- LA MOTIVACIÓN PSICOLÓGICA
Vicente de Paúl ha vivido la primera parte de su vida tratando de alejarse del mundo en el que había nacido: busca afanosamente labrarse un futuro, volviendo la espalda a sus orígenes campesinos, persiguiendo un honroso beneficio como eclesiástico. Cuando el Señor le sale al encuentro a través de acontecimientos y personas, Vicente de Paúl cambia radicalmente la orientación de su vida y quiere ser el realizador de la Voluntad de Dios y el sacerdote totalmente entregado a la evangelización de los pobres.
Para el Vicente de Paúl, así transformado, resulta un imperativo personal confesar sus orígenes campesinos y recordarse a sí mismo y a los demás la vanidad de quienes buscan afanosamente disimular y aparentar. A las reiteradas confesiones de sus orígenes campesinos, que hemos recordado más arriba, podemos añadir este sencillo reconocimiento ante las Hijas de la Caridad:
“… la vanagloria no debería entrar en vosotras, porque el orgullo proviene de ordinario del origen y de la condición de las personas, y vosotras sois casi todas pobres aldeanas, hijas de labradores como yo. Somos todos muy poca cosa… Por el alimento, los pobres comen casi como vosotras: un poco de carne de buey, o algo semejante. Tampoco hay ahí motivos para presumir. Por lo que se refiere a vuestras relaciones, no tratáis más que con los pobres y sois sus servidoras; no hay ciertamente mucho de qué enorgulleceros”.
¿Quién no verá en la escena descrita por el señor de Saint Martin, canónigo de la ciudad de Dax, la reivindicación personal de Vicente de Paúl? La distancia existente entre la actitud de Vicente cuando fue a visitarlo su padre al Colegio de los Franciscanos de Dax y la actitud del mismo Vicente cuando es visitado por un sobrino suyo en el Colegio de los Buenos Hijos de París sólo se explica por la madurada opción que ha cambiado si existencia. «Con ocasión de la visita de un sobrino suyo, habiéndole encargado a uno de los suyos que fuera a recogerlo a la calle, donde estaba, vestido a la manera de los campesinos de aquella tierra, para que lo llevara a su habitación, este buen Siervo de Dios experimentó un impulso de superación, y lo realizó, porque, saliendo de su habitación bajó a la calle, donde, al encontrar a su sobrino, lo abrazó, le besó y le tomó por la mano, y después de llevarlo al patio, hizo bajar a todos los Señores de su Compañía, y les dijo que aquél era el hombre más honorable de su familia; y le hizo saludar a todos. Y le hizo hacer el mismo acto de urbanidad a las demás personas de condición que le venían a visitar. Y en los primeros Ejercicios Espirituales, que hizo más adelante, se acusó públicamente en plena reunión de haber tenido alguna vergüenza a la llegada de su sobrino, y de haberlo querido subir a escondidas a su habitación porque era campesino e iba mal vestido».
De este giro existencial da testimonio la carta de Vicente de Paúl al mismo canónigo de Saint-Martin:
“Le doy gracias por el interés que se ha tomado con mi pequeño sobrino, del que he de decirle, señor, que nunca jamás deseé que fuera eclesiástico, ni mucho menos se me ocurrió nunca hacerle educar para ese destino, ya que esa condición es la más sublime que hay en la tierra, pues es la misma que Nuestro Señor quiso aceptar y practicar. En cuanto a mí, si hubiera sabido lo que era, cuando tuve la temeridad de entrar en este estado, como lo supe más tarde, hubiera preferido quedarme a labrar la tierra antes que comprometerme en un estado tan tremendo. Esto mismo es lo que les he dicho mil veces a las pobres gentes del campo, cuando para animarles a vivir contentos y como buenas personas les manifestaba que los consideraba felices en su condición. Efectivamente, a medida que me voy haciendo más viejo, más me confirmo en estos sentimientos, ya que descubro cada día lo lejísimos que estoy de aquella perfección en que debería estar”.
Vicente de Paúl ha puesto un empeño personal, como un imperativo en sí mismo, elegir los caminos de la humildad. «Con mucha razón un virtuosísimo eclesiástico, que ha conocido muy de cerca al señor Vicente, ha dicho de él, que no ha conocido nunca en la tierra un ambicioso que haya tenido más pasión por exaltarse, por hacerse apreciar y alcanzar la cima de los honores, como este humilde Siervo de Dios estaba interesado en rebajarse, en hacerse abyecto y despreciable y en abrazar las más bajas humillaciones y confusiones; porque, ciertamente, parecía haber convertido esta virtud en su tesoro, aprovechando cuidadosamente todas las ocasiones que se presentaban para practicarlas y hacerse con razones para humillarse en toda clase de circunstancias».
Quienes han estudiado la vida de Vicente de Paúl destacan que la humildad ha sido la actitud en la que más se ha esforzado y en la que ha llegado a destacar. Escribe Pierre Collet: «Vicente poseyó en un grado tan eminente todas las virtudes, que al recorrerlas una tras otra, se siente uno tentado a decir que cada una fue su virtud dominante. Si esto no puede ser verdad con todo rigor, al menos es seguro que pocos santos llevaron la humildad tan lejos como él lo hizo».
- LA MOTIVACIÓN ASCÉTICA
Vicente de Paúl, testigo de la doctrina espiritual al uso en su tiempo, considera que la humildad es el fundamento de la perfección:
“Si alguna vez se digna Dios obrar algún bien en nosotros mismos, o en los demás por medio de nosotros, ocultarlo, en cuanto sea posible, en vista de nuestra propia vileza, o si esto no puede ser, atribuirlo todo a la divina misericordia y a los méritos de los demás. En esto consiste el fundamento de toda la perfección evangélica y la dificultad de toda la vida espiritual. El que posea esta humildad, juntamente con ella conseguirá todos los bienes; pero el que careciere de ella, perderá hasta los bienes que cree poseer, y vivirá perturbado por continuas angustias.
Hermanos míos, hallaremos en la humildad todas las demás virtudes. Porque quien dice humildad, dice mansedumbre, mortificación, etc… Y querer ser tratado de otro modo que el Hijo de Dios es un orgullo insoportable.
Para san Vicente, la humildad sostiene el edificio de la vida cristiana:
“Si voy a hacer una acción pública —decía— que la puedo llevar muy adelante, no la haré, sino que le cortaré tal y tal cosa, que podría darle algún esplendor y a mí alguna fama. De dos pensamientos que me vienen a la cabeza para hablar sobre alguna cuestión, cuando la caridad no me obligue a obrar de otro modo, presentaré el menor, con el fin de humillarme, y me quedaré con el más hermoso para sacrificarlo a Dios en el secreto de mi corazón. Porque Nuestro Señor sólo se establece y sólo se complace en la humildad del corazón y en la sencillez de las palabras y de los actos”.
Vicente de Paúl, como tantos maestros espirituales, ha elegido para sí mismo y ha propuesto para los suyos la humildad como camino de perfección cristiana. Su propuesta ascética, sin embargo, nada tiene que ver con las propuestas jansenistas y su insistencia en la bajeza, en la nada del hombre, que desdibuja la verdadera humildad. Porque la verdadera humildad, la humildad que reconoce a Dios como único fundamento de existencia, lejos de anular a la persona, la sitúa en su verdadera medida, en la medida de Dios. El filósofo existencialista Kierkegaard logró formular el sentido de este reconocimiento: «¡Que realidad infinita adquiere en cambio mi yo, cuando toma conciencia de existir ante Dios, convirtiéndose en un yo humano cuya medida es Dios…! ¡Qué acento infinito cae sobre el yo en el momento en que obtiene como medida a Dios!
Desde Dios como única medida de la persona humana es como se entienden las humillaciones de san Vicente de PaúI, sus continuas llamadas a vivir en humildad. La contemplación del Amor de Dios, la confesión de su misericordia, la fidelidad a su Voluntad: ahí está la verdadera clave de la humildad según san Vicente de Paúl:
“Doy gracias a Dios por ese arte que tiene usted para desgarrarse, esto es, para buscar la forma de humillarse, que consiste en reconocer sus faltas y en manifestarlas. Tiene usted razón en juzgarse inútil para todo y en creer que no vale para nada, pues precisamente es ése el fundamento sobre el que Nuestro Señor basará la ejecución de los designios que tiene sobre usted. Pero, además, padre, cuando haga usted estas reflexiones sobre el estado de su alma, tiene que elevar su espíritu a Dios en la consideración de su adorable bondad. Tiene usted muchos motivos para desconfiar de usted mismo, es verdad; pero tiene usted otros mucho mayores para confiar en él. Si se siente usted inclinado al mal, debe saber que siente incomparablemente mayor inclinación hacia el bien para hacerlo en usted mismo y por medio de usted a los demás. Le ruego que haga su oración sobre esto y que durante el día tenga algunas elevaciones a Dios para pedirle la gracia de basarse bien sobre este principio, que después de haber puesto los ojos en sus miserias, los dirija siempre luego a sus misericordias, deteniéndose mucho más en su benevolencia sobre usted que en la indignidad de usted para con él, en la fuerza de él más que en la debilidad de usted, abandonándose entonces entre sus brazos paternales con la esperanza de que hará él mismo en usted lo que él desee, bendiciendo todo lo que usted haga por él. Con todo esto, padre, tenga su corazón preparado para recibir la paz y el gozo del Espíritu Santo.
CEME
Corpus Juan Delgado







