SAN VICENTE, TESTIMONIAR EN COMÚN

Mitxel OlabuénagaSin categoríaLeave a Comment

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La vida, el apostolado o el servicio son siempre los mejores frutos de una acción en común. El vicenciano está hecho para la comunidad, el equipo, la conferencia. Las implicaciones son diferentes, pero el fondo es el mismo: ¡la unión hace la fuerza! Sin ella, el éxito de las obras se ve comprometido, al contrario acontece con ella, porque Dios y los pobres están mejor servidos y amados. He aquí una lógica que ha adquirido lustre gracias la experiencia de los santos y de los cristianos.

La vida en comunidad

Vicente apostó por la vida y el apostolado en comunidad. Tanto en su congregación como en la compañía de las Hijas de la Caridad, el tra­bajo y la vida se han de realizar en común. Incluso, los francotiradores, que algunas veces podemos encontrar de manera legítima, no deben ser objeto de imitación. Su presencia, por defecto, postula el bien que la vida fraterna y la misión comunitaria proporcionan.

Desde la firma del contrato de la fundación de la Congregación de la Misión, el 17 de abril de 1625, Vicente y los Gondi acuerdan que haya «algunos eclesiásticos de reconocida doctrina, piedad y capacidad… se dedicasen por entero y exclusivamente a la salvación del pueblo pobre, yendo de aldea en aldea». Esta fundación desemboca en el contrato de asociación de los primeros Misioneros: Vicente de Paul, Francisco du Coudray, Antonio Portail, Juan de la Salle. Está claro pues que la comunidad vicenciana existe, desde el momento inicial, para la Miskni La historia lo verifica. Es el medio necesario. La vida de fraternidad es inseparable de la actividad misionera. La supone y la sostiene. Sin ella, pierde su sentido y su vigor, esto es, su naturaleza. Lo mismo para las Hijas de la Caridad, prolongan de alguna manera la intuición de Chátillon y se apoya, para amplificarla, sobre la experiencia de las cofradía de la Caridad.

Vivir en común es adoptar deliberadamente las costumbres de Dios. Él es «trino» y en el interior de Dios hay comunión, movimiento, efusión, relación mutua. Vicente quiere a las suyas y a los suyos en estado trinitario, abiertos los unos a los otros, en comunión de deseo y de servicio, de comprensión, de aguante, es decir, de cohesión, de ayuda mutua y de aceptación, aun a riesgo del sufrimiento. Su primera reacción debe ser el pensamiento de que, viviendo unidos con otros, viven imitando a Dios, como Dios y con Él. Además, esto debe recordarles que no son per­sonas que se han unido por azar, sino por elección divina: «No sois voso­tros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido».

Cristo es «el manantial, y modelo de toda caridad». Él es la regla de la Misión. Él es el fin del servicio a los pobres. Todo el sentido espi­ritual de la comunidad se encuentra en la persona de Cristo, del Cristo Total, del que los vicencianos consagrados son elementos indispensa­bles. De aquí se origina la importancia de orar en común, de celebrar las alabanzas divinas en comunidad y de compartir el tesoro espiritual, sobre todo, aquel que viene de la oración cotidiana, sin olvidar los inter­cambios del Evangelio, las repeticiones de la oración, las revisiones de vida o de actividades, bajo la mirada de Cristo. Todos estamos reunidos en nombre Jesús. Hay que recordar el párrafo del primer capítulo de Las Reglas Comunes de las Hermanas: «El fin principal a que Dios llamó, y reunió a las Hijas de la Caridad es para honrar y venerar a Nuestro Señor Jesucristo».

La vida en equipo

Es evidentemente más flexible que la vida fraterna en comunidad, ya que reúne a laicos que tienen vocación de vivir en agrupación, y en familia y en el mundo. Con frecuencia está claro que manifiestan una vida y una acción grupal que tiene sus raíces en la historia. Vicente organiza la primera Caridad haciendo trabajar a las primeras damas por tur­nos y de manera estructurada. Esta asociación lleva en germen la de las Hijas de la Caridad.

Estas mujeres de la burguesía y la nobleza se asocian y organizan, se estructuran en vistas a prestar servicios: priora o presidenta, asistentas, vicepresidenta, tesorera, procurador. Estamos en 1617 y lo anuncia en el reglamento de la primera cofradía: «Han decidido juntarse en uno corporación que con el tiempo pueda erigirse en cofradía». La solución es sencilla: ellas han convenido «reunirse» para asistir espiri­tual y corporalmente a aquellos de su pueblo que sufran. Doscientos años más tarde, Federico Ozanam y sus compañeros crearan la primera «inferencia para abrir una vasta red de solidaridad, impulsando en común «la caridad de proximidad».

En equipo, en Conferencia, fieles a san Vicente, los laicos se apo­yan los unos a los otros, se animan mutuamente, organizan las inter­venciones, las revisan y estructuran e intensifican la acción. Experi­mentan los beneficios de una acción concertada y cálida. El equipo es verdaderamente el lugar de identidad y de la eficacia vicencianas. Cada uno aporta sus talentos, sus cualidades, y se beneficia a su vez de los de los otros.

La fraternidad vicenciana

No es una palabra vacía y reúne diversidad de mujeres y de hom­bres para la misión. Amarse para amar. Estamos en el corazón del men­saje vicenciano sobre la Comunidad. Todo debe ser vivido sobre el fondo del amor. San Vicente quiere que sus hijos se den «testimonios de afecto». Explica: Hemos de demostrarnos mutuamente que nos queremos de corazón. Hemos de adelantarnos a los demás, para ofrecerles cordialmente nuestros servicios y nuestras ganas de complacerles. “¡Cómo me gusta ría demostrarle el cariño que le tengo!”. Y, después de habérselo dicha con los labios, confirmárselo con las obras, sirviendo efectivamente rt cada uno y haciéndose todo para todos. No basta con tener caridad en el corazón y en las palabras; tiene que pasar a las obras y entonces seta perfecta y fecunda, al engendrar el amor en los corazones de aquellos a quienes queremos y ganando a todo el mundo».

Cómo no señalar algunos consejos transmitidos por las Reglas Comunes de la Congregación de la Misión y que son muy válidos para todos los vicencianos: hacer a los otros el bien que deseamos para nosotros; no con­tradecir a los otros; encontrar todo bien en Cristo; soportarse los unos a los otros sin murmuraciones y lamentaciones; llorar con los que lloran; alegrarse con los que se alegran; «adelantarnos en las muestras de corte­sía y de respeto» los unos a los otros; mostrarnos afecto; ser serviciales.

¿Qué es lo que hacemos cuando practicamos estas cosas? Ocupamos el lugar de nuestro Señor, que fue el primero en practicarlas. Él ocupó el último lugar; hagamos nosotros lo mismo. El vino a demostrar su amor a los hombres y les previno con sus bendiciones; démosle también nosotros al prójimo pruebas de nuestro afecto, no de forma importuna e indiscreta sino a propósito, con moderación y tino”.

Está claro, por ejemplo, que el nombre de «Hijas de la Caridad», dado por el pueblo, es una llamada a la vida efectiva de la caridad fra­terna. Esta identidad de caridad no debe ser una ilusión: ellas no están solo destinadas simplemente a ocuparse del servicio de los pobres, sino también a derramar sobre ellos el amor que primero viven entre ellas. La caridad no va en una sola dirección. La caridad abarca la totalidad de la vida y de la persona; estamos invitadas a mantener conjuntamente: amor a Dios, amor a los pobres y amor entre hermanas y hermanos. Estos tres elementos son constitutivos del ser vicenciano.

El amor según san Vicente tiene tres dimensiones: vida sencilla, humilde, afable. Este es el programa de cada miembro en vista de una vida fraterna equilibrada. Parece también que Vicente inventa, a este efecto, una especie de contrato comunitario sugiriendo orientaciones muy precisas y muy funcionales. Cuatro acciones parecen tener prioridad:

  1. Ponerse de acuerdo: se precisa una voluntad común de entendi­miento, de búsqueda de relaciones armoniosas entre las personas que componen la Comunidad. He aquí una especie de filosofía del señor Vicente. Hay en él una opción «personalista» anticipadamente. Toda su vida es atención a las personas, ponerse en su lugar. Quiere una Iglesia­ Fraternidad donde el estilo de las relaciones verdaderas exige una comprensión perpetua del otro, una apertura a sus ideas y una voluntad de hacer todo el camino posible con él.
  2. Soportarse: aceptar las limitaciones del otro para que el otro acepte las nuestras. El señor Vicente está preocupado por este modo de actuar. Llega a ser como una idea fuerza en todos sus envíos a misión. El realismo aparece claramente en todas sus elecciones. Vicente ha tenido experiencias difíciles en la vida de las comunidades o de los equipos, y sabe bien que la paz no llega sin esfuerzo y sin amor, más allá de las con­frontaciones necesarias y de la recurrencia de los conflictos. Vicente insiste en el verbo «portar» que está comprendido en la palabra «sopor­tar», no se trata de tolerar la presencia de alguien, del otro, sino de vivir llevando con él, el peso de su vida, de amarlo tal como es, sufrir con él o por él, pero jamás luchar contra él. Soportarse implica, lo sabemos bien, «llevar los unos las cargas de los otros”, según san Pablo.
  3. Vivir cordialmente: «la exultación del corazón» como ya se ha dicho. Vicente nos invita a la religión del rostro. Está muy lejos de los ojos bajos, de fisonomías cerradas o de virtudes de hielo. En el cuadro de Simón Francisco, una fina sonrisa ilumina sus rasgos y caracteriza su afabilidad. El calor con el que habla revela su cordialidad. En el fondo, se le siente atento a crear en cada comunidad o grupo un ambiente cáli­do, una intimidad familiar, un hogar de afecto donde cada uno se recon­forta psicológica y espiritualmente y puede así lograr su equilibrio.
  4. Reconciliarse: Vicente nos deja, un día, una confesión de calidad «No podría vivir si creyese haber disgustado a alguien sin haberme reconciliado con él». He aquí el medio por excelencia, el guardafuego, podríamos decir, de la vida fraterna. Perdonar es amar dos veces, es creer que la fuerza del amor es más fuerte que toda barrera psicológica. El perdón forma parte intrínseca de la vida cristiana, a fortiori de Id vida fraterna. Es bueno oír al maestro espiritual decir a sus hermanas: «Una de las cosas que más os recomiendo es ésta (la reconciliación), porque es vuestro Instituto y el espíritu propio de las Hijas de la Cari dad, que deben amarse como hijas de un mismo Padre».

Oremos:

¡Salvador de nuestras almas! Tú, por amor, quisiste morir por los hombres y dejaste en cierto modo tu gloria para dárnosla y, por este medio, hacernos como otros dioses, tan semejantes a ti como era posi­ble. Imprime en nuestros corazones esa caridad, a fin de que algún día podamos ir a unirnos con esa hermosa Compañía de la Caridad que hay en el cielo. Tal es la súplica que te hago, Salvador de nuestras almas.

En la Iglesia

Para los creyentes reunidos en comunidad o fraternidad, está la Iglesia; es el medio natural en el que se mueve Vicente. Es sensible a la Iglesia como pueblo de Dios y, más particularmente, pueblo de los pequeños. Respetuoso con la Iglesia jerárquica, la vida en la Iglesia no se comprende, para él, más que dependiente del papa y de los obispos. Nominado para el Consejo de Conciencia, va a comprometerse sobre todo en la designación de obispos sensibles a la evangelización de los pobres. Estos últimos son los preferidos de Dios y llamados a convertir­se en los preferidos de la Iglesia.

Hoy como ayer, la Iglesia es la primera responsable de la evangeli­zación: todos sus componentes, clérigos, laicos, consagrados, religiosas y religiosos, son –“obreros evangélicos”- que trabajan conjuntamente paca el bien común. Como continuadora de la obra de Cristo, la Iglesia e., ante todo misionera. No hay misión que no sea compartida. Toda misión es una empresa común que nos moviliza a todos. Según el con­cepto vicenciano, los laicos tienen en ella un papel privilegiado. No hay tina misión que no sea universal, es decir, con una dimensión mundial. Desde los orígenes algunos nombres destacan en esta elección de uni­versalidad: Irlanda, Polonia, Argelia, Barbería, Madagascar. Estamos abiertos al mundo, a los lugares más lejanos y a los más cercanos.

En esta Iglesia de comunión y misionera, una estrella vela sobre nosotros, la Virgen María, hacia la que Vicente se vuelve con amor y veneración. Desde el 23 de agosto de 1617, al erigir la Cofradía de Chátillon-les-Dombes, Vicente invoca a María como protectora de su prime­ra fundación para los laicos:

Porque la Madre de Dios es invocada y tomada como patrona para las cosas importantes, y todo resulte y redunde para gloria del buen Jesús, su Hijo, las dichas damas la toman como patrona y protectora de la obra y le piden humildemente que las proteja muy especialmente”.

Se instituye así la Inmaculada como patrona de las Hijas de la Cari­dad. A sus misioneros recomienda en el capítulo décimo de las Reglas Comunes, una devoción especial a la Santa Virgen. Vicente la presenta como «la sierva», aquella que ama a Cristo. La Virgen ha estado ínti­mamente ligada a Él a causa de su maternidad divina. Ella ha sido fiel acogiendo sus palabras y Vicente exhorta a las Hijas de la Caridad a hacer lo mismo. Es aquella que ha sabido decir sí a Dios, aquella que siempre ha buscado, incluso en las situaciones más dramáticas, some­terse a -la voluntad de Dios».

En el plan de Dios se sitúa con un alma de pobre. Es, por excelencia, la Virgen «modesta» y «silenciosa», servidora del designio del Amor de Dios. Puede ser propuesta como la primera sirvienta de los pobres a las Hijas de la Caridad. Es sobre todo la Virgen humilde, perfectamente concorde con la elección de Jesús; participa de su espíritu que es el amor al Padre, estima, veneración y humildad. Solo ella nos puede obtener vivir en la verdad de nuestro ser y nuestra vocación.

Vicente es muy sensible a los tres misterios que conciernen a María. Ve en la Inmaculada Concepción, la Anunciación, la Visitación, tres rea­lidades de la vida de la Virgen que resumen la vida vicenciana. Se trata de acontecimientos que, ellos solos, marcan toda la vida y ascensión espiritual. Estos tres misterios afloran constantemente en su pensa­miento: son los puntos de apoyo, la letra y el espíritu de los tres pasos fundamentales que caracterizan su seguimiento de Cristo y su vida con Dios: vaciarse de uno mismo para dejarse llenar de Dios (Inmaculada Concepción), ofrecerse uno mismo a Dios como hostia agradable (Anun­ciación) y darse a los demás con espíritu caridad y de proclamación de la Buena Nueva (Visitación). Esta devoción mariana inicial se expandirá con las apariciones de la calle del Bac. Pero ésta es otra historia…

Oremos:

«Puesto que esta Compañía de la Caridad se ha fundado bajo el estandarte de tu protección, si otras veces te hemos llamado Madre nuestra, ahora te suplicamos que aceptes el ofrecimiento que te hace­mos de esta Compañía en general y de cada una de nosotras en parti­cular. Y puesto que nos permites que te llamemos Madre nuestra y eres realmente (a Madre de misericordia, de cuyo canal procede toda mise­ricordia, y puesto que has obtenido de Dios, como es de creer, la fun­dación de esta Compañía, acepta tomarla bajo tu protección”.

REONOUARD, J.: San Vicente de Paúl, maestro de Sabiduría

 

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