San Vicente de Paúl y los Gondi: Capítulo 03

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Régis de Chantelauze · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1882.
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Capítulo III

Jean-François de Gondi, primer arzobispo de París. Retrato de este prelado por su sobrino el cardenal de Retz y por el Padre Rapin. – Administración de François de Gondi. – Sus diferendos con su sobrino, el coadjutor de París. Jugada que le hace éste a su tío para que no vaya al Parlamente.

Después de la muerte de Enrique de Gondi, primer cardenal de Retz, fue su hermano Juan Francisco de Gondi, a quien había elegido por coadjutor, y quien, desde hacía doce años, era decano del capítulo de Nuestra Señora de París, quien le sucedió. Hacía tiempo que los reyes de Francia soñaban con elevar la iglesia de París a la dignidad de metrópolis. Luis XIII se lo pidió a Gregorio XV, quien consintió en erigir esta sede en arzobispado por bulas con fecha del 20 de octubre de 1622, y el 19 de febrero de 1623, Juan Francisco de Gondi fue consagrado primer arzobispo de París. A la nueva metrópolis le fueron dados por sufragáneos los obispos de Chartres, de Meaux y de Orléans, a los que se añadió más tarde el de Blois, creado por Luis XIV. Luis XIII y, después de él, su viuda Ana de Austria, hecha regente, encontraron en el nuevo arzobispo a un hombre más dócil todavía y más suave de lo que se habían mostrado hacia el poder real sus dos predecesores, el cardenal de Gondi y el primer cardenal de Retz. El Rey le nombró sucesivamente gran maestro de su capilla, comendador de sus órdenes y consejero de Estado. «El cardenal de Richelieu, llamado Tallement de los Réaux, tuvo ganas de tener su arzobispado y propuso entregar el de Lyon al abate de Retz, luego su coadjutor. Esto fue en una especie de tratado; luego el cardenal no se preocupó por ello demasiado, ya que este hombre no le molestaba nada, y estaba muy seguro, en caso de supervivencia, de que lo obtendría, o se lo daría a quien bien le viniera».

Tallement añade que Francisco de Gondi «estaba bien hecho y tenía carácter, pero que no sabía nada», aunque dijera «las cosas con mucho agrado». «El sr de París, sigue diciendo, había hecho anteriormente muchos gastos; tenía música y equipajes; lo redujo un poco y rompió su música. Se dice que, una vez enjugados sus asuntos, le quedaron más de cien mil libras de renta; con todo se trataba tan mal que no se hubiera atrevido a invitar a comer a nadie sin ser avisado. «En el tiempo en que no había roto todavía por completo con el mundo, se complacía, según el testimonio del cardenal de Retz, en mandar representar, en su bonita casa de Saint-Cloud, piezas de Corneille, y se bailaba allí en brillante compañía.

Retz trazó de su tío, en dos pinceladas, un retrato moral cuyo perfecto parecido va a manifestarse bien pronto en acción. «Mi tío, dice él, muy pequeño, envidioso y difícil…, que era el más débil de todos los hombres. Era, por una razón bien común, el más glorioso». Por su parte, el P. Rapin tuvo cuidado de anotar «que no tenía suficiente firmeza de espíritu para defenderse contra los que pretendían dirigirle».

Flotando entre las influencias más opuestas, fue sucesivamente favorable o contrario a los solitarios de Port-Royal, si bien en el fondo sintió hacia ellos una inclinación secreta. Su sobrino, que fue más tarde su coadjutor y sucesor, el cardenal de Retz, no siendo por el momento más que simple abate, se había ligado secretamente, pero por pura ambición, para crecer en el mundo y a la cabeza de los negocios, con los hombres más movidos del partido jansenista. Fue de él sobre todo de quien se sirvieron para apoyar sus intereses ante el arzobispo de París. Pero el abate quien, por su espíritu y su superioridad, había despertado tempranamente contra él las envidias de su tío, se guardó muy bien de protegerlas ostensiblemente, por miedo a arruinar sus asuntos. Con su habilidad sin igual, puso en funcionamiento todos los resortes más secretos para convertirse en su amo sin que tuviera la menor sospecha de ello, y lo logró más de una vez. La princesa de Guémenée, quien tenía un pie en el mundo y el otro en Port-Royal donde, según la expresión de su íntimo amigo, el cardenal de Retz, «ella hacía sus escapadas más bien que sus retiros», era el principal agente de quien se servía ante su tío en favor de los jansenistas. La princesa fue bastante hábil para llevar al arzobispo a revocar más de una de sus decisiones contra ellos. Aquí van dos ejemplos tomados de dos fuentes diferentes.

A la muerte de Luis XIII, los Jesuitas señalaron al prelado que el catecismo de San Cyran contenía varias proposiciones erróneas sobre los dogmas de la Iglesia. El sr de Gondi se puso furioso, preparó un mandato en el que prohibía «enseñar otro catecismo que el suyo y particularmente un cierto librito intitulado: Théologie familière, etc.1«. Ya estaba el mandamiento en todas las parroquias para ser publicado en las homilías, cuando Antoine Arnauld «comenzó a trabajar con los doctores del consejo, y la Señora princesa de Guémenée con el Señor de París, y lo hicieron tan bien que, el mismo domingo en que este mandato debía hacerse público2, los párrocos recibieron otro mandato impreso que revocaba el primero3«.

Acabamos de citar el testimonio de un jansenista, a propósito de esta influencia secreta de la princesa sobre el espíritu del prelado. Éste es el que da un Jesuita en un caso parecido. Cuando, varios años después, el arzobispo hubo prohibido al sr Singlin, director del monasterio de Port-Royal, por haber adelantado ciertas proposiciones en favor del establecimiento de la penitencia pública4, «la princesa de Guémenée y todas las damas de calidad solicitaron, por sí mismas o por medio de sus amigos, del arzobispo de París restablecer a su predicador y, después de varios meses de intrigas y de negociación, se levantó por fin el entredicho, a condición de que el sr Singlin se retractara y predicara lo contrario de lo que había predicado5«.

Para quien sabe a qué atenerse sobre la naturaleza de las relaciones que existían entre la princesa y el coadjutor de París, la intervención de éste no podría ofrecer sombra de duda, lo mismo sucedió con el entredicho del P. Desmares, el eminente orador sagrado de Port-Royal. Tal vez el débil prelado hubiera cedido una vez más a una diputación de damas que le enviaron, si la Reina, que era intratable en este capítulo como en otros muchos, no se hubiera resistido, a pesar de las insistentes súplicas del coadjutor6.

Unas veces vemos a Francisco de Gondi presidir con gran pompa la ceremonia de la apertura de la iglesia de Port-Royal de París7 y favorecer todo el desarrollo del monasterio, bien en París, bien en el valle de Chevreuse, y bien asimismo defender a las religiosas de Port-Royal contra los violentos ataques del P. Brisacier, Jesuita, y censurar su libro, declarando, en una ordenanza publicada en todas las parroquias8, que estas religiosas «son puras e inocentes de los crímenes con los que el autor ha querido ennegrecer el candor de sus buenas costumbres y ofender su integridad y religión9«; otras se le ve bajo la presión de los Jesuitas y de Richelieu dar su autorización a las persecuciones ejercidas contra el abate de Saint-Cyran, el primer fundador de las doctrinas jansenistas en Francia. Finalmente, cuando esta gran cuestión, que debía agitar Francia durante dos siglos, fue sometida a la curia de Roma, el prelado, sin saber qué partido tomar sobre cuestiones muy lejos del alcance de un teólogo tan malo como era, creyó salir ante todo del paso lanzando un primer mandato para imponer silencio a los dos partidos. Pero cuando Inocencio X hubo condenado las cinco proposiciones del libro de Jansenio, se inclinó y dirigió un segundo mandato para comprometer a sus diocesanos en una perfecta y sincera sumisión10.

Uno de los reglamentos de Francisco de Gondi nos revela ciertos detalles por demás curiosos sobre las costumbres del siglo diecisiete. El número de los matrimonios ilícitos se multiplicaba cada vez más. Cantidad de hijos de familia, unos sin el consentimiento de sus padres, otros sin tener en cuenta las oposiciones jurídicas, se presentaban con las prometidas de su elección ante un párroco y testigos, y se tomaban mutuamente por esposos, «sin aprobación ni bendición, y sin guardar ninguna de las formalidades requeridas11«. Para cortar por lo sano este grave abuso, nuestro prelado decretó contra los delincuentes la excomunión mayor, lo que, en una época de fe, no dejó de producir un gran efecto.

Lo que más honra a su administración es haber favorecido por todos los medios la fundación de la Obra de las misiones de san Vicente de Paúl, y contribuido con todo su poder y todo su crédito a la creación de los seminarios de Saint-Nicolas du Chardonnet y de San Lázaro. Veremos pronto, al estudiar la naturaleza, el carácter y el fin de estas importantes fundaciones, qué eminentes servicios prestó a la Iglesia Francisco de Gondi.

Hemos hablado de las disensiones profundas que existían entre el tío y el sobrino. En este punto, todas las Memorias del tiempo están de acuerdo. «El coadjutor sentía un desprecio tan grande del arzobispo, y el arzobispo una envidia tan extraordinaria contra el coadjutor, dice el P. Rapin, que todas las medidas de correspondencia o de convivencia estaban rotas entre ellos, de manera que resultaba muy mala la recomendación ante el tío la consideración del sobrino por cualquiera que fuese12«.

«En la regencia, dice Tallemant de los Réaux, Francisco de Gondi hizo coadjutor a su sobrino; pero pronto se arrepintió y le entró una envidia furiosa contra él. Un día que al bajarse de la carroza, dio con su cuerpo en el suelo, al querer apoyarse en la Familia: -¡Ah,. se dijo, en qué estaba yo pensando también para querer apoyarme en un hombre que es mi coadjutor!»

Éste habitaba en el pequeño arzobispado; pero los asuntos de la diócesis le llamaban sin parar al arzobispado donde habitaba su tío, y como sus mutuas reyertas se calentaban más y más, esta vida en común acabó haciéndoseles insoportable. Francisco de Gondi quien, en su juventud, había vestido el hábito de capuchino, y que había conservado hacia esta orden una predilección particular, se había hecho construir, cerca del convento de los Capuchinos del barrio de Saint-Jacques, una casa en la que buscaba refugio con frecuencia para sustraerse a las querellas intestinas del arzobispado. En este mismo barrio o suburbio, en la casa del oratorio, fue donde su hermano Manuel de Gondi, despojándose de todas las dignidades, fue más tarde a abrazar la vida religiosa.

Durante estos retiros del arzobispo, su sobrino que, desde 1643, era su coadjutor, no perdía ocasión para ir haciéndose a la diócesis y echando las bases de su poder futuro. Este hombre extraño que, para la posteridad, no ha dejado más que el recuerdo de un genio turbulento e inquieto, estaba dotado sin embargo de todas las cualidades de un excelente organizador. Con un raro vistazo, había comprendido que la mayor plaga del clero de su tiempo era la ignorancia en la que se había sumergido tras las guerras de religión. ¿Y qué se le ocurre entonces? Una reforma de lo más ingenioso y de lo más práctico. «Yo continué haciendo en la diócesis, nos dice en sus Memorias, todo lo que la envidia de mi tío me permitió emprender sin molestarle…Emprendí sondear la capacidad de todos los sacerdotes de la diócesis, lo que era verdaderamente de una utilidad inconcebible, Formé a este efecto tres tribunales, compuestos de canónigos, de párrocos y de religiosos, que debían reducir a todos los sacerdotes a tres clases, la primara de las cuales era de los capaces, a quienes se dejaba en el ejercicio de sus funciones; la segunda, de los que no lo eran, pero que podían llegar a serlo; la tercera, de los que no lo eran y no podían serlo nunca. Se separaba a los de estas dos últimas clases: se les prohibían sus funciones, se los metía en casas distintas, se instruía a unos y se contentaba con enseñar puramente a los otros las reglas de la piedad. Ya se imaginan ustedes que estos establecimientos debían ser de un gasto inmenso; pero me llegaban sumas importantes de todos los lados. Todas las bolsas de la gente de bien se abrieron con profusión».

Todo habría resultado con éxito sin duda, a no ser porque la envidia de Mazarino se juntó con la de mi tío. Éste, a cubierto por el ministro, regresó a toda prisa de su suburbio y, bajo el más frívolo pretexto, mandó a su demasiado hábil sobrino que no diera un paso más con su plan. Esta envidia del tío se aumentaba a medida del papel cada vez más importante que desempeñaba en la escena de la Fronda el coadjutor, quien se había convertido en el jefe de ella. El arzobispo tenía derecho a sentarse en el Parlamento y, en su ausencia, este derecho pasaba a la cabeza de su sobrino. Cuando el duque de Beaufort y el coadjutor fueron requeridos para presentarse al Palacio, para responder allí a la acusación del príncipe de Condé de haber intentado asesinarlo en el puente Nuevo, la reina escribió enseguida al arzobispo para conjurarle que fuera a ocupar su lugar en el Parlamento para que el coadjutor no pudiera hacerlo. Pero el coadjutor, que no era hombre a quien se la pudieran engañar tan fácilmente, inventó la más ridícula de las estratagemas para que no saliera de la casa. Él mismo ha contado de la forma más chispeante esta escena digna del genio de Molière en el Enfermo imaginario.

«Me fui, dice él, hacia las tres de la mañana, en busca de los Srs de Brissac y de Retz, y me los llevé a los Capuchinos en el suburbio de Saint-Jacques, donde el sr de París había dormido, para rogarle, como si fuera de familia, que no fuera al Palacio. Mi tío no tenía sentido, y lo poco que tenía no le servía de gran cosa; me tenía envidia hasta el ridículo. Él había prometido a la Reina que iría a ocupar su silla; no entró en nuestras facultades sacar de ello más que impertinencias y jactancias: que él me defendería mejor de lo que yo mismo podría hacerlo. Se darán ustedes cuenta, por favor, que, aunque hablara como un chorlito en particular, se quedaba siempre mudo como un pescado en público. Salí de su cámara a la desesperada…»

¿Qué hace entonces el coadjutor? Se imagina una jugarreta a la Scapin. Pero, como sentiría cierta vergüenza en confesarlo, se lo pone en la cuenta de otro a quien, si él se lo hubiera soplado, no se le habría ocurrido ciertamente la idea de inventarlo.

«Un cirujano que tenía, prosigue Retz, me pidió que fuera a esperar noticias suyas a los Carmelitas, que vivían cerca, y me sucedió encontrarme, un cuarto de hora después, con buenas noticias. Me dijo que nada más salir nosotros de la cámara del sr de París, había entrado él; que le había alabado mucho por la firmeza con que había resistido a sus sobrinos, que le querían enterrar vivito; que le había exhortado después a levantarse con diligencia para ir al Palacio; que una vez fuera de la cama, le había preguntado con un tono de susto cómo estaba; que el sr de París le había respondido que «se encontraba bien»; que le había dicho: «No puede ser, tenéis una cara demasiado mala»; que le había tomado el pulso; que le había asegurado que tenía la fiebre, y tanto más de temer cuanto menos lo parecía; que el sr de París se lo había creído; que se había metido en la cama, y que todos los reyes y todas las reinas no le sacarían de allí en quince días13«.

Beaumarchais encontró la escena tan cómica, que se la apropió en su Barbier de Séville, con esta diferencia que Bazile, a quien se quiere persuadir de que está enfermo, para retardarle, entra complacientemente en ese papel de enfermo imaginario, gracias al argumento irresistible que se le ofrece14, mientras que el demasiado crédulo arzobispo no duda de que no tenga la fiebre, sin la menor sospecha de que se haya dejado engañar por su Esculapio y por el travieso de su sobrino.

Fácil de suponer a qué negros accesos de envidia se entregó ante la noticia de que este terrible sobrino acababa de recibir el capelo de cardenal, qué satisfacción secreta experimentó cuando vio que lo conducían prisionero a Vincennes! Azuzado vivamente por el capítulo y los párrocos de París para actuar con energía ante la corte para su liberación, Francisco de Gondi «no los apoyó más que blandamente». Se contentó con ordenar plegarias públicas. Los hombres de importancia del partido jansenista no emplearon menos celo en suplicarle que escribiera al Papa y a los cardenales «por su ensanchamiento, cosa que no hizo, dice el P. Rapin, sino con toda la tranquilidad del mundo y en los términos más débiles que pudo, no sólo porque su edad y su temperamento no le permitían ser muy activo, sino porque, a la verdad, nadie sintió tanta satisfacción como él por la prisión de su sobrino, ni se dio menos prisas por su libertad. Los pasos que le obligaron a dar en la corte para ello sólo sirvieron para dejar claro el escaso interés que ponía en ello15«.

Mientras tanto Mazarino, inquieto por la compasión que mostraba el pueblo de París hacia el cardenal cautivo, tomó la resolución, por miedo a un ataque sorpresa, de trasladarle a Amiens, a Brest o a El Havre. Retz nos hace saber él mismo que ante esta noticia se hizo el enfermo y que Mazarino le envió un médico para ver si lo estaba efectivamente. En éstas, murió el arzobispo de París, como consecuencia de un violento ataque de piedra, este acaecimiento tuvo lugar el 21 de marzo de 1654, a las cuatro de la mañana, y a las cinco, antes de que la corte fuera advertida, el coadjutor fue proclamado arzobispo de París por el capítulo de Nuestra Señora, que había recibido de él, de antemano, una procuración en debida y buena forma. Nunca había sido burlado Mazarino más hábilmente. En las manos del cardenal de Retz, el arzobispo era un arma temible, y en adelante, hasta la muerte del favorito victorioso, el faccioso se servirá de ello con una testarudez y una habilidad sin igual para crearle problemas sin descanso y envenenar su triunfo. A esta nueva guerra entre el cardenal arzobispo y el cardenal ministro se ha dado en llamar Fronda eclesiástica. Durante siete años, Mazarino, armado con la omnipotencia real, se esfuerza por arrancar la sede de París al cardenal fugitivo, empleando una tras otra las ofertas más seductoras y las más terribles amenazas; llega incluso a intentar un proceso por crímenes de lesa majestad, y le hace acosar por todas partes por su policía secreta; y durante siete años, Retz, apoyado por la curia de Roma, resiste con una intrepidez que no se doblega nunca; abruma a su enemigo con cartas pastorales, órdenes escritas, panfletos, y no dimite de su sede y no deja las armas hasta después de la muerte de su enemigo. Se sabe que las Memorias de Retz acaban bruscamente el año de 1655, en el mismo instante en que inicia la narración de esta lucha encarnizada. Nunca desde entonces, esta guerra entre el poder civil y el poder sacerdotal, entre el Louvre y el Vaticano, guerra que fue conducida por los dos mayores diplomáticos del siglo diecisiete, nunca fue contada con pleno conocimiento de causa y de una manera digna del asunto. Con la ayuda de todas las piezas del proceso que, en su mayor parte, son inéditas, trataremos algún día de ocuparnos de esta tarea. Mientras tanto, debemos ceñirnos hoy a no estudiar, en la vida del cardenal de Retz, más que los episodios y las partes que se relacionan con la historia de Vicente de Paúl, su primer fundador.

  1. Mémoires de M.Lancelot touchant la vie de M. de Saint-Cyran, t. 1er.
  2. 1º de febrero de 1643.
  3. Mémoires de M . Lancelot touchant la vie de M. de Saint-Cyran, t. 1º.
  4. 28 de agosto de 1649.
  5. Mémoires du P. Rapin, t. 1º, p. 305.
  6. Mémoires du P. Rapin, t. 1º, p. 305.
  7. 1647, ibid.
  8. 7 de enero de 1652,
  9. Mémoires de Lancelot.
  10. Éloges hsitoriques des évêques et archevêques de Paros, etc., p. 41.
  11. Ibid.
  12. Mémoires du P. Rapin, t. 1º, p. 407.
  13. Mémoires du cardinal de Retz.
  14. Le Barbier de Seville, acto III, escena IX.
  15. Mémoires du P. Rapin, t. II, p. 203.

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