SAN VICENTE: VIVIR DE MANERA SACERDOTAL

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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En las conferencias a los misioneros, san Vicente se dirige tanto a los hermanos como a los sacerdotes. Esta indicación es preciosa; Vicente se refiere tanto a los laicos consagrados como a los ministros de la iglesia. Toda persona consagrada tiene una espiritualidad de carácter bautismal.

El cardenal Pedro de Bérulle insistió al mismo tiempo sobre el carácter sagrado del sacerdote y el aspecto misionero del presbiterado. Su sacerdote es un sacerdote clásico, pero que se enraíza en la misión de Cristo, en la vida trinitaria. En este sentido insiste sobre la misión y da a los suyos el sentido misionero sometiéndolos a los obispos. También valoriza el sacerdocio de los bautizados; estos tienen un rol sacerdotal de ofrenda y santificación.

Vicente conoce ese pensamiento, y de alguna manera lo amplifica. Añade su toque personal, ese «no se sabe qué» que lo hace seductor e inimitable.

Siempre seducido por Jesús encarnado, Vicente parte de esta reali­dad maravillosa: Jesús es nuestro único gran sacerdote, adorador del Padre y a la vez profeta, sacrificador, víctima y unificador. Las referen­cias joánicas hacen eco en su espíritu «He aquí que vengo… para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad».

A partir de este marco, propone una espiritualidad válida para todos, según el ritmo de sus fundaciones, damas o voluntarias, herma­nos, padres, hermanas. No se limita solo a los sacerdotes, quiere que todos se aprovechen del maná de la Encarnación de Jesús. Afirmado esto, es honesto decir que ofrece también una mirada sobre el sacra­mento del Orden para ayudar a los sacerdotes de su Congregación, y a otros, a vivir mejor su sacerdocio.

 

Un sacerdocio para todos

«Todos los bautizados son miembros de Cristo Sacerdote, por tanto sacerdotes en Cristo. San Pedro y san Pablo no desaprueban este len­guaje y lo alimentan. Todo cristiano es miembro del único sacerdote, y, por este título, participa en sus actos: la ofrenda y la misión. Y a par­tir de aquí desarrolla un hilo de pensamiento para nuestro uso.

El bautismo nos reviste de Jesucristo; este sacramento inicial hace circular la vida de Jesús en nuestras personas, como el pequeño grano introducido en la tierra de Ranquines. Nosotros somos el Cuerpo de Cris­to y nos hacemos capaces de ser sacerdotes en él. Los mismos votos en uso en las dos compañías (Hijas de la Caridad y Congregación de la Misión) remiten a este ejercicio de sacerdocio bautismal. Sus miembros están en estado de injerto y, por tanto, son participantes directos de la forma de actuar del mismo Cristo.

La ofrenda constituye la parte más bella. Darse, entregarse, consa­grarse, ofrecerse, estas son algunas de las palabras propias de san Vicente. Es el acto sacerdotal puesto al alcance de todos: por supuesto, ofrecerse uno mismo, tal como somos, en estado de gente en camino, aunque empobrecidos por el pecado y los riesgos de la vida. Felices de saber que «nosotros somos su humanidad por añadidura» y que nada de lo que vivimos puede desagradarle, excepto el pecado. Estamos en esta­do de ofrecimiento, de don permanente y de oblación, «para la mayor gloria de Dios», que no rechaza nuestra humilde ofrenda. Y nos recor­damos que hay bondad sembrada en nuestro corazón, ya victorioso del mal por Jesucristo resucitado.

 

¿Ofertorio? Se trata muy bien de esto, ofrecer las propias fuerzas y el servicio para los diferentes ministerios a los que la Providencia nos llama; es la respuesta a la vocación. Todos los géneros de vida son afectados, y sobre este punto Vicente de Paul es muy explícito, en la escue­la de Francisco de Sales:

 

La Vocación

 

La vocación es una llamada de Dios para hacer una cosa. La vocación de los apóstoles fue la llamada de Dios para plantar la fe por toda la tierra; la vocación del religioso es una llamada de Dios a la práctica de las reglas de la religión; la vocación de las personas casadas, es una llamada de Dios para servirle en la formación de una familia y en la educación de unos hijos; y la vocación de una Hija de la Caridad es la llamada de Dios y la elección que su bondad ha hecho de ella, más bien que de tantas otras que se presentaron a él, para servirle en todos los quehaceres que son propios de esta clase de vida, a los que él permiti­rá que se dediquen”.

Cada uno tiene su tarea. Los hermanos que no son más que «coad­jutores», ayuda en los servicios materiales —lo que ya de por sí es una gran responsabilidad participativa—, se abren a la gracia del bautismo convirtiéndose en Misioneros a tiempo completo, en la lógica del man­dato explícito de su bautismo. Como todo laico, son enviados a sus her­manos, especialmente a los más desfavorecidos.

Las Hermanas y las damas (las voluntarias) participan de manera particular, con la gracia propia de la feminidad, en el cumplimiento de las tareas espirituales y corporales; y desde la iniciativa del bienaven­turado Federico Ozanam (1 81 3-1 853), mujeres y hombres de la Sociedad de San Vicente de Paul-Luisa de Marillac, actúan en la misma dirección y con la misma espiritualidad.

Para todos, se trata de servir ante todo espiritualmente, enseñando y catequizando. Cada uno actúa «en cualquier sitio y ocasión». El destello de la fe surge de lo más profundo de uno mismo, y cada uno, según su función, actúa para sembrarla en el fondo de los corazones. «En cual­quier sitio y ocasión». ¡Una consigna para decir que la misión nunca tiene vacaciones!

Y las aplicaciones se suceden rápidamente. A las Hijas de la Cari­dad, les dio el siguiente consejo el 8 de diciembre de 1658, válido para nuestros días: «Es necesario que las Hijas de la Caridad instruyan a los pobres en las cosas necesarias para (a salvación; por eso es menester que ellas mismas estén antes bien instruidas en lo que han de enseñar luego a los demás».

Y a las damas de la burguesía y de la gran nobleza parisina, san Vicente insiste: «Las que hayan sido destinadas a distribuirles la cola­ción se dirigirán a las dos al hospital, se pondrán el delantal, distribui­rán a los enfermos las golosinas y refrigerios preparados para ellos, según el orden que lleve la encargada, aprovechando la ocasión para consolar a los enfermos con alguna palabra edificante apropiada a sus necesidades-56.

Los enfermos son la parte preferida de los vicencianos. Hermanas de las parroquias, de los hospitales y de otros lugares, voluntarias, aso­ciados, Misioneros, todos les llevan la Buena Nueva. Esta preferencia está claramente marcada por Vicente para la aportación propia de las mujeres. Del mismo modo, observamos que ellas son aptas para el dis­cernimiento de los espíritus, como Luisa de Marillac. Hoy, Vicente ani­maría a las mujeres a que se comprometiesen en la animación de ejer­cicios espirituales, convivencias o en la enseñanza. Vicente ha visto animadoras de calidad acompañando espiritualmente a los cristianos. Testimonio de esto es la charla a los Misioneros donde él justifica el tra­bajo hecho por los laicos:

 

Las discernidoras de Dios

Las personas espirituales que viven del espíritu, que viven de una manera espiritual, son las que tienen que saber discernir las falsas luces de las verdaderas, tanto por su interés particular como por el consue­lo de sus prójimos; pues, habiendo recibido las luces que el Espíritu santo comunica a los que se entregan a él, esas personas se dan cuen­ta de que gozan de la luz y tienen incluso la debida experiencia para ayudar a las almas que se sienten inclinadas a hacer cosas que las con­ducen a su perdición. ¡Cuántas personas hemos conocido nosotros y conocieron los siglos pasados, que han iluminado a una infinidad de almas, a pesar de no haber sido llamadas al sacerdocio, cuyo oficio pro­pio es ser la luz del mundo!

Hay sacerdocio incluso cuando el servicio se hace puramente cor­poral o material. El número de reglamentos que Vicente nos ha dejado (Hijas de la Caridad, Cofradías, «Hotel-Dieu», cuidadores del Hospicio del Nombre de Jesús, hermanas de las escuelas, responsables de los Niños Expósitos o de los Galeotes) muestra que estas intervenciones son lugares privilegiados del don de sí. Una constante nos impresiona, siempre de actualidad, la unión. Servir a la unidad es también servir al pobre: Unión entre los miembros de las mismas asociaciones, unión entre ellas, unión con los obispos y los responsables locales. Este con­cepto enriquece la realidad de «la familia Vicenciana” y nos hace salir de los carriles de la división o de la ignorancia. Habría que insistir mucho sobre esta sinergia para la multiplicación caritativa y social, para bien de donantes y receptores, cuando los desacuerdos paralizan la eficacia de la acción.

No nos sorprenderá que la cumbre de esta búsqueda de unidad cul­mine en la eucaristía; es el lugar mismo de la unión y también de la ofrenda. Las palabras de san Vicente sobre este tema no pueden ser más claras. Me gusta mucho esta frase bien acuñada de mi hermano Bernard Koch: «Todo bautizado, hombre y mujer, ofrece no solo su vida, sino también, con el sacerdote y Cristo, la eucaristía».

He aquí una de las consignas más bellas del señor Vicente, que amplía horizontes a menudo muy angostos:

 

A las Hijas de la Caridad:

No es solamente el sacerdote el que ofrece el Santo Sacrificio, sino todos los que asisten a él; estoy seguro de que, cuando estéis bien ins­truidas en este punto, tendréis gran devoción; porque es el centro de la devoción.

A los Sacerdotes y a los Hermanos de la Misión:

Cuando un sacerdote celebra la misa, hemos de creer que es el mismo Jesucristo, nuestro señor, principal y soberano sacerdote, el que ofrece el sacrificio; el sacerdote no es más que ministro de nuestro Señor, que se sirve de él para realizar externamente esa acción. Pues bien, el acólito que sirve al sacerdote y los que oyen la misa, ¿partici­pan, como el sacerdote, del sacrificio que él hace y que ellos hacen con él, como él mismo dice: «Orad, hermanos, para que este sacrifico mío y vuestro sea agradable a Dios Padre Omnipotente?» Sin duda que par­ticipan, y más que él, si tienen más caridad que el sacerdote. Las accio­nes son personales. No es la cualidad de sacerdote o de religioso lo que hace que las acciones sean más agradables a Dios y merezcan más, sino la caridad, si ellos la tienen mayor que nosotros. ¡Qué gran consuelo estar en la orden de san Pedro!

¡Qué afortunados somos al leer estas líneas y darles a las misas, en las que participamos, una dimensión con frecuencia olvidada! Somos todos «concelebrantes». Pertenecemos al linaje de los sacerdotes, como se nos dijo en nuestro Bautismo. Si nuestro ser, todo entero, está impregnado por la caridad, toda ofrenda es portadora de poder y amor, como la de Jesús. Estamos revestidos con «la túnica de la caridad», y toda misa se convierte en un festín de bodas del Cordero. Nuestra par­ticipación se sumerge en lo infinito de aquella de la eucaristía.

A éste propósito, está bien recordar que la expresión, “el amor es inventivo hasta el infinito”, fue cincelada por san Vicente después de una frase a propósito de la eucaristía; esto pone en claro que para él ésta es la perfección de la caridad: “No hay amor más grande que dar la vida por aquellos a los que amamos”. Jesús vertió su sangre por “la multitud”. Inda brizna de fuerza o de amor entregada contribuye a esta ofrenda sublime y en ella participa todo vicenciano digno de este nombre.

 

Un sacerdocio ministerial

¿Y los sacerdotes?, ¿Qué es lo que tienen que vivir? Ante todo exta­siarse ante la grandeza de aquello que se les ha confiado. Su ministerio es grande: «No hay nada mayor que un sacerdote, a quien él le da todo poder sobre su cuerpo natural y su cuerpo místico, el poder de perdo­nar los pecados…». Por un lado, el sacerdote tiene un rol cultual, sacrificial (consagrar), y, por otro, pastoral (enseñar, unificar, reconciliar). Es el hombre de la Eucaristía y el hombre de la edificación del Cuerpo de Cristo. Aquí encontramos la insistencia berulliana, «religioso para con el Padre» y artesano de la caridad para con tos hombres. Esta fluctuación del pensamiento sobre el sacerdote habita en san Vicente. Algunas veces recuerda al sacerdote su elevada condición y otras veces su primera cua­lidad de servidor.

La pequeñez y la grandeza de los sacerdotes

¡Qué gran palabra ésta, hermanos míos! ¡Hacer mejores a los ecle­siásticos! ¿Quién podrá comprender la altura de esta misión? Es la más elevada de todas. ¿Qué cosa hay más grande en el mundo que el estado eclesiástico? No pueden compararse con él los reinos ni los principados. Sabéis que los reyes no pueden, como los sacerdotes, cambiar el pan en el cuerpo de nuestro Señor, ni perdonar los pecados, ni todas las otras ventajas que ellos tienen por encima de las grandezas temporales. Sin embargo, ésas son las personas que Dios nos envía para santificarlas; ¿hay algo semejante? ¡Qué obreros tan pobres y ruines! ¡qué poco pre­parados estáis para la dignidad de este oficio! Pero, puesto que Dios le ha hecho a esta compañía, la última y la más pobre de todas, el honor de dedicarla a ello, es menester que, de nuestra parte, pongamos todo el interés en hacer que tenga éxito este trabajo apostólico, que tiende a disponer a los eclesiásticos a recibir las órdenes mayores y a cumplir bien sus funciones; porque unos serán párrocos, otros canónigos, otros prebostes, abades, obispos, sí, obispos. Esas son las personas que reci­biremos mañana”.

A causa de los poderes recibidos en la ordenación (poder sobre el cuerpo de Cristo y capacidad de perdonar los pecados), el sacerdote merece estima y respeto, pero además es portador de otras funciones que amplifican este primer compromiso: enseñar, unir, servir espiritual­mente y corporalmente y participar en la oración con los hombres. A la espiritualidad bautismal, la ordenación añade un sello manifiesto. Cuan­do el sacerdote predica, lo hace «en nombre de Cristo».

No podemos resistirnos a añadir aquí esta nota pastoral del padre Bernard Koch c.m., tomada del estudio que nos apoya:

«La celebración de la eucaristía está considerada por san Vicente como capital para un sacerdote; no formaba parte de los «ejercicios de la Misión», salvo el domingo, claro está, en el curso del cual era cele­brada por los Misioneros; aquellos que tenían devoción participaban en ella, sin comulgar, dado que la comunión cotidiana de los fieles no exis­tía en esta época».

«Los ejercicios públicos de la Misión eran el sermón, muy de maña­na, sobre la moral, el pequeño catecismo, a media mañana, para los niños, en presencia de los padres y otros adultos, si podían, y el gran catecismo por la tarde, para los adultos, sobre la doctrina… Los otros ejercicios eran las confesiones generales, las visitas a los enfermos, a los pobres, maestros y maestras de escuela, y las reuniones al objeto de fundar las Cofradías. Los asistentes eran invitados a comunicar a los ausentes las enseñanzas».

«Las visitas a las familias tenían como fin no solo la conversión a Dios, también la reconciliación entre las personas y entre las familias o los clanes. Por todo esto, la Misión era un camino hacia la eucaristía. La Misión culminaba, se terminaba, después de las confesiones generales, «in la reconciliación entre las familias, la fundación de una Cofradía de Caridad, y con la misa en la que comulgaban todos, y especialmente los niños que realizaban la Primera Comunión. La misa era verdaderamente el acto de la comunidad reconciliada, unida; era Jesús, en su Sacra­mento, que reunía y alimentaba a su Iglesia: se había realizado la unión entre su Cuerpo eucarístico y su Cuerpo místico».

El sacerdote se inscribe en la línea del servicio: habla de Jesús, del Reino, reconcilia a las personas consigo mismas y con Dios. Es toda la actividad misionera que se destaca aquí y finaliza el compromiso vicencian. Con toda seguridad, ora por ellos y con ellos. ¿Oímos este grito que motiva tan fuertes vocaciones?

 

El don de sí

Si los sacerdotes se dedican al cuidado de los pobres, ¿no fue tam­bién éste el oficio de nuestro Señor y de muchos grandes santos, que no sólo recomendaron el cuidado de los pobres, sino que los consolaron, animaron y cuidaron ellos mismos? ¿No son los pobres los miembros afli­gidos de nuestro Señor? ¿No son hermanos nuestros? Y si los sacerdotes los abandonan, ¿quién queréis que les asista? De modo que, si hay algu­nos entre nosotros que crean que están en la Misión para evangelizar a los pobres y no para cuidarlos, para remediar sus necesidades espiri­tuales y no las temporales, les diré que tenemos que asistirles y hacer que les asistan de todas las maneras, nosotros y los demás, si queremos oír esas agradables palabras del soberano Juez de vivos y de muertos: «Venid, benditos de mi Padre; poseed el reino que os está preparado, porque tuve hambre y me disteis de comer; estaba desnudo y me ves­tisteis; enfermo y me cuidasteis». Hacer esto es evangelizar de palabra y de obra; es lo más perfecto; y es lo que nuestro Señor practicó y tie­nen que practicar los que lo representan en la tierra, por su cargo y por su carácter, como son los sacerdotes.

Cristo Sacerdote es el modelo. «¡Ánimo, pues! Seamos valientes, ya que ahora, que somos sacerdotes, estamos obligados a una perfección mayor y a socorrer más a las almas». Se trata para los hombres elegi­dos por Él de conformarse con su Persona y con su manera de ser, de imi­tar lo que celebran, es decir, de conformarse con la muerte y resurrec­ción del Señor. San Vicente da siempre las mismas consignas a sus sacerdotes: «Honrar la vida del Hijo de Dios en todos sus estados». «Honrar la vida de Nuestro Señor Jesucristo, su sacerdocio eterno… conformar su vida con la suya». La glorificación del Padre es la gran virtud, que se expresa en la celebración, la más perfecta posible, de la eucaristía, orando intensamente por los pobres. Una piedad visible caracteriza al misionero apasionado de la liturgia. La tradición, que hacía de San Lázaro un laboratorio y un ejemplo todavía en vigor, no se ha engañado.

Porque los misioneros vicencianos tienen por misión formar sacer­dotes. Este no es el punto menor de su función sino una parte integral del fin de la Congregación de la Misión: formar buenos sacerdotes para los pobres. Estamos aquí en la lógica de las misiones. Para que sus fru­tos no desaparezcan, son necesarios vigilantes y despertadores, es decir, pastores aptos para prolongar la tarea emprendida y soplar sobre el fuego para que permanezca encendido.

Formar a los futuros sacerdotes

El tercer fin de nuestro humilde instituto es instruir a los eclesiás­ticos, no solamente en las ciencias, para que las sepan, sino en las vir­tudes para que las practiquen. ¿De qué sirve enseñarles las unas sin las otras? Nada o casi nada. Necesitan capacidad y una buena vida; sin ésta, aquella es inútil y peligrosa. Tenemos que llevarlos igualmente a las dos; eso es lo que Dios pide de nosotros… Pero, cuando llegó la plenitud de los tiempos, nos llamó para que contribuyéramos a formar bue­nos sacerdotes, a dar buenos pastores a las parroquias y a enseñarles lo que tienen que saber y practicar. ¡Qué tarea tan importante! ¡qué subli­me! ¡cuán por encima de nosotros! ¿Quién había pensado jamás en los ejercicios de los ordenandos y en los seminarios? Nunca se nos hubiera ocurrido esta empresa si Dios no nos hubiera demostrado que era su voluntad emplearnos en ella. Dios es, por tanto, el que ha llevado a la compañía a estos oficios sin elección por nuestra parte, pidiendo de nosotros esta dedicación, que ha de ser una dedicación seria, humilde, devota, constante y en correspondencia con la excelencia de la obra”.

Ciertamente es preciso colocar esta elección en su contexto, pero la intención permanece y nosotros tenemos, en Occidente y en particu­lar en Francia, una excesiva tendencia a escamotearla, por falta de per­sonal. La vocación vicenciana se centra en los pobres y la vocación misionera añade, en este campo, una lógica útil, la formación de «líde­res». De paso, remarcamos que sería juicioso borrar todo el efecto reductor para volver a la pureza original de la vocación sacerdotal en la Congregación de la Misión. Las Constituciones de la Misión hablan abun­dantemente de este deber de formación y esto vale para todos los com­ponentes de la familia vicenciana. Revestirse del espíritu de Cristo para adquirir la perfección conveniente a su vocación; aplicarse a la evange­lización de los pobres, sobre todo de los más abandonados y también ayudar a la formación de clérigos y laicos, invitándolos a implicarse más en la evangelización de los pobres.

Este triple fin obliga a los interesados bajo pena de irresponsabili­dad y de infidelidad al pensamiento profundo del fundador y primer superior general de la Misión.

La formación permanente es una exigencia para todos. No podemos sortear durante toda la vida esta zambullida en aguas profundas para nosotros mismos y para los otros. Informarse, leer, reflexionar, inter cambiar, comunicar, facilita nuestra vocación de transmisores y educa dores. Esta formación permanente forma parte de la espiritualidad por­que impide todo amateurismo. ¡Esto es válido para todos, sacerdotes, diáconos y laicos!

Oremos:

¡Señor, danos este espíritu de tu sacerdocio, que tenían los apósto­les y los primeros sacerdotes que les sucedieron! ¡Danos el verdadero espíritu de este sagrado carácter que pusiste en unos pobres pescado­res, en unos trabajadores y hombres sencillos de aquel tiempo, a los que, por tu gracia, comunicaste este grande y divino espíritu! Porque, Señor, nosotros no somos más que unos pobres hombres, trabajadores y aldeanos, sin proporción alguna con esa misión tan santa, tan eminen­te y celestial.

RENOUARD, J.: San Vicente de Paúl maestro de sabiduría

 

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