Llevado de la mano de amigos y maestros, nuestro misionero se introduce y participa de los ambientes espirituales que se crearon en Francia, a partir de las últimas décadas del siglo xvi, y que dieron como resultado una asombrosa producción literaria y apostólica en el siglo siguiente. Los dieciséis años comprendidos entre 1609-1625 fueron para Vicente de Paúl de acopio pastoral y doctrinal, dé lectura de obras maestras y de reflexión concienzuda. Los autores más recomendados en los círculos reformistas definieron el gusto y preferencias espirituales del campesino landés.
Dentro de la época del Renacimiento (siglos xiv-xvi) aparecieron varios movimientos espirituales, reaccionarios los unos contra los otros, con tendencias culturales y lenguaje propios. Casi de modo simultáneo hacen su aparición en Francia tres corrientes principales que acaparan el interés y simpatía de los católicos comprometidos; aunque éstos no sean seguidores puros de un solo movimiento, pueden ser clasificados con ciertas reservas en un determinado grupo.
En primer lugar, hace su aparición la mística norteña, venida de los Países Bajos; tuvo su origen en el siglo XIV. La mística renano flamenca nació como reacción contra los métodos
de la «escolástica». En torno al hotel de Mme. Acarie, —María de la Encarnación se llamará en el convento de las carmelitas descalzas—, se reúnen los simpatizantes de la «escuela abstracta», como es conocida en Francia la corriente espiritual norteña. La reaparición de la mística de las esencias resucita las viejas doctrinas de Eckhart, Taulero, Herp, Ruysbroeck. Los «abstractos» tienden directamente a Dios Uno y Trino, sin necesidad de intermediarios, y se caracterizan por una devoción intensa al Espíritu Santo: su espiritualidad es eminentemente neumatológica.
La «devoción moderna» se levanta en el siglo xv contra la mística de las esencias. Los «modernos», como así se llamaban, descienden de la contemplación del misterio trinitario a la meditación de la vida y muerte de Jesús doliente, a quien representan callado en el taller de Nazaret o en la cruz del Calvario, pero de ninguna manera por los caminos de Palestina curando enfermos o predicando la Buena Nueva. Reglamentan excesivamente la meditación. Todo está previsto en la oración: métodos, lugares, tiempo. Los seguidores de la «devoción moderna» desentierran en el siglo XVII a Groote, Radewijns, Kem-pis y Mombaer,. y enseñan una espiritualidad basada en el ejercicio ascético contra el pecado y miserias personales. En general, los «devotos» se distinguen por la devoción e imitación de Jesucristo pobre, obediente, sufrido y trabajador.
Finalmente, el «humanismo devoto» (siglo XVI) intenta ser una conciliación entre los místicos norteños y los devotos. La concepción teológica espiritual de los humanistas de antropológica. El «hombre» hecho a imagen y semejanza de Dios concentra la mirada de los «humanistas», que se caracterizan por una visión optimista del universo, en contraste evidente con el pesimismo de los norteños u de los devotos, que presentaban al hombre como una cloaca de miserias y de pecados.
En la confluencia de estas corrientes, llegadas a París directamente del país de origen, o a través de Italia o de España, se encuentra Vicente de Paúl: Este no se declara hostil a ningún movimiento, pero tampoco se deja arrastrar por ninguno determinado: participa, según sean las materias espirituales, del lenguaje de uno u otro, haciendo las adaptaciones convenientes. Resulta difícil clasificar las simpatías literario-espirituales de Vicente; las mismas citas de autores y obras que aduce en la segunda juventud, son las que recuerda al final de su vida. Nunca estuvo pendiente de la última moda espiritual, ni era amigo de novedades. Una vez operada en él la «conversión», se mantuvo constante en el aprecio de los mismos principios evangélicos.
Tampoco desconoció los círculos puramente literarios, aunque no participó de ellos. Mientras sirvió de capellán a Margarita de Valois, pudo asistir a las ceremonias sofisticadas de poetas y artistas, que festejaban la belleza, talento y gusto literario de la ex esposa de Enrique IV. «El palacio de la calle del Sena era el lugar de reuniones de los sabios, de los artistas y de los poetas: Vauquelin de Yveteaux, Teófilo de Viau, Mathurin Régnier, Malherbe y otros muchos lo frecuentaban. Cotidianamente se hacía allí un derroche de erudición y de espíritu». Durante su estancia, como capellán en el palacio de la caprichosa Margot, Vicente comprobó la frivolidad de los «libertinos», cuyo comportamiento contrapondrá a la vida misionera.
El gusto refinado del palacio del Sena contrastaba con la pobreza del Hospital de la caridad, de París, frecuentado también por Vicente durante 1610-1611. El joven sacerdote valoraba más la caridad de los Hermanos de san Juan de Dios, servidores del Hospital, que la declamación gesticulada de versos griegos, latinos y franceses de los eruditos. El momento crítico por el que atravesaba entonces Vicente, de purificación de la fe, no era calmado por los devaneos literarios de los «libertinos», sino por la caridad humilde y hacendosa de los hermanos.
Volviendo a las grandes corrientes espirituales del siglo xvii, es necesario constatar los autores más representativos, que encontraron eco en la palabra del Sr. Vicente. Como se verá, no todos eran de origen francés, aunque pronto fueron traducidos en lengua gala. El cuadro, que añadimos, ayudará al lector a completar la lista de maestros y autores que más destacaron en sus respectivos movimientos espirituales.
«La Regla de perfección» de Benito de Canfield
Benito de Canfield (1562-1610), capuchino de origen inglés, es el máximo representante de la «Escuela abstracta». Su obra La Regla de perfección fue escrita en latín, francés e inglés. Vicente de Paúl, a través de su lectura, accede a los ambientes abstractos de la época, pero sin asumir indistintamente todos los contenidos que se explican en el opúsculo.
Como ha notado Bremond, la Regla de perfección «tiene para nosotros una importancia capital, pues ha servido de manual a dos o tres generaciones de místicos» (49). El famoso capuchino, formado en Italia y Francia, hace consistir la santidad en el cumplimiento de la voluntad de Dios. Tal orientación, avalada con citas de la Sagrada Escritura y de los Santos Padres, satisfizo plenamente a Vicente de Paúl, que, de acuerdo con el autor, presenta el ejercicio de la voluntad de Dios como el medio más fácil, rápido y seguro para llegar a la perfección. De las tres partes de que consta la Regla, Francisco de Sales permitió a las Visitandinas leer las dos primeras, pero no la tercera, por considerarla demasiado oscura, difícil y peligrosa. Vicente de Paúl siguió la misma práctica, aunque no haga alusión al autor, acaso porque Canfield no gozó en su tiempo de plena aceptación por parte de todos los teólogos espirituales. He aquí un ejemplo, reflejado en las Reglas o Constituciones de la Congregación, sobre la voluntad activa de Dios:
«El cumplir siempre y en todo lo que Dios quiere es un medio infalible para conseguir en poco tiempo la perfección cristiana. Todos intentaremos, en la medida de nuestras fuerzas, el hacer de eso una norma habitual. Para ello: 1.° haremos lo que está mandado y evitaremos lo que está prohibido, siempre que veamos que lo mandado o prohibido viene de Dios, de la Iglesia, de nuestros superiores ó de las Reglas o Constituciones de nuestra Congregación; 2.° cuando se nos presenten a la vez varias cosas igualmente buenas, elegiremos más bien la que nos desagrada que la que nos place, a no ser que esta última sea necesaria, pues en este caso hay que preferirla a la otra. Pero la miraremos no por el lado que tiene de agradable para nosotros, sino porque agrada a Dios. Si se nos presentaren a la vez varias cosas de suyo indiferentes, ni agradables ni desagradables, entonces elegiremos sencillamente cualquiera de ellas, como procedente de la providencia de Dios; 3.° aceptaremos con ecuanimidad, como venido de la mano paternal de Dios, todo lo que nos acaezca, bien sea adverso o favorable para el alma o para el cuerpo; 4.° todo esto lo haremos sólo porque Dios lo quiere, y así imitaremos a Cristo, el Señor, que siempre obró así y por el mismo motivo, según él mismo nos dice: «Yo siempre hago lo que agrada al Padre».
Por lo demás, la irradiación de la espiritualidad capuchina alcanzó cotas altísimas en las primeras décadas del siglo XVII. Enclavados en el barrio de Saint Honoré, de París, los capuchinos gozaban de cierta aureola de santidad y de ciencia. En el convento residían Angel de Joyeuse, José du Tremblay, Lorenzo de París, Honorato de Campigny y, por supuesto, Benito de Canfield.
«La Imitación de Cristo», de Tomás de Kempis
A decir verdad, no fue el movimiento «devoción moderna» el que influyó en la doctrina espiritual de Vicente de Paúl, sino la obra clásica Imitación de Cristo, de Tomás de Kempis (1380-1471), aceptada unánimemente por todos. Lo mismo cabe afirmar de La Regla de perfección; fue ésta la que marcó la devoción de Vicente a la voluntad de Dios, y no la «Escuela abstracta».
El carácter individualista, ajerárquico y antiapostólico de los devotos modernos obtuvo un rechazo total de parte de Vicente, apóstol por vocación y convencimiento. La Imitación de Cristo, por el contrario, leída y meditada, le enseñó que «Nuestro Señor y los santos hicieron mucho más sufriendo que obrado», y que «no todo deseo procede del Espíritu Santo, aunque parezca bueno y justo», sentencias vicencianas que admiten justificación a la luz de Kempis.
La concepción castrense de la vida espiritual, de lucha, de abnegación, propia de los modernos, fue expuesta también en la obra del teatino italiano Lorenzo Scupoli: Combate espiritual. Traducida ésta al francés, en 1608, constituía un placer para sus lectores. Vicente recomendó esta obrita, lo mismo que la Imitación de Cristo.
«Guía de pecadores», de Luis Sarria.
No es del todo exacto clasificar las obras del P. Granada dentro de los estrechos límites de la devoción moderna, pues participan también del espíritu del humanismo devoto. Las obras de Luis Sarria (1504-1588) se tradujeron pronto al francés. El estilo oratorio sencillo, acomodado al gusto del pueblo y lleno de viveza, del P. Granada, llevó a muchos pecadores a la conversión. Por esta razón, Vicente no cesaba de aconsejar las obras del dominico español. Escribe a Luisa de Marillac:
«La lectura espiritual podrá ser en la Imitación de Cristo, de Tomás de Kempis, deteniéndose un poco a considerar cada párrafo, así como también algo de Granada, en relación con el tema de su meditación».
En vista del trabajo apostólico realizado por el Sr. Vicente en el campo de las misiones y de los ejercicios espirituales, y por los «ejemplos de vida y por la verdad de sus mandatos», el mínimo Simón María le dedica la traducción de Guía de pecadores. El prestigio que ya tenía el santo misionero en su tiempo le ganó otras dedicatorias de libros: Miguel Alix, el Hortus pastorum; Luis Machon, Diez Meditaciones, y De Fla-court, Diccionario de lengua malgache.
«Tratado de vida espiritual», de Vicente Ferrer
Los estudios sobre doctrina espiritual vicenciana se detienen poco en las influencias venidas de Vicente Ferrer (1346-1419); sin embargo, pocos santos y autores fueron tan estimados por nuestro Vicente como este otro dominico español, que escribió en latín un Tratado de vida espiritual. Abelly enjuicia rectamente la importancia de esta obra, cuando afirma: «Tenía (el Sr. Vicente) una veneración especial por san Vicente Ferrer; hay que notar que en muchos de sus retiros espirituales hacía la lectura en este libro que el Santo escribió, quedando de tal manera grabadas en su espíritu las acciones más sobresalientes y las sentencias más santas, que las iba relatando a lo largo de sus discursos».
San Vicente Ferrer hizo su presencia en el mundo cuando surgía la devoción moderna, pero su acción apostólica traspasó con creces el retiro de los devotos, para dedicarse a la predicación. Ciertas referencias vicencianas a la condescendencia, a la dirección espiritual, a la humildad de Congregación, al celo de los varones apostólicos, al traslado de la Iglesia, tienen su fuente de inspiración en el Tratado de vida espiritual. Más abundantes todavía son las alusiones al modo sencillo, llano y casero de predicar, expuesto en la misma obra por el Santo español.
«Introducción a la vida devota» y «Tratado del amor de Dios», de Francisco de Sales.
Humanismo y gracia, teología y literatura, se compaginan armoniosamente en las obras de Francisco de Sales. El santo Obispo representa el humanismo devoto; por medio de él Vicente de Paúl gusta las delicias de la devoción. La introducción a la vida devota (1608) y el Tratado del amor de Dios (1616), auténticas joyas de teología espiritual, ayudaron al Fundador de la Misión a comprender y a hablar de la oración, el amor efectivo y afectivo, de la presencia de Dios, de la mansedumbre y de la dulzura. Su lectura es recomendada a las señoras de la Caridad, a los Misioneros y a las Hijas de la Caridad. Ningún elogio tan sobresaliente salió de labios de Vicente como el referido al Tratado del amor de Dios:
«Obra inmortal y nobilísima, que publicó impulsado por la abundancia de su fruición del amor divino. Es un libro ciertamente admirable, que tiene tantos pregoneros de la suavidad de su autor como personas que lo leen. Yo he procurado con todo interés que se leyera en nuestra comunidad como remedio universal para todos los lánguidos, como aguijón para los perezosos, como estímulo del amor, como escala para la perfección. ¡Ojalá todos lo manejasen con la dignidad que se merece! No habría nadie que pudiera escaparse de su ardor».
«Ejercicio de perfección y virtudes cristianas», de Alonso Rodríguez
La producción literario espiritual de los padres de la Compañía de Jesús es abundantísima. San Vicente no disimuló el gran afecto que les profesaba; para él, «son los grandes segadores de la mies del Señor». Ya conocemos algunos nombres de Jesuitas, amigos de Vicente, que fueron muy leídos en la comunidad: Juan Suffrand: El año cristiano; Juan Bautista Saint Jure: Meditaciones, y Juan Buys: Manual de piadosas meditaciones.
Pero el más célebre de todos fue el español Alonso Rodríguez (1538-1618). La obra Ejercicio de perfección se puso en seguida de moda en los noviciados y casas de formación. Llano como la palma de la mano, Rodríguez trata casi exhaustivamente los temas que aborda. Escrita la obra en estilo familiar y salpicada de muchos ejemplos, conduce a los lectores a la práctica de las virtudes cristianas; toda ella rezuma un tono devoto que recuerda unas veces la devoción moderna y otras el humanismo jesuítico,
Cualquier lector familiarizado con la palabra de Vicente encontrará coincidencias, imitaciones, comentarios, que ponen en evidencia al P. Rodríguez. Las enseñanzas sobre la humildad, la indiferencia o disponibilidad, la búsqueda de la gloria de Dios, son parte de la herencia doctrinal de Rodríguez o, tal vez sea más exacto decir, de la espiritualidad jesuítica contenida en las Constituciones de la Compañía.
Sólo en una ocasión el Sr. Vicente encomió la obra del P. Rodríguez, si bien no pudo elegir otro momento más solemne, pues se trataba entonces de distribuir las Reglas o Constituciones de la Congregación: «Oh Señor, que has dado una bendición tan grande a algunos libros, por ejemplo, al que estamos leyendo ahora en la mesa, de forma que las almas que están bien preparadas sacan de ellos mucho provecho para deshacerse de sus defectos y progresar en la perfección».
Tampoco ahora hemos pretendido agotar la lista de obras y autores que, militando bien en un movimiento espiritual o en otro, dejaron su huella en el apóstol de la caridad. Un trabajo más extenso sobre los fundamentos doctrinales de la palabra vicenciana deberá tener en cuenta la vida y doctrina de los Santos Carlos Borromeo, Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Teresa de Jesús, Juan de Ávila y Juan Eudes, además de otros autores de todo tiempo, como San Agustín y Santo Tomás de Aquino.







