San Vicente: Fe y Experiencia

Mitxel OlabuénagaVicente de Paúl0 Comments

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Los últimos y principales factores de la palabra vicenciana son la fe y la experiencia. De diversos modos y en dis­tintas ocasiones, el Santo aludió a ellas. Tales declaraciones me­recen todo crédito, ya que nadie más indicado que el propio protagonista para cercioramos de sus convicciones y vivencias. Siendo él tan parco, y reservado en esta materia, nuestro afán de seguirle en la aventura de la santidad se quiebra, pues no es fácil pisar un terreno tan escurridizo como la experiencia de Dios de un creyente radical. Según nuestras conjeturas, el Sr. Vicente piensa, aconseja y obra, a partir de 1625, al estilo de un santo en la tierra. Tiene cuarenta y cinco años, y está ya preparado para hablar con autoridad.

Antes de esos años decisivos, se vislumbra un largo sende­ro salpicado de episodios personales, que le llevaron a la «con­versión» más plena, e hicieron de él un Vicente escarmentado y decidido, hábil y prudente, santo y humilde. Lo que sobre­venga en los años sucesivos servirá para consolidar su expe­riencia de Dios y para ayudarle a comunicarla a los demás. La experiencia de la edad, del trato con Dios y con los hombres, de los éxitos y fracasos, darán cordura y tino a su palabra.

«Lo que me queda de la experiencia que tengo»

El campo de la experiencia de Vicente es muy amplio y va­riado; no puede reducirse únicamente a la esfera de lo sobrenatural, aunque todas sus vivencias le hablaran directa o indi­rectamente de Dios. La experiencia humana comprende viven­cias de índole variopinta, desde el conocimiento de las conduc­tas de sus semejantes hasta el modo de llevar con acierto un ne­gocio temporal, pasando por la ejecutoria de una misión cual­quiera. Para todo tiene respuesta, a partir de un dato de expe­riencia. Conoce, en efecto, ambientes muy dispares de riqueza y pobreza, de cultura e ignorancia, de poder y esclavitud, de gracia y pecado. Ha conversado, además, con labriegos y arte­sanos, con funcionarios y criados, con reyes, ministros, jerar­cas de la Iglesia y con pobres sacerdotes. Si insiste, por consi­guiente, en la consecución de un objetivo, se debe, en gran par­te, a la experiencia.

A Luisa de Marillac le aconseja que no entregue los dineros de la Caridad al señor Vicario de la iglesia de San Nicolás de Charmonnet, porque «la experiencia nos hace ver que es abso­lutamente necesario que las mujeres no dependan en esto de los hombres, sobre todo por la bolsa». Al P. du Coudray, enviado a Roma para acelerar la aprobación pontificia de la mi­sión, le dice: «manténgase firme y dé a entender que hace lar­gos años que se piensa en esto y que tenemos ya experien­cia». Y al P. Codoing, para disuadirle de que admitiera en el seminario a muchachos de corta edad, le recuerda: «Hay que respetar las órdenes del Concilio como venidas del Espiritu Santo. Sin embargo, la experiencia hace ver que la forma como se lleva a cabo respecto de la edad de los seminaristas no da buenos resultados».

Las misiones populares suministraron al Sr. Vicente una de sus mejores experiencias humanas sacerdotales. Mediante el contacto directo con los aldeanos y con sus pastores espiritua­les, descubrió la pobreza extrema de unos y de otros: de los pri­meros, porque padecían las consecuencias de la ignorancia re­ligiosa y carencia de bienes materiales necesarios para vivir; de los segundos, porque habían incurrido en desidia espiritual e ig­norancia profesional, hasta el extremo de no conocer la fórmu­la de la absolución. Ambos descubrimientos constituyen los puntales de la experiencia humano religiosa del gran misione­ro popular. Llamado a evangelizar a los pobres, aprende que los pobres son «maestros» de los heraldos de la palabra: Dios se revela a ellos de una manera particular. En la conferencia a los Misioneros, del 21 de marzo de 1659, comunicaba esta pre­ciosa experiencia: «Lo que me queda de la experiencia que tengo, es el jui­cio que siempre me he hecho: que la verdadera religión, hermanos míos, la verdadera religión está entre los po­bres. Dios los ha enriquecido con una fe viva: ellos creen, palpan, saborean las palabras de vida. No los veréis nun­ca, en medio de sus enfermedades, aflicciones y necesi­dades, murmurar, quejarse, dejarse llevar de la impacien­cia; nunca, o muy raras veces».

«Tal es mi fe y tal es también mi experiencia»

La verificación de la experiencia vicenciana parte princi­palmente de tres fechas, vinculadas a otros tantos hechos de vida: en 1612, sufre una terrible tentación contra la fe, que pudo durarle de tres a cuatro años; en 1617, descubre la im­presionante pobreza espiritual y material de los campesinos y de sus guías espirituales; en 1623, rompe con los cariños fami­liares que le impedían trabajar con libertad en la evangeliza­ción de los pobres. En el intermedio, orienta su vida sacerdo­tal y misionera.

Al margen de la virtud teologal de la fe, no caben experien­cias auténticas de Dios en Vicente de Paúl ni en ningún otro cristiano. En aquél, al menos, la experiencia cristiana se pre­para y se vive mediante la aceptación indiscutible de las ver­dades evangélicas y en el seguimiento fiel de Jesucristo. En los años remotos de la juventud, tuvo que servirse de un medio ex­traordinario para profesar con gestos lo que sus labios se nega­ban a confesar: escribió la fórmula del Credo y, cada vez que quería proclamarla, llevaba la mano al pecho.

De aquella crisis salió más purificado y fortalecido en las verdades católicas. No conocemos la fecha exacta de esta con­fesión, pero él mismo nos comunicó: «Siempre he tenido mie­do de verme envuelto en los errores de alguna nueva doctrina, sin darme cuenta de ello. Sí, durante toda mi vida, he tenido miedo a esto».

Cuando se le ofrecía ocasión, exhortaba a que se predicara conforme a las luces de la fe y no según los razonamientos hu­manos filosóficos, «porque las luces de la fe van siempre acom­pañadas de una cierta unción celestial, que se derrama secre­tamente en el corazón de los oyentes; de ahí se puede deducir que será necesario, tanto para nuestra perfección como para procurar la salvación de las almas, acostumbrarnos a seguir siempre y en todas las cosas las luces de la fe».

Si bien vivió la fe dentro de la Iglesia y nunca conta la Igle­sia, es Jesucristo evangelizador de los pobres, quien ilumina su experiencia y le impulsa a la acción apostólica. El será, a partá de 1617, año de indelebles vivencias misioneras, el santo de la acción o el místico de la caridad activa. Jesucristo se convierte para él en el modelo supremo de la vida sacerdotal: Es la base, (.1 centro y el fin de todas sus operaciones interiores y exterio‑

i vs, o como dice Abelly: «Puede afirmarse con verdad que la vida ida de Jesucristo y la doctrina del evangelio eran la única re­gla de su vida y de sus acciones: constituía, en efecto, toda su moral y toda su política, según la cual acomodaba la conducta

Iodos los asuntos que pasaban por sus manos». Frente a la doctrina del mundo, falsa y engañosa, oponía la de Jesucris­to, eterna sabiduría, infalible y que da lo que promete. Al pa­dre Codoing, que había proyectado desde Roma empezar las misiones por las tierras de los Cardenales para ganarse su vo­luntad y hacerse valer ante ellos, le propone el ejemplo de Jesucristo:

«Deje usted que piensen y que digan lo que quieran y esté seguro de que los principios de Jesucristo y los ejemplos de su vida nunca nos llevan al desastre, sino que dan fru­to a su debido tiempo, que todo lo que no es conforme con ellos es vano, y que al que siguen las máximas con­trarias todo le saldrá mal. Tal es mi fe y tal es también mi experiencia. En nombre de Dios, padre, tenga esto por infalible y ocúltese bien».

«Persona que nunca ha tenido más visión que ésta»

En el terreno de la oración, la experiencia cristiana de Vi­cente no pasa de las vías ordinarias; es asiduo al diálogo con Dios, y de él saca fuerzas para mantenerse fiel al ministerio y para hablar lo que el mismo Dios le inspira. Sólo, que nosotros sepamos, tuvo una visión, el día de la muerte de Juana Fran­cisca de Chantal, 13 de diciembre de 1641. El mismo nos lo descubre, afirmando «que se trata de una verdadera visión, pues esa persona no se muestra nunca sujeta a ellas y nunca ha tenido más visión que ésta». Y sigue hablando en tercera persona:

«Se le apareció un pequeño globo de fuego, que se eleva­ba de la tierra y fue a juntarse en la región superior del aire con otro globo mayor y más luminoso; luego los dos, reducidos a uno solo, se elevaron más arriba, se entre­mezclaron y empezaron a brillar en otro globo infinita­mente más grande y más luminoso que los otros; enton­ces se le dijo interiormente a aquella persona que el pri­mer globo era el alma de nuestra venerable madre, el se­gundo el de nuestro bienaventurado padre, y el otro la esencia divina; y que el alma de nuestra venerable madre se había reunido con la de nuestro bienaventurado padre, y ambos con Dios, su soberano principio».

Fuera de este caso excepcional, no nos consta si Vicente ex­perimentó otro fenómeno extraordinario en la oración. Por lo demás, él se muestra reacio y desconfiado ante las narraciones de éxtasis, raptos y visiones; más aún, afirma el Sr. Vicente, «los actos de amor de Dios, de complacencia, de benevolencia, y otros semejantes afectos y prácticas interiores de un corazón amante, aunque muy buenos y deseables, resultan, sin embar­go, muy sospechosos, cuando no se llega a la práctica de amor efectivo». Ora y trabaja, como el común de los fieles, pero con la diferencia de que todo lo hace animado de una ardiente caridad.

«La caridad no puede permanecer ociosa»

Si, por definición, la santidad consiste en la unión con Dios por la perfección de la caridad, Vicente fue un verdadero mís­tico movido por el espíritu de Jesucristo. Aunque es cierto que la caridad en él se revela, sobre todo, por las obras de amor con los pobres, no la manifiesta menos por los actos exteriores de amor a Dios y celo por la extensión de su gloria. Otro punto de partida, distinto de su entrega total a Dios, indicaría un des­conocimiento lamentable de la acción del Espíritu, por el que Vicente se dejó invadir y empujar para salvar a los hombres. El descubrimiento de Jesucristo en la persona de los ignorantes, hambrientos, desnudos y encarcelados explica el enraizamiento del misionero en Dios por la fe y la caridad.

Por lo demás, estamos plenamente de acuerdo con Bremond, cuando dice: «No es el amor a los hombres lo que le ha conducido a la santidad, es más bien la santidad la que le ha convertido verdadera y eficazmente en hombre caritativo; no son los pobres los que le han entregado a Dios, sino Dios, por el contrario, quien le ha devuelto a los pobres. Quien le ve más filántropo que místico, quien no le ve ante todo místico, se imagina a un Vicente de Paúl que no existió jamás».

La santidad es el verdadero factor que da autoridad, fuerza y unción a la palabra de Vicente; ella armoniza la forma y fi­gura, el giro y el estilo de sus expresiones; la santidad multipli­ca su incesante pastoral misionera sin menoscabo de los valo­res comunitarios; la santidad, en fin, convierte a Vicente en el hombre más sensible ante toda clase de pobreza, arrancándole los discursos más elocuentes y conmovedores.

Según san Vicente, la adquisición de la santidad, obra prin­cipal de Dios en el hombre, parte de un saber «vaciarse a sí mis­mo, para revestirse de Jesucristo», pues «cuando un corazón se vacía de sí mismo, Dios lo llena; Dios es el que entonces mora y actúa en él; y el deseo de la confusión es el que nos va­cía de nosotros mismos; es la humildad, la santa humildad; en­tonces no seremos nosotros los que obremos, sino Dios en no­sotros, y todo irá bien».

La perfección de la caridad hizo santo a Vicente de Paúl, perfección que consiste «no en los éxtasis sino en el cumpli­miento de la voluntad de Dios». Ahora bien, dicha volun­tad divina la discernió el Santo, sobre todo, en el modelo de la caridad de Jesucristo, enviado por el Espíritu para evangelizar a los pobres. En suma, el espíritu y las acciones de Jesús co­municaron a Vicente su experiencia más rica de mística com­prometido social y caritativamente en la empresa divina de sal­var a los hombres. Escuchemos sus palabras:

«Sólo Nuestro Señor ha podido dejarse arrastrar por el amor a las criaturas, hasta dejar el trono de su Padre, para venir a tomar cuerpo sujeto a las debilidades. Y ¿para qué? Para establecer entre nosotros por su ejemplo y su palabra la caridad con el prójimo. Este amor fue el que lo crucificó y el que hizo esta obra admirable de nuestra redención. Hermanos míos, si tuviéramos un poco de ese amor, ¿nos quedaríamos con los brazos cruzados? ¿Deja-riamos morir a todos esos que podríamos asistir? No, la caridad no puede permanecer ociosa, sino que nos mue­ve a la salvación y al consuelo de los demás».

Palabras tan encendidas se clavaron como saetas en los co­razones de los Misioneros asistentes a la conferencia del 30 de mayo de 1659. Cuando Vicente pronunció este discurso le fal­taban sólo un año y cuatro meses para descansar en el Señor, después de tanto bregar: a la edad de ochenta años el celo por la salvación de las almas le mantenía atento a las necesidades de la Iglesia. Dos años antes, en una repetición de oración, ha­bía exclamado:

«Es menester que nos pongamos totalmente al servicio de Dios y al servicio de la gente; hemos de entregarnos a Dios para esto, consumirnos por esto, dar nuestras vidas por esto, despojarnos, por así decirlo, para revestirnos de nuevo; al menos, querer estar en esta disposición si aún no estamos en ella; estar dispuestos y preparados para ir y para marchar adonde Dios quiera, bien sea a las Indias o a otra parte; en una palabra, exponernos voluntaria­mente en el servicio del prójimo, para dilatar el imperio de Jesucristo en las almas. Yo mismo, aunque ya soy vie­jo y de, edad, no dejo de tener dentro de mí esta disposi­ción y estoy dispuesto incluso a marchar a las Indias para ganar allí almas para Dios, aunque tenga que morir por el camino o en el barco. Pues ¿qué creéis que Dios pide de nosotros? ¿El cuerpo? ¡Ni mucho menos! ¿Qué es lo que pide entonces? Dios pide nuestra voluntad, una bue­na y verdadera disposición para abrazar todas las ocasio­nes de servirle, aunque sea con peligro de nuestra vida, de tener y avivar en nosotros ese deseo del martirio, que a veces le agrada a Dios lo mismo que si lo hubiéramos su­frido realmente».

Mitxel Olabuénaga

Sacerdote Paúl y Doctor en Historia. Durante muchos años compagina su tarea docente en el Colegio y Escuelas de Tiempo Libre (es Director de Tiempo Libre) con la práctica en campamentos, senderismo, etc… Especialista en Historia de la Congregación de la Misión en España (PP. Paúles) y en Historia de Barakaldo. En ambas cuestiones tiene abundantes publicaciones.

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