SAN VICENTE DE PAÚL Y SAN FRANCISCO DE SALES (V)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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III. PROPUESTA A LA FAMILIA VICENCIANA EN LA ACTUALIDAD

La proyección de la espiritualidad vicenciana en nuestros días necesita beber de la misma fuente que bebieron san Francisco de Sales y san Vicente de Paúl: el amor de Dios manifestado en Jesucristo. En el pasado anterior al Concilio Vaticano II se acu­mularon muchas normas y prácticas que llegaron a encorsetar la vida cristiana. Los documentos conciliares vinieron a ser como un soplo de aire fresco que oxigenó la vida de la Iglesia. La reno­vación propuesta por el Concilio pilotaba sobre dos pilares: la vuelta a las fuentes de la Sagrada Escritura y la Tradición, y la apertura al mundo moderno. Y la energía necesaria para llevar a cabo esa renovación se cifraba en el amor de Dios y la llamada universal a la santidad.

En el postconcilio, seguimos marcados por los enormes esfuerzos realizados en los diversos campos de la renovación conciliar y, en muchos casos, terminamos cansados y casi exhaustos de reuniones, convivencias, reflexiones, planes y pro­yectos. Será necesario no abandonar estos medios, pero es más urgente y definitivo redescubrir el amor que Dios nos tiene y la llamada que nos hace a cada uno, según su propia situación, a la santidad. Sólo desde la propia experiencia del amor de Dios llegaremos a ser buena noticia creíble para los demás. «Cristo en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, mani­fiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación».

En plena coherencia con esta dinámica conciliar, descubri­mos que la vocación vicenciana se apoya en la experiencia de Cristo como revelador de la misericordia de Dios en la evange­lización y servicio de los pobres96. La espiritualidad y doctrina de san Vicente de Paúl, marcadas por el amor y la bondad de Dios manifiestos en la persona de san Francisco de Sales, están de plena actualidad. Nos alientan y apremian a transmitir esa buena noticia a la sociedad y al hombre de hoy.

3.1. ANUNCIAR EL AMOR Y LA BONDAD DE DIOS

La «santa caridad» arraiga en el amor de Dios y se comprue­ba en el amor al prójimo. Cualquier actitud o actividad apostóli­ca ha de nacer del «puro amor de Dios» y de «su gloria». Más valdría no hacer nada, nos advierte san Vicente, que hacer algo que no sea por la gloria de Dios. «No, hijas mías, Dios no tiene en cuenta vuestras confesiones ni vuestras comuniones, ni siquiera el servicio que le hacéis a los pobres, si no va hecho por un alma unida a él y al prójimo por caridad».

La primacía de la caridad es una afirmación constante de toda la tradición cristiana, siguiendo la confesión del Apóstol en la primera carta a los Corintios: «… si no tengo amor no paso de ser una campana ruidosa o unos platillos estridentes… si no tengo amor no soy nada… si no tengo amor de nada me sirve». La teología clásica explica esta excelencia de la caridad porque es la que más nos une a Dios y porque sin ella no puede existir ninguna de las virtudes infusas.

En la vocación vicenciana la caridad es más que una virtud, es una actitud existencial que arraiga en el puro amor de Dios y se manifiesta en la caridad con el prójimo. El mismo servicio a los pobres que no se hace movido por el amor de Dios, amor des­interesado y gratuito, corre el peligro de convertirse en instru­mento de humillación, sometimiento y manipulación. El amor de Dios es el único capaz de revelarnos el verdadero rostro del pobre y dignificar, al mismo tiempo, al pobre y al que lo sirve. Tampoco basta con tener grandes sentimientos. La caridad de Cristo nos apremia y rompe obstáculos y barreras. «La caridad está por encima de todas las reglas», afirma san Vicente, y sólo el amor es capaz de abrir los corazones.

La Familia Vicenciana está llamada más que nunca a ser tes­tigo de esta buena noticia para la sociedad y el hombre de hoy.

San Vicente, arrebatado por el amor de Cristo: Miremos al Hijo de Dios: ¡qué corazón tan caritativo! ¡qué llama de amor! …», nos alienta a llevar a nuestro alrededor y por todo el mundo el amor de Dios, ya que nuestra vocación es ir a encender este fuego divino por toda la tierra.

¿Cómo responder a esta vocación? Sin duda, buscando solu­ciones eficaces al servicio de los pobres y que transformen las estructuras injustas. Para eso, en los últimos años se nos ha invitado a «ser creativos» en el servicio de los pobres, se ha pro­movido con denuedo la unión y coordinación de todas las aso­ciaciones de la Familia Vicenciana, se han creado organismos de conexión para influir en la Instituciones Internacionales donde se puede jugar el destino de muchos pobres, e incluso se ha llegado a hablar de un «Think Tank». Todo ello es seguramen­te la expresión de un compromiso serio a favor de los pobres. Sin embargo, la propuesta que, según yo entiendo, nos hace hoy san Vicente de Paúl en sintonía con san Francisco de Sales, va más allá.

En las sociedades actuales, ciertamente en las más desarrolla­das y organizadas, son muchos los grupos sociales, políticos, ideológicos y religiosos que pretenden aportar su propia visión y, cada vez más, implicarse en la transformación de las estructuras que oprimen a los pueblos y a los pobres. En muchos casos se trata además de profesionales con sólida preparación y larga experiencia. Además, al contar con apoyo y ayuda institucional, tienen un potencial económico incomparablemente mayor que el que podamos disponer nosotros.

Nuestra aportación como vicencianos no puede establecerse, desde luego, en competencia con esos grupos, sino en una cola­boración. Pero, sobre todo, nosotros estamos llamados a hacer presente en el mundo y ante los pobres la Bondad de Dios, en la manera en que san Vicente la vio expresada en la persona de san Francisco de Sales y la consideró su propia vocación y la de sus seguidores. Las expresiones «puro amor de Dios» y «la gloria de Dios» frecuentes en los labios de Francisco de Sales y Vicente de Paúl, respectivamente, constituyen el fundamento de la espiri­tualidad vicenciana, que es el encuentro con el prójimo, con el pobre, en la mirada y amor de Dios, el amor con que Dios nos ama en Cristo. En palabras de san Vicente: «Dar a conocer a Dios a los pobres, anunciarles a Jesucristo, decirles que está cerca el reino de los cielos y que ese reino es para ellos». Sólo así queda radicalmente excluida cualquier clase de utilización, humillación o intento de manipulación del pobre. Y, al mismo tiempo, cobra sentido la expresión de san Vicente: «el amor es infinitamente inventivo». Hay que acudir al servicio del pobre como quien acude a apagar un incendio.

La primera encíclica del Papa Benedicto XVI: «Deus Caritas est», podemos verla como un don con que el Señor nos quiere estimular en nuestra vocación. El espíritu vicenciano resuena también en el mensaje que dirigió a los jóvenes en su reciente viaje a Brasil: «Nunca podemos decir basta, porque la caridad de Dios es infinita y el Señor nos pide, o mejor, nos exige ensan­char nuestro corazón para que en él haya cada vez más amor, más bondad, más comprensión con respecto a nuestros semejan­tes y a los problemas que afectan no sólo a la convivencia huma­na, sino también a la efectiva preservación y conservación de la naturaleza, de la cual todos formamos parte».

3.2. VIVIR EL HUMANISMO CRISTIANO

El mundo occidental en general, y particularmente España, vive inmerso en una corriente relativista que iguala y minimiza todos los valores. En medio de esa confusión, algunos aprove­chan para intentar imponer una visión del mundo que ignore y prescinda de Dios. Es el frente del laicismo que pretende filtrarse en todas las instituciones como el común denominador de la cul­tura. Primero se confunde laicidad con laicismo, y a continua­ción se hace la equivalencia de aconfesional y laicismo. Así se pueden presentar la religión y, en particular, la Iglesia católica como instituciones que deben quedar reducidas a la vida privada y desaparecer de la vida pública. En algunos casos se las llega a considerar como perjudiciales para la autonomía humana.

Ahora bien, en sentido teológico, laicidad se contrapone a clerical. Laicos son los fieles cristianos, dentro del pueblo de Dios, que tienen como propio y peculiar el carácter secular. Mientras los sacerdotes se caracterizan por estar destinados prin­cipal y expresamente al sagrado ministerio, y los religiosos por su testimonio preclaro del espíritu de las bienaventuranzas. Por otra parte, en sentido político civil, laicidad se refiere, como el mismo nombre indica, a «laos», es decir, a pueblo, como sociedad organizada. La autoridad política, al servicio de esa sociedad, no está para imponer o negar la fe, sino para amparar la dignidad y libertad de sus miembros a través de la «realización del bien común».

El Concilio reconoce los valores humanos, que por proceder de la inteligencia que Dios ha dado al hombre, poseen una bon­dad extraordinaria101. Pero, a causa de la corrupción del corazón humano, necesitan purificación. Por eso, el pueblo de Dios, movido por la fe que lo ilumina todo con nueva luz, ha de dis­cernir en los acontecimientos, exigencias y deseos, de los que participa en unión con sus contemporáneos, el plan de Dios sobre la entera vocación humana.

Sabemos que la realidad terrena goza de propia autonomía, porque por voluntad del Creador todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad y bondad propias. Pero cuando se quiere entender autonomía por independencia de Dios, estamos cayen­do en la nada. La criatura sin el Creador desaparecen.

En su época, tanto Francisco de Sales como Vicente de Paúl supieron encarnar modelos egregios de humanismo cristiano. El resurgir de los valores del mundo clásico greco-romano, en la época del Renacimiento, suscitó en el mundo cristiano la necesi­dad de dar una respuesta teológica y espiritual. Nació así la gran corriente del que podemos llamar «humanismo cristiano», que buscó integrar los nuevos valores humanos dentro de la visión cristiana del hombre y del mundo. Su base está en la doctrina del Concilio de Trento sobre el pecado original, que ha dejado heri­da la naturaleza humana, pero no destruida. Permanece, por lo tanto, una cierta suficiencia de la naturaleza humana.

San Francisco de Sales ve en esta «suficiencia» de la natura­leza humana una inclinación a amar a Dios sobre todas las cosas. Desde esa «santa inclinación» el hombre, con la gracia de Dios, puede llegar a la meta de la santa caridad, consiguiendo la perfección humana y cristiana. En síntesis, como expresa el mismo santo: «No podremos ser verdaderos hombres sin la incli­nación a amar a Dios sobre todas las cosas, ni verdaderos cris­tianos sin practicar esta inclinación».

Vicente es deudor en alguna medida de la visión negativa del hombre representada por Benito de Canfield y Bérulle. Al consi­derar al hombre en relación a Dios lo ve como nada y, después del pecado, como nada miserable. Pero su encuentro con Cristo le lleva a descubrir el amor de Dios que dignifica y eleva al hom­bre hasta Dios. Su identificación con Cristo cristaliza en la prác­tica de las máximas evangélicas, cuya fuente y motor es el celo, «que consiste en un puro deseo de hacerse agradable a Dios y útil al prójimo». Esa llama de amor es la que enterneció el cora­zón de san Vicente y le llenó de compasión y ternura con los pobres. A sus seguidores todavía nos sigue repitiendo lo que decía al Fermín Get, superior de Marsella, el 8 de marzo de 1658: «¡Qué Dios nos conceda la gracia de enternecer nuestros corazones en favor de los miserables y de creer que, al socorrer­les, estamos haciendo justicia y no misericordia! Son hermanos nuestros».

Los dos santos nos enseñan a ver siempre al hombre desde Dios, o bien partiendo del hombre para subir hasta su Creador y Redentor, o bien partiendo de Dios para descender hasta el hom­bre. Es lo que el Concilio Vaticano II expresó con tanta claridad y nitidez: «Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del mis­terio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación».

3.3. MANIFESTAR LA ALEGRÍA DE LOS HIJOS DE DIOS

Entre las corrientes actuales del mundo occidental y cada vez más el mundo globalizado, tienen enorme arraigo la llamada «cultura Light» y el mundo del consumo. Dentro del relativismo generalizado, se trata de medir los valores por la subjetividad personal y la satisfacción inmediata. Incluso, cuando es el caso, se llega a crear una religión a la propia medida, donde la fe y los valores morales tienen cabida en cuanto coincidan con los sentimientos subjetivos. Para esto, al mismo tiempo, se trata de esconder toda realidad que pueda estorbar o cuestionar ese pre­supuesto, como el mundo del dolor y el sufrimiento, o la pregun­ta por el sentido de la vida. Esta situación está reclamando con urgencia el anuncio de la Buena Noticia del Evangelio. En el intento de comunicarla, con frecuencia se ha apuntado a una fácil acomodación a los criterios de ese mundo o bien a un rechazo sin más, y se ha olvidado que la Buena Noticia sólo se transmite con la autenticidad de la fe y el testimonio de vida.

Bien mirado, este mundo está emitiendo la misma llamada de siempre que se esconde en el fondo del corazón humano. Es la llamada a la felicidad. Parece resonar ahí la experiencia de san Agustín: «nos hiciste Señor para ti y sólo en ti encontraremos nuestra felicidad». Se nos dice que la gente, los jóvenes en par­ticular, quieren que le hablemos de libertad y de alegría. Palabras como mortificación, sacrificio y ascesis suenan en algunos ambientes a represión más que a liberación. En alguna medida, desde su punto de partida, son coherentes. Sólo el amor de Dios puede ser fundante del ser humano. Es desde esa experiencia del amor de Dios cuando uno aprende a renunciar a sí mismo y a todo cuanto pueda ser un obstáculo en esa unión con Dios y con los hermanos. Ya decía san Agustín que el amor no es trabajo.

San Francisco de Sales recuerda la triple confesión de amor de san Pedro a Jesucristo, con ocasión del acto de oblación de las tres primeras Hijas de la Visitación. Quiere que sea «todo por amor» y «nada por la fuerza». Propone atraer a los hombres a través de la «suave dulzura del amor divino», pero no dudará en proclamar el Calvario como el monte de los amantes. El amor da todo y exige todo. La ascesis queda integrada en la mística del amor y así pierde su rostro sombrío. La alegría de Jesús nace de saberse amado por el Padre y cumplir su voluntad hasta el extre­mo del dar su vida. Nuestra alegría nace de sabernos amados por Dios y de que Él nos dará también la gracia de amarle. Esa es la suprema dicha del alma. Santo Tomás explicaba que la alegría cristiana nace directamente de la devoción que nos lleva a la entrega a Dios.

Quien ama a Jesucristo será amado por su Padre, hasta el punto de tratarlo como hijo y derramar sobre él, con la efusión de su Espíritu, la gracia de la fe, esperanza y caridad. Esta viven­cia estaba profundamente arraigada en la experiencia personal del san Vicente. Según certifica Abelly, en cuanto tomó la reso­lución de entregar toda su vida al servicio de los pobres por amor a Jesucristo, «por un efecto maravilloso de la gracia… su cora­zón se encontró sumido en una dulce libertad». Más tarde declarará felices a los misioneros que hayan ejercido la caridad con los demás, porque «lo que se hace por caridad, se hace por Dios». Por el amor desaparece la actitud de siervo y nace la libertad de hijo. Más aún, permanecer en ese amor nos lleva a la alegría total (cfr. Jri 15). Es el testimonio pascual: Los discí­pulos se llenaron de alegría al ver al Señor Jesús. Es la alegría de la que nos habla Pablo VI y que él mismo define como «partici­pación espiritual en el gozo insondable, humano y divino a la vez, que se encuentra en el corazón de Cristo glorificado”.

José Mª López Maside

CEME, 2008

 

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