Cuál deba ser la actitud del misionero ante las cuestiones políticas san Vicente lo dejó definido en un texto bien conocido de las Reglas de la Congregación de la Misión. He aquí el texto:
«En las discordias públicas y en las guerras que puedan brotar entre los príncipes cristianos, ninguno mostrará que se inclina por una parte o por otra, a imitación de Jesucristo, que no quiso ser juez entre hermanos 3n litigio, ni quiso juzgar de los derechos de los príncipes, El sólo predicó que hay que dar al César lo que es del César, etc. Todos evitaremos con cuidado extremo el hablar de asuntos que se refieren a cuestiones de gobierno, de los reinos y de otros temas seculares públicos, y muy en particular de la guerra y de las disensiones actuales entre los príncipes, así como de todos los rumores de este estilo que se dan en el mundo. Y, en cuanto sea posible, todos se abstendrán de escribir acerca de todas estas cosas».
¿No parecería, en una lectura rápida de este texto, y conociendo los múltiples contactos de san Vicente con la política de su tiempo, que él mismo no cumplió lo que esperaba y quería de los misioneros?
Precisemos que lo que rechaza expresamente Vicente de Paúl en el texto de las Reglas son exactamente dos cosas: tomar partido en las disensiones políticas, y hablar o escribir de temas de política pacífica o guerrera. La intención de san Vicente parece clara: el misionero está en este mundo, igual que Cristo, para evangelizar y no para perder su tiempo y sus energías en partidismos políticos nacionales o internacionales. ¿Pero quiere Vicente de Paúl que sus misioneros se creen un mundo angelical al que no llegan los rumores de la guerra; que vivan como si no existieran el barbarismo guerrero y la lucha política? ¿Que se dediquen exclusivamente a predicar las verdades abstractas de siempre en un vacío cuidadosamente aséptico, marginado de la historia y de las turbulencias de la sociedad en que les ha tocado vivir? Escribe alrededor de 1656:
«Los sacerdotes de este tiempo tienen un gran motivo para temer los juicios de Dios… y… El les imputará la causa de los castigos que envía, porque no se oponen como deben a las plagas… como la guerra, el hambre…».
Por lo que aquí dice, san Vicente parecía pensar que cl sacerdote misionero debe, si no hablar, al menos enterarse de que hay guerras y oponerse a ellas. Nótese que Vicente de Paúl espera que los sacerdotes se opongan a las guerras precisamente porque son sacerdotes. No es la imagen del sacerdote que tiene Vicente de Paúl una imagen puramente cultual y sacramental, como la que podría tener un Bérulle, su primer maestro espiritual. Tampoco lo es la imagen que tiene, por ejemplo, un Helder Cámara cuando dice: «Nosotros, los sacerdotes, somos responsables del fatalismo con que las naciones subdesarrolladas se han quedado retrasadas. Si seguimos por ese camino daremos la razón a los marxistas cuando dicen que la religión es una fuerza alienada y alienante, el opio del pueblo».
Para que los misioneros siquiera se enteraran de que había efectivamente guerras, él mismo (uno de los hombres mejor informados de su tiempo, según observa justamente Menabrea), funcionó, a falta de periódicos, como una especie de agencia de información para sus misioneros. Lo curioso es que lo hacía, además de en su correspondencia, en la hora más piadosa del día, al comienzo de la meditación de la mañana. Con frecuencia, en los últimos años de su vida, sus repeticiones de oración y conferencias comienzan con una especie de parte informativo: guerras internacionales en Polonia, en Irlanda, guerras civiles en Francia. ¿Era esa una manera adecuada de crear una composición de lugar para la meditación? Por lo visto, él creía que sí. Y aparentemente en contra de su propia norma, él sí hablaba «de las guerras y de las disensiones actuales» y, lo que es más sorprendente, lo hacía precisamente para encuadrar la oración misionera.
En cuanto a su propio comportamiento, es bien sabido que apenas hubo en la primera mitad del siglo XVII personaje político de alguna importancia con el que el señor Vicente no tuviera algún tipo de relación personal. Rey, reina regente, primeros ministros, altos personajes de la corte, autoridades de París: por cualquier biografía de san Vicente desfilan prácticamente todos los grandes caracteres políticos del tiempo. Es más: gran parte de sus obras, y ciertamente casi todas las más importantes, son deudoras del apoyo, cuando no de la iniciativa, de alguna figura política. La idea misma y la financiación de la Congregación de la Misión es obra primariamente de los Gondy, una familia de primera fila en la política francesa de entonces.
En algunos casos las implicaciones de sus obras con las realidades políticas de su tiempo son aún más netas. El caso más obvio es el de los consulados del norte de Africa, cargos a todas luces políticos en sentido estricto. Fueron comprados con el dinero de la duquesa de Aiguillon, sobrina de Rich2.-lieu, transmitidos en propiedad a la Congregación de la Misión e investidos para su ejercicio directo en sacerdotes y clérigos de la Congregación. No sin grandes reservas por parte de Propaganda Fide, que preveía los inevitables conflictos que podrían brotar, y que brotaron de hecho, de una tal imbricación de funciones políticas y religiosas. Un caso semejante es el de la misión de Madagascar. Los misioneros dependían económicamente de la Sociedad de las Indias Orientales, una compañía de neto carácter comercial y de colonización política, que había obtenido de Richelieu en I642 el monopolio comercial en Madagascar e islas cercanas. Y también en este caso el status de los misioneros de cuasi-funcionarios de la Sociedad les creó problemas con las autoridades en su trabajo de evangelización.
En cuanto al mismo Vicente, su participación más directa en funciones políticas se dio en el Consejo de Conciencia, organismo en el que se manifestaba en toda su desnudez la alianza entre trono y altar, tan típica del Antiguo Régimen. Sin duda por las implicaciones políticas de ese cargo, san Vicente se negó en principio a participar en él, aunque tuvo que ceder ante las fuertes presiones de la regente. Al ser nombrado, dice que «nunca he tenido más necesidad de oraciones que ahora», y piensa que si no se le despide del Consejo, según decía el rumor popular en París, tienen la culpa de ello sus propios pecados. Por lo demás, su actuación en el Consejo de Conciencia muestra la exquisita delicadeza con que supo siempre deslindar el campo de la política directa del campo de la fe, aun en una situación tan fuertemente ambigua como era la del Consejo:
«Estas consideraciones y otras semejantes hacen que yo no me entrometa en el cargo que la reina ha querido darme en el consejo de los asuntos eclesiásticos más que en las cosas que miran al estado religioso y al de los pobres, por mucha apariencia de piedad y de caridad que tengan otros asuntos que se me proponen».
En la larga madurez de su larga vida, este modesto pastor llegó a convertirse en una figura público-política de gran influencia. No le llevó a ello la ambición personal, a la que había renunciado muchos años antes. Tampoco se sirvió de esa influencia en su propio provecho o en favor de sus obras. Hay de esto numerosos testimonios en su correspondencia 13. A pesar de sus múltiples contactos con las realidades políticas de su tiempo da la impresión este hombre de haber permanecido fiel a sus raíces, el mundo de los pobres, y de encontrarse incómodo en el mundo complicado y ambicioso de los grandes. Los conoce bien, y dice de ellos que «no respiran más que honores y riquezas». Su vocación le ha obligado a frecuentar su trato, pero no va por ahí su propio camino. Por eso tiene sin duda razón Coste cuando observa «Este hombre, que parecía haber nacido para inclinarse hacia los humildes, fue llevado por circunstancias a frecuentar a los grandes. Se resignó a ello porque este trato con los grandes facilitaba… la asistencia a los desgraciados».
En una carta a uno de sus misioneros Vicente de Paúl anticipa lo que mucho después se convertiría en norma de las Reglas de no ingerencia en cuestiones políticas por parte de los misioneros:
«Tenemos por regla… no meternos jamás en asuntos de Estado, y ni siquiera hablar de ellos; y esto es así… porque no es cosa de pobres sacerdotes como nosotros el entrometernos y ni siquiera hablar más que de las cosas que se refieren a nuestra vocación. Los asuntos de los grandes son misterios que debemos respetar… El Hijo de Dios, que es el modelo sobre el que debemos formar nuestra vida, nunca habló del gobierno de los príncipes aunque fueran paganos e idólatras».
Esta norma de Vicente para sus misioneros, ¿obliga también a Vicente, o está él por encima de la ley que él mismo les da? Hay que preguntarse esto, porque el comportamiento comprobable del señor Vicente está muy lejos de considerar la actuación de los gobernantes como «misterios que debemos respetar». Como la contradicción entre norma y práctica parece tan obvia en la vida de san Vicente de Paúl, Coste se ha creído obligado a aclarar las cosas en una nota a la carta que acabamos de citar, nota que dice: «San Vicente no se salió de esta práctica más que para intentar remediar las miserias sin número nacidas de la política de Mazarino». Observemos con detalle lo que dice Coste: que san Vicente se salió de hecho de la norma de no intervenir en cuestiones políticas, y que esto lo hizo para aliviar las miserias de los pobres. Más adelante veremos la importancia de la segunda observación para llegar a entender con precisión la desconcertante contradicción entre el decir y 21 obrar de san Vicente. Ahora vamos a ver el detalle de su intervención ante Mazarino.
El hecho nos es conocido por el relato que dejó escrito su secretario, el hermano Ducourneau, testigo presencial de lo que narra. Vicente nunca hizo referencia, ni hablada ni escrita, a esta extraña actuación política que, por lo demás, fue un completo fracaso. La primera guerra de la Fronda es un hecho político en el más estricto y en el peor sentido. Se trata de una situación de puras rivalidades por la conquista del poder. Por un lado, parte de la aristocracia dejada de lado y perseguida por Richelieu, que a la muerte de éste añora volver a ocupar las posiciones de privilegio que cree le son debidas. Cuenta con el apoyo del pueblo de París y de su parlamento, que buscan un freno al creciente absolutismo de la Corte. El objeto visible de la rebelión es Mazarino, ministro de Ana de Austria, reina regente durante la minoría de Luis XIV. El ministro es cordialmente detestado por aristocracia, pueblo y parlamento, pero cuenta con el apoyo incondicional (y no sólo con el apoyo; también con el corazón) de la reina. En junio de 1648 la rebelión estalla. La Corte sale de París y sus ejércitos ponen sitio a la ciudad con el propósito de rendirla por hambre. Seis meses largos dura ya el sitio. El hambre hace efectivamente acto de presencia en la ciudad, y Vicente se decide a actuar. Envía una nota personal al presidente del parlamento para que no se interprete mal su actuación. Va a intentar salir de París y acercarse a la reina para pedirle que se desprenda de su ministro, y no quiere que los rebeldes frondistas vean en ella una toma de partido por la Corte y en contra del pueblo. Esta precaución resultó de hecho inútil. El pueblo le consideró traidor a la causa popular y asaltó San Lázaro como represalia. San Vicente no pudo volver a París hasta que se aclararon las cosas, cinco meses más tarde. Arriesgada era la empresa también en puros términos de ejecución material.
Era un enero extremadamente frío, los ríos estaban desbordados y había que ingeniárselas para salir a caballo burlando la vigilancia de las tropas populares. San Vicente tenía a la sazón, nótese, casi setenta años.
No había persona en todo el reino que se atreviera a acercarse a Ana de Austria para hablarle mal de su primer ministro. Era sabido que se ponía literalmente furiosa si alguien intentaba insinuar siquiera una palabra de crítica hacia él. La pobre reina estaba totalmente infatuada por su ministro italiano. Vicente de Paúl se atrevió a hacerlo, pero la entrevista debió ser tormentosa por ambas partes. Según el testimonio de su secretario, Vicente se lamentó después por haberse dejado llevar por su genio: «Nunca me ha dado resultado el dejarme llevar del mal genio. Tengo bien visto que para convencer el entendimiento hay que guardarse de agriar el corazón». O sea: que la reina no le hizo caso, ni tampoco el mismo Mazarino, por supuesto, a quien también se acercó Vicente para pedirle que, por bien de la paz, dejara su cargo y desapareciera de la escena política.
Tres años más tarde, en una situación similar, volvió a la carga, y una vez más sin resultados, en una larga carta dirigida al mismo Mazarino, carta que es una obra maestra de buen sentido político y que merece leerse entera.
No fueron estas las únicas intervenciones de san Vicente en la política nacional de su tiempo, aunque sí fueron las más definidamente políticas. Pero no se limitó a la política nacional. Este hombre, que comenzó a los 37 años como un humilde misionero ambulante en las aldeas de los alrededores de París, se fue convirtiendo poco a poco en la cabeza visible de una serie de obras que traspasaron las fronteras de Francia, e incluso de la Cristiandad. Ya hemos hecho una breve referencia a las implicaciones políticas de sus obras en el norte de África y en Madagascar. Algo se podría decir en el mismo sentido de sus fundaciones en Polonia, fundaciones que fueron originalmente obra de la reina María Luisa de Gonzaga. Pero hay un caso totalmente sorprendente en el que la actuación de san Vicente sólo puede calificarse como intervención directa en política internacional. El hecho está bien documentado en la correspondencia de san Vicente, y merece la pena que nos detengamos en él. Estamos en 1658. A Vicente le quedan sólo dos años de vida cuando comienza el caso. Pero aún estará sin resolver en vísperas de su muerte. Habla de él en una carta escrita solamente diez días antes de morir.
El teniente general de la marina de guerra, Paul, es un caballero de la Orden de Malta que ha ascendido rápidamente en la jerarquía de la marina francesa por su valor reconocido en la lucha contra los turcos. Vicente de Paúl lo ha conocido en casa del cardenal Mazarino y se declara afortunado de llevar su mismo nombre. Escribe al superior Je Marsella para que se entere personalmente de los detalles de un plan de invadir Argel que tiene dicho caballero. Se trata de dar un golpe de fuerza para liberar a los cautivos cristianos. Vicente sabe de primera mano que no se puede esperar ayuda del rey, cuyas tropas y barcos están ocupados en el sitio de Dunquerque, y por eso «la proposición que se le podría hacer para desviar parte (de las fuerzas) para otro proyecto que no le interesa tanto, será mal recibida». Vicente ha estudiado en detalle las posibles repercusiones diplomáticas del proyecto, y asegura que el Gran Señor de Constantinopla no verá con malos ojos que se castigue a las autoridades de Argel por sus arbitrariedades en la captura y tratamiento de los prisioneros, y en particular por el encarcelamiento del mismísimo cónsul de Francia, que era a la sazón el hermano Barreau, clérigo de la Congregación. Vicente sabe que el mismo rey ha enviado un despacho a su embajador en Constantinopla para que presente sus quejas reales ante el Gran Señor. Vicente está además dispuesto a contribuir a la empresa con 20.000 libras recogidas en París para la liberación de esclavos con tal de que el caballero Paúl se comprometa a liberar no a algunos, sino a todos los esclavos franceses. Escribe al superior de Marsella: «Infórmele —al caballero— de los malos tratos que ha recibido el cónsul de Argel. Le podrá decir que vengará a Francia de los insultos que estos bárbaros le han infligido y que no podría hacer una obra más agradable a Nuestro Señor».
No se trata en este proyecto de invadir el norte de África para convertirlo en colonia francesa. Eso lo harían otros 200 años después para gloria de Francia». Vicente busca simplemente la liberación de cautivos que sufren injustamente a manos de los turcos, y para conseguirlo no pierde de vista las posibles repercusiones en la política internacional del Mediterráneo. Por lo demás, tampoco en esta empresa los resultados acompañaron a las intenciones. Las galeras del caballero tuvieron que alejarse de la costa después de cinco días de espera infructuosa a que el estado del mar le permitiera acercarse a la ciudad. Sólo se libró un grupo de unos 40 esclavos que se atrevieron a buscar la libertad lanzándose al mar revuelto y alcanzando a nado las naves francesas».
El proyecto de oposición armada a Inglaterra en defensa de Irlanda oprimida por las tropas inglesas no fue aparentemente suya. Según su propia declaración, él actuó sólo como intermediario ante Richelieu de algún grupo interesado en defender a la Irlanda católica contra la invasión de los ejércitos protestantes ingleses. Evidentemente, una tal intervención desbordaba los planes y las posibilidades de la política de Richelieu. Bastante tenía el cardenal con las disensiones armadas que se traía contra los ejércitos del Imperio. La escena, narrada por el mismo san Vicente, deja traslucir un ligero tinte de ironía en la respuesta del cardenal ante el cándido ofrecimiento que le hace Vicente de 100.000 escudos en nombre del Papa. Con 100.000 escudos no hay ni para empezar: «El ejército es como una gran máquina que cuesta mucho mover», le dice Richelieu.
No especifica el señor Vicente en nombre de quién se presenta ante el cardenal. El mismo nunca estuvo implicado expresamente en ningún grupo de acción o de presión política; ni siquiera, aunque tal vez simpatizara en ideas, con lo que se ha dado en llamar el «partido devoto». También san Vicente hubiera sin duda preferido, como los tíos de Luisa de Marillac (preferencia que estos pagaron tan cara) y otros «devotos», un programa de reconstrucción nacional antes que las agotadoras luchas contra el Imperio llevadas a cabo por los dos cardenales ministros. Pero Vicente de Paúl sin duda pensó que no era él el indicado para decidir las grandes líneas de actuación política de la nación. Cuando presenta a Richelieu para pedirle que declare la paz para la Lorena, no son motivos de preferencia política lo que le lleva a hacerlo, sino la compasión por los increíbles sufrimientos a que se había visto sometida la región durante diez Hnos de invasiones.
En cuanto a su pertenencia a la Compañía del Santísimo Sacramento, de la que fue sin duda miembro, no se puede calificar en modo alguno de pertenencia política. No era la tal compañía una asociación de acción política, sino de acción religiosa y caritativa, por lo menos durante la vida de san Vicente, a pesar de las suspicacias de que fue objeto la Compañía, posiblemente por su carácter de asociación secreta, por parte de Mazarino.
Los datos que hemos visto aquí no permiten dudar, en resumen, de la intervención directa de san Vicente en los avatares políticos de su tiempo. A veces, como en el caso del Consejo de Conciencia, le obligaron a ello; pero otras veces, como hemos visto, se tomó él mismo la iniciativa.
Pero es claro que en cualquier sentido que se quiera tomar esa palabra, Vicente de Paúl ofrece en su vida numerosas intervenciones en el terreno específicamente político. ¿No calificaríamos hoy de intervención política el presentarse ante un primer ministro y pedirle que presente su dimisión? ¿Y el ayudar a financiar una invasión armada de otro país?
¿Cómo se explica, pues, que este hombre, que confiesa querer seguir en todo a su único Señor 24, también en la no intervención en cuestiones de «príncipes», y que exhorta a sus misioneros a hacer lo mismo, interviene él mismo en esas cuestiones? ¿Qué le mueve a ello? ¿Qué justifica, si algo puede justificar, una tal intervención? Como en todo, a este hombre también en esta ocasión le mueve la obsesión de su vida: el alivio del «pobre pueblo». La expresión aparece constantemente bajo su pluma y en sus labios. En los trabajos altamente politizados del Consejo de Conciencia son sólo, como vimos, los intereses verdaderos de la Iglesia y de los pobres los que le mueven a participar. Cuando apela al Papa Inocencio X para que intervenga en favor de un arreglo de paz en la última Fronda, lo hace sólo porque «las aldeas, los pueblos y las ciudades son saqueadas, destruidas e incendiadas; los labradores no recogen lo que han sembrado, ni recogerán en los próximos años; todo está permitido a los soldados: las gentes están expuestas no sólo a sus rapiñas y robos, sino también a la muerte y a todo género de tormentos; muchos labradores, si no mueren por la espada, mueren por el hambre, etc.» «. Un verdadero catálogo de horrores que él conocía de primera mano por la abundante información que recibía de sus hombres y mujeres que, dirigidos por él, dedicaban sobre el terreno sus energías no a defender a un partido contra otro, sino a aliviar la miseria de los pobres.
Vicente de Paúl sabe muy bien que las decisiones de los grandes afectan profundamente al bienestar de las «pobres gentes». Cree que él, sacerdote de Jesucristo, debe hacer lo que esté en su mano para impedir las guerras, y no le importa que el intentarlo entrañe riesgos para su persona o para sus posesiones. También él y sus posesiones están al servido de lo que él califica a menudo como «el bien del público».
Vicente de Paúl ha sido fiel a su propia norma. No ha tomado jamás partido por ningún movimiento ni por ningún personaje político. Ni siquiera ha tomado partido por su país, y eso en un tiempo en que las guerras continuas contra otros poderes hacían casi inevitable dejarse llevar por el entusiasmo patriótico. En una guerra contra poderes extranjeros, el país de uno tiene siempre razón, naturalmente. Pues bien: no hay una sola frase en su abundante correspondencia que tenga el menor sabor chauvinista y patriotero. Las desgracias de Polonia sí le mueven a pedir a Dios que la proteja, pero lo hace porque está convencido de que «la justicia está totalmente de su lado» 26, es decir, del lado de Polonia, invadida y asolada por los ejércitos suecos. Si sugiere que se le mencione al caballero Paúl, para animarle a la invasión de Argel, la idea de vengar los insultos de sus autoridades contra Francia, es claro, por el conjunto de su actuación en este asunto, que no es propiamente el honor y la gloria de Francia lo que le mueve a obrar. El señor Vicente no busca la extensión del reino de Francia ni su gloria, sino la libertad de los esclavos. Si en Argel no hubiera esclavos no se tomaría ciertamente la molestia de financiar una expedición de castigo para vengar las injurias cometidas contra el representante de Francia, aun tratándose en este caso de un miembro de su propia Congregación.
Aun le tuvo que resultar más difícil mantenerse al margen de toda toma de partido en las disensiones civiles de la Fronda. Este hombre era, sin darse cuenta, amigo de todo el mundo, y cuando la sociedad parisina se dividió en bandos, resultó que tenía simpatía en todos los bandos. Lo cual, cuando los bandos disputan entre sí, puede resultar altamente peligroso. Hace falta ser un genio para cumplir con todos, para protestar cuando haga falta, como lo hizo ante Mazarino, sin permitirse a la vez tomar más partido que el de la justicia y la compasión. Cuando el cardenal de Retz, perseguido por Mazarino, encontró refugio por orden del Papa en la casa de los misioneros de Roma, san Vicente se encuentra entre dos fuegos. Se siente obligado hacia el cardenal de Retz por gratitud y por cariño. Le ha visto nacer y crecer en la casa de los Gondy, a quienes debe y da gratitud sin fin. Y hacia Mazarino se siente obligado por obediencia. Mazarino es, después de todo, por poca simpatía personal que hacia él sienta, su legítimo superior civil. La animosidad entre los dos cardenales tiene raíces declaradamente políticas. Una vez más, en un caso espinoso del que no parece haber escape, el señor Vicente no toma partido por ninguno de los dos en contra del otro. No puede dejar de obedecer al Papa, y lo hace sin duda con gusto por tratarse de ayudar a un Gondy. Pero tiene que pagar por ello un alto precio. Todos los misioneros de nacionalidad francesa tienen que abandonar Roma y volver a Francia por órdenes del rey. Habla san Vicente de este hecho en su correspondencia, pero no se descubre en sus palabras el menor rastro de amargura o de queja. Sus preferencias o sus antipatías personales por uno o por otro, si las tiene, no le hacen tomar partido ni por uno ni por otro. El se limita, como siempre, a cumplir con sus obligaciones de gratitud y de obediencia hacia los dos enemigos políticos.
San Vicente no toma, pues, partido por nadie. No es que piense que el mundo de la política no tiene nada que ver con las exigencias de la evangelización. Sabe muy bien, ya queda dicho, que las decisiones de los grandes y las disensiones políticas afectan profundamente al bienestar y a la vida de fe de los pobres. Por eso mismo no tiene miedo de acudir a los que manejan con sus decisiones y sus ambiciones las vidas de las pobres gentes. Esto lo hace con coraje y tomándose sus buenos riesgos para sí mismo y para sus obras. Este hombre, que no se entromete ni permite que se entrometan sus hombres en las disputas de los «príncipes cristianos» y de los poderes públicos, no deja por eso de acercarse a ellos y de predicarles con vigor cuando se encuentra en juego la fe y el bienestar del pobre pueblo. Epílogo: a este lado de las revoluciones
Tres conclusiones nos parece se pueden desprender sin esfuerzo de este esbozo histórico. La primera es que san Vicente tiene una conciencia muy aguda de la influencia de lo político en lo que se refiere a la evangelización del mundo. No es un hombre «espiritual» que piense que el tenebroso mundo de la política no tenga nada que ver con la vida de las almas y con su vocación de evangelizador. La segunda: Vicente de Paúl cree que su vocación de evangelizador no le permite tomar partido, como Cristo no lo tomó, en el mundo complicado de las rivalidades políticas. Por eso mismo tampoco quiere que tomen partido los misioneros. Y la tercera, que para Vicente de Paúl «no tomar partido» no quiere decir desentenderse de intervenir en la política. Precisamente en virtud de su vocación de evangelizador se siente urgido por el amor de Jesucristo a llegar incluso a la misma fuente del poder cuando así lo exige la justicia, la caridad y la compasión por los pobres que sufren.
Si se intentara una aplicación de estas conclusiones a quien desee vivir hoy en un estilo vicenciano, se podría añadir una palabra final, una especie de criterio general para cualquier intento de llevar a cabo una tal aplicación. No se puede olvidar nunca, al estudiar un personaje histórico con vistas a establecerlo como modelo de vida, que sus tiempos no son nuestros tiempos. En el caso presente no podemos olvidar que entre Vicente de Paúl y nosotros intervienen dos hechos históricos decisivos que alteran profundamente los modos de comportamiento cristiano para que éstos sigan siendo válidos. Los dos hechos son: las grandes revoluciones y el nacimiento de la crítica social, hechos ambos que hacen que hoy nos encontremos en una situación de cambio permanente social a nivel de teoría y de práctica. Vicente de Paúl operaba sin duda con la convicción de que las estructuras sociales y políticas de su tiempo eran en sus fundamentos más o menos inevitables e intocables. Hay abundantes testimonios de su aceptación y de su sometimiento consciente a tales estructuras como queridas por Dios. He aquí un texto particularmente significativo:
«Dirigimos sin cesar oraciones a Dios a fin de que tenga a bien bendecir las armas del rey y proteger el reino… Francia ha estado dos o tres veces al borde de un trastorno irremediable, de manera que el rey tenía en una ocasión una sola ciudad que le fuera sumisa; hace sólo dos o tres años que hemos visto tres ejércitos en los alrededores de París, el rey expulsado y todo el reino en rebeldía. Sin embargo, todo ha vuelto al primer estado, y jamás ha sido el rey tan absoluto como ahora. Dios permite a veces estas grandes agitaciones que sacuden los estados más firmes para que los soberanos de la tierra recuerden que ellos reciben de El la realeza y que dependen de El no menos que sus mismos súbditos. Pero una vez hecho eso los vuelve a restablecer. El los levanta y los humilla cuando le place y cuando le parece bien. A nosotros toca adorar su proceder y confiarnos en su bondad».
Vicente de Paúl no se plantea ni se puede plantear (ni nadie lo pudo hacer en su tiempo; aún hubo que esperar más de cien años) la alternativa de otro ordenamiento social y político que hiciera posible la promoción social de los pobres que él buscó con tanto empeño. Pero hoy sí podemos y debemos plantearnos una tal alternativa.
El que podamos se debe a la revisión radical que han sufrido en los últimos cien años las antiguas falsas seguridades, lo mismo las sociales que las teológicas. La sociedad es de una manera o de otra en un momento histórico dado, pero no hay razón ni social ni teológica para que no pueda ser de otra manera. Aunque diga lo contrario, Vicente de Paúl no sabe cuál es la voluntad de Dios sobre el ordenamiento social de su tiempo. En cuanto a la teología, muchos años antes había comenzado ésta a manos de Suárez y de los teólogos de Salamanca una crítica demoledora del derecho divino de los reyes.
Y el que debamos plantearnos otras alternativas y trabajar por ellas brota de la fe en Jesucristo. Entre varias alternativas de ordenamiento social, es claro que el cristiano debe optar por aquella o aquellas que tiendan a encarnar más fielmente las enseñanzas de su único Señor: la verdadera caridad universal, la justicia, el servicio, la aceptación y la tolerancia del adversario, la atención preferente a los débiles, el rechazo de toda explotación.
Sólo que el cristiano convencido (y el espíritu vicenciano sin duda debe serlo) no tiene por qué ser cándido. Y nunca olvidará que el programa político concreto con mejores intenciones será siempre obra de hombres cuyas intenciones y acción práctica nunca serán del todo incuestionables. Y así sucede constantemente que partidos con programas que proponen como ideal una verdadera justicia en términos parecidos, son enemigos entre sí.
¿Qué puede hacer el espíritu vicenciano entre tanta confusión? Entendemos que las tres conclusiones que abren este epílogo siguen siendo válidas también para hoy. Y pensamos que Merleau-Ponty, al darnos (en Sens et non sens) lo que él dice ser opinión de Paul Claudel y Jacques Rivilre, ha descrito sin pretenderlo lo que pensamos es una actitud netamente vicenciana ante la política: «El cristiano molesta a los poderes establecidos porque siempre está «en otra parte», y los poderes nunca están seguros de él. Pero por la misma razón inquieta a los revolucionarios; los revolucionarios nunca sienten al cristiano totalmente con ellos. FA cristiano es un mal conservador y un revolucionario poco seguro».
Lo cual no quiere decir en modo alguno que el cristiano deba estar en el centro. Su verdadero «centro» está muy lejos del político.
Jaime Corera CEME








One Comment on “San Vicente de Paúl y la política”
Por favor me pueden dar las citaciones a la que hace referencia el documento