SAN VICENTE Y LAS MOTIVACIONES TEOLÓGICAS Y DOCTRINALES FRENTE AL SUFRIMIENTO
De las referencias bíblicas a consideraciones más teológicas hay un breve paso. En el centro de toda reflexión vicenciana está Cristo. Partiendo del modo de razonar típico de san Vicente —¿qué haría Jesús en esta circunstancia?— vemos cómo Jesús es modelo y guía para nuestro santo. A Él dirige la mirada, sostenido por la fe: contempla por consiguiente al varón de dolores, al siervo que sufre, se deja conmover y, como Cristo, no retrocede ante el dolor de otro. Dos son, pues, las pistas de su reflexión: el enfrentarse al acontecimiento decisivo de Cristo redentor, y el compromiso concreto de «actuar como actuó Él».
- El santo no cedió a vagos sentimientos o demostraciones exageradas de dolorismo, según vemos que aun ciertos santos lo manifiestan: en él conmoverse es calar de veras en lo íntimo del pensamiento de que «uno murió por todos». Quiere que el don de la redención no quede perdido. Y con Pablo desea «completar en la carne propia lo que falta a la Pasión de Cristo». Sabemos bien que se trata ante todo de aplicarse a sí mismos los frutos del sacrificio de Cristo.
Cierto, san Vicente habla del valor purificador de la prueba y ve así la enfermedad como prueba de gracia. De ahí que no haya autocomplacencia, ni mucho menos gusto de padecer: sólo en Cristo y con Él puede darse un sentido al sufrir y comprender toda su riqueza espiritual. No se está ante un tribunal, donde es examinada una ofensa a la que es debida la reparación (ésta era un poco la posición tradicional frente a la muerte de Cristo); no está uno sujeto al mecanismo del «derecho infringido y derecho reparado», en la lógica de una «despiadada justicia». En el Calvario no hay un Dios Padre «juez intransigente» y un Hijo enviado al patíbulo. Estamos por el contrario en la lógica del amor. Nos dice la Escritura que la cruz es expresión de la radicalidad del amor, expresión última y la más elevada de la dádiva de una vida, un ser para los demás. No es el hombre quien se aproxima a Dios y le entrega algo para «compensarle» del daño que causó el pecado, sino más bien Dios quien viene al encuentro del hombre para darle la verdadera vida. -Su justicia es gracia! Es un Dios que toma siempre la iniciativa frente al hombre y que libremente «reconcilia consigo» al pecador’. De ese modo aparece la Cruz como un movimiento de lo superior a lo inferior: es expresión del loco amor de Dios por el hombre. Se sigue que el culto cristiano es ante todo acogida agradecida de la acción salvífica de Dios: -es Eucaristía! Dejar que Dios actúe en nosotros: es aquí donde está el verdadero sacrificio cristiano. Dios ya no tiene necesidad de sacrificios, sino que quiere un corazón que sepa acoger su don de amor y acepte el dejarse transformar. El culto cristiano consiste por consiguiente sólo en la absoluta entrega de amor: no se requiere la destrucción e inmolación de los sacrificios, sino oblación de amor, que dilata el corazón y la existencia, aproxima a los alejados y restaura la continuidad en la relación con Dios. Está aquí la raíz y el fundamento del pensamiento de san Vicente sobre el gran valor del servicio al prójimo, que ocupa el lugar de todo otro gesto humano. El verdadero sacrificio es un corazón obediente al querer de Dios y dispuesto a vivir sus fuertes exigencias.
- La aplicación de todo esto compromete al creyente en su vida personal y en su relación con otros. Cada uno de nosotros está llamado a vivir con fe y a valorar la experiencia del dolor en su vida. Dice el santo que «una de las señales más ciertas de que Dios tiene grandes planes sobre una persona es cuando le envía desolación tras desolación y pena tras pena». De la participación en la Cruz de Cristo puede y debe alimentarse el espíritu de oblación de sí mismo hasta el martirio, que es la sublimación y la perfección de la Cruz. No hay amor más grande que el dar la vida por la persona amada, nos revela Jesús. Y el amor impele a la donación49 y hace que se acepte la prueba y el sufrimiento. No hay santidad sin prueba: ésta es la ascesis de todos los días para acoger el don de la santidad.
En la relación con el prójimo, sobre todo el pobre y enfermo, la aplicación es asimismo inmediata: Cristo está presente en los pobres y en los que sufren: Él mismo quiso sufrir y se hizo varón de dolores. Servir al enfermo es servir a Jesucristo, aliviar sus sufrimientos, entrar en empatía con Él. Está aquí el sentido de las palabras de Pablo, cuando invita a «llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis de Ley de Cristo». El santo se nos muestra de este modo en todo su fervor de espíritu cuando llega a decir que tenía «grandísimos deseos de poder, en medio de mis pequeños achaques, ir a acabar mi vida en un chaparral, trabajando en alguna aldea», o cuando afirma “las personas enfermas de la compañía son una bendición para la misma compañía y para la casa.
- En esta reflexión sobre el sufrimiento se involucran también varios otros pilares de la espiritualidad de san Vicente. Ante este tema, siempre retador, ¿cómo continuar entendiendo el mensaje de la Providencia de Dios, de su amor hacia el hombre? El santo no se plantea demasiados problemas: se pone en actitud de fe y acepta el hacer en todo, aun desde este punto de vista, la voluntad de Dios. Tiene confianza en Dios y en su bondad y reconoce que, si Él permite el dolor y el sufrimiento, tiene sus fines, que nosotros no siempre logramos comprender. Sabe y acepta que Cristo, y su vida dada por amor, es la respuesta a nuestras preguntas. La voluntad de Dios es siempre salvífica, y Él sabe obtener el bien aun del mal humano. Al creyente se le pide, sea la aceptación de esta iniciativa de gracia, sea la participación en la Pasión redentora, aceptada bien como ofrecimiento de sí, o bien como imitación del modelo ejemplar que es Cristo. Y todo esto lo ve nuestro santo presente en la Eucaristía, de donde parte hacia una comprensión de Cristo en la vida diaria, y en los pobres de modo particular. Iluminado por la palabra de Dios, intenta llevarla a la vida, comprometiéndose a «hacer efectivo el evangelio», poniendo juntos «palabra y pan», actualizando la obra de Cristo «buen samaritano» de la humanidad.
- Además de las dimensiones teológica, cristológica y antropológica, podemos hablar en san Vicente de la dimensión eclesiológica en relación al tema del sufrimiento y con referencia al puesto que el pobre y el enfermo deben ocupar en la comunidad cristiana. En su visión de la Iglesia, que él contribuyó a renovar, están en el centro, al lado de Cristo justamente, el pobre y el enfermo. Es lo que aprende del evangelio: basta pensar en cómo san Marcos refiere la curación del paralítico, puesto ante Jesús dentro de la casa donde tanta gente se ha reunido para escucharle, imagen de la Iglesia. Eso mismo fluye del relato de la primitiva comunidad cristiana en los Hechos de los Apóstoles, donde el movimiento va de la celebración a la vida, con una solicitud especial por los pobres, y donde vemos cómo da lugar a la constitución especial de los siete diáconos, para el servicio de las mesas, la urgencia de atender a todos los necesitados. Si bien a nivel doctrinal es cuestión insinuada apenas, a nivel pastoral puede observarse cómo diversas iniciativas del santo intentan responder a necesidades de similar urgencia. El anuncio del evangelio a los pobres en la experiencia de las misiones al pueblo, oír sus confesiones e impartirles las catequesis, la atención a los enfermos, en los hospitales y a domicilio, todo ello quiere responder a esa llamada. Para san Vicente el enfermo ocupa el centro del pensamiento, de la opción de vida, de las recomendaciones que hace a sus seguidores. De ese modo podemos ver, en esa atención, un recorrido sacramental, que va de la catequesis a la confesión y comunión, para que los enfermos sanen, no sólo en el cuerpo, sino que sean «curados» en el alma, en una reconciliación con Dios y con los hombres, para una nueva vida. Se llega así a un recorrido existencial, a través de la visita de consuelo y de ayuda, dirigida a poner de nuevo en pie al enfermo, devolviéndole esperanza para el futuro: curar el cuerpo, sanar el espíritu, pues ha de atenderse a toda la persona. Se trata de reafirmar, mediante gestos concretos, la dignidad de la persona, aunque sea débil, frágil y marginada. El enfermo nunca es un objeto a examinar e investigar, a saciar y vestir, ni está sólo destinado a remedios medicinales, sino que es una persona, con la cual entrar en relación: es un cuerpo habitado por el Espíritu, es templo de Dios. Una óptica de esa especie es lo que posibilita hablar del enfermo como evangelizador, portador y heraldo de un mensaje de vida nueva en el Resucitado, que vence al mal y a la muerte: despliega así un servicio a favor de la comunidad misma, justo mientras recibe el servicio material.
- Según lo expuesto vemos que falta casi del todo, en la reflexión del santo, una referencia explícita al acontecimiento central de nuestra fe: la Resurrección, aun cuando esté presente el mensaje y alimente la esperanza y sustente la consideración y el compromiso en pro del enfermo. En esto es san Vicente hijo de la Iglesia de su tiempo, la cual privilegiaba los temas de la Pasión. Pero hemos visto cómo nuestro santo no se dejó bloquear por una visión pesimista de la vida humana y cristiana. Entendió el compromiso para con los desheredados como participación en todo el misterio de Cristo, hasta su gloria. Buscó por todos los medios proyectarse hacia un futuro de esperanza en el que el bien vencería al mal y la vida a la muerte: aquí está todo el misterio de la salvación y la gran dádiva que Cristo hizo a todos los hombres, en especial a los pobres y a los enfermos, para los cuales desea que se efectúe una inmersión completa en el misterio de su Pascua.
CEME
Mario di Carlo







