San Vicente: Primeros pasos

Mitxel OlabuénagaVicente de Paúl0 Comments

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«Ir a acabar mi vida en un chaparral»

Empujado, al principio de su sacerdocio, por la ambición de riquezas y, más tarde, por el celo apostólico, Vicente se con­virtió en un fervoroso trotador de caminos. La curiosidad por verlo todo y saberlo todo se tomó en él, con la gracia de Dios, en fuente de ciencia y experiencia. La contemplación del mun­do creado le fascinaba: dotado de una gran sensibilidad, pene­traba fácilmente en él el grito de las criaturas.

Los viajes no le resultaron inútiles. La primera lección que extrajo de la contemplación directa de los pueblos fraguó en principio de buena conducta y trato afable con las gentes. El contacto continuo con personas de distintos países, de posición social diferente y de creencias dispares, le enseñó el modo correcto de relacionarse con todos. No es exagerado el juicio de sus biógrafos, al concederle el don de consejo: la causa de esta gracia podría esconderse en la rara habilidad que poseía para adentrarse en el corazón de los hombres.

Es ya proverbial la simpatía con que hablaba de las pobres gentes del campo; mostraba hacia éstas especial benevolencia, sin fustigar jamás a los ricos, en quienes veía una providencia para los desheredados. El deseo más sincero de Vicente era mo­rir, agotado por la caridad, a la vera de un camino. Cuando otras ocupaciones de gobierno le obligaban a volver a la ciu­dad, después de predicar misiones por los pueblos, temía que las puertas de París cayeran sobre sus hombros y le aplastaran. Envidiaba, por eso, la suerte de compañeros, que infatigables recorrían chozas y aldeas. A un sacerdote de la Misión le escri­bía el 17 de octubre de 1654, evocando su vieja ilusión misione­ra:

«Ciertamente, padre, no soy capaz de callármelo; es ne­cesario que le diga con toda sencillez que esto me da nue­vos y grandísimos deseos de poder, en medio de mis pe­queños achaques, ir a acabar mi vida en un chaparral, tra­bajando en alguna aldea, pues me parece que sería mu­cho más feliz si Dios me concediera esa gracia».

«Su hospedaje no podía ser mejor»

Los medios empleados por Vicente para realizar sus viajes largos o cortos eran todos los acostumbrados en la época. Se trasladó de un lugar a otro en carruajes, montó a caballo, se em­barcó en navíos. Cada forma de viajar nos trae a la memoria docenas de anécdotas vividas por el ilustre viajero. Al fin de la vida, subió a una lujosa carroza, que él llamaba mi «ignomi­nia».

Francia fue la nación más recorrida por nuestro cura anda­riego: la atravesó varias veces en todas las direcciones. Conoce al detalle el recorrido de las líneas principales que parten de Pa­rís y de otras capitales de provincia. Si aconseja a los Misione­ros o a las Hijas de la Caridad algún viaje determinado, no faltan entre las indicaciones datos minuciosos de posadas, ríos, iglesias, fincas y, sobre todo, de costumbres y formas de los pue­blos que van a visitar.

Entre los muchos que se beneficiaron de las orientaciones de Vicente de Paúl, Luisa de Marillac, acaso más que nadie, aprovechó la experiencia de su director para caminar segura por vías desconocidas. Antes de que ella emprendiese cualquier viaje, su experto guía le ponía al corriente de lugares y perso­nas, recomendándole incluso el albergue más conveniente. Es el caso, escogido entre cientos, de la carta que sigue:

«De su hospedaje (en Beauvais), si lo ha tomado en casa del señor Ricard, no podía ser mejor; es el más bueno y uno de los hombres más honrados que conozco; y su mu­jer, a la que sólo conozco de oídas, es muy piadosa. Creo que los dos estarán contentos. Y espero que también lo esté usted».

«En España las Carmelitas duermen en un poco de paja»

La pasión andariega de Vicente le hizo traspasar los límites geográficos de Francia, para visitar otros países. Bien fuera por necesidad, bien por conveniencia, conoció naciones, que poco antes que Francia habían alcanzado un poderío cultural, reli­gioso o político. Una vez visitó España y dos Italia. Con ojo avizor fue observando y grabando en la memoria vivencias que ilustrarán su palabra.

Durante su corta estancia en España, pudo darse cuenta de la clase de vida que llevaban las Carmelitas descalzas, estable­cidas en Zaragoza desde el año 1588, además de otras curiosi­dades referentes a la vida escolar y palaciega de los españoles. Respecto de las primeras, comentaba ante las Hijas de la Cari­dad:

«Las Carmelitas, que son muy austeras, tienen como fi­nalidad una gran mortificación; van con los pies desnudos, a no ser en Francia, que llevan unas sandalias; no sé bien cómo van aquí, pero en España no llevan medias ni sandalias, sino que van con los pies y las piernas desnu­das, y duermen en un poco de paja o de heno, a pesar del rigor del invierno».

«Los italianos suelen desconfiar de los que van aprisa»

Arte e historia, piedad y formas temperamentales de los ita­lianos fueron también objeto de observación para Vicente, du­rante su permanencia en la capital de la cristiandad. Al P. Codoing, sacerdote de la Misión, residente en Roma, le da estos consejos el 17 de marzo de 1642:

«Está usted en un lugar donde se necesita una exquisita prudencia y circunspección. Siempre he oído decir que los italianos son las personas más precavidas del mundo y que suelen desconfiar de los que van aprisa. La pruden­cia, la paciencia y la mansedumbre lo logran todo entre ellos, y con el tiempo; y como saben que nosotros, los franceses, vamos demasiado aprisa, les gusta dejarnos mucho tiempo en la calle, sin comprometerse con noso­tros».

«Berbería, antro y madriguera de ladrones»

Aunque un día llegara a probarse que la cautividad de Vi­cente fue una novela inventada por su autor, ello no restaría va­lor a las cartas auténticas que escribió, de su puño y letra, so­bre la odisea de la esclavitud. De ser ésta cierta, pudo durar dos años, desde los primeros meses de 1605 hasta julio de 1607, tiempo suficientemente largo para darse cuenta de algunas cos­tumbres islámicas. Tras el doloroso abordaje, en que recibió un flechazo que le sirvió de barómetro para el resto de su vida, nos cuenta en primera persona:

«Finalmente, cargados de mercancía, al cabo de siete u ocho días, se dirigieron a Berbería, antro y madriguera de ladrones, sin permiso del Gran Turco, donde una vez llegados nos pusieron en venta, con el proceso verbal de nuestra captura».

El paso de un amo a otro, descrito con arte, demuestra la vivacidad narrativa de Vicente: «Yo fui vendido a un pesca­dor… El pescador me vendió a un anciano, médico espagírico… Aquel anciano me dejó a un sobrino suyo, verdadero antropomorfita… Al cabo (de diez meses de espera para escaparnos a Francia) huimos en un pequeño esquife y llegamos el 28 de ju­nio a Aguas Muertas y, poco después, a Aviñón». Sobre las cartas de la cautividad volveremos luego.

«Vaya, señorita, en nombre de Nuestro Señor»

Vicente de Paúl transmitió la vocación itinerante a sus hi­jos espirituales. Donde él no pudo llegar, se acercaron los Mi­sioneros y las Hijas de la Caridad. A todos quería siempre dis­puestos para ir y venir donde las necesidades de los pobres los reclamasen: Madagascar, Irlanda, Hébridas, Polonia…

Antes de cualquier salida, el Santo solía despedirse del «Amo de la casa», como llamaba a Jesucristo en el sagrario. La oración tomada del Itinerario de los clérigos, que acostumbra­ba a rezar cada vez que emprendía un viaje, era además inspi­radora de buenos pensamientos. A Luisa de Marillac, a quien había preparado durante cuatro años para visitadora de las Co­fradías de la Caridad, le envía esta sugestiva animación, desde Montmirail, en mayo de 1629:

«Vaya, pues, señorita, en nombre de Nuestro Señor. Rue­go a su divina bondad que ella le acompañe, que sea ella su consuelo en el camino, su sombra contra el ardor del sol, el amparo de la lluvia y del frío, lecho blando en su cansancio, fuerza en su trabajo y que, finalmente, la de­vuelva con perfecta salud y llena de buenas obras».

 

Mitxel Olabuénaga

Sacerdote Paúl y Doctor en Historia. Durante muchos años compagina su tarea docente en el Colegio y Escuelas de Tiempo Libre (es Director de Tiempo Libre) con la práctica en campamentos, senderismo, etc… Especialista en Historia de la Congregación de la Misión en España (PP. Paúles) y en Historia de Barakaldo. En ambas cuestiones tiene abundantes publicaciones.

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