San Vicente y la Escuela Francesa (VI)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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SÍNTESIS FINAL

  1. PRINCIPALES CARACTERÍSTICAS DE LA ESCUELA FRANCESA

Al final de nuestro recorrido nos parece que podrían conside­rarse rasgos salientes de esta espiritualidad los siguientes:

Una honda experiencia espiritual. Por ello justamente habló Bremond de «invasión mística».

Particular insistencia en ciertos aspectos de la fe y de la vida cristiana: se insiste mucho, por ejemplo, en la grandeza de Dios, en la adoración que le debe la criatu­ra; la relación con Cristo es una «comunión», participan­do en sus: estados, misterios, sentimientos filiales y apostólicos; devoción grande al Espíritu —que es el de Cristo resucitado—, a cuya acción el cristiano debe aban­donarse.

Sentido místico de la Iglesia, considerada como Cuerpo de Cristo, continuación y realización de la vida de Jesús. De aquí que el componente galicano nunca llegase hasta el cisma; más aún: que fomentase la teología del episco­pado, amenazada de asfixia por parte de la teología romana.

Devoción a la Virgen: muy teológica, y al mismo tiem­po sencilla y piadosa. Para aquellos maestros María era la madre del Verbo encarnado y, como escribía Bérulle, «es, y será siempre la madre de Jesús». La referida gran devoción a la madre de Jesús, tomó, pues, la forma de voto de esclavitud. Grgnion de Montfort era hijo auténtico de la escuela francesa cuando propuso esta consagra­ción en su Traité de la vrai dévotion et la sainte Vierge. Es un legado importante de la escuela francesa, fascina­da por el misterio de Jesús, escondido a las miradas de las criaturas en el seno de María. El tema figura en Cirilo de Alejandría, Ildefonso de Toledo, y Simón de Rojas; está vinculado a la fiesta de la «Expectación del parto» [In exspectatione partus, 18 de diciembre]. Era para él el modelo de toda vida interior: tiempo de silencio y de dependencia, pero también de ocultamiento, como por lo demás de Resurrección, misterio que le es simétrico, pues así se honra a Cristo escondido en el seno del Padre. De ahí vino la oración Oh Jesús, que vives en María, que Olier formuló limitándose a retocar una plegaria de Con-dren. Asociada con esta devoción está la otra del sacer­docio de María, o de María Reina del clero, que para ilustrarla encargó Olier un lienzo importante a Le Brun, en el cual se quiere expresar el momento en el que María recibía la «gracia apostólica».

Una cierta antropología, de una parte agustiniana y pesimista, sin embargo muy positiva y optimista de otra: el hombre, pura capacidad de Dios.

Vigoroso compromiso apostólico y misionero, lo mismo dentro que fuera de Francia. La reforma pastoral del siglo XVII fue en gran medida obra de la escuela francesa. La renovación de la vida religiosa y de la vida

parroquial, de la catequesis y de las obras de caridad, halló entre sus adeptos a los mejores sostenedores.

vii) La dignidad de los sacerdotes, su santidad, su forma­ción, reviste interés particular. La perfección sacerdotal era fuerte preocupación para Bérulle. Olier tenía con­ciencia de haber recibido de Jesús la orden de «llevar la contemplación al sacerdocio». Todos los maestros se emplearon en fundar seminarios. Aun faltándoles una teología original del ministerio sacerdotal, captaron la importancia de la misión del sacerdote y lo urgente de una coherencia profunda entre su vida y su ministerio.

  1. SAN VICENTE Y LA ESCUELA FRANCESA

También san Vicente profesó una antropología de cuño agustiniano y pesimista, la cual no le indujo aun así a ren­dirse, sino que, pese a estar convencido de poderse uno salvar y condenar, trabajó por la salvación de todos. No puede haber amor de Dios, si no lleva a que el prójimo le ame: «No me basta con amar a Dios, si no le ama mi prójimo». El prójimo es imagen de Dios. Es nada, pero una nada revestida de Cristo, habitada por Cristo. De ahí se convierte en medio para alcanzar a Cristo.

Todo el programa de la misión y la caridad está determi­nado por el temor de que el pobre pueblo muera de ham­bre y se condene.

Tiene interés particular por la dignidad de los sacerdotes, su santidad y formación. «…no hay nada mayor que un sacerdote —decía Vicente—, a quien él le da todo poder sobre su cuerpo natural y su cuerpo místico, el poder de perdonar los pecados, etcétera. ¡Dios mío! ¡Qué poder! ¡Qué dignidad!». Y añadía: «Puede ser que todos los desórdenes que vemos en el mundo tengan que atribuírse­les a los sacerdotes. Esto podrá escandalizar a algunos, pero el tema requiere que indique, por la grandeza del mal, la importancia del remedio. Se han tenido varias conferen­cias sobre esta cuestión, que ya se ha tratado a fondo, para descubrir las fuentes de tanta desgracia; pero el resultado ha sido que la Iglesia no tiene peores enemigos que los sacerdotes. De ellos es de donde han nacido las herejías: testigos son esos dos heresiarcas Lutero y Calvino, que eran sacerdotes; por los sacerdotes es como se han impuesto los herejes, reinan los vicios y la ignorancia ha establecido su trono entre el pobre pueblo; y esto por culpa de sus propios desórdenes y por no haberse opuesto con todas sus fuerzas, como tenían obligación, a esos tres torrentes que han inundado la tierra».

Un acentuado interés por la formación de los seglares. En el `600 hubo laicos de grandes cualidades, competentes, interior­mente formados y teológicamente cultivados, de firme carácter. Manteniéndonos dentro del ámbito vicenciano, basta pensar en las grandes damas: Aiguillon, Goussault, Luisa de Marillac, Luisa María de Gónzaga.

Luigi Mezzadri

CEME 2011

 

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