San Vicente: Etapas de Formación y Grados Académicos

Mitxel OlabuénagaVicente de PaúlLeave a Comment

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El segundo elemento importante de la palabra de Vi­cente lo compone la formación adquirida durante los años de colegial y de universitario. A diferencia de otros contemporá­neos suyos como Pedro de Bérulle, Franciso de Sales, Blas Pas-cal o Benigno Bossuet, famosos en las ramas de las Artes y de la Teología, Vicente de Paúl se escapa de una inspección aca­démica rigurosa. No dudamos, desde el primer momento, de su capacidad intelectual, pero no consta su regularidad escolar ni el grado de rendimiento en todas las etapas de formación. Desconocemos el cuadro completo de asignaturas cursadas y el nombre de los profesores que impartieron la materia. Sin em­bargo, teniendo en cuenta los programas generales de aquel en­tonces, podemos aproximarnos con ciertas garantías a su rea­lidad estudiantil.

«Yo soy un ignorante, un estudiante de cuarto año»

Cumplidos los catorce años de edad, el joven Vicente entra en el colegio de Dax, regentado por frailes Franciscanos. Era el año 1594 ó 1595. Poco antes, aprende a leer y a escribir al lado del cura de la parroquia de Pouy, como se estilaba en las pe­queñas aldeas donde no había maestro. El colegio de Dax es­taba abierto sobre todo a hijos de familias campesinas; a él acu­dían tanto internos como externos. De Paúl padre optó por el internado de su hijo, pasando a los frailes «una pensión de se­senta libras anuales, según era costumbre del tiempo y del país». La situación cambió, cuando el Sr. de Comet, abo­gado de Dax y juez de Pouy, pidió a Vicente que hiciera de mo­nitor de sus hijos. El joven estudiante contribuyó, por este me­dio, a sufragarse económicamente los propios estudios.

La ciudad de Dax ofrecía un espectáculo de evidente roma-nización con sus murallas, puentes, calzadas y fuentes terma­les. Dax, antigua Akhize vasca, Acqs romana; forma evolucio­nada de «aqua» (agua), tenía los encantos de una ciudad poco populosa, propicia para el estudio de las Humanidades. La an­tigua catedral románica, destruida en el año 1295, fue sustitui­da por otra de estilo gótico a mediados del siglo XIV.

Una moderna inscripción en el frontispicio del palacio epis­copal recuerda el nombre del patrón y primer obispo de la dió­cesis, san Vicente de Xaintes, a quien nuestro Santo profesó gran devoción, lo mismo que a sus homónimos españoles san Vicente, diácono y mártir, y san Vicente Ferrer. En este marco cultural y religioso, sembrado de recuerdos históri­cos, inicia el pastor de las landas su primera etapa de forma­ción, por cierto no muy larga: dos o tres años a lo más, de 1594 a 1597.

Abelly se limita a decir que el joven «comenzó sus estudios por los primeros rudimentos de la lengua latina, en la que hizo progresos». El conocimiento del latín constituía, en efec­to, la base fundamental de la cultura de un colegial. Tanto en los centros más famosos de Francia, como en los menos acre­ditados, la gramática latina ocupaba un lugar preferente: su es­tudio, llenaba la mayor parte de las horas. Las Congregaciones religiosas, dedicadas a la enseñanza, contribuyen no poco a fi­cha orientación humanística, que comprendía, además de la Gramática latina, Instituciones, Historia, Geografía y Religión. Durante el humanismo decadente se concedían a la lengua grie­ga algunas horas semanales menos. Mientras no conste lo contrario, podemos suponer que Vicente adquirió, en Dax, cono­cimientos de todas estas materias.

Lo que resulta por ahora imposible de evaluar es el grado de cultura alcanzado en tan breve espacio de tiempo. Según se acostumbraba en los colegios de enseñanza media, el estudian­te realizaba traducciones de alguna antología. Las antologías de los siglos XVI y XVII contenían textos de fabulistas e historiado-, res: Esopo y Jenofonte entre los griegos, Fedro y César entre los latinos. Los comentarios De bello gallico centraban, sobre todo, la atención de los colegiales y el interés de los profesores. A medida que se adelantaba en la explicación de la morfología y sintaxis gramaticales, se exigían más frecuentemente versio­nes del francés al latín, a la vez que se ensayaban algunas con­versaciones sobre temas estudiados. Sin esta dedicación a los clásicos y latinos, el siglo XVII no hubiera florecido en obras li­terarias de todo género.

Cuando Vicente comienza el estudio de Humanidades, la lengua nacional adquiera una relevancia extraordinaria. Junto al aprendizaje del latín, el francés se impuso como asignatura obligatoria. Es cierto que San Vicente no destaca en la historia de la literatura por sus valores literarios; sin embargo, muchos de sus aciertos se deben al dominio de la lengua patria. Jamás hizo alarde de ser un profesional del verbo galo, pero su dic­ción clara y popular le delata como un maestro indiscutible de la palabra, según se verá más tarde. Y en cuanto al dominio del latín, resulta difícil puntualizarlo, ya que faltan documen­tos autógrafos del Sr. Vicente que lo atestigüen.

Decíamos que el joven estudiante cursó en el colegio de Dax dos o tres años, cuando la enseñanza media comprendía nor­malmente seis años. Pese a la ley general, existía gran flexibi­lidad y tolerancia en el cumplimiento de los programas escola­res. Atendidas las circunstancias de edad y capacidad de los co­legiales, fácilmente se les pasaba a cursos superiores, adelan­tando de este modo el ingreso en la Universidad. De haber es­tado tres años con los Franciscanos de Dax, Vicente cursaría sexto, quinto y cuarto. Pero si estuvo sólo dos años, haría quin­to y cuarto. De ahí proviene que él dijera a sus compañeros de comunidad: «Yo soy un ignorante, un estudiante de cuarto año». A propósito de esta evocación del Fundador de la Misión a sus años de colegial, comenta Román: «lo que siem­pre ha sido tomado como un rasgo de humanidad, acaso haya que tomarlo literalmente».

«Yo obtuve en Toulouse el título de bachiller en Teología»

Terminada la primera etapa de formación humanística, Vi­cente emprende los estudios universitarios ese mismo año de 1597. Tiene diecisiete años cumplidos. Con el ingreso en la Universidad, el joven estudiante inicia una nueva etapa, no menos oscura que la anterior; su duración llega hasta 1604. Las investigaciones realizadas hasta el presente sobre los estudios de Vicente en Filosofía y Teología no nos despejan todas las du­das que tenemos acerca de los pasos dados, hasta conseguir el título de bachiller.

Antes de la muerte del Sr. Vicente se sabía que éste había adquirido los títulos de bachiller en Teología y de licenciado en Derecho. Así figuraba en algunos documentos firmados por él; pero se desconocía el documento auténtico, otorgado por las Facultades. A raíz de su muerte, según las declaraciones del Hno. Chollier, de la Congregación de la Misión, para el proce­so de beatificación de Vicente de Paúl, fueron encontrados en la habitación los certificados que lo acreditaban. El. primero, expedido el 12 de octubre de 1604, consignaba tres hechos: ha­ber cursado siete años de estudios teológicos en la Universidad de Toulouse, obtención del título de bachiller de Teología y li­cencia para explicar al Maestro de las Sentencias. El segundo certificado hacía constar la concesión al Sr. Vicente del título de licenciado en Derecho.

Los siete años de estudios teológicos estaban reglamentados por los estatutos de la Universidad de Toulouse. En principio, el cumplimiento de los años establecidos era condición riguro­sa para obtener los grados útiles a efectos de requerir benefi­cios eclesiásticos. Así lo habían estipulado los Concordatos de

1515 y de 1566 para toda clase de Facultades pontificias. La cronología vicenciana permite perfectamente que el joven ve­nido de Dax cumpliera con este requisito, aunque su asistencia a clase fuera irregular. Los traslados de un lugar a otro y la di­rección de pensionados, medio escogido por el interesado para pagarse los estudios, entorpeció seguramente la asistencia fiel a la Facultad.

La Universidad de Toulouse, la segunda más antigua de Francia, después de la de París (1228), impartía toda la ense­ñanza filosófica y teológica a lo largo del ciclo institucional de siete años; al final de los mismos, se podía obtener el grado aca­démico de bachiller en Teología. Se concedían también los tí­tulos de licenciado y de doctor, previo ejercicio de la docencia y de un trabajo escrito.

A Toulouse acudían estudiantes de la propia región, de otras partes de Francia y también del extranjero. A finales del siglo XVI, la Universidad de Toulouse probablemente fuera la más floreciente en candidatos al sacerdocio. Según cuentan las crónicas de aquel tiempo, la Universidad disponía de siete cá­tedras: tres de fundación real y las cuatro restantes estaban ocu­padas por Carmelitas, Dominicos, Agustinos y Bernardos. No nos han llegado los nombres de los profesores ni constan las tendencias por las que aquéllas apostaban. Partiendo de la rea­lidad universitaria del momento, puede uno adivinar con qué entusiasmo los profesores atronarían los oídos de los alumnos, defendiendo las propias teorías y refutando las contrarias. No nos detenemos en describir los malabarismos escolásticos y otros ambientes estudiantiles, que terminaban frecuentemente en peleas entre los mismos universitarios, porque son fáciles de encontrar en cualquier biografía de Vicente de Paúl. Sólo ha­cemos mención de aquellos que más pudieron afectar a la ob­tención del título.

El programa de materias abarcaba dos partes bien diferen­ciadas: la Filosofía, cuyo estudio comprendía tres años, y la Teología, cuatro. El estudiante filósofo debía perfeccioanr las Humanidades, contactando con la Filología, que a su vez en­cerraba el estudio de la Gramática, Retórica, Poética, Antigüedades, Historia y, en general, la Crítica e interpretación de au­tores. En realidad, se trataba de una Literatura universal. La Fi­losofía propiamente tal comprendía el estudio de la Naturale­za y de la Moral, según las leyes de la Lógica, Física y Metafísi­ca.

Sentada la preparación filosófica, el estudiante candidato al sacerdocio iniciaba los cursos de Teología dogmática y moral en las Obras de Pedro Lombardo. Hasta muy entrado el si­glo XVII, las Sentencias del maestro ocupaban obligatoriamen­te el tiempo de estudio en todas las Facultades de Teología. Pero a mediados de siglo, las Sentencias fueron sustituidas por la Summa de santo Tomás de Aquino, que se impuso en la es­tima de los teólogos como el gran doctor de la Iglesia. El maes­tro de Lombardía había ofrecido en su Obra una buena copi-lación de la ciencia teológica, basada en la autoridad de san Agustín, especialmente en el tratado De doctrina christiana,

La obra Sententiae ejerció una influencia notabilísi-ma hasta la llegada oficial de santo Tomás. Agustinismo y to­mismo fueron, en el siglo xvii, las dos corrientes filosóficas-teológicas principales que acapararon los intereses intelectua­les y espirituales de los maestros. El Maestro de las Sentencias, primero, y el Doctor Angélico, después, se encargaron de intro­ducir a los estudiantes en las páginas de la ciencia sagrada, y de darles a gustar la Sagrada Escritura y los Santos Padres.

Vicente no esperó a obtener el título de bachiller en teolo­gía, sin antes recibir la ordenación sacerdotal (23 de septiem­bre de 1600). Siendo ya presbítero, hubo de prolongar cuatro años más la carrera universitaria. Es forzoso concluir, ante se­mejante determinación, que el bagaje teológico llevado a la or­denación tuvo que ser escaso. Durante los siglos XVII y XVIII, los ambientes estudiantiles, en Francia, habían degenerado en gra­ves desórdenes, que afectaban a la enseñanza misma. Los exá­menes «muy frecuentemente se convertían en una simple for­malidad, donde el dinero aseguraba por sí sólo el éxito, y esto casi descaradamente con el desprecio más completo de las re­glas relativas al tiempo de estudios. En Toulouse, dice Jourdain, los estudiantes gozaban de plena libertad para saltarse las condiciones de escolaridad exigidas por los estatutos; se presentaban a exámenes sin certificado de estudios, o simplemen­te avalados por los testimonios de sus condiscípulos. Una ar­gumentación irrisoria, llevada entre ellos en clase, bastaba para obtener el bachillerato y la licencia: algunas veces sucedía que estos grados fueron otorgados sin ningún estudio previo».

¿Estuvo el joven Vicente enredado en alguno de estos de­sórdenes? No tenemos pruebas que nos permitan asegurar un posible soborno por su parte para obtener las tres cartas que le concedió la Universidad de Toulouse, pero todo era posible en aquel tiempo. ¿Había incurrido antes en alguna irregularidad, ordenándose de sacerdote tan prematuramente? En todo caso, él sabía que no podía aspirar a beneficios eclesiásticos sin un certificado de la Universidad que garantizara haber realizado los cursos establecidos y durante los años reglamentarios. Tal vez esta última disposición le obligó a continuar los estudios después de la ordenación sacerdotal. La primera vez que soli­cita del Sr. de Comet los títulos de ordenación y de estudios, debidamente formalizados, está todo ello relacionado con la es­peranza de conseguir pronto un pingüe beneficio. Dice textual­mente en la carta del 24 de julio de 1607:

«Estaba yo preocupado por encontrar un hombre de con­fianza, cuando un amigo mío, de la casa de mi señor, se dirigió al señor Cantarelle, dador de la presente, que iba a Toulouse, a quien rogué que se tomara la molestia de hacer una escapada hasta Dax para poder entregar la pre­sente y recibir mis títulos indicados junto con los que yo obtuve en Toulouse de bachiller en Teología».

En cuanto a la licencia de explicar al Maestro de las Sen­tencias, tampoco poseemos documentación que nos asegure que Vicente ejerciera tal derecho, aunque no descartamos la po­sibilidad de tal acción magisterial en Toulouse, por un espacio corto de tiempo. Hacemos notar que la autoridad el Maestro Lombardo, avalada por la del Aquinatense, configuró la mente teológica y moral del Vicente de Paúl. Esto se comprueba en la textura de las conferencias a los Misioneros y a las Hijas de la Caridad.

El juicio que nos merece la formación teológica del Sr. Vi­cente, producto de la enseñanza común de entonces, y que se encargará más tarde de completar, acusa los rasgos caracterís­ticos de una tradición humanística, basculada hacia el medie­vo. El humanismo filosófico teológico, vivido por nuestro es­tudiante, no se sustrajo ni a los métodos ni a las materias de tiempos pasados. Su saber de la antigüedad clásica encuentra aquí la fuente principal: ciertas alusiones a Aristóteles, Epicte-to, Epicuro, Cicerón… están ya reflejadas en las Sententiae o en la Summa Theologica. La descripción práctica que hace de la ciencia media, en la carta arriba citada, es un exponente de la situación teológica de su tiempo. Por otra parte, la rigi­dez del silogismo y la gimnasia de espíritu a que acostumbra el ejercicio escolástico sentaron «las bases de un método de ra­zonamiento y sobre todo de exposición, que se transparenta en todos sus escritos y sus discursos».

En cambio, Vicente de Paúl no aprendió de sus profesores a abusar de la dialéctica, fruto de una mal entendida escolás­tica, ya que nunca se enredó en discusiones inútiles y bárbaras, ajenas a su temperamento. Los jansenistas le negaron autori­dad intelectual, pero sus allegados, los Misioneros de la Con­gregación, admiraron en él una ciencia nada común. Calvet afirma de su biografiado que «conoce a fondo la teología tra­dicional y la aplica a los asuntos del momento con buen sentido, depurado y firme, que a veces falta a los teólogos profesio­nales».

«En los colegios de España no se escribe en clase»

¿Cuándo y durante cuánto tiempo permaneció Vicente en España? He ahí dos interrogantes que esperan nuevas y serias investigaciones. Nosotros, fieles mientras podamos a las noti­cias de Abelly, y partiendo de las alusiones más o menos vela­das del propio Vicente, admitimos el paso del joven universi­tario por las aulas de Zaragoza: «no podemos precisar si el via­je que hizo a Aragón precedió al comienzo de sus estudios en Toulouse. Lo que es seguro es que estudió por algún tiempo en Zaragoza, pero su estancia allí no fue larga».

Tanto en Toulouse como en Zaragoza, el meollo de los es­tudios teológicos lo constituían las Sentencias de Lombardo, explicadas a la luz de santo Tomás de Aquino. En la Universi­dad cesaragustana, una nueva Orden religiosa, los Jesuitas, se dedicaban por completo a la enseñanza de las ciencias eclesiás­ticas. Algunos biógrafos del Santo han pretendido demostrar que Vicente salió de Zaragoza aburrido de tantas disquisicio­nes escolásticas como allí se manejaban. No es cierto. El tema de la ciencia media y de los decretos predeterminantes no era ni la única ni la principal cuestión que se explicaba en las au­las. La historia de la Teología en España así lo demuestra.

Acerca de los métodos didácticos, los estatutos de la Uni­versidad (1583) prohibían dictar las lecciones en clase. El pro­fesor debía explicar con la mayor claridad posible el libro de texto, lo que adelantaba tiempo y precisión de ideas. El alum­no, por su parte, se esforzaba en retener las explicaciones del maestro. A la excelente preparación y seriedad de los profeso­res españoles, así como a sus métodos pedagógicos, se refiere el Fundador de la Misión, cuando aconseja a los Misioneros el modo práctico y eficaz de llevar una clase de Teología. En este sentido escribe al P. Codoing:

«Dudo de la conveniencia de darles a los seminaristas apuntes para estudiar; hay ya bastantes libros extensos o resumidos para ello. En los colegios de España no se es­cribe en clase. Lo principal es repetir bien lo que se ha en­señado».

«Estoy en esta ciudad de Roma, donde continúo mis estudios»

Por dos veces visitó Vicente de Paúl la ciudad de Roma. El primer viaje lo realizó a finales de 1600, al poco tiempo de re­cibir el sacerdocio. Existen conjeturas sobre los móviles que in­dujeron al recién ordenado a ir a la Ciudad Eterna. Piensan al­gunos de sus biógrafos que acudió a las oficinas del Vaticano para arreglar posibles irregularidades, al ser ordenado tan jo­ven. Otros sostienen que se dirigió allá para que le confirma­ran en el nombramiento de párroco de Tilh, aldea cercana a Dax, o para ambos asuntos a la vez.

El segundo viaje lo emprendió en otoño de 1607. A dife­rencia del primero, cuya estancia tuvo que ser corta, este últi­mo le permitió permanecer en Roma alrededor de un año: iba acompañando al vicelegado de Aviñón, Pedro Francisco de Montorio. Según el mismo Vicente, pudo entonces realizar al­gunos estudios. Pero ¿qué clase de estudios fueron éstos y en qué centro, si es que frecuentó alguno? La única noticia que nos ha llegado al respecto está tomada de la segunda carta de la cautividad, fechada precisamente en Roma, el 28 de febrero de 1608. Vicente dice al ya conocido señor de Comet:

«Mi estado en una palabra es tal que estoy en esta ciu­dad de Roma, donde continúo mis estudios, mantenido por Monseñor el vicelegado que era de Aviñón, que me concede el honor de estimarme y de desear mi ascen­so».

No sabemos que el joven clérigo hiciera en Roma algún es­tudio especial, como no fuera observar de cerca el trabajo len­to de los curiales romanos, enterarse de la vida de los Jerarcas de la Iglesia, visitar hospitales y basílicas, recorrer los foros, an­fiteatro y coliseo, y remozar in situ los conocimientos de his­toria de los primeros mártires: su recuerdo le enternecía hasta hacerle derramar lágrimas. Especial importancia tuvo este via­je para Vicente, que tomó las notas necesarias sobre la existen­cia y funcionamiento de las Cofradías de la Caridad en Roma, en las que se inspiró para dar nacimiento a la suya de Chatillon, nueve años más tarde. Gobernaba entonces la Iglesia el Papa Pablo V.

Por el momento, Vicente dista mucho de los verdaderos ideales sacerdotales, que han de mover a los ministros del al­tar. Sus aspiraciones se encierran en el deseo de obtener, cuan­to antes, un decoroso beneficio en Francia, a cuya capital llega antes de que expire el año 1608. Aquí, en París, permanecerá todo el resto de su vida, salvo algunos espacios cortos de tiempo. Mientras tanto, la Providencia estaba al quite de las ambiciones de Vicente, para convertirle en uno de los eclesiásticos de palabra más persuasiva.

«Vicente de Paúl, licenciado en Derecho Canónico»

El segundo certificado académico, conseguido por Vicente, se refiere a la concesión del título de licenciado en Derecho por la Universidad de París. Es difícil comprender su misión de organizador de Caridades, de Fundador y Superior de Congregaciones, de director de conciencias, de consejero real y reforma­dor del clero, sin concederle la ciencia del Derecho y una admirable estima de la disciplina eclesiástica. Muchos de sus éxitos radican precisamente en la sabia combinación que supo hacer de la ciencia teológica con la jurídica, encarnando el sentido práctico de la vida. Su ardiente caridad apostólica se ali­mentaba del amor incesante a la justicia, aprendida tanto en el Evangelio como en el Derecho de la Iglesia.

El primer documento que nos habla del nuevo título aca­démico está ligado al nombramiento de «Principal» de Bons Enfants, colegio universitario agregado a la Sorbona. En docu­mentos posteriores aparecerá también su nombre, seguido de la diócesis de origen y del título en cuestión: «Vicente de Paúl, sacerdote de la diócesis de Dax, licenciado en Derecho Canóni­co».

La obtención del título en Cánones nos plantea varias cues­tiones, que no niegan, por lo demás, la ciencia jurídica que asis­tió al Sr. Vicente. La primera y principal gira en torno al valor mismo del certificado. ¿Le fue concedido por méritos propios académicos o como premio honorífico a sus trabajos? ¿No le sería otorgado benévolamente en atención a los ministerios y funciones que iba a desempeñar? ¿Cuándo encontró tiempo para asistir regularmente a las clases?

Según los documentos de que disponemos, el título en De­recho le fue concedido a finales de 1623, o principios de 1624. Si la especialidad duraba seis años, habrá que imaginarse a Vi­cente enfrascado en los estudios, precisamente en la época en que más compromisos apostólicos le llovían, obligando a con­tinuos desplazamientos y viajes: desde 1612 rige la parroquia de Clichy, misiona por tierras de la familia Gondi, atiende a las galeras, crea y asiste a las Caridades, anima espiritualmente a las Visitandinas. Estos y otros ministerios le absorbían casi totalmente el tiempo lectivo de la Universidad.

El programa de estudios no era corto. Comprendía el Cor­pus Iuris canonici, consistente en seis colecciones canónicas ofi­ciales y particulares, de los años 1140-1503, es decir, desde el Decretum Gratiani hasta las Extravagantes communes. El Papa Gregorio XIII ordenó publicar, en 1502, la Editio romana, obra de los correctores, manejada en el mejor de los casos por Vi­cente de Paúl.

La concesión del título de licenciado en Derecho por la Sor-bona parece más explicable a la luz del nombramiento de Vi­cente como «principal» de Bons Enfants, a cuya posesión efec­tiva asistieron los Padres Portail y Feron. Dicho colegio es­taba entonces bajo la protección de Juan Francisco de Gondi, arzobispo de París, después que el maestro Luis de Guyard, doctor en Teología, le hiciera resignación del mismo. El hecho de que aparezca Vicente, titulado en Derecho, como

«Principal» o director hace sospechar que «este dato haya de ser encuadrado en el marco de los proyectos fundacionales. Si la cuna de la nueva Congregación iba a ser un colegio univer­sitario, el director del mismo debía poseer graduación superior al mero bachillerato en Teología conseguido por Vicente en los ya lejanos años de estudio en Toulouse».

De no haber obtenido el título por méritos académicos, lo que nos parece cada vez mas probable, Vicente lo conseguiría gracias a la amistad con la familia Margarita de Silly y Felipe Manuel de Gondi, hermano de Juan Francisco de Gondi, y a las relaciones entrañables con Andrés Duval, profesor de De­recho en la Sorbona, todos ellos protectores y animadores del Sr. Vicente en la fundación de la Congregación de la Misión. Por lo demás, la concesión honorífica del título de licenciado en Cánones por la Universidad de París no es un caso aislado e insólito: se conocen otros parecidos de personas relevantes en el siglo XVII.

El canónico Fournier expone algunas razones por las que convenía que el Fundador de la Misión alcanzara dicha gra­duación académica: «El conocimiento del Derecho canónico era de una necesidad perentoria en tiempos de san Vicente. La dispersión y el embrollo de los poderes de entonces exigían, en un eclesiástico llamado a dirigir a otros, nociones jurídicas claras y sólidas. Necesitaban saber defenderse, según las modali­dades en uso, derechos que fácilmente podían ser puestos en peligro y cuya defensa se exigía tanto más cuanto que a su po­sesión o a su pérdida podrían seguirse consecuencias muy gra­ves. De ahí un estado permanente de vigilancia y precaución. Los particulares debían vigilar incesantemente el horizonte para replicar a una ofensiva, y los detentores del poder eran considerados, sobre todo, como jueces. Todo tenía un aire de proceso. Todo era susceptible de ser avocado ante un tribu­nal». En efecto, la vida del Sr. Vicente estuvo cubierta de pleitos y procesos, y aunque no siempre los jueces fallaron a su favor, él supo defender, hasta el final, los justos derechos de la Congregación.

Lo mismo que a la Teología, Vicente debe al Derecho el sen­tido del orden, de la claridad, de la precisión y de la firmeza de lenguaje. Nada deja a la improvisación; reglamenta hasta los últimos detalles. Bien sabía él que la debilidad del hombre es grande, y que todos necesitan de unos cauces jurídicos mí­nimos para conducirse con regularidad. En la práctica de la di­rección espiritual adopta posturas comprensivas, aunque en el terreno ideológico de la moral aparezca tuciorista. Escoge me­dios divinos para realizar empresas divinas. Pide consejo a quien le puede asesorar. Pondera razones a favor y en contra de cualquier proyecto, pero cuando está seguro de algo, nada le detiene: se mantiene firme en el fin y ágil en los medios. Esta conducta suya queda reflejada en la correspondencia y en otros documentos escritos. El prólogo a las Reglas o Constituciones de la Congregación confirma el modo lento y seguro con que siempre procedió.

El prestigio de jurista práctico que adquirió Vicente de Paúl le atrajo consultas de extrema gravedad, como las presentadas por Richelieu sobre la validez del matrimonio de Gaston de Orleans con Margarita de Lorena, o las propuestas por el Príncipe de Condé en el Consejo de Conciencia. Abelly recoge en la biografía del Sr. Vicente esta exclamación del Príncipe, ante la ciencia canónica del consejero real: «Resolvéis en dos palabras dificultades espinosas». Sin embargo, san Vicente no fue nunca un profesional de la teología ni del Derecho Canónico; toda su ciencia la puso al servicio de la caridad.

«Los buenos y sabios doctores son el mejor tesoro de la Iglesia»

En la Historia de la Teología y de la Moral, san Vicente pasa desapercibido. En la historia del Derecho, el monje bene­dictino Lemoine le cita expresamente, pero sin la estimación que el Fundador de Congregaciones se merece. Más relie­ve adquiere en la historia del sentimiento religioso y de la li­teratura francesa. En la historia de la espiritualidad, el Santo carece de originalidad.

Podría parecer a algunos que el entusiasta reformador del clero se contenta con una dorada mediocridad intelectual, pero nada más lejos de la verdad. Tiene una profunda estima de la ciencia teológica y moral, y pone todos los medios a su alcance para asegurar, en los candidatos al sacerdocio, la mejor forma­ción eclesiástica. A éstos les dice con el ejemplo y la palabra:

«Aunque todos los sacerdotes estén obligados a ser sa­bios, nosotros estamos especialmente obligados a ello, en virtud de los ejercicios y ocupaciones que nos ha dado la divina Providencia, como son los Ordenandos, la direc­ción de los seminarios eclesiásticos y las misiones, aun cuando demuestre la experiencia que los que tienen más éxito son los que hablan con mayor familiaridad y senci­llez popular. De hecho, hermanos míos, ¿hemos visto al­guna vez que los que se ufanan de predicar bien hayan producido quizás algún fruto? Sin embargo, se necesita ciencia. Y añadió, además, que los que eran sabios y hu­mildes formaban el tesoro de la. Compañía, lo mismo que los buenos y sabios doctores son el mejor tesoro de la Igle­sia».

Otro factor inspirador de la palabra vicenciana son las tierras y sus habitantes. Algunas visitas giradas a pueblos y ciu­dades dejaron en Vicente de Paúl un recuerdo imborrable. No es que abunden en sus obras las descripciones paisajistas, no, pero ensaya ocasionalmente hermosas topografías. El costum­brismo de las gentes lo desarrolla más ampliamente, y hermo­sas etopeyas brotan de sus labios al hilo de una emoción o ca­riño por las gentes.

 

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