San Vicente de Paúl y la Iglesia

Francisco Javier Fernández ChentoEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Desconocido · Fuente: En tiempos de Vicente de Paúl y Hoy, Vol. 1.
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Presentación del tema

«Una nueva manera de concebir al hombre». Bajo ese título habíamos ordenado los textos de san Vicente, presentados en la ficha anterior. Los hombres no son más que individuos, incluso cuando sufren individualmente.

Más allá de los desgraciados a quienes él proporciona socorros de alma y de cuer­po, el espíritu metódico del Sr. Vicente ve enseguida a todos los que están en el mismo caso; posee el don de percibir conjuntos.

Su visión del Pueblo de Dios, de la Iglesia real, se forma a base de su experiencia, y esta Iglesia es diferente de la que viene a la Corte a hacer valer sus méritos o sus talentos y a preparar su ascenso.

Aquéllos a los que se siente enviado, los que lo llaman y lo esperan, es la gente pobre de los hospitales, el pobre pueblo del campo, los galeotes y los encerrados en mazmorras, los niños abandonados, la corte de los milagros de los mendigos y los matones, la nobleza arruinada y las provincias asoladas, el clero mal preparado, los obispos abrumados ante una tarea pastoral sobrehumana, las naciones infieles, que esperan el Evangelio.

Cada uno de esos elementos llega, en su tiempo y en su lugar, a constituir en su mente una imagen del Pueblo de Dios que los engloba a todos. Toda esa humanidad forma un pueblo llamado a constituir la Iglesia.

Incluso, aunque él haya seguido primero otros caminos, aunque haya empezado a concebir una Iglesia sobre todo jerárquica, donde convenía hacerse con un cargo, el camino por el que Dios llevó a san Vicente lo condujo a ver muy de otra manera la rea­lidad de la Iglesia: no está en la seda ni en el oro de los príncipes-obispos o de los aba­des de encomienda, sino en la carne y en la sangre, en los sufrimientos y en las lágri­mas de un pueblo. El Pueblo de Dios, helo ahí, asociado sin saberlo al misterio de la vida, de los sufrimientos y de la muerte del Hijo de Dios, a la espera de su gloria.

Llamado al Consejo de Conciencia, el Sr. Vicente se acordará de esa Iglesia, cuan­do se trate de nombrar obispos para el servicio del Pueblo de Dios y, en primer lugar, de los pobres.

San Vicente ha visto al Hijo de Dios en nuestros caminos, el Hijo de Dios en la agonía, el Hijo de Dios en la cruz. El cuerpo místico de Jesucristo no es para él una abstracción de teólogo, él le ha consagrado su vida. No pierde ocasión de recordar a los más grandes y a los más humildes, asociándolos al servicio de sus hermanos, que la Iglesia es en concreto esa inmensa fraternidad de los hijos de Dios, empezando por los más pequeños.

San Vicente y la Iglesia

Ordenado en 1600, san Vicente no vivirá su primera experiencia verdaderamente pastoral hasta 1612, en Clichy. Parece claro que, durante sus primeros años de sacer­docio, trató de establecer contacto más con los dignatarios que con el «pueblo», con­siderando así a la Iglesia como una sociedad jerárquica en donde, verosímilmente, busca un cargo y un buen cargo… quizás hasta un obispado.

Poco a poco, al ritmo de las experiencias pastorales, su visión de la Iglesia se puri­fica, se profundiza, se amplifica.

I. La experiencia de Clichy (1612): «El hallazgo de un pueblo»

Después de más de cuarenta años de ocurrido el acontecimiento, san Vicente habla todavía de esa experiencia como una de las grandes gracias y descubrimientos de su vida. Su sacerdocio parece haber recobrado sentido y vigor en medio del Pueblo de Dios, hasta el punto de que, lejos de aspirar a las dignidades eclesiásticas, se consi­dera más feliz que el Cardenal de Retz y que hasta el mismo Papa.

«Yo he sido párroco de una aldea… Me sentía tan contento, que me decía a mí mismo: «¡Dios mío! ¡Qué feliz soy por poder tener este pueblo!». Y añadía: «Creo que el Papa no es tan feliz como un párroco en medio de un pueblo, que tiene un corazón tan bueno». Y un día el Sr. Cardenal de Retz me preguntó: «¿Qué tal, padre? ¿cómo está usted?». Le dije: «Monseñor, estoy tan contento que no soy capaz de explicarlo». «¿Por qué?». «Es que tengo un pueblo tan bueno, tan obediente a cuanto le digo, que me parece que ni el Santo Padre ni su Eminencia son tan felices como yo»» (IX, 580).

II. La experiencia de Gannes-Folleville (1617): «El lugar de los pobres en la Iglesia»

Conocemos el hecho «Gannes-Folleville» (Cf. Ficha n.° 1). San Vicente parece que reaccionó muy rápidamente y las «misiones» se multiplicaron; pero se requirie­ron varios años para notar el verdadero alcance de la evangelización de los pobres en la Iglesia de Jesucristo, su importancia y su valor de signo.

El relato siguiente nos ofrece un eco de ese caminar. Se trata del encuentro con un hugonote en Montmirail (XI, 727):

El hugonote le rogó que le resolviera una objeción:

«»Señor, le dijo el hereje, dice usted que la Iglesia de Roma está dirigida por el Espíritu Santo, pero yo no lo puedo creer, puesto que por una parte se ve a los católicos del campo abandonados en manos de unos pastores viciosos e ignorantes, que no conocen sus obligaciones y que no saben siquiera lo que es la religión cristiana; y por otra parte se ven las ciudades llenas de sacerdotes y de frailes sin hacer nada; puede ser que en París haya hasta diez mil, mientras que esas pobres gentes del campo se encuentran en una ignoracia espantosa, por la que se pierden. ¿Y quiere usted convencerme de que esto está bajo la dirección del Espirítu Santo?; no puedo creerlo».

(El texto de esta charla deja entrever que san Vicente quedó muy impresionado por esa objeción, y meditó una respuesta que no convenció al hereje), sin embargo:

«…al año siguiente volvió el padre Vicente a Montmirail en compañía del Sr. Féron… y del Sr. Duchesne… para trabajar con ellos en los ejercicios de la Misión, tanto en aquel lugar como en las aldeas de alrededor… Aquel hereje en el que ya no pensaba nadie tuvo la curiosidad de ir a ver los diversos ejercicios que se practicaban; asistió a los sermones y al catecismo, vio el cuidado con que se instruía a los que ignoraban las verdades necesarias para la salvación, la caridad con que se acomodaban a la debilidad y rudeza de espíritu de los más rústicos y simples…y los efectos maravillosos que se realizaban en el corazón de los mayores pecadores… Todas estas cosas le impresionaron tanto que fue a buscar al padre Vicente, y le dijo: «Ahora es cuando he visto que el Espíritu Santo guía a la Iglesia Romana, ya que se preocupa de la instrucción y de la salvación de estos pobres aldeanos. Estoy dispuesto a entrar en ella, cuando quiera usted recibirme» …san Vicente concluyó: «¡Qué dicha para nosotros, los misioneros, poder demostrar que el Espíritu Santo guía a su Iglesia, trabajando como trabajamos por la instrucción y la santificación de los pobres»» (XI, 728-730).

Este texto, y, sobre todo, la conclusión nos muestran el modo cómo la Misión, nacida humildemente en Folleville, tomó, a los ojos de san Vicente, una dimensión de Iglesia. La evangelización de los pobres viene a ser, para él, como una nota de la Igle-sia, un criterio, el signo verificador de que es guiada por el Espíritu Santo.

III. La experiencia de Châtillon (1617): «El laicado»

Según los relatos del mismo san Vicente, parece que lo determinante en esta nueva experiencia fue la respuesta inmediata y generosa de los laicos a su llamada del 20 de agosto de 1617:

«…lo recomendé con tanto interés y con tal sentimiento que todas las señoras se vieron impresionadas. Salieron de la ciudad más de cincuenta; y yo hice como los demás; lo visité y lo encontré en tal estado que creí conveniente confesarlo; y cuando llevaba el santísimo Sacramento, encontré algunos grupos de mujeres, y Dios me dio este pensamiento: «¿No se podría intentar reunir a todas estas buenas señoras y exhortadas a entregarse a Dios, para servir a los pobres enfermos?». A continuación, les indiqué que se podrían socorrer estas grandes necesidades con mucha facilidad. Inmediatamente se decidieron a ello» (IX, 202).

Después de comer se celebró una reunión en casa de una buena señorita de la ciudad, para ver qué socorros se les podría dar, y cada uno se mostró dispuesto a ir a verlos, consolarlos con sus palabras y ayudarles en lo que pudieran. Después de vísperas, tomé a un hombre honrado, vecino de aquella ciudad, y fuimos juntos hasta allá. Nos encontramos por el camino con algunas mujeres que iban por delante de nosotros, y un poco más adelan­te, con otras que volvían. Y como era en verano y durante los grandes calores, aquellas buenas mujeres se sentaban a la vera del camino para descansar y refrescarse. Finalmen­te, Hijas mías, había tantas, que se podría haber dicho que se trataba de una procesión» (IX, 232).

Conocemos las repercusiones y consecuencias de esta nueva experiencia pastoral (Cofradías… Hijas de la Caridad… Damas de la Caridad…). San Vicente vio con cla­ridad el lugar y la función del LAICADO en la Iglesia. Sabrá sacar el mayor partido para el servicio de los pobres.

IV. La experiencia de Beauvais (1628): «Los ministerios… de los servicios»

En el Pueblo de Dios y para un mejor servicio de los pobres, san Vicente se da cuenta progresivamente de la importancia de los sacerdotes. Fue en Beauvais donde llevó a cabo su primera experiencia de los Ordenandos. Las Conferencias de los Mar­tes (1633), y más tarde la entrada en el Consejo de Conciencia (1643) le permiten extender su acción y su influencia sobre toda la Iglesia de Francia. Ya habrá ocasión para volver sobre estos diferentes puntos que se refieren a la idea que se hacía san Vicente de los ministerios en la Iglesia. Basta citar aquí cuatro textos:

El primero se dirige a un abogado de Laval que trata de acceder al sacerdocio como si fuese una carrera:

«Yo me haría problema de conciencia de contribuir a hacerle entrar en las órdenes sagra­das, especialmente en el sacerdocio, ya que son desgraciados aquéllos que entran en él por la ventana de su propia elección y no por la puerta de una vocación legítima. Sin embar­go, es grande el número de aquéllos, ya que miran el estado eclesiástico como una condi­ción tranquila, en la que buscan más bien el descanso que el trabajo; de ahí es de donde vienen esos grandes desastres que vemos en la Iglesia, ya que se atribuye a los sacerdotes la ignorancia, los pecados y las herejías que la están desolando» (VII, 396).

A un misionero que trata de entrar en la Cartuja:

«Considere también cómo su vida es ahora conforme con la que llevó nuestro Señor en la tierra,que es ésta su vocación y que la mayor necesidad que hoy tiene la Iglesia es la de obreros que trabajen por apartar a la mayoría de sus hijos de la ignorancia y de los vicios en que están, y que le den buenos sacerdotes y buenos pastores, que es lo que el Hijo de Dios vino a hacer a este mundo, y ya verá cómo se siente muy feliz de haberse dedicado como él y por él a esta obra tan santa» (III, 150-151).

A este mismo misionero, resuelto al fin a permanecer en la Misión:

«No puedo expresarle el consuelo que ha recibido mi alma con la última que usted me ha escrito y por la resolución que nuestro Señor le ha inspirado. La verdad, Padre, es que creo que hasta el cielo se alegra con ello; pues, la Iglesia tiene bastantes personas solitarias, gra­cias a Dios, y demasiadas inútiles, y otras muchas más que la desgarran. Lo que necesita es tener hombres evangélicos,que se esfuercen en purgarla, en iluminarla y en unirla a su divino esposo; y es lo que usted hace, por su divina bondad»» (III, 181).

A Alano de Solminihac, obispo de Cahors, que se interrogaba sobre la conducta a seguir durante una epidemia:

«Así pues, como señor obispo, mi humilde opinión es que un prelado que se encuentre en esa situación debe mantenerse en la posibilidad de atender a las necesiades espirituales y temporales de toda su diócesis durante esa aflicción pública, sin encerrarse en un lugar ni ocuparse en ninguna otra tarea que le quite el medio de atender a los demás, sobre todo porque no es obispo de esa ciudad solamente, sino que lo es de toda su diócesis, en cuyo gobierno debe repartir sus cuidados de forma que no se detenga en un lugar particular, a no ser que le sea imposible atender a la salvación de las almas de aquel lugar por medio de sus párrocos o de otros eclesiásticos; pues, en ese caso , yo creo que está obligado a expo­ner su vida por su salvación y encomendar a la adorable providencia de Dios el cuidado de todos los demás lugares. Así es cómo está haciendo uno de los más grandes prelados de este reino, que es Monseñor…., el cual ha preparado a sus párrocos para que se expongan por la salvación de sus feligreses y, cuando la enfermedad cae en un lugar, se traslada allá, para ver si el párroco permanece donde debe, para animarle en su resolución y finalmente darle los consejos y los medios convenientes para asistir a sus feligreses» (IV, 481-482).

V. La experiencia de Madagascar (1648): «Hasta el confín de la tierra…»

La misión de Madagascar, que marcó profundamente sus últimos años, constituye una cima en la experiencia de Iglesia de san Vicente. Desde 1625, de manera progre­siva, la Misión y la Compañía de las Hijas de la Caridad se extienden dentro y fuera del reino. Pero con la atrevida empresa de Madagascar cambia el tono y las perspecti­vas se alargan hasta el infinito. Cristano, sacerdote y misionero, san Vicente se cree responsable, hasta la angustia, de toda la Iglesia, de todos los pobres del mundo.

El 30 de agosto de 1657, le llegan malas noticias de los últimos misioneros envia­dos a la isla de san Lorenzo:

«Quizás diga alguno de esta Compañía que es preciso dejar Madagascar; es la carne y la sangre las que así hablan, diciendo que no hay que enviar allá a nadie; pero yo estoy segu­ro de que el espíritu habla de otro modo. ¿pues qué, padres? ¿Dejaremos allí completa­mente solo a nuestro buen padre Bourdaise? Estoy seguro de que la muerte de estos padres extrañará a algunos… Dios llamó a nuestros hermanos a aquel país, pero he aquí que algu­nos murieron por el camino,y los otros apenas llegar. Padres, ante esto es preciso bajar la cabeza y adorar los designios de Dios admirables e incomprensibles de nuestro Señor. ¿No habían sido llamados por Dios a aquel país? ¿Quien lo duda?… La Congregación de Pro­paganda Fide ha recibido poder del Papa para enviar por toda la tierra, y es la que nos ha enviado a nosotros. Pues bien, ¿no es esto una verdadera vocación? Padres y Hermanos míos, dspués de saber esto, ¿será posible que seamos tan cobardes de corazón y tan poco hombres que abandonemos esta viña del Señor, a la que nos ha llamado su divina Majes­tad, solamente porque han muerto allí cuatro o cinco o seis personas? Decidme, ¿sería un buen ejército aquel que, por haber perdido dos mil o tres mil o cinco mil hombres lo aban­donase todo? ¡ ¡Bonito sería ver un ejército de ese calibre, huidizo y comodón! Pues lo mismo hemos de decir de la Misión si, por haber tenido cinco o seis bajas, abandonase la obra de Dios!¡ una Compañía cobarde, apegada a la carne y a la sangre! No, yo no creo que en la Compañía haya uno solo que tenga tan pocos ánimos y que no esté dispuesto a ir a ocupar el lugar de los que han muerto. No dudo que la naturaleza al principio temblará un poco; pero en el espíritu, que es más valiente, dirá: «Así lo quiero; Dios me ha dado este deseo; no habrá nada que pueda hacerme abandonar esta resolución» (XI, 297-298).

La Iglesia… Cuestiones para los intercambios

1. Durante los primeros años de su sacerdocio, san Vicente parece contemplar la Iglesia a través de su jerarquía. Era la concepción de la época. Poco a poco, el encuentro con los hombres y sobre todo los más pobres, lo llevará a percibir y a vivir profundamente el misterio de la Iglesia como Pueblo de Dios. La gran conversión que nos propone el Vaticano II va por esta misma línea.

Consciente o inconscientemente, tenemos algunas ideas sobre la Iglesia:

  • frecuentemente son los otros… la jerarquía, cuando criticamos a la Iglesia.
  • a veces son las estructuras que nos molestan o nos dan seguridad.

El encuentro con los hombres ¿nos hace percibir y vivir el misterio de la Iglesia como pueblo, el pueblo de Dios en marcha y al que todos los hombres son llama­dos?, (a partir de un hecho, de una experiencia, de un encuentro, confrontemos nues­tras formas de percibir y vivir la Iglesia).

2. «¡Qué dicha para nosotros, los misioneros, poder verificar que el Espíritu Santo guía a su Iglesia, trabajando como trabajamos por la instrucción y la san­tificación de los pobres».

Después de haber confrontado nuestras formas de percibir y vivir el misterio de la Iglesia y dando a la palabra verificar el sentido fuerte que tiene en el texto de san Vicente:

  • la Iglesia se verifica (manifiesta su verdad) mediante la evangelización de los pobres.
  • nuestra Misión se verifica (manifiesta su verdad) mediante la evangelización de los pobres.

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