SAN VICENTE: VIVIR LA UNIÓN EN DIOS POR LA ORACIÓN

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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¿Hay algo más formativo en la vida cotidiana que la oración? La oración es el pozo de la verdadera ciencia en donde el vicenciano se abre­va cada día. Servir, evangelizar, formar, perfeccionarse, nada puede hacerse sin una tensión hacia lo espiritual. La oración es la cita cotidia­na de toda acción vicenciana.

El ejemplo de san Vicente

Vicente vive en estado de oración. Siempre que habla, por ejemplo, lo vemos orar de manera espontánea delante de sus oyentes. Eso no es teatro, es auténtica convicción; expresa el desbordamiento de su cora­zón. Vicente tiene una oración característica cuando se dirige de muy buen grado a Cristo: «Oh Salvador… Oh mi Salvador… Salvador de nues­tras almas… Mi Jesús… ¡Ah Señor!… Oh mi buen Salvador…» Algunas veces se dirigía al Padre: «Mi Dios… Padre eterno… mi Dios, seas ben­dito… Bendito seas tú, oh mi Dios… Oh sabiduría eterna… Oh mi sal­vador y mi Dios… Oh bondad divina… Oh bondad de Dios… Oh Dios de mi corazón…»

En todas las ocasiones, él vive una oración de corazón a la que él llamará «los afectos»; esta plegaria está marcada por la admiración y de ahí el estilo exclamativo. Se siente el movimiento del corazón de san Vicente, su diálogo intimo con el Señor. Es una conversación de su alma con el Otro, diálogo de amor con su Dios.

Cuando examinamos su plegaria pública, descubrimos su certeza de la bondad misericordiosa de Dios. «¡Oh, qué amor! ¡Salvador mío, cuán grande era el amor que tenías a tu Padre!… ¡Oh, amor de mi Salvador! ¡Oh, amor! ¡Tú eras incomparablemente más grande que cuanto los ángeles pudieron comprender y comprenderán jamás!». Al mismo tiempo, está convencido de que es habitado por la acción de Dios en nosotros, muy marcado por los imperativos que indican aquello que Dios actúa en nosotros: «¡Danos esta santa virtud!» —«¡Concede a esta pobre y pequeña compañía la gracia» —«¡Llénanos de ese afecto!». «¡Ilumína­nos, Salvador mío, para que veamos a qué estamos apegados!» —¡Oh Salvador! ¡Suscita en nosotros, suscita ese espíritu!». «¡Concédenos la gracia!». Este amor actuante de Dios, según nuestro parecer, lo empu­ja a la acción. La oración de Vicente está muy marcada por esta diná­mica de la acción que nutre y da color a toda su espiritualidad y la nues­tra, y así podemos repetir:

Oremos:

¡Ay, Señor! Atráenos a ti, danos la gracia de entrar en la práctica de tu ejemplo y de nuestra regla, que nos lleva a buscar el reino de Dios y su justicia y a abandonarnos a él en todo lo demás; haz que tu Padre reine en nosotros y reina tú mismo haciendo que nosotros reinemos en ti por la fe, por la esperanza y por el amor, por la humildad, por la obe­diencia y por la unión con tu divina majestad.

Esta oración típica de san Vicente se enraíza muy fuertemente en la contemplación de los misterios de Dios. Se puede afirmar que su oración parte con frecuencia de lo que hace, dice o vive Jesús. Quiere imitar y contemplar a Jesús, por ejemplo, en su nacimiento, en su humildad, en su obediencia:

¡Al habla! ¡Señor!

Una cosa importante, a la que usted debe atender de manera espe­cial, es tener mucho trato con nuestro Señor en la oración; allí está la despensa de donde pudra saca! las instrucciones que necesite para cum­plir debidamente con las obligaciones que va a tener. Cuando tenga alguna duda recurra a Dios y dígale: «Señor, tú que eres el Padre de las es, enséñame lo que tengo que hacer en esta ocasión”.

 

Orar al modo vicenciano

He aquí el gran secreto revelado a todos, sacerdotes, diáconos, hermanas y laicos. Hay una forma de aprehender la oración propia de san Vicente, que, por lo demás, en este campo, sigue la escuela de Francisco de Sales. Vicente asimila las grandes líneas y nos las entre­ga con insistencia.

  1. En primer lugar la preparación remota:

Leer atentamente en la víspera el tema de la oración del día siguiente (por ejemplo: el evangelio del día o el pasaje de un libro par­ticularmente sugestivo).

Concentrarse en el silencio interior, que favorece la oración y el espíritu de la oración, la unión con Dios.

Pedir perdón a Dios por las faltas del día (examen de conciencia) Dar gracias a Dios por los favores recibidos y abandonarse a Él por la noche.

Por la mañana, levantarse con prontitud y sin pereza; Vicente insiste mucho sobre este punto: «La gracia de la oración depende de la fidelidad al levantarnos». Se han reído muchos de esta recomendación, pero es evidente que la experiencia muestra que está bien fun­dada. Se ha de decir, por experiencia, que la mañana es el tiempo más propicio para el acto de oración (salvo imprevistos o el servicio de los pobres). La gracia de la perseverancia en la vocación está arraigada en el hábito de la oración cotidiana. El valor espiritual de toda la vida está en juego. Es necesario unir absolutamente levantarse, oración y perseverancia.

Agradecer a Dios la noche pasada, y ofrecer la jornada y la oración inmediata. Esta forma de actuar afirma la supremacía de Dios desde el despertar.

  1. Llega el tiempo de oración con la preparación inmediata:

Después de la oración de la mañana, acentuar personalmente nues­tra presencia de Dios, por diferentes procedimientos: Jesús presente en el Tabernáculo, Dios presente en sí por la Gracia, Dios presente en todas partes, Dios presente en el cielo en su gloria.

Invocar enseguida la asistencia de Dios, junto a la de María y la de los santos preferidos. Pedir los auxilios de la gracia.

Recordar el tema leído en la víspera. Esta relectura reaviva las sugerencias y fortifica y anima los pensamientos.

Primeramente entregarse a algunas consideraciones intelectuales: representar un misterio de la vida de Jesús, o examinar los diferentes elementos de alguna virtud (utilizar los conocimientos, las lecturas y los comentarios de las Santas Escrituras. No se trata de hacer una exégesis, ni de preparar una homilía. La oración no es un estudio: «Evitar forzar demasiado – Actuar por espíritu de fe, dulce, humildemente – No entre­tenerse en muchos razonamientos»).

Es preciso insistir sobre «los afectos»: excitar los sentimientos, inflamar el ánimo, ofrecer a Dios actos de acción de gracias, de adora­ción, de humildad, de reconocimiento, sin contención. Con el paso de los años, todo esto surgirá de manera natural.

Finalmente pasar a las resoluciones, «una de las partes más impor­tantes». « El fruto principal de la oración consiste en tomar resolucio­nes… con fuerza». Debe estar encaminada a la práctica

No tomar más que una resolución, que debe ser muy concreta y para la jornada, previendo los obstáculos a superar-. «Se ha de des­cender a lo particular», dice san Vicente.

Al finalizar la oración:

Agradecimiento por los dones recibidos, ofrecer las resoluciones, pedir la perseverancia.

Podemos terminar ampliando la oración por la Iglesia, la familia espiritual; orar por las vocaciones, las hermanas, los hermanos en acti­vo, los de la provincia y la comunidad, de la congregación, los difuntos, los, miembros de la familia, etc…

Es bueno retener una frase clave, sugerente, para meditar duran­te la jornada: ¡es «el ramillete espiritual»!

Esta sistematización excesiva, salida directamente de Francisco de sales, ha desanimado a más de uno. Pero en la vida espiritual como en la ordinaria, para alcanzar el éxito conviene tener un mínimo de orga­nización. Vicente y Francisco, gustaban de esta planificación y aconse­jaban no alejarse de ella. «El método ante todo» decían los clásicos. Alejarse mucho del método, sería mariposear y no produciría el fruto de gracia vinculado a la oración.

Es justo añadir que Vicente indica también otras pistas: La oración sobre la vida y los acontecimientos; un asunto que preocupa o exige una solución, es necesario llevarlo a la oración y encontrar en ella la mejor opción. Se puede también prever la jornada viviéndola bajo la mirada de Dios: «esta es la oración del presidente»; un magistrado sabe todo lo que le espera en el palacio de justicia: se pone en las manos de Dios, y le confía todas las acciones de su jornada profesional. Es, al decir del santo, la mejor manera de hacer oración para las Hermanas.

El señor Vicente, siempre sabio, ofrece una enseñanza densa y esti­mulante: la oración es el maná diario, el alimento del alma, la ayuda para nuestra perfección, la fuerza en la lucha contra el pecado, la juventud de nuestra alma, su vida. La oración nos procura un crédito ante Dios, nos reviste con la túnica de la caridad, de tal modo que la oración se convierte en el baluarte inexpugnable y mejor. Por la oración todos los bienes llegan a la persona. Es como un predicador que se pre­dica a sí mismo haciendo el total acopio de instrucciones.

Vicente hace algunas recomendaciones muy precisas:

  1. La costumbre de las dos Compañías exige que la oración se haga en común. Esta no es una materia opcional, salvo en caso de necesidad, o de una vida aislada al amparo de la obediencia. Siento la necesidad de ver al otro rezar cerca de mí para orar mejor. La Comunidad me empu­ja y me motiva. Claro está que nada puede remplazar las convicciones personales, pero «estar juntos para orar» nos puede llevar a orar en común evangélicamente: «Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Esto también sirve para las Voluntarias o las Conferencias. A este nivel, notamos como el silencio es con frecuencia más significativo que las palabras; la oración opera en este silencio abandonando las palabras y los sonidos. El silencio une la asamblea más que todas las palabras.
  2. La duración. «Una hora» precisa en sentido estricto la tradición vicenciana. Está claro que las medidas a medias no conducen a nada. «No tolero ni el trabajo a medias, ni el reposo a medias, estas mitades no aportan ninguna alegría ni en el trabajo ni en el reposo» decía Joa­quín Baude, estudiante vicenciano, muerto en la guerra de Argelia. Los laicos, dependiendo de su profesión, elegirán un tiempo más corto. Con las adaptaciones propias de su estado y condición, ningún vicenciano será negligente, por tanto, con relación a esta gracia de interioridad y recogimiento cotidiano y lo preferirá a fórmulas de plegarias ya esta­blecidas de antemano.
  3. La insistencia sobre el corazón puede extrañar. Para Vicente es el órgano de la voluntad, y si no se caldea, no produce ningún acto con­creto. Se trata de hablarse a sí mismo, de amonestarse, de estimularse, de animarse, de encontrar las razones para obrar y de fortalecer la vocación. Aquí reconocemos la influencia de san Francisco de Sales que habla de «la herida del amor», del «corazón enamorado de Dios.
  4. Mirar a lo concreto es el punto más característico, la conclusión lógica y consecuente de toda oración. Vicente no concibe una oración que solo sea puro razonamiento o que se pierda en las nubes. Es un hom­bre muy alejado de las ilusiones y los éxtasis; desconfía de ellos y acon­seja «descender a lo particular», es decir, elegir una orientación clara, precisa, pequeña y viable en cada jornada. Se trata de tomar resolucio­nes acerca de algo significativo que haga avanzar, hasta el punto de poder repetirlo a lo largo de las horas y en el momento de la mirada final sobre sí, al caer de la tarde.

Ha de significarse claramente, debemos anotar que la oración lleva a la vida unitiva o iluminativa. El pragmático Vicente de Paúl expone, por mimos indirectos, una visión personal, después de la muerte de Juana Chantal, cofundadora de la Visitación. Él ve las almas de los dos santos fundirse unidas en la esencia divina. Sin duda alguna, está profun­damente unido a Dios.

Vicente de Paúl es un místico de la acción. Tal es el sentimiento de Bremond y el nuestro. Él ha alimentado su actuar multiforme mediante la oración, de tal modo que todos sus imitadores han de hacer otro tanto y darse razones para alimentar su compromiso por una vida intensa de (nación. Esto es pues lo que debemos recordar: hay que pasar del amor afectivo (los sentimientos del corazón) al amor efectivo (la acción, la misión). En este sentido, no hayamos el bien solo en la oración contemplativa. Podemos decir que para san Vicente, el alma sube a Dios para descender de nuevo. Dicho de otro modo, en Vicente, la oración es escuela de vida y de vida misionera. Las Constituciones de la Congrega­ción de la Misión, que pueden inspirar a todo vicenciano, no afirman otra cosa que: «Por la íntima unión de la oración y el apostolado, el mi­sionero se hace contemplativo en la acción y apóstol en la oración» (art. 42). Es así como nos convertiremos en los «obreros evangélicos» que san Vicente deseaba hacer de nosotros. Juan Morín lo ha dicho de una manera imaginativa: -San Vicente quiere una piedad de mangas remangadas». «Hemos de demostrar a Dios con obras que le amamos”. Esto nos introduce en el capítulo siguiente y en su enseñanza capital.

RENOUARD, J.: San Vicente de Paúl maestro de sabiduría

 

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