SAN VICENTE: VIVIR EL PROPIO BAUTISMO

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Aparece con frecuencia una problemática: ¿es necesario ser santo para ser un verdadero vicenciano, o ser un misionero y servidor de los pobres para ser un auténtico santo? Vicente esquiva esta falsa cuestión orientando a los suyos hacia una triple labor: santificarse, evangelizar o formar, servir. Es todo uno. Pero es evidente que lo esencial es tomarse en serio el propio bautismo. Ningún obrero evangélico puede estar satis­fecho con un puro compromiso social o apostólico. Cada uno actúa según lo que es, pero no puede dar testimonio solo por la acción. Cada testi­monio supone un alma. Para ser, se impone una cultura de la perfección. Vivir su bautismo obliga a un enraizamiento en Dios, a una unión muy fuerte y permanente con Él. Esto no es una menudencia, es un largo y fértil trabajo de toda una vida. Nunca se acaba de creer en Dios. Nunca terminamos de hacer germinar el grano sembrado en el bautismo.

El jardinero

Si no aprovecháis en la oración, no sacaréis mucho fruto de las con­ferencias; porque fijaos, mis queridas hermanas, cómo los jardineros se ocupan dos veces cada día para regar las plantas de su jardín, que sin esta ayuda se morirían durante los grandes calores, por el contrario, gracias a la humedad, sacan de (a tierra su alimento, porque cierta humedad, nacida de este riego, sube por la raíz, fluye a través del tallo, da vida a las ramas y a las hojas, y el sabor a los frutos; de la misma manera, mis queridas hermanas, nosotros somos como esos pobres jardines en donde la sequedad hace morir todas las plantas, cuando el cuidado y la industria de los jardineros no se ocupan de ellas; por eso, tenéis el santo empleo de la oración, que como un dulce rocío va humedeciendo todas las mañanas vuestra alma por medio de la gracia que viene de Dios sobre vosotras. Y si os sentís cansadas de vuestros esfuerzos y de vuestras penas, tenéis de nuevo por la tarde este saluda­ble refresco, que va dando vigor a todas vuestras acciones. ¡Cuánto fruto producirá una Hija de la Caridad en poco tiempo, si se preocupa de refrescarse con este sagrado rocío! Veréis cómo va creciendo día a día de virtud en virtud, como ese jardinero que ve todos los días crecer a sus plantas, y al poco tiempo se irá levantando como la aurora que surge por la mañana y va creciendo hasta el mediodía. De la misma forma, hijas mías, llegará hasta alcanzar al sol de justicia, que es la luz del mundo, para abismarse en él, lo mismo que la aurora se pierde en el sol.

Despojarse de uno mismo

El primer trabajo es el de la renuncia. El santo de la caridad, de niño y adolescente, fue marcado por la labor repetitiva de la naturale­za. Después de las siegas y las recolecciones, veía la tierra en reposo, como abandonada y adormecida; antes que la primavera la hiciera rena­cer, Vicente hace notar con qué minuciosidad cada campesino debía tra­bajarla y removerla antes de poner el abono. Él lo experimentó muy pronto. La vidriera más bonita de este joven de 15 años está en la igle­sia que contiene su baptisterio: se la puede contemplar, empuñando el arado con las manos, siguiendo a los bueyes uncidos bajo el yugo, y fati­gándose tanto más que ellos, para ir hacia adelante y trazar el surco. ¡Parábola visual de sabor evangélico! Anticipa el célebre «que pase el arado sobre nuestras tierras rebeldes».

Debemos labrar nuestra tierra interior. El trabajo es absorbente, agotador, jadeante, pero al final, gratificante para uno mismo y para los demás. La consigna se enraíza en la más pura tradición paulina, hay que morir a uno mismo.

Agradar a Dios

Los que quieran satisfacerse y vivir según la carne no tienen la vida del espíritu. Moriemini, dice san Pablo, moriréis, si queréis vivir según la carne…”. Padre, esto parece muy duro a una persona poco mortificada; morir a sí mismo, vivir en una perpetua renuncia a los placeres y como­didades de la vida, es algo muy difícil. Es verdad, hijas mías; una perso­na que no busca a Dios, sino que se busca a sí misma, encuentra grandes dificultades en el camino de la virtud. Le resultan insoportables las cosas más pequeñas que van en contra de sus sentimientos, y cualquier pena que sufre le parece muy grande. Pero no pasa eso con los que aman a Dios, porque saben muy bien que su felicidad consiste en seguir el ejemplo del Hijo de Dios y en vivir en la medida de lo posible de la misma forma cómo vivió él en la tierra. Por eso, mis queridas hermanas, me parece que es maravilloso encontrarse con un hombre que no ama más que a Dios, que no busca más que a Dios y que no tiene otro deseo más que darle gusto a Dios. Esa persona no encontrará nada tan agrada­ble como estar en el estado en que Nuestro Señor quiere que este.

Este lenguaje es frecuente en el señor Vicente y tiene el valor de una consigna. No hay que desestimarlo pues es beneficioso para la salud espiritual:

«No hemos de tener consideraciones humanas, según la carne, sino mirarnos como criaturas de Dios, que se han entregado a Dios, que han renunciado a todo lo que no es Dios»26. San Pablo dijo que por el bau­tismo nos revestimos de Jesucristo: «Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo». ¿Qué hacemos cuando instaura­mos en nosotros la mortificación, la paciencia, la humildad, etc.? Ins­tauramos en nosotros a Jesucristo; y aquellos que trabajan en todas las virtudes cristianas pueden decir, como san Pablo: «Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí».

De este modo somos llamados a vivir el empobrecimiento legado de alguna manera por la ley de la Encarnación. Jesús se empobreció cuan­do «perdió el rango que le igualaba a Dios» para enriquecernos de su divinidad. Quitar lastre, abandonar las comodidades, vivir sin pretensiones, sin buscar la gloria, ligeros de equipaje, escombrados, vacíos de todo orgullo o de culto excesivo al yo, tal es el programa inaugurado por el Hijo de Dios.

Una de las lecciones más bellas de cosas que retiene el campesino de las Landas es esta página, sugestiva y tomada de lo natural, de la navaja convertida en sinónimo de «cuchillo de mortificación». Vicente ha visto a su padre o a sus hermanos, o a cualquiera de sus vecinos, injertar un árbol, cortar la rama en bisel para introducirla limpia, fran­ca. Ha visto a las mismas personas podar los árboles para que hacerlos más productivos. Nosotros tenemos cada día algo que enmendar y Cris­to lo sabe bien que veía a su Padre hacerlo por nosotros cuando no éra­mos capaces de purificarnos por nosotros mismos:

El cuchillo espiritual

Quiera Dios concedernos la gracia de hacernos semejantes a un buen viñador que lleva una hoz en su mochila para cortar todo lo que encuentra de nocivo en su viña. Y como está siempre llena de maleza, más de lo que él quisiera, tiene siempre preparada la hoz en la mano para cortar todo (o superfluo apenas lo vea, para que la fuerza de la savia de la cepa llegue bien a los sarmientos, que han de dar su debi­do fruto.

Con la hoz de la mortificación hemos de cortar continuamente todas las malas hierbas de nuestra naturaleza envenenada, que nunca deja de producir malas hierbas corrompidas, para que no impidan que Jesucristo, esa buena cepa de la que nosotros somos los sarmientos, nos haga fructificar en abundancia en la práctica de las virtudes.

Despojarse. ¿Quién no ve la llamada de morir a sí mismo y traba­jar en la renuncia? Este lenguaje es duro de entender en una sociedad dominada por el consumo, el disfrute, la felicidad, el bienestar y la exaltación de lo joven, vehiculado todo por los medios de comunica­ción. Sin embargo, el mismo efecto de la moda actual puede ayudar­nos cuando se observa la búsqueda más clara de un equilibrio de vida en esta sociedad de consumo y en un entorno más natural. Es preciso pensar en purificar nuestros viejos modos de vida para restructurarnos moral y espiritualmente.

Una verdadera mortificación es aceptación, en nuestras vidas, del Misterio Pascual. Toda tentativa espiritual lo comprende. Es imposible de eludir, de borrarlo de nuestra existencia humana. Para hacer llegar el hombre interior, o más aún, el Espíritu Santo, que quiere invadir nues­tros corazones, ¡necesita un lugar limpio! Es la vía purificadora. Un saneamiento de sí mismo es necesario que se realice etapa por etapa y nos ayude a vaciarnos, como lo sugiere muchas veces Vicente: «Hay que vaciar nuestro corazón de todo otro amor que no sea el de Dios».

Limpiar las suciedades de su alma», «vaciar todas las potencias de nuestra alma de los afectos desordenados, para que el Espíritu Santo ponga allí su morada y nos llene de sus dones y gracias», «debe vaciar­se de sí mismo para revestirse de Jesucristo».

En nuestras vidas, hemos de hacer muchas privaciones, no solo de aquellos seres amados, también de nuestras pretensiones, ilusiones; permitidas por Dios, son de una fecundidad asombrosa.

 

Superar las tentaciones y las crisis

En esto no hay ejecución mecánica de actos. Nuestro maestro lo sabe bien, el cual pasó por la tentación y la crisis en el inicio de su exis­tencia humana. Tentación de cierto confort humano, de control de los acontecimientos (búsqueda dé dinero y periodo aventurero de su vida), de la adquisición de bienes y beneficios (San Léonard de Chaumes, Clichy, Gamaches, etc.), de la pretensión de ser una ayuda para los suyos, de un posicionamiento en la sociedad burguesa de París, y, sin duda, de algunas dificultades afectivas. Vicente conoce sobre todo la porción de duda en la famosa tentación contra la fe. Sabernos que sale adelante por la entrega de su persona a Cristo con la elección de servir a los pobres. Si hay conversión en su vida, es aquí en donde habría que situarla en verdad. Folleville y Chátillon son la aplicación de esa trans­formación interior. Pero la clave los precede. El señor Vicente había decidido por sí mismo.

Nada de bello, verdadero y grande se hace sin tentaciones y crisis. La fe es un riesgo. La fe crece bajo las marejadas y las ráfagas de la vida. Hay en ella fluctuaciones del corazón. Los golpes son necesarios para fortalecer el carácter espiritual. Es preciso pasar cada día del saber humano a la sabiduría, para vivir la experiencia de Dios, la de su mise­ricordia, ya que los razonamientos no proporcionan la fe. La pueden apoyar, pero nunca remplazarán la travesía pascual. La quemadura de las dudas hace saborear la gratuidad de la gracia.

¿Y las tentaciones? Nos recuerdan la debilidad de la condición humana y la permanencia del socorro divino. Debilidad vertiginosa del pecador y fuerza irresistible y dulce de la gracia. La humildad, la virtud del centinela, la consigna, según san Vicente, es aquí la virtud más necesaria: «Las tentaciones purifican a las almas buenas, las santifican, las hacen humildes y las perfeccionan».

Más aún:

Si escuchamos las tentaciones del mundo y de la carne, que nos pre­sentan siempre mil razones para que busquemos nuestra satisfacción, es posible que caigamos en la desdicha de seguir nuestro propio juicio y por eso estamos en peligro de caer en mil confusiones. Si desconfia­mos de nuestras fuerzas y de esos tres enemigos, si los rechazamos en vez de escucharlos, si nos humillamos en vez de enorgullecernos, si renovamos nuestros propósitos en vez de desanimarnos, y así con las demás sugestiones, entonces, en vez de ser víctimas de las tentaciones, sacaremos mucho fruto de ellas con la gracia de Dios y en poco tiempo el alma hará grandes progresos en la virtud.

Con san Vicente, siguiendo al salmista, ¿cómo no reconocer la calidad de un corazón roto, molido, literalmente “reducido a migajas”? Nadie duda que la tentación forma parte de la pedagogía de Dios y que el pecado mismo sea la escuela de la misericordia.

 

Olvido de sí y santidad de Dios

Estudiémonos bien, pero bien: no sólo nos sentiremos peores que los demás hombres, sino peores que los diablos. Hay en la compañía algunos que se creen peores que los demonios del infierno, ya que, si esos miserables espíritus tuvieran a su disposición los medios que tene­mos nosotros para ser mejores, los utilizarían mil y mil veces mejor que nosotros. En efecto, ¿no dijeron ellos a ciertas personas: «¡Des­graciado de ti! ¡Estás ahora en situación de poder honrar a Dios y lo ofendes! Si nosotros no tuviéramos contra él este odio y esta perversi­dad en el mal de la que no podemos apartarnos, si nos fuese posible hacer penitencia, si su Hijo nos hubiera concedido la gracia de morir por nosotros, si nos hubiese dado los buenos pensamientos, las ayudas y el tiempo que vosotros tenéis para enmendaros y servirle, y sobre todo el ejemplo de sus humillaciones prodigiosas, ¡oh!, entonces nos portaríamos de manera muy distinta que vosotros. ¡Cómo! ¡Creéis en Dios y vivís tan mal! ¡Recibís con tanta frecuencia los sacramentos y os llueven encima cada día tantas gracias, y no sois mejores!» ¡Oh, cielos! ¡Oh, tierra! ¡Pasmaos ante tamaña insensibilidad e ingratitud ante los beneficios de Dios!

Oremos:

«Salvador de mi alma, llénanos de ese afecto que te ha hecho humi­llarte tanto, de ese afecto que te hacía preferir el oprobio a la alaban­za, de ese afecto que te hacía buscar la gloria del Padre en medio de tu propia confusión. Que empecemos desde ahora a rechazar todo lo que no sea tu honor y nuestro menosprecio, todo lo que pretende la vani­dad, la ostentación y (a propia estima; que procuremos realizar desde ahora actos de verdadera humildad; que renunciemos de una vez para siempre al aplauso de los hombres engañados y engañosos, a la vana imaginación del éxito de nuestras obras; y finalmente, Señor mío, que aprendamos a ser verdaderamente humildes de corazón, por tu gracia y por tu ejemplo».

 

Vivir de pie

El bautismo tiene la otra vertiente bien conocida por los cristianos; no es solo inmersión sino también emersión. Si la primera representa la muerte y la sepultura de Cristo y la nuestra, la segunda evoca el resur­gir de la resurrección. El bautismo nos pone de pie y nos sitúa en la nueva vida. El cristiano es liberado y vive una adhesión de todo su ser con Cristo. Paso a paso, al ritmo de la vida, verifica su adopción divina y su unión con Dios. Se quiere situar en la estela de Cristo y superar los obstáculos disuasorios. Vicente no da otras consignas que las de la iden­tificación con Cristo por el bautismo.

Vicente ha leído a san Pablo y lo ha aprehendido en «su aspecto estático y dinámico». Es su impulso y su fuerza, como una muerte de sí mismo que ha sido infinitamente compensada por un renacimiento. Morir a uno mismo para revivir. Elevarse, y volver a elevarse incesante­mente. Estar en una actitud de resurrección siguiendo a Cristo resucita­do. Optimismo por ser cristiano.

A las hermanas enviadas a Sedan, Vicente les pide esta actitud de vitalidad pascual en el ser y en el hacer:

Entonces, ¿para qué tenéis que ir a ese sitio? Para hacer lo que Nuestro Señor hizo en la tierra. El vino a reparar lo que Adán había destruido, y vosotras vais poco más o menos con ese mismo designio.

Adan había dado la muere al cuerpo y había causado la del alma por el pecado. Pues bien, Nuestro Señor nos ha librado de esas dos muer­te>, no ya para que pudiéramos evitar la muerte, pues eso es imposi­ble, pero nos libra de la muerte eterna por su gracia, y por su resurrección da vida a nuestros cuerpos, pues en la santa comunión recibimos el germen de la resurrección.

En la lógica de ésta resurgimiento, hay que revestirse de Jesucristo. La gracia viene en nuestro auxilio y se despliega en el bautizado como una atención y una fuerza de todos los instantes. El bautizado responde trabajando para su santificación y en perpetuo estado de ofrenda.

Oremos:

Ruego a Nuestro Señor que le despegue de todo eso, de forma que ni usted ni yo tengamos en adelante ningún apego más que a él. Y de su parte, pronunciando las palabras de la bendición, le pediré a su bondad que nos apegue a él con un afecto inviolable y tan fuerte que no haya ninguna cosa capaz de romperlo. Esta es, mis queridas hermanas, la gra­cia que le pido a Nuestro Señor, que le amemos sólo a él y a las demás cosas por él”.

RENOUARD, J.: San Vicente de Paúl maestro de sabiduría

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