SAN VICENTE LA LECCIÓN DE LA EXPERIENCIA

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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El joven sacerdote de Dax se ha abrevado en los mejores autores. Asimila y restituye una buena dosis de espiritualidad particular. Pero aporta un toque sin igual a ningún otro, el de la experiencia. La expe­riencia es su gran despensa, su vivero de elementos ajustados a su per­sonalidad. La vida es el libro de cabecera de Vicente. Habituado a la observación y a la espesura de la realidad desde su edad más joven, aprende como un reflejo condicionado: ama las lecciones de las cosas y sabe captar las enseñanzas de la naturaleza. Los acontecimientos son sus maestros preferidos porque son los grandes difusores de la experiencia. La vida y sus diversas situaciones, con frecuencia difíciles, lo modelan y le ayudan a subrayar unas constantes que serán sus referencias.

Acontecimientos significativos

Se ha escrito: «Los acontecimientos del pasado, leídos y releídos, como pábilos de una intensidad variable, acaban por proyectar sobre su presente un haz de luces convergentes».

Podemos citar a modo de ejemplo su manera de releer la tentación contra la fe y de aprender la lección: tos turbios encuentros, más allá de la prueba que constituyen, conducen a un rejuvenecimiento de la fe y a un mayor anclaje en sus misterios. Surgen entonces la acción de gracias y la unión amorosa con un Dios que prueba para mejor colmar el corazón».

A él le gusta recordar su paso por Clichy y explica a las hermanas: «Yo he sido párroco de una aldea (¡pobre párroco!)… Esto me daba tanto consuelo y me sentía tan contento, que me decía a mí mismo: «¡Dios mío! ¡Qué feliz soy por poder tener este pueblo!». La misma tonalidad en la relectura casi anual del 25 de enero de 1617, en el momento del sermón que está en el origen de la Misión: nadie pensaba en ello, Dios velaba y suscitaba el impulso apostólico de los primeros obreros. De este modo, podemos evocar la pérdida de la granja de Orsigny, la epopeya de Madagascar y otros acontecimientos compartidos con sus hermanos. Todo sirve de pretexto para la instrucción.

Una enseñanza constante

¿Quiere subrayar la importancia del testimonio? Constata: «Por la palabra se conoce lo que hay en el corazón. Lo digo por experiencia, pues no sé de mejor medio para edificar al prójimo que tener cuidado con nues­tras palabras». ¿Quiere reformar la predicación en la Iglesia? Ofrece esta pista: Aun cuando demuestre la experiencia que los que obtienen más éxito son los que hablan con mayor familiaridad y sencillez popular», o más aún, «la experiencia nos enseña que los predicadores que predican conforme a las luces de la fe impresionan más a las almas que los que lle­nan sus discursos de razonamientos humanos y de motivos filosóficos».

Al analizar las reacciones de sus hermanos de Congregación, recal­ca con humor: «He visto por experiencia que era verdad lo que decía, que los del norte están mucho menos sujetos a dejarse llevar por la pasión, por los movimientos de cólera, y que los del sur y los de estos países más cálidos lo están más». ¿Quién no detecta en estas palabras una buena descripción de sí mismo?

A esta observación de las gentes y de las cosas, se añade su expe­riencia íntima de Dios. El habla de vida interior y desea poseerla como la perla preciosa del Evangelio. Perseverar en su búsqueda es la labor que nunca falla. Hacer reinar a Dios en nosotros es ponerse en condiciones de difundirlo mejor. Estimar a Dios es estar seguro de amarlo mas. Hacer su voluntad es estar ya en el Paraíso y entre los ángeles.

Y he aquí que nos brinda su secreto: estar en Dios supone una pose­sión tranquila. No sirve de nada calentar el espíritu:

 

El justo medio

¿Pues qué? ¿hay inconveniente en amar a Dios? ¿Se le puede amar demasiado? ¿Puede haber excesos en una cosa tan santa y tan divina? ¿Podremos alguna vez amar bastante a Dios, que es infinitamente ama­ble? —Es cierto que nunca amaremos bastante a Dios y que nunca nos excederemos en su amor, si atendemos a lo que Dios merece de noso­tros. ¡Oh Dios Salvador! ¿quién pudiera subir hasta ese amor extraño que nos tienes, hasta derramar por nosotros, miserables, toda tu san­gre, de la que una sola gota tiene un precio infinito? ¡Oh Salvador! No, padres, es imposible; aunque hagamos todo lo que podamos, nunca amaremos a Dios como es debido; es imposible, Dios es infinitamente amable. Sin embargo, hemos de tener en cuenta que, aunque Dios nos manda amarle con todo nuestro corazón y todas nuestras fuerzas, su bondad no quiere que esto llegue a perjudicar y arruinar nuestra salud a fuerza de actos; no, Dios no nos pide que nos matemos por esto.

Hermanos míos, las virtudes consisten siempre en el justo medio; todas ellas tienen dos extremos viciosos; cuando uno se separa de un extremo, corre el peligro decaer en el vicio contrario; hay que caminar debidamente por el centro, para que nuestras acciones sean dignas de ala­banza. Por ejemplo, la caridad de la que hablamos tiene dos extremos que son malos: amar muy poco o nada en absoluto, y amar con demasiado celo y con ansia. No preocuparse nunca de amar, no hacer ningún acto de amor o muy raras veces, es negligencia y pereza en contra de la caridad, que nunca está ociosa; pero también hacer actos hasta quemarse la sangre y romperse la cabeza es excederse en esta materia y caer en el otro extre­mo vicioso; la virtud está en el medio; los extremos no sirven para nada.

Hay que añadir que esta experiencia mística de Dios orienta toda la persona hacia los pobres. Es el movimiento natural de Vicente desde que se comprometió entregarse a ellos. Un hombre de Dios está hecho para todo, lo abraza todo, todo lo puede, y la caridad es tan activa que no puede estar ociosa. Arder para inflamar, tal es el programa.

El tiempo

La experiencia es indisociable del tiempo, el gran maestro de obra de la vida y de la doctrina espiritual del santo de la caridad. Es el lugar de santificación porque es el vector de la perseverancia y la fidelidad. No hay ninguna sombra de duda que el ritmo de las estaciones y la len­titud de maduración están inscritos en lo más profundo de su ser. Hay una lentitud calculada y muy tranquila en el trabajador landés. Este campe­sino, por naturaleza, ama el trabajo que considera como el patrimonio del mismo Dios; el Creador trabaja incesantemente durante toda la eter­nidad en cada uno. Dios actúa por el bien del hombre y este no tiene más que imitarlo: «¡Cuán razonable es que nosotros, criaturas suyas, traba­jemos, como se ha dicho, con el sudor de nuestras frentes!».

En el campo el tiempo es una escuela de paciencia y de dependen­cia: laboreo, semillas, recolección, tierras en barbecho y en cultivo. Vicente hace unas recomendaciones que dan cuenta del conocimiento de los seres y de las cosas: «Apresurarnos lentamente, el tiempo lo cam­bia todo, es corto» y en otro tono: «Seguir paso a paso la adorable Pro­videncia de Dios, seguir el orden de la Providencia, poner toda la con­fianza en la Providencia». De este modo cuenta con el factor tiempo para llegar a sus fines, para no perderlo, malbaratarlo o verlo pasar ine­xorablemente. En este último dominio, la edad le recuerda que la vida no es más que un sueño, y una sola lección permanece: «¡Qué felices son aquellos que emplean todos los momentos de su vida en el servicio de Dios!» ¡Espléndida lección de verdadera humanidad!

RENOUARD, J.: “San Vicente de Paúl maestro de sabiduría

 

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