San Vicente y la obra de los galeotes (V)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

CREDITS
Author: .
Estimated Reading Time:
  1. EL CONTACTO CON LA REALIDAD COMO CAPELLÁN GENERAL DE GALERAS

Los frutos cosechados por Vicente con su abnegada labor de París y Marsella indujeron al señor de Gondi a buscar la manera de institucionalizarlos y perpetuarlos. Fue así como surgió en su espíritu la idea de crear el cargo de capellán real de las galeras de Francia y hacer que se lo confiaran al señor Vicente. El rey, «compadecido de los forzados y deseoso de que se aprovecha­ran espiritualmente de sus penas corporales», aprobó el proyec­to. El 8 de febrero de 1619 era expedido el breve de creación del nuevo cargo, «con autoridad sobre todos los demás capellanes», confiado a Vicente de Paúl con un sueldo de 600 libras anuales y el rango de oficial de la Marina de Levante. Cuatro días más tarde, el 12 de febrero, Vicente prestaba ante el General el jura­mento prescrito y tomaba posesión de su cargo que daba a la caridad de Vicente dimensiones nacionales. Vicente lo retuvo toda su vida, y poco antes de morir consiguió que fuera vincula­do de oficio y a perpetuidad al superior general de la Congrega­ción de la Misión.

Desde los primeros momentos, Vicente comprometió en el trabajo a sus dos inmediatos colaboradores: los señores Belin y Portail. Más adelante dedicaría a ello varios de sus misioneros y enrolará en el servicio de los galeotes de París a las Hijas de la Caridad, que bajarían a los calabozos como verdaderos ángeles de consuelo. Él mismo, en los intervalos que le dejaban libres las misiones, se trasladaba ya al hospital parisiense, ya a las galeras mismas, para llevar a los galeotes la predicación y el consuelo de las misiones. Así, lo hizo en 1622, en Marsella, y en 1623, en Burdeos. Su autoridad como capellán general de galeras se limi­taba sólo a los forzados de los barcos. No eran de su incumben­cia los que estaban en el hospital de los galeotes de París esperan­do su traslado a Marsella, pues todas las cárceles de la capital dependían del Procurador general y no de las autoridades de la marina. A pesar de todo, mejoró su suerte y logró que fueran tras­ladados a un alojamiento más sano ubicado en un torreón de las antiguas murallas situado en la orilla izquierda, entre el Sena y la puerta de san Bernardo, en el muelle de la calle de la Tournelle.

San Vicente llamó también a las Damas de la Caridad para visitarles y llevarles ropas y medicinas y a los sacerdotes de las Conferencias de los martes para que les predicaran las misiones. Las Hijas de la Caridad comenzaron su servicio junto a los for­zados en 1640: se trataba de una asistencia corporal y espiritual. Su acción comprendía los cuidados a los enfermos, las comidas, las ropas, así como la atención en el orden espiritual, velar sobre la moralidad, preparar el terreno para la misión y, antes de embarcar en las galeras, ocuparse de los sacramentos… Lo seña­la san Vicente cuando escribe al arzobispo de París en 1645. Entonces ya había tres Hermanas dedicadas al servicio de los pobres forzados.

Pero fue en Marsella, sobre todo, donde san Vicente desple­gó su actividad junto con los sacerdotes de la Misión. Eran cua­renta galeras, con 275 forzados por navío, más 90 soldados. En 1643, se organizó una célebre Misión, gracias a la iniciativa de cinco Lazaristas, ayudados por ocho sacerdotes del Santísimo Sacramento, de los Oratorianos, de los Jesuitas y de los sacerdo­tes italianos. En cada navío ejercieron su ministerio tres sacerdo­tes; el obispo de Marsella, Monseñor Gault, quien se distinguió entre todos por su ardor misionero. Se puso enfermo durante la misión y murió en olor de santidad poco después, el 23 de mayo de 1643. Los padres du Coudray, Candelou, Boucher y Brunet se pusieron a trabajar apenas llegaron a Marsella, en colaboración con ocho sacerdotes de la congregación del señor Authier. Así el 6 de marzo, Monseñor Gault escribía a la duquesa de Aiguillon: «Ha sido la llegada de estos padres la que me ha decidido ple­namente a dar esta misión, que quizás hubiera retrasado para otra ocasión. Soy incapaz de expresarle, señora, cuántas bendi­ciones y alabanzas tributan estos pobres forzados a los que les han proporcionado un socorro tan saludable y un excelente auxilio».

Como las galeras tenían que dejar pronto el puerto de Marse­lla, el obispo envió junto con los misioneros a varios jesuitas y oratorianos. La misión duró veinte días. Había tres sacerdotes encargados de cada barco. Monseñor Gault se distinguía entre todos por su celo. Iba de galera en galera predicando, catequi­zando, confesando, teniendo para todos una palabra de consuelo. Todos los galeotes católicos cumplieron con sus deberes religio­sos, excepto cinco o seis. Hubo algunos bautizos de turcos, abju­raciones de herejes y conversiones innumerables. Las galeras estaban tan cambiadas, escribe Belsunce33, que se podían com­parar con los conventos34. Es entonces cuando Monseñor Gault, tras la misión de 1643, emprendió la construcción de un hospital para los presos forzados a galeras enfermos que será reconocido por el Rey en 1646.

Fruto de la misión es otro hecho notorio: en 1644 los sacer­dotes de la Misión se instalaron en Marsella y el Superior de la Casa Misión fue nombrado delegado oficial del Capellán gene­ral de las galeras. El señor Vicente de Paúl escribió los Regla­mentos relativos a los Sacerdotes de la Misión estableciendo sus obligaciones como delegados suyos. Estaba previsto que hubie­se un capellán en cada galera; debían vivir en comunidad y par­ticipar cada quince días en las conferencias organizadas en la casa de la Misión. Los sacerdotes de la Misión tenían la misión de animar pastoral y espiritualmente a estos capellanes y ser además intermediarios entre los pobres presos y sus familias. san Vicente destaca un nombre: Luis Robiche, que ya hemos citado antes.

Como capellán general de galeras, san Vicente emprendió otras empresas a favor de los esclavos cristianos, víctimas de los turcos que surcaban el mar Mediterráneo y que dominaban Túnez, Argelia y algunos en Marruecos35. Estos cristianos captu­rados por los piratas turcos se convertían en trabajadores forza­dos a mover los remos o galeotes. Según cuenta Abelly, había unos 20.000 en Argelia y unos 6.000 en Túnez. Para hacerles apostatar se ejercían sobre ellos terribles y fuertes presiones. La duquesa de Aiguillon, para preparar la entrada de los misioneros en Berbería, fundó la Casa Misión de Marsella. El contrato de fundación, firmado el 25 de julio de 1643 por Vicente de Paúl y María de Wignerod, duquesa de Aiguillon, estipulaba que «los sacerdotes de la Misión contraían la obligación expresa y per­petua de enviar a Berbería, cuando y como lo juzgaran oportu­no, sacerdotes de la dicha Congregación de la Misión para con­solar e instruir en la fe y el temor de Dios a los pobres cristianos cautivos y detenidos en dichos lugares y realizar en favor de ellos las mismas misiones, catecismos, instrucciones y exhorta­ciones, misas y oraciones que acostumbran».

El proyecto de enviar misioneros a Berbería era casi imposible. San Vicente venció la dificultad enviando a Túnez el primer misio­nero, Julián Guérin como cónsul (1655); el hermano Francillon, le acompañaba… Al poco tiempo se unió a ellos Juan Le Vacher, quien llegó a ser también cónsul y Vicario de Cartago. Por este último título, tuvo jurisdicción sobre todos los cristianos, merca­deres y esclavos, incluidos sacerdotes y religiosos esclavos. Su acción fue extraordinariamente fecunda. Argelia recibió a los pri­meros misioneros en 1646; dos hombres destacan en esta funda­ción: Felipe Le Vacher y Juan Barreau. Desde san Lázaro, el intré­pido Vicente de Paúl trabaja en favor de los cautivos cristianos y se interesa por los sacerdotes y religiosos esclavos cuya fe peligra y están a punto de apostatar, sin olvidarse de los pobres.

CEME

Mª Ángeles Infante

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *