San Vicente y la obra de los galeotes (VI)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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  1. INMERSIÓN EN CALABOZOS DONDE LOS HA VISTO TRATADOS COMO BESTIAS

A lo largo de este estudio hemos visto como entró Vicente de Paúl en contacto con los galeotes: visitándoles en sus prisiones y calabozos. Más tarde llegará a las galeras de Marsella y Burde­os. Puede decir con verdad: «los he visto tratados como bes­tias». Es la comunicación de una experiencia humana y de fe. Él la narra así:

«… Si Dios ha derramado alguna bendición sobre nuestras prime­ras misiones, se ha hecho notar que era por haber tratado con amabi­lidad, humildad y sinceridad a toda clase de personas; si Dios ha que­rido servirse del más miserable para la conversión de algunos herejes, ellos mismos confesaron que fue por la paciencia y por la cordialidad que les había demostrado. Los mismos condenados a las galeras, con los que estuve algún tiempo, se ganan por ese medio; cuando en algu­na ocasión les hablé secamente, todo se perdió… Por el contrario, cuando alabé su resignación, me compadecí de sus sufrimientos, les dije que eran felices de poder pasar el purgatorio en este mundo, besé sus cadenas, compartí sus dolores, y mostré aflicción por sus desgra­cias, entonces fue cuando me escucharon, dieron gloria a Dios y se pusieron en estado de salvación».

El movimiento de inmersión en su realidad le permitió el conocimiento más directo y dejarse tocar por la compasión de la divina misericordia de Jesucristo. El Reglamento de la Casa Misión de Marsella, lo pone de relieve. Por eso, aparece con fre­cuencia preocupado por los capellanes de los presos, por los Reglamentos de las Hijas de la Caridad que servían de los galeo­tes y el de los Sacerdotes de la Misión encargados de los prisio­neros. Estos Reglamentos están llenos de detalles tomados del natural, de la realidad vivida… Así habla, por ejemplo, de la sopa, la carne, el pan, las camisas, las casacas, las medias, las medici­nas que necesitan y hasta de la gestión de la mensajería y cartas que los presos puedan escribir para comunicarse con sus familias.

San Vicente nos invita imperiosamente a una observación minuciosa de los lugares y ambientes que encontramos y las per­sonas que tratamos en nuestro servicio. Hoy nos invita a centrar nuestra mirada en la crisis de valores y económica que nos envuelve… Suavemente, pero con firmeza, nos incita a tener una visión precisa y detallada de las cosas y de las personas. A lo largo de su correspondencia advertimos que tuvo información muy temprana sobre las condiciones de vida de los esclavos de Berbería. Su propósito al enviar misioneros allí, no era realizar rescates, eso lo hacían los religiosos de la Merced y los de la Santísima Trinidad («Maturinos»); tampoco era la intención de Vicente convertir musulmanes ni renegados. Sabía que esa acti­vidad estaba rigurosamente prohibida por las leyes musulmanas. Cualquier pequeño triunfo en ese terreno se habría pagado con males incomparablemente mayores: la expulsión de los misione­ros y el cese definitivo de la labor que realizaban con los cautivos. Por eso se manifiesta cauto, audaz y prudente advirtiendo a sus misioneros que debían evitar un celo indiscreto: «No se le ha encargado a usted de las almas de los turcos ni de los rene­gados, y su misión no se extiende a ellos, sino a los pobres cris­tianos cautivos; … usted ha sido enviado a Argel únicamente a consolar a las almas afligidas, para animarlas a sufrir y ayudar­les a perseverar en nuestra santa religión».

Se trataba de mantener entre los esclavos una especie de misión permanente como las que se daban en los campos france­ses o italianos. Pero cada obra tiene su dinámica propia, que impone actividades no previstas en los planes mejor delineados. La misión de Berbería exigió pronto que los misioneros desem­peñasen un cargo muy ajeno a su carácter: el de cónsules de Francia. La idea fue de la duquesa de Aiguillon, que pretendía eliminar de ese modo los roces entre cónsules y capellanes, sobre todo si los primeros eran personas con actividades comerciales, a quienes en un momento determinado podía estorbar la activi­dad espiritual de los sacerdotes. Por ese motivo compró primero el consulado de Argel y, a la muerte de Martín de Lange, el de Túnez, y los puso a disposición de Vicente. Pero la Sagrada Con­gregación de Propaganda no veía con buenos ojos el desempeño de las funciones consulares por los misioneros. El señor Vicente recurrió a un artificio. Mientras la capellanía era ejercida por un sacerdote, el titular del consulado era un hermano coadjutor o un clérigo no ordenado.

Otro tipo de oposición tuvieron que soportar los misioneros-cónsules. El consulado había sido con frecuencia una tapadera para negocios turbios: contrabando de armas y otras mercancías prohibidas por las leyes francesas y pontificias. Los misioneros eran rigurosos en la aplicación de estas prohibiciones e inasequi­bles al soborno. En Marsella funcionaba una organización dedi­cada a esas actividades, que Turbet-Delof califica de «gang». Esta organización mafiosa consiguió en 1666 la eliminación del P. Le Vacher como cónsul de Argel. El cargo fue confiado a uno de sus hombres. Ante tanta oposición, hubo un momento en que el señor Vicente, desanimado, estuvo resuelto a desprender­se de los consulados e incluso a retirar a sus misioneros, confian­do a sacerdotes cautivos el cuidado de sus compañeros de des­gracia. La duquesa de Aiguillon, más al tanto del trasfondo del asunto, se opuso. El mismo Vicente confesaba que no se podía confiar demasiado en los sacerdotes cautivos, ya que, frecuente­mente, ellos eran los más desordenados y los que mayores escán­dalos causaban.

Los cónsules representaban ante las autoridades locales no sólo a los súbditos franceses, sino también a los de las demás naciones cristianas, excepto Inglaterra, que tenía su propio cón­sul. Ellos reclamaban contra las capturas de barcos franceses, protestaban contra los abusos, malos tratos e injusticias de que pudieran ser objeto los prisioneros, negociaban rescates y arbi­traban conflictos entre comerciantes. Una interpretación abusiva por parte de los beyes o bajaes de los deberes de los cónsules res­ponsabilizaba con frecuencia a éstos de las deudas y multas de los ciudadanos extranjeros y los convertía muchas veces en rehe­nes. Por delegación de la Santa Sede, los misioneros ejercieron, además, el cargo de Vicarios generales del arzobispo de Carta­go, con jurisdicción eclesiástica sobre sacerdotes, religiosos y fieles de sus respectivas demarcaciones… Esto ponía en sus manos la «espada espiritual», que Vicente les recomendaba usar con prudencia y parsimonia y sólo cuando hubieran fracasado otros medios más dulces y persuasivos. A pesar de las reservas de Vicente, los misioneros acabaron encargándose también de tramitar rescates. Era el acto de caridad que más necesitaban y agradecían los cautivos. Por compasión o por compromiso, los misioneros intervinieron. No siempre resultaba bien. A menudo, las exigencias de los amos eran exageradas. Algunos misioneros pagaron con la prisión o el suplicio compromisos imprudente­mente contraídos y que no pudieron satisfacer.

La Casa Misión de Marsella actuó, casi desde el principio, de estafeta y oficina de giro entre los cautivos y sus familias. Las cartas y donativos o el importe de los rescates eran remitidos a san Lázaro por medio del párroco o del sacerdote de la Misión más cercano. Vicente los hacía llegar a la casa de Marsella y el superior de ésta los colocaba en Berbería. El dinero era transmi­tido mediante letras de cambio de los Sres. Simmonet, de París, contra los hermanos Napollon de Marsella, banqueros de Riche-lieu para el comercio con los berberiscos. El superior de Marse­lla lo enviaba a Berbería por medio de comerciantes o marinos que enlazaban ambas orillas del Mediterráneo. La corresponden­cia vicenciana contiene un verdadero rosario de nombres de todos los rincones de Francia: Edmundo Guillaume, de Vaucou-leurs, en Champaña; Lorenzo Gramoissant y Juan Senson, de El Havre; dos hermanos vascos apellidados de la Roquette, Roque Hardy, de Nancy; un anciano de la isla de Ré… Lista árida que a veces da a las cartas vicencianas aires de oficio comercial. Era el comercio más desinteresado que se haya ejercido nunca: el comercio de la caridad. Según Abelly, el total de los cautivos res­catados por los misioneros del señor Vicente de Paúl pasó de los 1.200, por un valor de 1.200.000 libras.

CEME

Mª Ángeles Infante

 

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