I.- Introducción
Tres generaciones de furores religiosos habían devuelto al hombre a su violencia nativa y su orgullo. Se mataban unos a otros con alegría y buena conciencia para mayor gloria del Dios de toda dulzura.
El hombre había tomado el gusto a la sangre. Hará falta medio siglo para separarle de ella y volverle a enseriar el Evangelio.
Las mujeres, salvo que fueran reinas o princesas, no intervenían en absoluto en esas lides fúnebres, sino para lavar la sangre, coser las mortajas y reunir las brasas del hogar, esparcidas en medio de las ruinas.
A ellas les corresponderá volver a enseñar a los hombres las gestas de la paz. Son las mujeres quienes han hecho de san Vicente el Padre de los pobres, el cual, en su siglo, ha sido la encarnación de la misericordia.
Collet, uno de sus biógrafos, dice que el joven Vicente depositó todos sus pequeños ahorros en la mano de un mendigo. ¿Será eso sólo una escena edificante, o bien debemos pensar que fue formado por sus padres, y, sobre todo, por su madre, en ese sentido del pobre, que le hizo darlo todo?
En los primeros tiempos de su estancia en París, una mujer, Margarita de Valois, la reina Margot, lo hace uno de sus capellanes-limosneros. En medio de las frivolidades de su vida tumultuosa, ella se acuerda a diario de los derechos que tienen los pobres sobre la riqueza de los poderosos. En esa escuela, san Vicente empieza a vislumbrar lo que tendrá que hacer después con los pobres y con los grandes.
Unos años más adelante, gracias a la iniciativa de otra mujer, la señora de Gondi, emprenderá la evangelización de los campesinos abandonados, y será la santa tenacidad de esa mujer la que lo inducirá a crear la Compañía de la Misión.
En Châtillon, la espontaneidad de la respuesta de un grupo de señoras a su petición de ayuda, lo moverá a organizar la primera Caridad. Ellas ofrecen su buena voluntad, su abnegación, su imaginación, y pronto su experiencia; y él les da un espíritu y una organización.
La fundación de la Compañía de las Hijas de la Caridad sigue el mismo camino: se le presentan abnegadas mujeres, de ellas algunas excepcionales y ejemplares, como Luisa de Marillac, y más tarde, Margarita Naseau. Las acoge, les enseña a escuchar la voluntad de Dios; también él entra en la escuela de la experiencia de ellas y las ayuda a constituirse en comunidad duradera.
También es por la voluntad de una mujer, la reina Ana de Austria, cómo san Vicente forma parte del Consejo de Conciencia, durante unos años decisivos. Con el apoyo de la reina y su autoridad, son entonces nombrados para los cargos más importantes de la Iglesia de Francia, obispados y abadías, unos hombres de los que está seguro que continuarán, en el campo del Padre, el buen trabajo de la cosecha.
Las mujeres tuvieron, pues, un papel de primera importancia en la evolución apostólica de san Vicente, en la creación de sus diversas obras; pero también fue gracias a ellas y, en gran parte, por ellas, cómo logró transformar la sociedad. Las indujo a dar lo mejor de sí mismas para el servicio de sus hermanos.
Sobre todo fue gracias a ellas cómo cubrió Francia con una red de caridad, que pudo coger en sus mallas todas las miserias: por ellas y con ellas se pudo crear un mundo distinto. Por ellas, introduce en las relaciones sociales no sé qué de evangélico, que dio a la civilización del Gran Siglo lo que tuvo de cristiano.
No somos mejores que nuestros padres; y nuestro siglo no vale más que el de san Vicente. El imperio del hombre sobre las cosas se ha hecho mayor, ¡pero su corazón se ha quedado seco! Los movimientos feministas piensan que hallarán una solución a la crisis de la civilizacicín, cuando reivindican para las mujeres la igualdad con los hombres en todos los terrenos, los mismos derechos, los mismos deberes, los mismos poderes; la reivindicación es seria, pero no llega a lo esencial. Cuando sea satisfecha, cuando las mujeres se comporten en todo como los hombres, aún entonces no habrá cambiado nada, y nuestro mundo no será por ello mejor.
En tiempos de san Vicente, ayudadas y dirigidas por él, las mujeres pudieron hacer, poco a poco, en la sociedad, una revolución silenciosa, la de la caridad.
Necesitaríamos una revolución análoga. Eso ocurrirá a condición de que ayudemos a las mujeres a ser ella mismas, a tomar en la sociedad secular, y también en la Iglesia, las iniciativas que proceden de su inteligencia y de su corazón, para que el mundo que se prepara sea, por fin, un mundo humano, porque no habrá sido pensado sólo, única y exclusivamente, por los hombres. Esto sólo hace nuestro mundo más pobre, menos inteligente y más infantil e injusto con la creación.
II.- San Vicente y las mujeres
1. Su madre, Dña. Beltranda de Mora:
Cómo no empezar por evocar la relación de san Vicente con su madre, que fue, sin duda duda, misteriosamente determinante, en su forma de actuar y en su óptica.
Prácticamente sólo existe un documento sobre esta cuestión: la famosa carta del 17 febrero 1610, que revela un profundo afecto, una preocupación atenta y deferente.
«…Espero de Dios, que Él bendecirá mis trabajos y me concederá pronto el medio de obtener un honesto, retiro, para emplear el resto de mis días junto a usted».
«Esto es, madre mía, todo lo que le puedo decir por Ia presente, si no es que también le ruego presente mis humildes saludos a todos mis hermanos y hermanas y a todos nuestros parientes y amigos, y que ruego a Dios, incesantemente por su salud y por la prosperidad de la casa, como aquél que es y será, madre mía, el más humilde, obediente y servicial hijo y servidor «.1
El 25 de enero de 1643, san Vicente (con sus 62 años) explica a las Hijas de la Caridad que deben tender a adquirir «el espíritu de las buenas aldeanas», y podemos creer que, al describir ese espiritu, se refiere frecuentenmente a su madre y a sus dos hermanas, tanto más cuanto que se interesa, al comienzo de esta conferencia, en relacionar esta evocación con su infancia.
«Os hablaré con mayor gusto de las virtudes de las buenas aldeanas a causa del conocimiento que de ellas tengo por nacimiento y que soy hijo de un pobre labrador, y he vivido en el campo hasta la edad de quince años. Además, nuestro trabajo durante largos años ha sido entre los aldeanos, hasta el punto de que nadie los conoce mejor que los sacerdotes de la Misión. No hay nada que valga tanto como las personas que verdaderamente tienen el espíritu de los aldeanos; en ningún sitio se encuentra tanta fe, tanto acudir a Dios en las necesidades, tanta gratitud para con Dios en medio de la prosperidad».2
Esta conferencia tiene, entre otras, la ventaja de evocarnos, de forma realista, la condición de la mujer campesina en tiempo de san Vicente.
(Las verdaderas aldeanas) «…vuelven de su trabajo a casa, para tomar un ligero descanso, cansadas y fatigadas, mojadas y llenas de barro; apenas llegan tienen que ponerse de nuevo a trabajar, si hay algo que hacer, y si su padre y su madre les mandan que vuelvan, enseguida vuelven, sin pensar en su cansacio, ni en el barro, y sin mirar cómo están arregladas»3
El amor maternal parece tener un ligar importante en la vida de San Vicente quien, con toda naturalidad, lo evoca en varias ocasiones, tanto en su correspondencia como en sus conferencias, como la relación fundamental.
«Cuando veo a un sacerdote que se lleva a su madre para atenderla en su casa, le digo: Señor, ¡qué felicidad la suya, poder devolver en cierto modo a su madre lo que ella le dio, con el cuidado que de ella tiene! Lo mismo os digo a vosotras en relación con la casa: es vuestra madre, que os ha educado y se ha consumido en formaros; porque no os habéis hecho a vosotras mismas; ha sido necesario instruiros y daros el espíritu de la Compañía. Pues bien, al hacerlo así, esta casa es como una madre que amamanta a sus hijos; agota su propia sustancia para alimentarles. Y al hacer lo que hacéis, ayudáis a la misma madre que os ha alimentado. ¡Qué felicidad, Hijas mías!4
«Hijas mías, no busquéis ninguna vida mejor que aquella en la que os ha puesto nuestro Señor, no encontraréis ninguna que les sea más adecuada que ésta. ¿No habéis visto alguna vez a alguna madre legañosa y fea con un niño en brazos? Si la reina quiere a ese niño, él no querrá, se quedará en el seno de su madre, por muy fea que sea; le dirá: Hijo, ¿qué es lo que haces? ¡la reina quiere llevarte con ella, y tú no quieres! Mirasd, Dios y la naturaleza humana le enseñan que debe querer más a su madre que a todas las reinas del mundo, pues ha recibido su vida de ella. Por eso no encuentra nada más bello, y tiene razón, puesto que es su madre y su bienhechora»5
«¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Qué consuelo, hijas mías! Vosotras sois vírgenes y madres a la vez. Sí, sois madres de esos pobres niños, puesto que cumplís con ellos los deberes más fundamentales…»6.
2. Margarita Naseau:
La relación de san Vicente con su madre fue, lo hemos visto, profunda y determinante. Durante los primeros años de su vida, la mujer, para él, es ante todo su madre, sus hermanas y las buenas muchachas del campo, a las que dice que conoce por experiencia y por nacimiento. Esa mujer quedará maravillado por haberla vuelto a encontrar, poco menos que en estado de perfección, en Margarita Naseau, especie de prototipo de la Hija de la Caridad.
«Margarita Naseau, de Suresnes, es la primera Hermana que tuvo la dicha de mostrar el camino a las demás, tanto para enseñar a las jóvenes, como para asistir a los pobres enfermos, aunque no tuvo casi ningún maestro o maestra más que a Dios»7.
Mas, andando el tiempo, san Vicente se encuentra con mujeres excepcionales de otro medio (de la aristocracia y de la burguesía). Con su trato, se da cuenta progresivamente del lugar capital de la mujer en el mundo y en la Iglesia, y especialmente en un mundo y en una Iglesia donde se ponen al servicio de los pobres. Entre esas mujeres excepcionales, habrá que citar cuando menos a:
3. La señora condesa de Gondi:
San Vicente les recuerda a los misioneros quién fue la fundadora de la Congregación, así como las circustancias que lo propiciaron:
«…la señora generala de las galeras, nuestra primera fundadora…»8.
«En una de sus visitas a un hombre de ochenta años de edad, dicha señora le aconsejó que hiciera la confesión general. Después de esa confesión, que oyó el padre Vicente, el anciano, al recibir de nuevo la visita de dicha señora, le dijo varias veces: Señora, yo estaba condenado sin esa confesión…» «Desde entonces, esa señora tomó la resolución de fundar la Misión».9
Y él no duda en proponérsela como modelo de caridad, de tolerancia y de sencillez.
«¡Qué bien sabía soportarlo todo nuestra fundadora… tenían en dicha dama a la persona que mejor las soportaba y defendía».10.
«La pobre difunta esposa del general de las galeras me preguntó más de cien veces qué era la sencillez, y era la persona más sencilla que jamás he conocido: no podía abrir la boca ni realizar ninguna acción, a no ser con toda sencillez de corazón;»11.
4. Santa Juana Francisca de Chantal
«…Hace unos veinte años Dios me concedió la gracia de tratar con la difunta venerable madre de Chantal, fundadora de la santa orden de la Visitación de Santa María, tanto de palabra como por escrito, …ella me honró con la confianza de manifestarme su vida interior, que siempre me pareció estaba llena de toda clase de virtudes, especialmente de fe… ella tenía… un espíritu justo, prudente, templado y fuerte en un grado eminentísimo…»12.
San Vicente le presenta con regularidad (hasta su muerte) sus proyectos y sus intuiciones:
«Ésta es, mi queridísima y dignísima madre, nuestra pequeña manera de vivir. Tenga la caridad, por amor de nuestro Señor, de darnos su opinión sobre ella… que la recibiré como si viniese de parte de Dios…»13.
5. La Sra. Luisa de Marillac:
Será con el tiempo la colaboradora en todo momento, hasta el punto de que en ocasiones resulta difícil decir quién, de los dos, lleva la mayor parte de la iniciativa. De la charla sobre las virtudes de la fundadora, podemos presentar algunos rasgos más señalados acerca de la función que desempeñó en la formación de las Hermanas:
«…Nunca he visto a una persona con tanta prudencia como ella. La tenía en muy alto grado, y desearía con todo mi corazón que la Compañía tuviera esta virtud. La prudencia consiste en ver… cómo hemos de comportarnos en todas las cosas…».14.
«….Apreciaba mucho la pobreza. Ya veis cómo iba vestida, con toda pobreza. Y esta virtud se daba en ella hasta el punto de que hace tiempo que me pidió vivir como los pobres…. vosotras sois siervas de los pobres…».15
«Mantuvo siempre una conducta admirable en el gobierno de la Compañía, como se demuestra al ver el buen estado en que la ha dejado, tanto en lo espiritual como en lo temporal, gracias a su prudencia. Pero todo lo referia a Dios…».16.
San Vicente exhortaba a sus Hijas a imitarla:
«Estáis obligadas a seguir sus ejemplos; si deseáis ser buenas Hijas de la Caridad, estáis obligadas a poner los ojos en sus virtudes. ;Dios mío! ¡Qué obligación la nuestra! Hemos visto ese hermoso cuadro delante de nosotros; ahora está allí arriba. Nos queda todavía hacer de ella un modelo; y para eso, es preciso que la conozcamos…. Todas quedábais muy edificadas al ver las gracias que Dios había derramado sobre ellas (las hermanas difuntas); …¡con cuánta mayor razón tenéis que poner vuestros ojos en la que es vuestra madre, porque os ha engendrado! No os habéis hecho a vosotras, Hijas mías; ha sido ella la que que os ha hecho y os ha engendrado en nuestro Señor».17.
«Hijas mías, ¡qué hermoso cuadro ha puesto Dios ante vuestros ojos y que vosotras mismas habéis pintado! Sí, es un cuadro que poseemos y al que tenéis que mirar como un prototipo que os tiene que animar a hacer lo mismo, a adquirir esa humildad, esa caridad, esa paciencia, esa firmeza en su forma de gobernar, acordándoos de cómo tendía en todas las cosas a conformar sus acciones con las de nuestro Señor».18
«Por tanto, hijas mías, tenéis que mirar a ese cuadro, un cuadro de humildad, de caridad, de mansedumbre, de paciencia en las enfermedades… Procurando conformar vuestra vida con la suya».19
6. La primera Cofradía de la Caridad:
Este lugar tan importante ocupado por las mujeres en lo que podríamos llamar la «formación humana y misionera» de san Vicente, se acentuará todavía con el hecho de que su primera fundación, en agosto de 1617, se llevará a cabo con mujeres: la primera Cofradía de la Caridad de Châtillon-les-Dombes.
«…Algunas piadosas señoritas y algunas virtuosas burguesas de la ciudad de Châtillon-les-Dombes… deseando obtener de la misericordia de Dios ser verdaderas hijas suyas, han decidido reunirse para asistir espiritual y corporalmente a las personas de su ciudad, que a veces han tenido que sufrir mucho, más bien por falta de orden y de organización, que porque no hubiera personas caritativas»20.
III. La promoción de la mujer
Todas las experiencias que acabamos de mencionar, y muchas otras que aparecerán más adelante, mueven a san Vicente a dar un lugar cada vez más amplio a la mujer, tanto en sus objetivos misioneros como en sus realizaciones. Se preocupa de la instrucción de las niñas pobres (había en su tiempo un 90% de mujeres analfabetas), de la competencia profesional de las Hijas de la Caridad (profesoras, sanitarias) y no duda en conceder tanto a sus hijas como a las Damas de la Caridad las mayores responsabilidades, aceptando a menudo renunciar a sus propias ideas, para tener en cuenta sus consejos. Así, la mejor de sus iniciativas y de sus realizaciones en el servicio a los pobres ha sido, las más de las veces, fruto de una estrecha colaboración con una o varias mujeres.
1. La importancia de enseñar a las niñas a leer:
«Después de la misa, tenéis que ejercitaros en la lectura, para haceros capaces de enseñar a las niñas. Es preciso, mis queridas Hermanas, dedicarse seriamente a ello, puesto que se trata de uno de los dos fines por los que os habéis entregado a Dios: el servicio a los enfermos y la instrucción de la juventud y esto principalmente en los campos»21.
2. Darles los medios adecuados:
«Vino pues a San Salvador (Margarita Naseau). Le enseñaron a utilizar remedios y a hacer todos los servicios necesarios, y lo aprendió todo muy bien».22.
«Además, Hijas mías, tenéis que tener un gran respeto con las órdenes que os den los señores médicos para el tratamiento que pongan a vuestros enfermos, y tened cuidado de no faltar a ninguna de sus prescripciones, tanto por lo que se refiere a las horas, como a las dosis de las drogas, ya que a veces se trata de asuntos de vida o muerte. Tened también mucho cuidado en fijaros en la manera con que los médicos tratan a los enfermos en las ciudades, para que, cuando estéis en las aldeas, sigáis su ejemplo, o sea, en qué casos tenéis que sangrar, cuándo tenéis que retirar la sangría, qué cantidad de sangre tenéis que sacar cada vez, cuándo hay que hacer sangría en el pie, cuándo las ventosas, cuándo las medicinas, y todas esas cosas que sirven en la diversidad de enfermos con quienes podáis encontraros. Todo esto es muy necesario, y haréis mucho bien cuando estéis instruidas en todo».23
3. Compartir las responsabilidades:
«Y yo puedo dar este testimonio en favor de las mujeres, que no hay nada que decir en contra de su administración, ya que son muy cuidadosas y fieles»24.
4. Función especial desempeña Luisa de Marillac:
«No,señorita, no tema; Nuestro Señor quiere servirse de usted para algo que se refiere a su gloria, y creo que la conservará para ello»25.
«Hasta ahora la señorita ha administrado bien todos los asuntos, gracias a Dios, tan bien que no conozco ninguna casa de Hermanas en París que esté en tan buen estado como vosotras»26.
Previendo la sucesión de Luisa de Marillac, como Superiora de la Compañía, san Vicente le pregunta:
«Le pregunté: «Señorita, no ha puesto usted los ojos en alguna de sus hijas, para que ocupe su lugar?… me dijo: Padre, lo mismo que usted me escogió a mí por la Divina Providencia, me parece que, tratándose de la primera vez, no es conveniente que sea por pluralidad de votos, sino que la nombre usted directamente por única vez. En cuanto a mí, creo que sor Margarita Chétif estaría muy indicada para ello»… Yo en esto me atengo a su parecer. Por consiguiente, será Superiora sor Margarita Chétif».27.
IV. El lugar de la mujer en la Iglesia de su tiempo
San Vicente no trató en absoluto sobre este tema, pues no era un teórico, sino un hombre de acción. Sin embargo, en vista de la función cada vez más amplia y eficaz que la mujer desempeña en sus iniciativas y en sus fundaciones, podríamos ver en eso como una especie de revolución en el mismo seno de la Iglesia; y manifiestamente se alegra de ello tanto por la sociedad, como por la Iglesia y, sobre todo, por los pobres.
«Y como la asociación de hombres y la de mujeres no son más que una misma asociación, que tiene un mismo patrono, un mismo fin y los mismos ejercicios espirituales, y solamente es el ministerio lo que las divide, ya que a los hombres les pertenece el cuidado de los sanos y a las mujeres el de los enfermos, y puesto que nuestro Señor no saca menos gloria del ministerio de las mujeres que del de los hombres, ya que, al parecer, el cuidado de los enfermos es preferible al de los sanos, por eso los servidores de los pobres tendrán el mismo interés por la conservación y el aumento de la asociación de mujeres como de la suya».28.
«El segundo motivo (para dedicarse a las obras de caridad) es que todas tenéis que tener mucho miedo de que estas obras lleguen a disolverse y a perderse en vuestras manos. Señoras, sería sin duda una gran desgracia; una desgracia tan grande como la gracia que Dios os ha concedido de utilizaros en una obra tan admirable. Hace ya alrededor de ochocientos años que las mujeres no tienen ninguna ocupación pública en la lglesia; antes existían las llamadas diaconisas, que se preocupaban del orden de las mujeres en las iglesias y de instruirlas en las ceremonias que entonces se usaban. Pero en tiempos de Carlomagno, por una disposición secreta de la Providencia, cesó este uso y vuestro sexo quedó privado de toda ocupación, sin que en adelante se le haya confiado alguna; y he aquí que esta misma Providencia se dirige actualmente a algunas de vosotras para suplir lo que se necesitaba para los pobres enfermos del Hótel-Dieu».29.
«En que de esta manera entraréis en la práctica de las viudas de la primitiva Iglesia, que consiste en cuidar corporalmente de los pobres, como ellas los cuidaban, y también la atención espiritual de las personas de vuestro sexo, tal como ellas las atendían».30.
V.- Cuestiones para la reflexión y el diálogo
1. Son muchas las mujeres que por diversas situaciones, ministeriales y de vida, se relacionaron con San Vicente. Algunas no sólo le influyeron sino que le hicieron comprometerse con la realidad.
Piensa cuántas mujeres han intervenido en tu vida, madre, hermanas, etc. Unas han influído en nosotros más que otras, han ejercido su influencia sobre nuestra forma de pensar y de actuar.
- ¿Cuáles? ¿Cómo y en qué?
- ¿Qué idea te han transmitido a lo largo de los años sobre la mujer y que opinión tienes ahora de ellas?
- Compara la inserción de la mujer en tiempo de San Vicente y hoy, ¿en que ha cambiado?
2. No nos cabe duda de que las mujeres alrededor de San Vicente desempeñaron un papel insustituible. Ellas llegaron a modificar la visión que de ella se tenía en el siglo XVII tanto en la sociedad como en la Iglesia.
Pensando en los diferentes ámbitos en los que nos vivimos, sociales y eclesiales:
- ¿Cuál es el lugar y la función de las mujeres en la sociedad y en la Iglesia?
- ¿Tienen ellas unas responsabilidades reales o siguen siendo relegadas y utilizadas por la mentalidad del hombre a su antojo?
- ¿No se debería considerar una herejía la negación de la mujer en las responsabilidades, competencias y organización de la Iglesia?
- Si siempre han estado ellas a la sombra de la desiciones importantes, y han sido las creadoras grandes obras sociales y ecleciales, ¿por qué seguir cometiendo este delito y pecado contra la dignidad de la persona?
3. «De acuerdo con el espíritu de nuestra vocación común, trabajamos en estrecha colaboración con las Hijas de la Caridad».31.
«que las religiosas no tienen otro fin que su propia perfección, mientras que estas Hermanas se dedican, como nosotros, a la salvación y al cuidado del prójimo; y si dijese que con nosotros, no diría nada contrario al Evangelio».32.
- A lo largo de los años, ¿cómo hemos entendido esta colaboración los Paúles y las Hijas de la Caridad?
- ¿Cómo crees que se debería entender hoy esta colaboración de las HHC y la CM?
- ¿Dónde encontrar el justo punto medio entre el machismo predominante y persistente desde tiempo inmemorial, y el feminismo energente que nos envuelve, enfrenta y contrapone, pero no nos une y nos distancia?
- ¿No es un poco triste y pobre que en pleno siglo XXI tengamos que seguir haciéndonos estas preguntas?
- SV I, 88-89-90
- SV IX 92
- SV IX, 101
- SV IX, 937-938
- SV IX, 948
- SV IX, 740
- SV IX, 89
- SV III, 366
- SV IX, 72
- SV XI, 349
- SV XI, 464
- SV X, 140
- SV I, 552
- SV IX. 1220
- SV IX, 1221
- SV IX, 1229
- SV IX, 1232
- SV IX, 1235
- SV IX, 1235
- SV X, 574
- SV IX, 58
- SV IX- 542
- SV IX, 214-215
- SV IV, 71
- SV I, 238
- SV X, 818
- SV IX, 1244-1245
- SV X, 602-603
- SV X, 953
- SV X, 902
- Const. y Estat. C.M., n.° 24
- SV VIII, 227






