San Vicente de Paúl y las Virtudes: la caridad

Francisco Javier Fernández ChentoFormación Vicenciana0 Comments

CRÉDITOS
Autor: Desconocido · Fuente: En tiempos de Vicente de Paúl y Hoy, Vol. 1.
Tiempo de lectura estimado: 17 minutos

I.- Introducción

Los hombres han conservado la nostalgia de una edad de oro en la que todos eran felices dentro de una armonía general del hombre con Dios, con la naturaleza y con sus semejantes. El símbolo de ese paraíso terrestre, en términos de Isaías, era el niño jugando en el nido de una serpiente, y el lobo y el cordero viviendo como hermanos.

El Génesis, en el relato de la caída, describe el paraíso perdido, la relación amorosa con Dios, truncada, y las relaciones con los demás, viciadas por el egoísmo, hasta en el amor que debía unir a la pareja.

Sin embargo, el ideal de un universo reconciliado permanece, donde, en una naturaleza nuevamente amansada, los hombres se sentirían de nuevo hermanos bajo la mirada de un Padre reencontrado. Ése es el lenguaje de las “utopías” que, periódica-mente, reavivan en la imaginación de los hombres esta esperanza, ya se trate de la utopía de Tomás Moro o de Campanella, o también del mito del Buen Salvaje en el siglo XVIII o, finalmente, de la fraternidad de la “Gran Tarde”.

Todas ésas son creaciones del ingenio, mientras que Cristo, en persona, ha venido a reparar las consecuencias de aquel desastre y a crear un mundo nuevo, enseñando otra vez a los hombres con su enseñanza, su vida y su muerte el gran mandamiento de la caridad, reconciliándolos con Dios, con el mundo y entre ellos.

Su venida inauguró esta nueva creación: como consecuencia, nació una nueva comunidad, por el amor de Dios, que reunió a unos hermanos. No tenían, según la expresión de san Lucas, más que un solo corazón y una sola alma, con el fin de que no hubiera más indigentes entre ellos. Aquella pequeña sociedad, primicias del mundo nuevo, causaba la admiración de todos (Hechos 2, 42-48; 5, 32-35).

Con fortuna diversa, la Iglesia, a lo largo de los siglos, ha propuesto a los hombres esa enseñanza, y también la ha vivido. Pero los viejos instintos paganos de egoísmo y de violencia tienen una vida duradera, y se perpetuaron, volviendo otra vez a lo antiguo. Bajo su influencia, la humanidad, en un momento o en otro, vuelve a la barbarie: los ejemplos de nuestros días son desgraciadamente demasiado numerosos. Mas la perversión peor es la que se produce en nombre del Evangelio. ¿Cómo se ha podido imponer, espada en mano, un mensaje de amor y de mansedumbre a quienes lo entendían de un modo diferente? Ha sido necesario que se callen los gritos de muerte y el tumulto de las armas, para que se oiga nuevamente la buena nueva que todos los hombres son hijos de Dios y amados por El, y que, siendo hermanos, su pri­mera obligación es la de amarse entre sí.

Quien la proclamó con más claridad no discutió, no levantó la voz, no impuso su convicción ni con la palabra ni con la fuerza. Era de ésos que hablan con los hechos. Dios había amado a los hombres, había que mostrárselo, era necesario que se sintie­ran amados por Él. Los hombres eran hermanos; tenía que verse.

El Sr. Vicente, cuya personalidad se llevaba bien con todas las clases sociales, desde el rey hasta el mendigo, volvió a enseñar a su siglo un Dios de amor, a quien hay que amar más, que no temer. Le enseñó una vez más que el verdadero amor de Dios es el que ama concretamente a los que Dios prefiere, es decir, a los carentes de todo, a los más pequeños. Le volvió a enseñar que solamente la caridad podía crear entre los hombres un “deseo de vivir” en comunidad, una sociedad, en la que se sien­ten hermanos: ¡el derecho y la justicia no bastan ni con mucho!

Ese siglo (XVII) no hubiera merecido el título de grande, no hubiera sido, como los otros, más que un siglo de glorias militares y de miserias populares, si no hubiera conseguido dejar entrever, aunque fuera de un modo fugaz, el proyec­to del Sr. Vicente: lo que podía ser una sociedad, cuya alma fuese, a todos los nive­les, la caridad. “El siglo de las Luces” pensó hacer mucho más y el del “Progreso” debía traer la felicidad de la humanidad. El desarrollo inaudito de las ciencias iba a abrir una era nueva de bienestar para todos y de fraternidad. ¡Ya sabemos en qué quedó!

Según las expresiones de J. Fourastié, la caridad fue motejada de hipocresía con­servadora, elemento del opio del pueblo; fue considerada como atentadora de la dig­nidad de los pobres.

Pues bien, las ciencias, incluso las ciencias humanas, han sido incapaces de desa­rraigar los instintos de violencia, de egoísmo y de poder. La organización social más sofisticada y los organismos internacionales mejor intencionados no pueden transfor­mar el corazón del hombre.

Únicamente el mensaje evangélico con su flor y nata: el mandamiento nuevo, será capaz de reconciliar a los hombres entre sí, de unirlos en un proyecto común, para el hombre y para la humanidad.

Pero para anunciarlo, los cristianos deberán, antes que nada, superar sus divisio­nes, reconciliarse, desarrollar entre ellos y entre todos los hombres, por encima de sus lazos personales y las instituciones, esos lazos de caridad, que hacen legible, para todos, el mensaje evangélico. Les hará falta mucha tenacidad, por no decir heroísmo: la caridad resulta a veces pesada para cargar con ella. Algunos morirán en la tarea, la lista de los mártires de la caridad se va alargando todos los días Pero, ¿qué felicidad no tendría uno —dice el Sr. Vicente—, si pudiera contestar a la pregunta: “¿Qué es lo que te ha reducido a ese extremo? ¡la caridad!”.

Y así cuando la humanidad vea, con sus propios ojos, el amor de Dios a los más humildes, hecho visible, convertido en un proyecto común de “todos los cris­tianos”, entonces quizás, como para la primera comunidad cristiana de Jerusalén, los cristianos conseguirán “el favor de todo el pueblo”, porque “todos se recono­cerán entre sí”.

II.- San Vicente y la Caridad

El mes de febrero de 1653 san Vicente, en tres conferencias, definió el espíritu de la Compañía de las Hijas de la Caridad, ¡unos veinte arios después de la fundación! –No voy a preguntar a nadie —decía el 9 de febrero de 1653—, ya que difícilmente podría haber alguna que me pudiera responder, a no ser la señorita (Luisa de Marillac); porque si os pregunto cuál es ese espíritu, me diréis: “Padre, ¿nos lo ha dicho usted alguna vez? Enséñenoslo y le responderemos” (IX,533). Fue pues la primera vez que san Vicente concretó el espíritu de la Compañía, prefiriendo, como siempre, que una larga experiencia precediera a toda codificación. Por el contrario, el 24 de febrero, puede preguntar sin miedo: “Hija mía, ¿cuántas son las virtudes que componen el espíritu de las Hijas de la Caridad?” —”Tres, padre”— “¿Cuáles son?”— “La caridad, la humildad y la sencillez” (IX,540). Después de haber preguntado a otras Hermanas, que también respondieron a su vez, nuestro muy honorable padre añadió:

“Hemos hablado en la primera conferencia sobre la caridad, que es la primera virtud necesaria a vuestro espíritu” (DC, 540). Así que la caridad es la primera virtud del espíritu de la Caridad, y san Vicente concreta (Cf. DC, 537) que consiste: en el amor a nuestro Señor, en el amor a los pobres, y en el amor entre vosotras.

2.1.- Caridad, amor a nuestro Señor

Cuando san Vicente presenta el amor que debe tenerse a Dios, a nuestro Señor, distingue, las más de las veces, “dos formas” de vivir y de traducir ese amor: “uno afectivo y el otro efectivo” (Cf. IX, 534). El primero es del orden de la ternura (san Vicente no tiene miedo en usar esa palabra y en evocar la relación del niño con su padre, su madre). Pero ese primer modo de amar a nuestro Señor es incompleto, y puede ser ilusorio, si, como lo recuerda frecuentemente: “No llega hasta el hecho”, al amor de Jesucristo en el servicio concreto de los pobres.

2.2.- ¿Cuál es por tanto el espíritu de una Hija de la Caridad?

“¿Cuál es por tanto ese espíritu de una Hija de la Caridad? Es, Hermanas mías, el amor a nuestro Señor. ¿No es natural que las hijas amen a su padre? Y para que podáis entender lo que es este amor, es menester que sepáis que se ejerce de dos maneras: afectiva y efectivamente. El amor afectivo es la ternura en el amor. Tenéis que amar a nuestro Señor con ternura y afecto, lo mismo que un niño que no puede separarse de su madre y que grita: “mamá”, apenas siente que se aleja. Del mismo modo, un corazón que ama a nuestro Señor no puede sufrir su ausencia y tiene que unirse con él por ese amor afectivo, que produce a su vez el amor efectivo. Porque no basta con el primero, Hermanas mías; hay que tener los dos. Hay que pasar del amor afectivo al amor efectivo, que consiste en el ejercicio de las obras de caridad, en el servicio a los pobres emprendido con alegría, con entusiasmo, con constan­cia y amor. Estas dos clases de amor son como la vida de una Hermana de la Caridad, por­que ser Hija de la Caridad es amar a nuestro Señor con ternura y constancia: con ternura, sintiéndose a gusto cuando se habla de él, cuando se piensa en él, y se llena toda de con­suelo, cuando se le ocurre pensar: “¡Mi Señor me ha llamado para servirlo en la persona de los pobres; qué felicidad!” El amor de las Hijas de la Caridad no es solamente tierno; es efectivo, porque sirven efec­tivamente a los pobres, corporal y espiritualmente” (IX, 534-535).

2.3.- “Si cumplís con todas las cosas de vuestra vocación”

“Hay algunas de vosotras que quieren mucho a Dios, que sienten gran dulzura en la ora­ción, gran suavidad en todos los ejercicios, gran consuelo en la frecuencia de los sacra­mentos, que no tienen ninguna contradicción en su interior, debido al amor que sienten por Dios, que les hace recibir con alegría y sumisión todo lo que viene de su mano. Hay también otras que no sienten a Dios. No lo han sentido jamás, ni saben lo que es tener gusto en la oración, ni sienten devoción, según creen; pero no por ello dejan de hacer oración, de practicar las Reglas y las virtudes, de trabajar mucho, aunque con repugnancia. ¿Dejan acaso de amar a Dios? Ni mucho menos, porque hacen lo mismo que las demás, y con un amor mucho más fuerte, aunque lo sientan menos. Es el amor efectivo, que no deja de obrar, aunque no aparezca.

Hay algunas pobres Hermanas, que se desaniman. Oyen decir que unas sienten gran afec­to, que otra hace muy bien su oración, que la de más allá tiene mucho amor a Dios. Ellas no sienten nada de esto, creen que todo está perdido, que no tienen que hacer nada en la Compañía, ya que no son como las demás, y que sería mejor para ellas salirse, ya que están sin amor a Dios.

Pues bien, mis queridas Hermanas, eso es una equivocación. Si cumplís con todas las cosas de vuestra vocación, estad seguras de que amáis a Dios, y de que lo amáis con mayor perfección que aquéllas que lo sienten mucho y que no hacen lo que vosotras hacéis. Observad bien lo que os digo: Si hacéis las cosas de vuestra vocación” (IX, 433-434).

2.4.- Dios escucha muy bien sin que le hablemos

“Dios, cuando quiere comunicarse con alguien, lo hace sin esfuerzos, de una manera sen­sible, muy suave, dulce y amorosa; así pues, pidámosle muchas veces este don de la ora­ción, y con mucha confianza. Dios, por su parte, no busca nada mejor; pidámoselo, pero con toda confianza, y estemos seguros de acabará concediéndonoslo, por su propia mise­ricordia. Él no se niega nunca, cuando rezamos con humildad y confianza Si no lo conce­de al principio, lo concederá luego. Hay que perseverar sin desanimarse; y si no tenemos ahora ese espíritu de Dios, nos lo dará por su misericordia, si insistimos, quizás dentro de tres o cuatro meses, o de uno o dos años. Pase lo que pase, confiemos en la providencia, esperémoslo todo de su liberalidad, dejémosle hacer y tengamos siempre ánimos. Cuando Dios, por su bondad, le concede a alguien una gracia, lo que éste creía difícil se le hace tan fácil, que, allí donde tenía tanta pena, encuentra ahora placer, y no tiene más remedio que extrañarse en su interior de este cambio tan inesperado…

Entonces uno se siente sin esfuerzo alguno en la presencia de Dios; ésta se hace como natural, sin cesar nunca; y esto se hace con mucha satisfacción. No es menester esforzarse, ni forjar en el ánimo palabras altisonantes… Dios escucha muy bien sin que le hablemos, ve todos los rincones de nuestro corazón, y conoce hasta el más pequeño de nuestros sentimientos” (XI, 136-137).

2.5.- Amemos a Dios, hermanos míos, amemos a Dios

“Amemos a Dios, hermanos míos, amemos a Dios, pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente. Pues, muchas veces los actos de amor a Dios, de complacencia, de benevolencia, y otros semejantes afectos y prácticas interiores de un corazón amante, aunque muy buenos y deseables, resultan sin embargo muy sospechosos, cuando no se llega a la práctica del amor efectivo. “Mi Padre es glorificado, dice nuestro Señor, en que deis mucho fruto”. Hemos de tener mucho cuidado en esto; porque hay muchos que, preocupados de tener un aspecto externo de compostura y el interior lleno de grandes sentimientos de Dios, se detienen en esto; y cuando se llega a los hechos y se pre-sentan ocasiones de obrar, se quedan cortos” (XI, 733).

III. Caridad, amor a los pobres

El amor efectivo de nuestro Señor conduce con toda lógica a la Hija de la Caridad hacia los pobres. El amor efectivo de nuestro Señor es el amor a los pobres. Es en la forma de amar a los pobres y de servirlos, donde se aprecia mejor el amor a Dios, como afirma Cristo en san Mateo (25, 31).

3.1.- Lo que hagáis al más pequeño de los míos

“Así pues, esto es lo que os obliga a servirlos con respeto, como a vuestros amos, y con devoción, porque representan para vosotras a la persona de nuestro Señor, que ha dicho: “Lo que hagáis al más pequeño de los míos, lo consideraré como hecho a mí mismo”. Efectivamente, hijas mías, nuestro Señor es, junto con ese enfermo, el que recibe el servicio que le hacéis. Según eso, no sólo hay que tener mucho cuidado en alejar de sí la dureza y la impaciencia, sino además afanarse en servir con cordialidad y con gran dulzura, incluso a los más enfadosos y difíciles, sin olvidarse de decirles alguna buena palabra” (IX, 916).

3.2.- Lo que salga de ese corazón llevará consigo un poco de fuego

“Y así, decirle alguna cosa según las necesidades que veamos en él. Y para lograr que esto resulte útil, tenéis que llenaros del espíritu de nuestro Señor, de modo que todos vean que lo amáis y que intentáis hacerlo amar. La que esté llena del espíritu de nuestro Señor necesariamente producirá mucho fruto. Pero si hubiera entre vosotras algunas que fueran de la Caridad solamente de nombre y por su manera de vestir, ésas no dirán nada como es debido o, si dicen alguna cosa, lo harán con tanta frialdad, que no impresionarán a nadie. Y ¿por qué? Porque esa Hermana, que no tiene caridad en su corazón, hablará sólo con los labios; y lo que diga no tendrá ninguna fuerza, ya que viene de la lengua y no del corazón. Pero las que estén llenas de Dios hablarán con afecto, porque llevan a Dios en el corazón, y lo que salga de ese corazón llevará consigo un poco de fuego que penetrará en el del enfer­mo; será como un bálsamo que lo llena todo con su aroma” (IX, 918).

3.3.- Por eso Dios ha hecho vuestra Compañía

“Tenéis que pensar con frecuencia que vuestro principal negocio y lo que Dios os pide particularmente es que pongáis mucho cuidado en servir a los pobres, que son vuestros señores. Sí, Hermanas mías, son nuestros amos. Por eso, tenéis que tratarlos con manse­dumbre y cordialidad, pensando que por eso os ha puesto juntas y os ha asociado Dios, que por eso Dios ha hecho vuestra Compañía. Tenéis que tener cuidado de que no les falte nada en lo que vosotras podáis, tanto para la salud de su cuerpo, como para la salvación de su alma. ¡Qué felices sois, hijas mías, por haberos destinado Dios a esto, para toda vuestra vida” (IX, 125).

3.4.- Dios ama a quienes aman a los pobres

“Dios ama a los pobres, y por consiguiente ama a quienes aman a los pobres; pues, cuando se ama mucho a una persona, se siente también afecto a sus amigos y servidores. Pues bien, esta pequeña Compañía de la Misión procura dedicarse con afecto a servir a los pobres, que son los preferidos de Dios; por eso tenemos motivos para esperar que, por amor hacia ellos, también nos amará Dios a nosotros. Así pues, hermanos míos, vayamos y ocupémonos con un amor nuevo en el servicio de los pobres, y busquemos incluso a los más pobres y aban­donados; reconozcamos delante de Dios que son ellos nuestros señores y nuestros amos, y que somos indignos de rendirles nuestros pequeños servicios” (XI, 273).

3.5.- Ha sido la caridad

No obstante, si Dios permitiese que se vieran reducidos a la necesidad (los misioneros) de ir a servir como coadjutores a las aldeas para encontrar con qué vivir, o que algunos de ellos tuvieran que ir a mendigar el pan o acostarse al lado de una tapia, con los vestidos destrozados y muertos de frío, y en aquel estado le preguntasen a uno de ellos: “Pobre sacerdote de la Misión, ¿quién te ha puesto en semejante estado?”, ¡qué felicidad, herma­nos míos, poder responder entonces: “¡ha sido la caridad!”. ¡Cuánto apreciaría Dios y los ángeles a ese pobre sacerdote!” (XI, 768).

3.6.- Tanto era el gozo por poder servirlos

“Hace poco tiempo hablaba en una reunión…(las palabras que pronunció sor Andrea antes de morir)…Y como le preguntase: “Entonces, Hermana, ¿no hay nada en el pasado que le cause temor?”, ella me respondió: “No, padre, no hay nada, a no ser que sentía mucha satisfacción al ir por esos pueblos a ver a esas buenas gentes; volaba de gozo por poder ser­virlos”” (IX, 612).

IV. Caridad, amor entre nosotros

“Amaros entre vosotras como verdaderas Hermanas” (IX, 1017). Es el tercer aspecto de la Caridad, que san Vicente propone a la Compañía de las Hijas de la Caridad. Un aspecto, que, como los dos anteriores, vale también para todas las comunidades y todas las células de la Iglesia. Esta caridad fraternal se hace a base de respeto y de cordialidad, porque “el respeto y la cordialidad engendran verdadero respeto” (IX, 145). La caridad es condición necesaria para un mejor servicio de los pobres. Es el testimonio en nombre de Dios y de la Iglesia.

4.1.- “Cierta alegría que se siente en el corazón”

La cordialidad, propiamente hablando, es el efecto de la caridad que se tiene en el corazón, de forma que dos personas que tienen en su corazón esa caridad mutua, que ha puesto allí el amor, lo demuestra también entre sí. Si tenéis amor por los pobres, demostraréis que os sentís muy gustosas de verlos. Cuando una Hermana tiene amor a otra Hermana, se lo demuestra en sus palabras. Eso se llama cordialidad, esto es, una exultación del corazón por la que se demuestra que uno está muy contento de estar con otra persona, hablándole de este modo: “Hermana, me siento muy alegre de poder estar con usted”. Ésta es la cordialidad que os recomiendan vuestras Reglas, de forma que conviene que os la demostréis las unas a las otras gracias a cierta alegría que se siente en el corazón y que se refleja en el rostro. Obrar de esta manera es un testimonio por el que se demuestra que se siente cordialidad en el corazón mediante cierto gozo que se experimenta en nuestro interior y que nos hace poner una cara amable y graciosa cuando se habla con una Hermana o con otras personas. Eso se llama cordialidad, que es un efecto de la caridad; de forma que, si la caridad fuera una manzana, la cordialidad sería su color. Veis a veces a algunas personas que tienen un aspecto sonrosado que las hace hermosas y agradables. Pues bien, si la manzana fuese la caridad, su color sería la cordialidad. Veis, pues, cómo la cordialidad es una virtud por la que se demuestra el amor que se tiene al prójimo, y que es muy necesaria a las Hijas de la Caridad para poder ser útiles a las personas con quienes tratan. También puede decirse que, si la caridad fuera un árbol, las hojas y el fruto serían la cordialidad, y si fuera un fuego, la llama sería la cordialidad” (IX, 1037-1038).

4.2.- Una estará triste, la otra alegre

“A veces estamos de tan mal genio y con tan mal humor, que apenas nos podemos soportar a nosotros mismos; nos ocurre con frecuencia que estamos tan descontentos de nosotros mismos que nos arrepentimos por la tarde de lo que hicimos por la mañana. Esa experiencia de nuestra propia conducta, ¿no debería ayudarnos a tolerarnos mutuamente?

Estarán juntas dos Hijas de la Caridad. Aunque tengan cierta virtud, no siempre estarán del mismo humor y, sin embargo, es preciso que estén unidas y que sean cordiales entre sí. Una estará triste, la otra alegre; una se sentirá satisfecha, la otra descontenta. Si se fijan bien, no estamos ni una sola hora en el mismo estado. Y ¿qué otra cosa podemos hacer, Hermanas mías, sino soportamos mutuamente y practicar esa virtud tan necesaria de la condescendencia?

Acordaos, por favor, de esta práctica, porque sin ella, Hermanas mías, no seríais Hijas de la Caridad, sino hijas de la discordia y de la confusión; y esto daría mal ejemplo al prójimo y escandalizará mucho” (IX, 528-529).

4.3.- Ved esas Hijas de la Caridad

“La desunión hace que, si una quiere una cosa, la otra quiere una distinta, la gente, que se da cuenta de ello, queda desedificada, y los pobres tendrán motivos para no recibir con agrado los consejos que les den por su bien. Dirán: “Ved esas Hijas de la Caridad; no están de acuerdo entre sí”. Hermanas mías, la desunión, incluso entre particulares, dirige fácil­mente a una comunidad hacia su ruina. Mi cuerpo es uno en todos sus miembros; si se hace solamente en mi mano una incisión que separe las carnes, todo el cuerpo se resentirá. Lo mismo sucede con las comunidades: cuando hay una parte en discordia, todo el resto pade­ce; y los que se dan cuenta de ello se escandalizan, y no solamente dicen: “Son Juana y Margarita las que se portan de esa manera”; sino que “son las Hijas de la Caridad”. Por solamente dos que estén desunidas, el cuerpo entero de las Hijas de la Caridad padece y sufre escándalo; pero si todas están unidas, entonces edifican al prójimo, y se da gloria a Dios” (IX, 109).

4.4.- Quiera la bondad de Dios

“Quiera la bondad de Dios, mis queridísimas hijas, repartiros en abundancia su espíri­tu, que es solamente un espíritu de amor, de mansedumbre, de suavidad y de caridad, para que, por la práctica de estas virtudes puedan hacerlo todo de la forma que él desea de vosotras, para su gloria, vuestra salvación y la edificación del prójimo” (IX, 263-264).

4.5.- Hay que tener ese trato común

“Sí que se necesita. Eso ata los corazones, y Dios bendice los consejos que así se toman, de forma que los asuntos van entonces mejor. Todos los días, durante el recreo, podéis decir: “Hermana, ¿qué tal le ha ido? Hoy me ha sucedido esto, ¿qué le parece”. Esto hace que la conversacion resulte tan grata que no hay más que desear. Por el con­trario, cuando cada uno va a lo suyo, sin decir nada a los demás, es algo que resulta insoportable.

Hay en la Compañía una Hermana sirviente, que les da a las demás una preocupación tre­menda, por tener ese carácter; en cuanto a mí, tengo la experiencia de que, donde tene­mos en la Misión unos pobres hombres, si hay sin embargo un superior que es abierto y se comunica a los otros, todo va bien; por el contrario, cuando hay uno que se encierra en lo suyo y actúa particularmente por su cuenta, esto aparta a los corazones y no hay nadie que se atreva a acercársele. Así pues, hija mía, hay que hacerlo así, y que no pase nada, ni se haga nada, ni se diga nada, sin que lo sepáis la una y la otra. Hay que tener ese trato en común” (X, 773).

4.6.- Por caridad, humildad y sencillez

“¡Oh Salvador de nuestras almas, luz del mundo! Te pedimos que ilumines nuestro entendimiento, para que podamos conocer la verdad de las cosas que acabamos de escuchar. Te lo pedimos a ti, que has querido formar para tu servicio una Compañía de pobres hijas, que han de servirte de la misma manera que tú les has enseñado. Haz de ellas, Dios mío, tus instrumentos. Concédeles y concédeme a mí, a pesar de que soy un miserable pecador, la gracia de poder realizar todas mis acciones por caridad, humil­dad y sencillez en la asistencia al prójimo. Concédenos esta gracia, Señor nuestro. Si somos fieles en la práctica de estas virtudes, esperamos que nos concederás la recom­pensa que les has prometido a todos aquéllos que te sirven en la persona de los pobres” (IX, 538-539).

V.- Cuestiones para la reflexión y el diálogo

1. Este cuestionario no tiene la forma habitual. Tendría que haberse propuesto una reflexión sobre la caridad como relación con Dios, relación con los pobres y relación en la comunidad.

“Es necesario pasar del amor afectivo al amor efectivo”.

“Estaba llamada a servir de lazo de unión con los pobres…sin compartir su vida…Las circunstancias me han obligado a compartir su vida…He visto modos nuevos de vivir…Esa realidad arrumbó todas mis seguridades…”.

  • Para compartir la vida…¿no he debido, también yo, hacer elecciones difíciles; vivir rupturas dolorosas; tener paciencia para comprender a los demás y hacer que me acepten?

2. “No puede haber caridad, si no va acompañada de la justicia” (II, 48).

  • “Con frecuencia nos convertimos en asistentas, movidas como estamos por la compasión…Encargándonos de todo, habíamos hecho de aquella persona, nuestro pobre…”.
  • ¿Cuál es mi manera de amar?

Francisco Javier Fernández Chento

Director General y cofundador de La Red de Formación Vicenciana.

Javier es laico vicenciano, afiliado a la Congregación de la Misión y miembro del Equipo de Misiones Populares de la provincia canónica de Zaragoza (España) de la Congregación de la Misión.

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