SAN VICENTE: VIVIR COMPROMETIDOS

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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La donación hecha a Dios es radical. Nunca Vicente se echó atrás. Tuvo unos propósitos invariables respecto a la entrega de sí mismo y a la perseverancia. «Entreguémonos a Dios de forma que sigamos siendo Teles a él durante toda nuestra vida». Las razones de este don son de calidad: la llegada del Reino a nuestros corazones, el anuncio del Evan­gelio, el servicio a los pobres, la fidelidad a la vocación y la alegría de pertenecer a Cristo. Perseverar es mantenerse hasta el final, emplean­do los medios adecuados, como los sacramentos y la vida interior ali­mentada con la oración. No hay perfección sin perseverancia, que ofre­ce la gloria final. Cuando Vicente exhorta a las Damas de la Caridad a vivir esta actitud, piensa en todo el bien del cual ellas son la causa y que irá a la ruina con su abandono. Se recomienda mantener la esteva del arado hasta el final, tanto para los laicos como para los consagrados.

Consagrarse

Ya hemos hecho alusión a la entrega de Vicente en el momento en que decide consagrar toda su vida los pobres. Fue su primer biógrafo quien nos señaló este momento. Monseñor Abelly nos quiso mostrar tanto los aspectos buenos de Vicente, con vistas a lograr su beatifica­ción, que a veces puede ser correcto dudar de su escrito. Pero, ¿por qué sospechar de todo? Creemos lo que se nos dice este amigo y cercano suyo: después de tres o cuatro años de tentación (¡son muchos!), con­ducido por la gracia, Vicente queda liberado al tomar una resolución «firme e inviolable de consagrar toda su vida, por amor a Jesucristo, al servicio de los pobres». Tomada esta decisión, las tentaciones cesan y Vicente recupera la libertad interior y su alma se llena de luz. Nos gustaría saber más, pero creemos que aquí está la decisión fundamental de su vida.

Cambio radical, se ha escrito. Si algunos hablan de «conversión-, lo repito, es en este momento preciso donde la situaría, porque creo que el hombre hizo su elección definitiva en 1611, en el momento en que se convierte en párroco de Clichy. Está claro que buscó una tierra de elec­ción donde estar cerca de los más desfavorecidos de su tiempo. Anduvo a tientas todavía un poco, pero encontró los indicadores gracias a los acontecimientos de Folleville y Chátillon, reveladores de su verdadera misión. El señor Vicente supo entonces que su camino estaba en el ser­vicio y en la misión. Le quedaba por descubrir las modalidades concre­tas. Todo lleva a pensar que experimentó en sí mismo la fuerza de un don total, que pediría más adelante a sus hermanos mediante los votos.

Lo encontramos haciendo sus votos, entre 1627 a 1628. También los Misioneros los pronunciaron con él. Es el propio Vicente quien describe los hechos y proporciona las motivaciones: «Quiso Dios darle a la com­pañía desde el principio el deseo de situarse en el estado más perfecto que pudiera, sin entrar en el de religión; que para ello, hicimos los votos para unirnos más estrechamente a Nuestro Señor y a su iglesia, el superior de la compañía a sus miembros y los miembros a la cabeza; que esto se hizo ya en el segundo o tercer año…». Se nota el «nosotros». Larga será la historia de los votos en la Congregación de la Misión, pero elocuente la finalidad: ¡«Perseverar para servir»!

Para los Misioneros y las Hijas de la Caridad, el don es total; para él y sus hermanos, es la voluntad de vivir pobre, casto, obediente para mejor dar sea los pobres. Esta es su finalidad última. No pertenecerse nunca más, sino ser enteramente de Dios y para el servicio de sus miembros sufrientes. He aquí una forma de absoluto sobre el que vendrá con frecuencia: agradar a Dios, entregarse a Él y acentuar la fidelidad en búsqueda de la perfección.

¡Qué espiritualidad lograda! Los tres votos, castidad, pobreza y obe­diencia, favorecen el don, lo nutren, le son un estímulo y lo radicalizan en cierto modo. Para vivirlo es preciso desprenderse de todo, no poseer nada, no dejarse poseer por nada, tomar a Dios en suerte, no hacer la propia voluntad para dejar el primer lugar a la de Dios.

De un modo más evangélico podemos decir que los votos aparecen como un medio de refuerzo para participar del Espíritu de Jesús que es amor, ofrenda, alabanza, «religión perfecta» para con el Padre y Salva­dor con relación a los hombres y al mundo. El Misionero se entrega por completo a Dios y a los hombres para liberar a sus hermanos de la escla­vitud del placer, de la riqueza y del orgullo. Para ser un liberador eficaz, aprende, por los votos, a hacer efectiva su propia liberación. Estos tie­nen pues una finalidad misionera. Tomemos como prueba estas tres citas correspondientes a tres promesas:

«Vamos por todo el mundo predicando la castidad e inculcándose­la al pueblo. ¡Qué importancia tiene que nosotros tengamos una gran castidad!

«El estado de los misioneros es un estado apostólico, que consis­te, como los apóstoles, en dejarlo y abandonarlo todo para seguir a Jesucristo y hacerse verdaderos cristianos».

«Si por fin os entregáis animosamente a la práctica de esta virtud (obediencia), hijas mías, seréis más esplendorosas que el sol de los soles… e inmediatamente todos los que os ven se darán cuenta de que sois siervas de Dios-.

Una única finalidad une estos votos, el trabajo en la salvación de lo., pobres para los Misioneros y el servicio corporal y espiritual para las Hermanas. Cada uno es obrero de Dios, y con este título, es invitado a estar lo más próximo posible de Jesús, Servidor y Evangelizador de los pobres. ¿Quién no ve que Jesús fue perfectamente casto, pobre y obediente «hasta la muerte y una muerte de cruz (Flp 2,8)»?

El objetivo de la búsqueda de la perfección es explicada por Vicen­te en la conferencia «sobre el fin de la Congregación de la Misión», del 6 de diciembre de 1658. Se trata de hacerse agradable a Dios: «Y si por la mañana estamos a seis grados, que a mediodía estemos a siete, haciendo que nuestras acciones sean tan perfectas como es posible”. Todo puede ayudar a ello: la ofrenda matinal, la oración, los actos de amor hechos como Misioneros y Consagrados. Todas y todos han de dar testimonio en profundidad de lo que son para ayudar a los más desfavo­recidos y llegarles al corazón. Para reconciliar a los hombres con Dios, hay que ser enteramente de Él: «¿De qué nos servirá haber hecho mara­villas por los demás, si hemos dejado abandonada nuestra alma?». ¡Preciosa glosa de Mateo 16,26! Hoy se llama a esto radicalismo evan­gélico. Libremente, el consagrado elige vivir en un estado donde lo absoluto y la radicalidad se convierten en la ley interna de su existen­cia. Vicente proclama esto de manera incisiva: Cristo es la única pre­tensión de los corazones, de los nuestros.

Darse

Es claro que todos los miembros de la familia Vicenciana no están llamados a hacer los votos. Su compromiso se orienta más bien hacia el don. ¿Qué es darse? Esta expresión aparece con frecuencia en Vicente y muestra una voluntad de vivir en estado de ofrenda, como estar “comi­dos”, “devorados”. ¡Hay vicencianos que no se pertenecen! ¡Ahí con­templo rostros que testimonian una vida totalmente entregada! ¡Una verdadera y noble atestación! Cristo es modelo del don, es un don per­fecto y permanente. Algunas palabras dicen lo que ha hecho por nosotros: Encarnación, Redención, Eucaristía. Él es igualmente presencia, don perpetuado por su Espíritu Santo habitando en cada cristiano desde el bautismo, como lo dijo Vicente en 1658:

El rocío del Espíritu

…Hay que revestirse del espíritu de Jesucristo. ¡Oh Salvador! ¡Oh pudre! ¡Qué negocio tan importante éste de revestirse del espíritu de Jesucristo! Quiere esto decir que, para perfeccionarnos y atender útil­mente a los pueblos, y para servir bien a los eclesiásticos, hemos de esforzarnos en imitar la perfección de Jesucristo y procurar llegar a ella. Esto significa también que nosotros no podemos nada por nosotros mismos. Hemos de llenarnos y dejarnos animar de este espíritu de Jesucristo. Para entenderlo bien, hemos de saber que su espíritu está exten­dido por todos los cristianos que viven según las reglas del cristianismo; sus acciones y sus obras están penetradas del espíritu de Dios…

¡Sí, el vicenciano no existe más que dándose a Dios! Este don puede tomar múltiples formas, pero manifiesta el desarrollo de la gracia de Dios en los corazones. Ya sean los grupos de las voluntarias de la caridad o los Conferencias o los miembros de distintas ramas de la Familia, todas y todos han decidido seguir una regla, escrita o no, una carta magna, un camino de vida. Quieren servir y ser todo para Dios y para los necesita­dos. Su compromiso no es como el de los participantes de una organiza­ción humanitaria, por muy respetable que sea, sino que viven de un espíritu. Abrazan una espiritualidad y la viven en el día a día.

Por ejemplo, los grupos de las Voluntarias de la Caridad encuentran sus raíces en el Evangelio, en las reuniones mensuales de grupo, y siguen fielmente el tema del año. La sociedad San Vicente de Paul tiene su comisión de espiritualidad y se alimenta en cada encuentro de la confe­rencia. Estas dos principales organizaciones de laicos tienen el apoyo de vida y de acción, gracias a las revisiones adecuadas. Las Juventudes Marianas Vicencianas (JMV) o MISEVI viven una auténtica referencia al espíritu y mensaje vicenciano. El don es constitutivo de su vida.

Este don es a su vez reciprocidad: no solo el vicenciano va a los pequeños, también encuentra en ellos una recompensa, una perla preciosa: Dios viene hacia él. Este se da enteramente a través del que sirve. Por una ofrenda a menudo material y algunas veces espiritual, el donan te recibe un bien inconmensurable, al mismo Jesucristo. Es una verdad plenamente evangélica, que Cristo se identifica con el pobre.

Este retorno es doble, porque también nos dice que los pobres nos evangelizan, nos devuelven sus cualidades, sus alegrías, su vivencia con frecuencia rica y llena de valores. ¡De ahí el interés de una relectura cuando su vida se cruza con la nuestra y nos enseña a mejorar!

RENOUARD, J.: “San Vicente de Paúl maestro de sabiduría”

 

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