San Vicente, un hombre de humildad (V)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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III. ¿POR QUÉ EL SEÑOR VICENTE «ESTABA TAN ENCARIÑADO DE LA VIRTUD DE LA HUMILDAD»?

  1. ¿DEMASIADAS HUMILLACIONES PARA NUESTRA SENSIBILIDAD?

Cuando leemos los calificativos con que se definía a sí mismo san Vicente de Paúl y evocamos las manifestaciones de su humiIdad, encontramos excesivas sus expresiones; desmesuradas para nuestra sensibilidad.

Vicente de Paúl, para llegar a ser auténtico cristiano y buen misionero, ha elegido decididamente este camino de la humillación: «Dios me ha concedido hoy una ternura especialísima, para pedirle la virtud de escoger siempre lo peor y lo que es contrario a mi gusto».

Porque había elegido el camino de la humillación como camino seguro, con toda sencillez, se dirige a las Hijas de la Caridad para que emprendan este mismo camino:

Hoy mismo he hecho yo también, pobre miserable, lo que os aconsejo, mis queridas hijas. Hablé ayer a un sacerdote de nues­tra Compañía con sequedad, agria y duramente. Lo que le dije, tenía que habérselo dicho con más mansedumbre. Me di cuenta luego, y como sabía que él tenía que marchar esta mañana, le dejé recado en la portería que no saliese a la ciudad antes de haberle hablado. Vino y le pedí muy humildemente perdón; de esta forma, hijas mías, procuro practicar lo que os aconsejo.

Yo mismo lo he hecho hoy, hijas mías, en la repetición de la oración. Me acordé de que ayer había hablado con dos o tres con cierta suficiencia. Les pedí perdón y reconocí delante de toda la Compañía que era yo la causa de todos los males que ocurrían en la casa. ¿Y qué pasó? Me vino un gran consuelo y alegría. ¿Por qué? Porque sé que esto es agradable a Dios”.

San Vicente recomienda igualmente el camino de la humi­llación a los misioneros:

Recurramos con frecuencia a la humillación, que es el refu­gio seguro para ponernos al abrigo de semejantes incitaciones, que la inclinación que tenemos al orgullo suscita en nosotros continuamente.

Una buena práctica es llegar a los detalles de las cosas humi­llantes, cuando la prudencia nos permite que las digamos en voz alta, debido al provecho que de ello se saca, superando la repug­nancia que se experimenta al descubrir y manifestar lo que la soberbia querría tener en oculto. El propio san Agustín publicó los pecados secretos de su juventud, componiendo un libro paran que todo el mundo conociese todas las impertinencias de sir, errores y los excesos de sus desvaríos. Y aquel vaso de elección san Pablo, aquel gran apóstol que fue arrebatado hasta el cielo ¿no confesó que había perseguido a la Iglesia? Y lo puso indo so por escrito, para que hasta la consumación de los siglos supiera que había sido un perseguidor”.

Abelly explica la práctica de las humillaciones de Vicente de Paúl desde su comprensión de la grandeza y santidad de Dios, «…el gran conocimiento y los puntos de vista singularísimos que poseía de las infinitas perfecciones de Dios y de los defectos de las criaturas, le daban motivos para considerar una injusticia el no humillarse siempre y en todo, dada la condición desgraciada del hombre y la grandeza y santidad infinita de Dios».

Nuestra reflexión sobre el por qué de esta forma de actuar de Vicente de Paúl nos conduce, a mi parecer, no a una sola sino a una pluralidad de motivaciones que se superponen e interrelacionan. Creo que podemos proponer las que siguen.

  1. LA MOTIVACIÓN CONTRA-CULTURAL

Vicente de Paúl vive en una época donde la defensa del honor, incluso hasta el derramamiento de la sangre en los duelos, es asumida como una de las obligaciones inexcusables de los nobles y de sus familias.

La ostentación, el ornato externo, las formas rebuscadas y el barroquismo imperante en aquellos años se manifiestan en los vestidos, pelucas y complementos que utilizan los poderosos o los que aspiran a ser reconocidos como importantes en la sociedad. Este estilo suntuoso se extiende a los carruajes y a las habi­taciones y viviendas de quienes pretenden demostrar su dignidad.

Estas características de la cultura del tiempo han penetrado también en los claustros y en el estado eclesiástico. Demostrar qué orden religiosa es mejor o qué eclesiástico predica con más recursos oratorios era una competición en la que habían entrado las comunidades y los clérigos.

Cuando Vicente de Paúl elige la humildad y el camino de la humillación, entra en una dinámica contra la corriente de la cultura reinante en la sociedad y en la misma Iglesia. Contra la constancia de su humildad nada han podido «ni las caricias de la adulación cortesana, ni los encantos de la complacencia de los grandes de la tierra, ni las violentas pasiones de los podero­sos del tiempo”.

Probablemente nos hace sonreír que, al contemplarse en el espejo del salón donde esperan para ser recibidos por un gran señor, refiriéndose a sí mismo, Vicente exclamara delante del P. Gilberto Cuissot: «¡Oh, qué gran bribón!». Pero me parece una afirmación, en medio de los espejos y adornos de las vivien­das de los grandes, de su decidida opción por la humildad: una reacción contra la cultura dominante que probablemente susurraba pensamientos de complacencia o de sumisa admiración.

Consciente de que la naturaleza desea que nuestros trabajos sean reconocidos, que se nos considere, que se nos sitúe delante de los demás, Vicente de Paúl insiste en la elección de la humildad:

La humildad es muy hermosa en teoría, pero en la práctica tiene un rostro muy desagradable a la naturaleza; sus ejercicios nos disgustan, porque nos llevan a escoger siempre el lugar más bajo, a ponemos detrás de los demás, incluso de los más pequeños, a sufrir las calumnias, a buscar el desprecio, a amar la humillación, que son cosas por las que naturalmente sentimos, cierta aversión.

Blas Pascal, contemporáneo de san Vicente, describía así Ia situación de la persona ante la llamada de la naturaleza al prestigio, a sobresalir. «No nos contentamos con la vida que tenemos en nosotros, en nuestro propio ser: queremos vivir en la idea los otros con una vida imaginaria, y de aquí nacen los esfuerzos que hacemos por darnos a conocer. Trabajamos sin cesar el, engalanar y conservar este ser imaginario, despreciando el verdadero. Y si tenemos o tranquilidad o generosidad o fidelidad nos damos prisa por que se sepa, para aplicar estas virtudes a este ser fantástico; somos capaces de despojarnos de ellas para aplicárselas; y de buena gana seríamos gallinas, con tal que adquiriéramos la reputación de valientes. Indicio grande de la nada de nuestro propio ser; ¡no estar satisfechos de lo uno sin lo otro, renunciar con frecuencia uno por otro! Porque el que no muriera por su honra, sería infame».

Vicente de Paúl, conocedor de esta fuerza de la naturaleza insiste: «Recurramos con frecuencia a la humillación, que es el refugio seguro para ponernos al abrigo de semejantes incitaciones, que la inclinación que tenemos al orgullo suscita en nosotros continuamente».

San Vicente enseñó a sus misioneros «que había que escoger siempre la última fila, en nuestro caso particular, con la convicción que hemos de tener de ser el menor de todos; y lo que un particular pensaba de sí mismo, tenía que aplicarlo a la compañía, creyendo que es la más pequeña en la iglesia de Dios, la peor de todas y que, si ella no tenía estos sentimientos, Dios le retiraría sus gracias; que sería un loco si se imaginase que era ella la compañía que había profetizado san Vicente Ferrer, que en los últimos tiempos aparecería una compañía de sacerdotes que sería de gran provecho a la iglesia de Dios… que había que amar el desprecio y la confusión por no tener éxito en las predi­caciones, en los cargos, que había que huir como del fuego cuando viésemos que tienen para con nosotros sentimientos de honor y de respeto».

Desde estas convicciones, Vicente de Paúl no quiso entrar en los juegos de influencias: «Me resultan antipáticas esas provi­siones sobre los proyectos ajenos; por eso he procurado evitar siempre esas intrigas que actualmente están de moda por todas hartes», escribe en junio de 1652 al P. Dehorgny, que se encuen­tra en Roma.

Manda que quiten un paño mortuorio de terciopelo colocado sobre el cuerpo de un hermano, porque «esto era una represen­tación del fasto del mundo». Y ruega a un misionero que no se deje ganar por los fastos de la moda en el vestido eclesiástico: «Ie envío un alzacuello; podrá ajustar los suyos al mismo. Aun­que sólo quisiéramos seguir en alguna pequeña cosa al mundo en cuanto a la manera de vestir, eso indicaría que hay en nuestro corazón algún apego y que, si no nos fijamos, nos iremos dejan­do llevar por el espíritu del mundo. Decir que nos tomarán por otros, es orgullo y vanidad de espíritu el cambiar de aspecto para ello. ¡Ay, padre, el que conozca bien a Jesucristo crucificado podrá fácilmente pasar, como él, por el menor de los hombres, e incluso por el peor de todos, no sólo en sus acciones personales,

sino hasta en las de nuestra condición! ¿Pues qué nos aprovecha ría haber tenido alguna humildad en cuanto a la persona, si tenemos vanidad en cuanto a nuestra condición? ¡Quién nos diem padre, la gracia de ponernos en el último lugar de los hombres permanecer allí según el estado de nuestra persona y según el de nuestra vocación! Si queremos preferirnos a los demás y tener cosas que nos distingan de ellos, tenga por cierto, padre, que Nuestro Señor nos hará caer en tal confusión que seremos des preciados por ellos y por todo el mundo«.

San Vicente, conocedor de las costumbres de la época, reconoce ante las Hijas de la Caridad que «a los grandes del mundo se les conoce por sus éxitos y por el gran número de personas que les acompañan». Y, a renglón seguido, destaca la excelencia de la entrega de la vida al servicio de los pobres: «Cuando quienes han trabajado mucho por Dios van al cielo después de esta vida les acompañan todas sus buenas obras…; son como sus damas de honor. Hermanas mías, ¡qué felices seréis por haber asistido a tantos pobres, cuando comparezcáis ante Nuestro Señor!».’

Vicente de Paúl ha tenido acceso a los grandes de este mundo ha ocupado un puesto influyente ante la Reina Madre, pero ha querido elegir, una y otra vez, el camino de la humildad: él nunca llevó una sotana nueva, cuando iba al Louvre, y tampoco apareció vestido de otro modo ante los Grandes de la Corte, que como cuando iba a instruir y predicar a los campesinos, permaneciendo igual por todos los sitios con una decencia muy sencilla y humilde… Hablando un día acerca del cargo que desempeñaba en la Corte, dijo: «Le pido a Dios que me tengan por un insensato como lo soy, para que no me empleen más en esta especie de comisión, y tenga más tiempo libre para hacer penitencia, y dé menos malos ejemplos, como doy a nuestra pequeña Compañía».

Cuando el Rey convoca la Asamblea de los Estados en 1650, el señor Vicente pide al P. Lamberto que participe en nombre del priorato de San Lázaro, indicándole «que se colocara en el últi­mo lugar, cosa que el P. Lamberto ejecutó fielmente…». El Her­mano Robineau, testigo de los hechos, contrapone esta actitud del señor Vicente a la de los delegados de dos comunidades reli­giosas: «Los diputados de una de las comunidades religiosas querían y pretendían ocupar su sede antes que los de otra comu­nidad religiosa, y éstos, por el contrario, la pretendían a su vez, alegando sus razones, lo cual ocasionó un poco de ruido y mur­mullo en la Asamblea. También hubo protestas por escrito, que me parece que las hicieron los de una y otra parte, y escritos en el registro de la Asamblea».

CEME

Corpus Juan Delgado

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