a los más miserables, sin tener en cuenta sus delitos?».
Como vemos, el trabajo con los prisioneros forma parte integrante del trabajo apostólico de las dos Compañías. Pero san Vicente reconoce que se trata de un servicio exigente, que no puede ser fruto de un impulso personal. Así, escribe el 18 de septiembre de 1649 al P. Claudio Dufour, austero y de celo un tanto indiscreto: «Las cartas que de usted recibo me dan siempre un gran consuelo, al ver la buena disposición que Dios le da para con los esclavos y los forzados, que es una gracia tan preciosa que no creo que haya otra mayor en la tierra; esto me obliga a darle gracias a Dios con un doble sentimiento de gratitud al ver la fidelidad de su corazón, que se dobla o se ensancha según la voluntad divina. Pues bien, como el servicio a esas pobres gentes es una vocación extraordinaria, hay que examinarla bien y rogar a Dios que nos dé a conocer si está usted llamado a ella; le pido que así lo haga por su parte y yo procuraré hacerlo por la mía, no porque dude de su decisión, sino para asegurarnos más de lo que Dios quiere. Ahora no es tiempo oportuno para ir: la peste de Marsella ha hecho huir a las galeras y ha dejado el hospital sin enfermos, y la peste que hay en Berbería nos obligará a retrasar el envío de alguien. Así pues, un poco de paciencia en esta espera y una ocasión para merecer mejor la dicha de una ocupación tan santa». Para san Vicente esta ocupación es santa y tan preciosa que no cree que haya otra mayor en la tierra.
La llamada a esta misión es actual y abierta a los múltiples tipos de prisioneros que genera la sociedad actual, no sólo los que están encerrados bajo los muros materiales de las cárceles rodeadas de alambradas y bien protegidas. La Congregación de la Misión y las Hijas de la Caridad han cuidado a los presos en las capellanías y enfermerías de centros penitenciarios durante más de tres siglos. Ahora lo hacemos de otra manera. Es verdad que ya no existen galeras, gracias a Dios. Pero es cierto que nuestro mundo globalizado encierra muchas prisiones, demasiadas, grandes y bien protegidas que impiden vivir en libertad moral y social a muchas personas… Además de este tipo de prisiones, siguen existiendo las prisiones de la carencia de sentido que afecta a muchas personas, debido a la pérdida de valores. Existen las prisiones de la falta de trabajo, la violencia callejera, la ausencia de Dios, la falta de esperanza y tantas otras que todos conocemos… La llamada de san Vicente es siempre actual: buscar y salir al encuentro de los pobres presos para continuar la misión salvadora de Jesucristo.
A través de toda su vida, san Vicente nos deja el legado de su fe y su experiencia. Cuando celebra las dos Conferencias sobre Sor Bárbara Angiboust en 1659 termina así: «Aprender de nuestra hermana a soportar a los pobres con paciencia». Ella impidió varias veces, en seis ocasiones, que se golpease a los galeotes, interviniendo ante la policía con valor. Ante el encarcelamiento del Hermano Juan Bareau, cónsul en Argel, por su celo ardiente con los presos y esclavos, san Vicente le motiva a la valentía apostólica en seguimiento de Cristo y manda leer sus cartas a la Comunidad.
Las líneas de acción de san Vicente tienen plena actualidad:
- Vivir dentro del movimiento de conocimiento de las necesidades de los pobres, por la cercanía, el interés, la escucha y la información sobre los problemas que afectan a su vida.
- Dejar tocar nuestro corazón por el movimiento de compasión y esforzarnos por dar respuestas a nivel personal y comunitario, haciendo que nuestra casa sea la Casa de los pobres.
- Permanecer en el movimiento de acción propio de la caridad evangélica y vicenciana, tal como le describe Lucas en la parábola del buen samaritano.
- Alentar y motivar a otros miembros del pueblo de Dios a vivir la compasión eficaz hacia los pobres.
- Mostrarnos condescendientes con la debilidad humana.
- Mantener el desvelo por la promoción y la evangelización sin buscar refugio en la caída del número de miembros o en la edad avanzada. San Vicente mantuvo el celo misionero hasta su muerte.
- Impulsar el trabajo evangelizador, en redes de caridad como lo hizo él, con creatividad y audacia.
CEME
Mª Ángeles Infante







