San Vicente de Paúl: AYUDA A PARÍS Y A SUS ALREDEDORES (IV)

Mitxel OlabuénagaEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Acción caritativa de Vicente de Paúl a través de las Hijas de la Caridad y de los sacerdotes de la Congregación de la misión

La enorme miseria de París reclama la presencia de las Hijas de la Caridad en los barrios para asistir, alimentar y cuidar a los enfermos y refugiados. A pesar de sus esfuerzos y a pesar del arte de Vicente de Paúl y de Luisa de Marillac de multiplicar este ejér­cito de la caridad, las Hijas de la Caridad no tienen la posibilidad de instalarse en todos los centros donde la miseria las solicita. En junio de 1652, alimentan en su casa-madre a 1.300 pobres y se ocupan de 800 refugiados en el arrabal Saint-Denis. En la parro­quia de Saint-Paul, cuatro o cinco Hijas de la Caridad dan de co­mer a unos 8.000 pobres y cuidan de sesenta a ochenta enfermos. «Hay otras que hacen lo mismo en otros sitios». Vicente de Paúl, que «no puede impedirse alabar el bien», escribe lleno de alegría y de admiración a las hermanas de Palaiseau: «Jamás vues­tra Compañía ha trabajado tanto como lo hace ahora, ni más útil­mente».

Vicente de Paúl, por su parte, hace distribuir, dos veces al día, la comida a 700 u 800 pobres. Recoge a los eclesiásticos, que han abandonado sus parroquias y se encuentran dispersos en París, para alimentarlos y orientarlos en las cosas que deben saber y prac­ticar en el ejercicio de su ministerio. Con la colaboración de la Compañía del santo sacramento reúne en un monasterio, dirigido por las salesas, a las religiosas de la provincia, abandonadas y erran­tes por todos los rincones de París 83. Al mismo tiempo se ocupa de alojar, en una casa situada en el arrabal Saint-Denis, a un cen­tenar de muchachas del campo. El 21 de junio de 1652 organiza una misión en Saint-Lazare y otra en la parroquia de Saint-Nicolas‑du Chardonnet para los refugiados, que se alojan en los arrabales de los alrededores.

Los alrededores de París, «completamente arruinados por la guerra», reducidos a una «extrema desolación», tienen necesidad de la generosidad de los parisinos y de la abnegación de los misio­neros. «Todos los días, según las necesidades más urgentes, parten de la isla de Saint-Louis provisiones, ropas y utensilios hacia estos lugares de miseria».

«Si los miembros de la Compañía del santo sacramento hacen maravillas en la ciudad de París, proporcionando a los necesitados lo requerido para alimentarse y vestirse… y utensilios de trabajo», «los religiosos hacen» lo mismo «en los campos por medio de la distribución y ayuda proporcionadas a los pobres del campo». Médicos y cirujanos trabajan con ellos en estas «tumbas infectas» cobrando solamente quince soles al día.

Los alrededores de París se dividen en sectores donde trabajan diversas órdenes religiosas. Los religiosos enviados deben cons­tituirse en organizadores de la caridad. Todo recae sobre ellos: la distribución de socorros enviados de París, el reparto de comidas, la asistencia a los huérfanos, la readaptación de los hospitales, el entierro de los muertos. Estos religiosos pertenecen a diversas órdenes, sin embargo les dirige el mismo jefe: este hombre es siempre Vicente de Paúl.

Los sacerdotes de la Congregación de la emisión, cuya «expe­riencia» y «estrategia» sirven de modelo a los otros religiosos, son enviados por Vicente de Paúl a Palaiseau y a Etampes.

Informado por las Damas de la Caridad (mayo de 1652) de la miseria y enfermedad de los habitantes de Palaiseau, Vicente en­vía rápidamente a cuatro misioneros, un cirujano y víveres. El 29 de mayo parte, bajo sus órdenes, «la primera carreta». La ayuda se continúa los días siguientes: se envía lo que se puede y se hace lo posible para enviar lo que los misioneros, que trabajan allí, juz­gan ser más necesario. La casa de Saint-Lazare sucumbe pronto al peso de este gasto. En el mes de julio, Vicente se ve obligado a declarar su indigencia a la duquesa de Aiguillon presidenta en ese momento de las Damas de la Caridad.

Los recursos faltan, pero la «enfermedad continúa» y la miseria se instala. La «enfermedad es tan maligna» que diezma, incluso, a los ocho misioneros enviados. No obstante sugiere a Vicente de Paúl la imagen de una «gran recolección que hay que hacer para el cielo». Se requiere conmover el sentimiento de las Damas de la Caridad, a fin que «esta guerra» sea el medio del cual «Dios se sirva para efectuar la gracia, la justificación y la gloria de muchas personas».

El pequeño ejército de Vicente de Paúl trabaja también en Etampes, donde «todos los habitantes están enfermos o se encuen­tran en gran necesidad». Su debilidad les impide enterrar a los cadáveres, amontonados en diversas partes de la ciudad. Para re­tirar de las calles estos restos «de matanza y destrucción» y ente­rrarlos, los misioneros hacen venir de fuera hombres más fuertes que «estos cadáveres ambulantes de Etampes». Sirviendo «a las parroquias abandonadas por sus párrocos», organizan la distribu­ción de alimentos y se ocupan especialmente de los enfermos, que no tienen quienes les administren los sacramentos, ni quienes los entierren después de su muerte. Los misioneros establecen en Etampes una «marmita» para alimentar a 200 personas. Con las «marmitas» establecidas en Etréchy, Villeseneux, Guillevart y Saint-Arnoult llegan a socorrer a 15 pueblos.

Las Hijas de la Caridad se ocupan de los enfermos de la región y, especialmente, de los huérfanos. Una de estas buenas Hijas de la Caridad, desafiando peligros y cansancio, sucumbe bajo el peso del trabajo, que no termina. Vicente de Paúl, comentando el trabajo realizado por las hermanas de París afirma que a «esta buena hermana se la puede llamar mártir la caridad».

El trabajo y el cansancio agotan y diezman a los misioneros. Vicente de Paúl siente su pérdida. Sin embargo hay una alegría nueva en su carta del 2 de octubre de 1652: «Las miserias del tiempo nos proporcionan gran trabajo, que arrebata a todos nues­tros obreros. En dos o tres meses el número de enfermos es de dieciséis o diecisiete y más».

Nicolás Sené y el hermano Lamirois ejercen su acción caritativa en Lagny. El clérigo Nicolás Sené recibe órdenes precisas de su superior. En esta carta todo está previsto para el misionero que debe «escribir todas las semanas al vicario general» y al superior de la Congregación de la misión, para un hombre de acción que debe organizar y ejercer la caridad en «veintidós pueblos», para un empleado que recibirá la visita de «personas de condición» que ins­peccionarán su trabajo. La consigna es clara: «No ahorrar nada… para salvar la vida del alma y del cuerpo de estas buenas personas». El cirujano debe visitar y cuidar a los enfermos que tienen necesi­dad de sus servicios. Por eso, si no está contento con los «quince soles» que se le pagan al día, se le debe aumentar el salario. El misionero debe asistir a los «pobres moribundos, que no tienen más que un poco de pan y de uva como alimento y remedio», «lo más rápidamente» y lo mejor posible.

El espíritu de este movimiento caritativo es apertura y don. Su estilo hace aparecer la unión entre las clases sociales más diversas, tan rara en el antiguo régimen, y produce para los necesitados «de 13 a 25.000 libras por mes». En la organización de esta estrate­gia dinámica de la caridad, Vicente de Paúl está capacitado para presentar la invitación de Dios y sostener el esfuerzo de todos. Obedeciendo a Dios, que se manifiesta a través de los aconteci­mientos, Vicente de Paúl se ve invitado a construir un mundo más humano y a adaptarse a las nuevas condiciones de vida, en las cua­les Dios invita a todos a dar testimonio de su amor.

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