San Vicente de Paúl y la “Compañía del Santísimo Sacramento” (II)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

CREDITS
Author: .
Estimated Reading Time:

II

Veamos ahora cuál es en el movimiento de las ideas, ó en la realización de las obras de celo, la parte que corresponde a San Vicente de Paúl. Esta es una cuestión que muchos se han propuesto.

El Sr. G. de Grandmaison muestra su apreciación en estos términos: «La Compañía del Santísimo Sacramento puso naturalmente sus primeras miradas hacia todo lo que tiene relación con este gran misterio, pata lo cual enviaba sus miembros a asistir a las procesiones solemnes.

«Este homenaje necesario dado a Nuestro Señor Jesucris­to se volvía hacia sus miembros dolientes. San Vicente de Paúl no tuvo colaboradores más activos, más generosos y más absolutamente abnegados. En verdad que este gran Santo halló en la Compañía del Santísimo Sacramento, en muchas ocasiones, la iniciativa de su caridad, y que fre­cuentemente fue el delegado más que el promotor de sus buenas obras».

Ninguno mejor que San Vicente de Paúl asentiría a leste juicio, él que tenía por regla de conducta jamás adelan­tarse, no prevenir a la Providencia, sino solamente seguirla, como él se expresaba, y esperar de algún modo que Ella le diese la señal. Esta es la apreciación de la manera de obrar de San Vicente de Paúl, dada por su biógrafo Abelly, el antiguo Obispo de Rodez. Otro Obispo de Rodez. de nuestros tiempos, el Ilmo. Sr. Bourrez, hablando tam­bién de San Vicente de Paúl, añadía que, por otra parte, «cuando la Providencia le había dado de algún modo la señal por las circunstancias, el Santo se mantuvo siempre firme en seguirla».

Antes de examinar el papel desempeñado por San Vi tente de Paúl haremos una previa observación. Adverti­mos, por lo pronto, que ser delegado para la ejecución de una empresa tiene su parte de mérito, fuera del de los iniciadores, pues ellos han terminado más pronto y en mejo­res circunstancias su obra.

Se representan las reuniones de la Compañía del Santí­simo Sacramento como las que, con un poco menos de so­lemnidad, celebran en nuestros días los Congresos o reunio­nes de obras, a los que todos hemos asistido, Se suceden los discursos; los más diversos proyectos se ponen a discu­sión, según son diversas las necesidades o miserias que socorrer. De tiempo en tiempo, después que un orador ha desarrollado su tema, se vuelve hacia algún rincón de la sala, en donde descubre un oyente modesto que parece ha de ser el ejecutor del proyecto, y le dirige estas palabras: «Señor Fulano, ¿no podría usted hacer un ensayo de esto?» A no ser que sea absolutamente irrealizable y una pura utopía, como sucede varias veces, el hombre modesto con­testa: «Veremos, se podrá ensayar». Esto es todo lo que ocurre por el momento.

Después, terminada la reunión y hecha la colecta, cada uno se retira satisfecho y alegre, menos el hombre modesto, el ejecutor de la obra. Éste se retira a su morada pen­sativo y reflexionando si la obra que se le ha confiado es verdaderamente realizable; hasta por la noche se desvela, su espíritu de nuevo vuelve a pensar en pro y en contra, e  investiga los medios de que podrá servirse; al día siguiente continúa su labor; va de una a otra parte; consulta con aquellos de cuyo concurso espera sacar partido, sin obte­ner el resultado definitivo. Si se decide, vedle con la obra entre manos por algunos meses, ó, tal vez, por toda su vida, con el encargo de hallar recursos y el personal para la obra, de que ha sido el delegado más que el promotor. Así suceden ahora las cosas, poco más o menos, y así pasaban también en tiempos anteriores.

En las Asambleas de la Compañía del Santísimo Sacra­mento, casi instintivamente se dirigían los ojos hacia el Sr. Vicente.

Veamos algunos pasajes de los Anales de la Compañía del Santísimo Sacramento escritos por Voyer d’Argenson, en donde se hace mención de San Vicente de Paúl:

«El 4 de Enero de 1635 tuvo noticia la Compañía que en muchas aldeas de las cercanías de la ciudad el pueblo era ignorantísimo de lo que era necesario para salvarse. Con este motivo se encargaron algunos particulares de adver­tir al Sr. Arzobispo de este desorden, para que prohibiese a los Curas admitir al santo matrimonio hasta que estu­viesen suficientemente instruidos en los deberes más prin­cipales de los cristianos. El Sr. Cura de San Nicolás de Chardonnet prometió hablar sobre esto al Consejo del Ar­zobispado; pero como todo esto no diera el resultado ape­tecido, se rogó al Sr. Vicente para que remediase este gran mal, lo que consiguió enviando varias misiones.

Cuando se advirtió a la Compañía, el 16 de Julio del presente año 1637, que en diversas iglesias de París, espe­cialmente en Nuestra Señora, muchos malos Sacerdotes celebraban Misa, encargó al Sr. Obispo de Bayona (Fran­cisco Fouquet) y a otros muchos eclesiásticos para que deliberasen sobre los medios que se podrían practicar para evitar este desorden. Por consejo del Sr. Vicente y por la, diligencia del Sr. Perrochel, después Obispo de Boulogne. y del Sr. Renard, se hizo hacer exactísimo examen a todos-los Sacerdotes que había en la ciudad, excluyendo del mi­nisterio actual a todos aquellos que eran escandalosos.

Había por aquel tiempo muchos Sacerdotes vagabundos y mendigos que deshonraban su carácter: también se tuvo noticia de que no todos los que llevaban hábito sacerdotal eran verdaderos Sacerdotes, que algunos usaban de tales vestidos para obtener mejores limosnas en las ermitas con tales hábitos prestados. El Sr. Féret, cura de San Nicolás de Chardonnet, fue el encargado de ponerlo en conoci­miento del Consejo del Sr. Arzobispo. Se publicó contra ellos un decreto por la autoridad eclesiástica y se rogó al Sr. Vicente tuviera a bien recogerlos en San Lázaro. Al principio opuso alguna dificultad, pero al fin condescendió. La Compañía se encargó de suministrar los fondos para su subsistencia, contribuyendo igualmente de su parte otras muchas personas caritativas de París. Estos Sacerdotes per­manecieron recogidos más de un año en San Lázaro a ex­pensas de la caridad. Pero faltando los recursos para su subsistencia, se les dejó salir bajo la promesa de observarmejor conducta.

Por estos pasajes se puede formar una idea del carácter de las sesiones de la Compañía del Santísimo Redentor: en el libro de Voyer d’Argenson, que tanta sensación produjo cuando se publicó en 1900, nos parecieron sus diversos capítulos semejantes a los procesos verbales de los Con­gresos de obras de nuestros tiempos; y los primeros escri­tores o periodistas que han hablado de los Anales de la Compañía del Santísimo Sacramento nos han parecido algún tanto deslumbradores, en todo lo que se menciona. en ellos, como a los que examinan las memorias de nues­tros Congresos contemporáneos, a veces se quedan maravi­llados al ver tantas cosas de que se han ocupado. Pero los votos allí expresados y aprobados son como las muchas, flores que caen del árbol antes que cuaje el fruto. Y entre los que han tenido buen resultado es preciso, para distin­guir los méritos, considerar, por un lado, cuál ha sido el origen, la influencia de la idea; y por otro, cuál ha sido, en_ presencia de las dificultades, el valor del trabajo de su_ ejecución: el que se encarga, por ejemplo, de la evangeli­zación en las Misiones lejanas. Leemos que en la sesión de 26 de Febrero de 1653 «se trató en ella, dice d’Argenson, de grandes proyectos y magníficas empresas de misiones extranjeras, de las que la Compañía se interesó poderosa­mente”. Sin duda, este poderoso interés de la Compañía del Santísimo Sacramento es hermoso; pero se trata allí, verosímilmente, del P. de Rhode, jesuita, uno de los organizadores de las Misiones de las Indias, que fue presentado a los señores del Santísimo Sacramento, y, pro­bablemente también, de San Vicente de Paúl, que había debido ocuparse de la Misión de Madagascar con el señor de la Meilleraye, miembro todavía de la Compañía del. Santísimo Sacramento. Pertenece al lector atribuir a cada uno la parte que le corresponde en la obra de las Misiones extranjeras: a los señores del Santísimo Sacramento, de una parte, que han dado sus esfuerzos, y suponemos también considerables limosnas, y de otra, a los ejecutores: ya al P. Rhode, que antes y después de esta fecha multiplicó en las Indias sus maravillosas obras, ya a San Vicente, que dos años antes había enviado sus Misioneros a Mada­gascar y debía sostener aquellas obras a pesar de las rei­teradas pérdidas de sus Misioneros, que sucumbían unos tras otros en aquella tierra, entonces tan insalubre y mor­tífera.

Además, no es creíble que el Sr. Vicente, con su profun­da humildad, no tuviera personalmente sus ideas y méto­dos, que no siempre se confundirían con los de los señores del Santísimo Sacramento. Bastará para prueba uno ó dos ejemplos.

Entre otras cuestiones, la de la reforma del Clero era una de las más importantes que se debían resolver. Se vio, cuando los Sacerdotes deshonraban el hábito eclesiástico, que los Sres. del Santísimo Sacramento, en 1637, fueron de parecer que se les encerrase en San Lázaro; y cómo el Sr. Vicente «opuso alguna dificultad, pero que al fin con­descendió»; era que San Vicente no creía fuese de gran eficacia poner aquellos Sacerdotes en prisión: su sistema era diferente, quería obrar la reforma por la base, como se puede ver en su conversación, referida por Abelly, con el Obispo de Beauvais.

«Un día, entre otros, este buen Prelado preguntó al señor Vicente qué se podría hacer para remediar los des­arreglos del Clero y devolverle al esplendor que debía te­ner: este sabio y experimentado Misionero le contestó: Que era casi imposible reformar y enderezar a los malos Sacer­dotes que habían envejecido en los vicios, y a los Curas mal acostumbrados en su vida y que habían ya contraído malos hábitos; pero que para trabajar con esperanza de fruto en la reforma de su Clero, era preciso acudir a la fuente del mal, para aplicar allí el remedio; y que supues­to que no se podía sin grandísima dificultad convertir y cambiar los Sacerdotes de alguna edad, se necesitaba po­ner cuidado especial en formar los nuevos para el porve­nir, lo que se conseguiría primeramente con una firme re­solución de no admitir a las Ordenes más que a los que-tuviesen la ciencia necesaria y las otras señales de verda­dera vocación. En segundo lugar, trabajando respecto de aquellos que se quiera admitir, para hacerles idóneos de sus obligaciones y de adquirir el espíritu eclesiástico, de los cuales se podrían proveer en adelante las Parroquias.» Este programa de San Vicente era para más largo plazo, y en donde se descubre por qué San Vicente se oponía a los Sres. del Santísimo Sacramento para encerrar en pri­sión a los Sacerdotes cuya conducta era reprensible.

Otro ejemplo de esta diferencia de miras entre la Com­pañía del Santísimo Sacramento y del Sr. Vicente. Se pue­de conocer, por la relación de Voyer de Argenson, que gran parte de las dificultades que se levantaron, sobre todo el fin, contra esta Compañía, procedía de su intervención en las medidas represivas por parte del Poder civil contra los protestantes. Efectivamente, Vicente de Paúl no permitió-que los «religionarios», como se decía entonces, usurpasen los derechos de los católicos, y en tiempo oportuno supo, cuando había lugar, «reclamar la autoridad del Rey para reprimir sus intromisiones; él juzgaba que no era por la fuerza exterior como se cambian los corazones ni se convierten los herejes. Quería que se contestase a sus dificultades sin espíritu de disputa, y que se tratase con ellos con espíritu de benevolencia y de bon­dad. Decía a sus Misioneros: «Si Dios ha concedido alguna bendición a nuestras primeras Misiones, se ha advertido que era por tratar amigable, humilde y sinceramente con toda clase de personas; y se ha dignado Dios servirse del más miserable (esto es, de él, que hablaba) para la conver­sión de algunos herejes; ellos mismos confesaron que era por la paciencia y por la cordialidad que tenía con ellos».

A uno de sus discípulos, hermano Coadjutor, muy hábil en la cirugía, que se embarcaba en la Rochela para Mada­gascar y que debía hacer el viaje con católicos y protes­tantes, le trazó una línea de conducta toda de paciencia y de caridad. Decía respecto de los herejes: «es necesario evitar cuidadosamente toda suerte de dispu­tas y de invectivas con ellos; mostraos paciente y bon­dadoso en su presencia, aun cuando a ellos se les escape algo contra vos o contra nuestras creencias ó prácticas. La virtud es tan hermosa y tan amable, que ellos se verán obligados a amaros si vos la practicáis bien; es de desear que en los servicios que deis a Dios en el buque no hagáis distinción de personas; ni diferencia alguna sensible entre los católicos y los hugonotes, para que conozcan que vos les amáis en Dios».

Los Sacerdotes de su Congregación fueron encargados por el Rey de la Parroquia de Sedán: Vicente de Paúl les hacía las mismas recomendaciones de modestia, reserva y benevolencia para tratar con los herejes, advirtiéndoles que no se mezclen en sus diferencias temporales entre ca­tólicos y protestantes. Ante un celo tan activo, y al fin con­descendiente con los Sres. del Santísimo Sacramento, se ve que el Santo guardaba sus métodos y sus ideas, conservaba .su personalidad, y, colaborando en sus obras, después que «ellos le habían dado un puesto entre sí, se puede decir que no se dejaba absorber por ellos. Podríamos, además de es­tos dos ejemplos, citar otros muchos.

Lo que acabamos de decir mira más bien a la represen­tación de cada uno, como se expresarían hoy: la de San Vi­cente de Paúl y la de la Compañía del Santísimo Sacra­mento.

Presentaremos ahora una segunda consideración a los lectores que han hecho la pregunta: si el papel de este grande hombre no se eclipsaba, en parte, por la reciente revelación de las obras de celo y de caridad que se esfor­zaba en promover la Compañía del Santísimo Sacramento. Desde luego, en un sentido, ¿qué importa esto, «con tal que Jesucristo sea enunciado?» como habla el Apóstol. Además hay que advertir que las fechas y la cronología han de in­tervenir en esta cuestión. Pues de hecho, antes de la exis­tencia de la Compañía del Santísimo Sacramento se habían realizado las grandes obras de San Vicente.

La Compañía del Santísimo Sacramento data de 1630: pues bien, desde 1612 y 1617, Vicente de Paúl había dado su modelo en la transformación de Clichy y de Chatillón. En 1618 extendía las Cofradías de la caridad, cuya idea concibió, y trazó un reglamento el año precedente en Chatillón-les-Dombes.

La Compañía del Santísimo Sacramento debía ocuparse en 1630, y especialmente en 1634, de los galeotes de la torre de San Bernardo, en París, como afirma el diario de Voyer d’Argenson. Pero no se puede desconocer que ya doce años antes que existiera la Compañía del Santísimo Sacramento Vicente de Paúl se ocupaba en esta obra im­portante. Once años antes del establecimiento de esta Aso­ciación mereció recibir el breve de Capellán general de las galeras de Francia (1619). En 1622 fue a visitar por sí mis­mo las galeras de Marsella. Vuelto a París, refiere su bió­grafo de él: «A su vuelta a París, el Sr. Vicente se dispuso a ir a visitar los criminales con­denados a galeras, a los que halló en un estado más deplo­rable aún que los que había dejado en Marsella: estaban enfermos en los calabozos de la Conserjería y en otras pri­siones, en donde permanecían a veces largo tiempo comi­dos de la miseria, extenuados de hambre y de pobreza y enteramente abandonados corporal y espiritualmente.

«Viéndoles en tal miseria, lo puso en conocimiento del General de las galeras, demostrándole que aquella pobre gente le pertenecía y que esperaba de él le llevase a las galeras, en donde dependía de su caridad tomar algunas medidas; proponiéndole al mismo tiempo el medio de asis­tirles corporal y espiritualmente; que este virtuoso señor aprobó muy gustoso y le autorizó para ejecutarlo. Al efec­to alquiló expresamente una casa en el arrabal de San Honorato, en la vecina iglesia de San Roque, para recoger allí aquellos pobres forzados bajo su custodia, y, gracias a su gran diligencia, consiguió que la casa estuviese en esta­do de recibirles desde el año 1622, que fueron trasladados allí. Allí fue donde el Sr. Vicente dio plena extensión a su caridad para prestar toda suerte de buenos oficios a aque­llos pobres abandonados: les visitaba frecuentemente, les instruía y consolaba, disponiéndoles a hacer buenas confe­siones generales, distribuyendo los sacramentos; no satisfe­cho con el cuidado que ponía por sus almas, procuraba también el alivio de sus cuerpos, retirándose algunas veces con ellos para prestarles mayores servicios y serles de ma­yor consuelo, lo que hacía aun en tiempos de enfermeda­des contagiosas; el amor que sentía hacia aquellos pobres afligidos le hacía olvidarse de sí mismo y de su propia con­servación para entregarse enteramente a su servicio. Cuan­do se veía obligado a ausentarse por otros negocios, encar­gaba sus cuidados a dos buenos y virtuosos eclesiásticos, de los cuales uno era el difunto Sr. Portail, que se había unido al Sr. Vicente muchos años antes, y que teniéndole por su auxiliar había recibido por su consejo el orden del presbiterado, estaba inseparablemente unido a su voluntad y siempre a las órdenes de este prudente Director, perseve­rando así hasta el ario 1660, en que murió, separándose el uno del otro sobre la tierra para volver a unirse más per­fectamente en el Cielo. El otro era el difunto Sr. Belin, Ca­pellán de la casa de Gondi en Villepreux; los dos habita­ban en este hospital de los forzados y les celebraban la Santa Misa. Todo esto, lo repetimos, existía ya antes de la creación de la Compañía del Santísimo Sacramento, que no comenzó hasta 1630. Cuando en 1634 los señores del Santísimo. Sacramento fueron a la torre de San Bernardo a prestar sus caritativos servicios a los forzados, estos servi­cios les eran muy necesarios; porque cuando se cura a los desgraciados, se descubre fácilmente que allí, al lado de un abismo de miseria, se halla frecuentemente otro abismo; pero conviene recordar que San Vicente había obtenido dos años antes, 1632, para mejorar su suerte, el permiso para trasladarlos. Y cuando a la Compañía del Santísimo Sacra­mento se le intimó su disolución (1660), la obra de los for­zados, que no había necesitado de esta Compañía para na­cer, continuó existiendo deñpués de ella. El biógrafo de San Vicente de Paúl escribió en 1664, es decir, cuatro anos des­pués del decreto de dispersión de la Asociación del Santí­simo Sacramento: «Fue esta obra de caridad tan agradable a Dios que, habiendo comenzado por el Sr. Vicente, su Providencia la ha hecho subsistir hasta el presente, que siempre ha perseverado en cuidar, socorrer y asistir cor­poral y espiritualmente a estos pobres forzados, que fue­ron trasladados del arrabal de San Honorato a la puerta de San Bernardo».

El Sr. Raoul Allier, que temía que en la obra de los ga­leotes se haya atribuido más parte a San Vicente de Paúl que a la Compañía del Santísimo Sacramento, siente la misma aprensión respecto de las misiones de los pobres aldeanos. Expone cómo la Compañía del Santísimo Sacramento, en 1635, teniendo noticia que en muchos pueblos de las cercanías de París era grande la ignorancia de las cosas necesarias para sal­varse, se conmovió e  hizo advertir al Arzobispo y rogó al Sr. Vicente remediase este gran mal: lo que hizo éste por medio de las Misiones.

En 1635 fue cuando estos señores del Santísimo Sacra­mento concibieron este saludable pensamiento; pero nos­otros sospechamos que, sin dar muestras de ello, el Sr. Vi­cente debió maravillarse de la admiración de estos señores, que acababan de descubrir la ignorancia de la gente del campo. Mucho antes de esta fecha la había conocido él y estaba trabajando para remediarlo; hacía ya más de veinte años que dirigía sus esfuerzos a este fin, pues en 1617 dio sus primeras Misiones en las posesiones de Madame Gondi; él obligó a esta piadosa dama a suplicar a los Padres Je­suitas de Amiens, después a los Padres del Oratorio, para que organizasen misiones en favor de- la pobre gente del campo. Estas demandas no dieron resultado, y, por lo tan­to, se puso él mismo a organizarlas. En 1618 —muy lejos todavía de 1635— viene de trabajar en las cercanías de París y da Misiones en Villepreux y en las aldeas vecinas, en donde los Sres. Berger y Goutierre, Consejeros clérigos en el Parlamento de París, el Sr. Cognevet, Doctor en Teo­logía de la casa de Navarra, y otros muchos virtuosos Sacerdotes, se juntaron a él. «He­mos dicho ya, en la primera parte, escribe un biógrafo, cómo aun antes que el Sr. Vicente fun­dase su Congregación comenzó sus primeras Misiones desde el año 1617 y las continuó hasta el 1625, no sólo en las villas y aldeas de muchas Diócesis, sino también en el Hospital de los alienados de París, el de los galeotes y en Burdeos en las galeras, para lo cual fue ayudado de mu­chos eclesiásticos de erudición y de piedad, y aun de algunos de condición y de nacimiento. No se sabe el número ele estas misiones que hizo él mismo en persona durante estos siete ú ocho primeros arios; pero lo cierto es que las hizo en casi todas las tierras de la casa de Gondi, comprendiendo entre ellas también las de la Señora Generala de las galeras. que ascendían a más de cuarenta, tanto en las ciudades como en las aldeas y villas, y que además de és­tas hizo otras muchas en otras partes. Desde el principio de la Congregación de la Misión, acaecido en el año 1625, hasta el 1632, que se estableció en San Lázaro, hizo por sí mismo o por los suyos por lo menos ciento cuarenta Misio­nes, y desde el año 1632 hasta la muerte de este gran Sier­vo de Dios solamente la casa de San Lázaro hizo por su orden cerca de setecientas, en muchas de las cuales traba­jó él mismo con grande bendición. Pues bien, lo repetimos, antes de 1630 la Compañía del Santísimo Sacramento no existía, y hasta 1635 no la vemos preocuparse de las Mi­siones al pueblo, y aun entonces acude al concurso de San Vicente.

Por el mismo tiempo creó el Santo sus otras obras: en 1628 estableció los Ejercicios espirituales para los Ordena­dos; en 1629 dio a Luisa de Marillac, a quien dirigía hacía muchos años, los reglamentos, y la enviaba a visitar las caridades que había fundado en muchas Diócesis, reglamen­tos que eran precursores de los de la gran familia religiosa de las Hijas de la Caridad. Y la Compañía del Santísimo Sacramento aun no existía; antes que ella existía ya el San Vicente de Paúl con sus principales obras, el San Vicente de Paúl histórico que nosotros conocemos.

Finalmente, añadimos esta tercera observación. Por lo menos durante el tiempo en que Vicente de Paúl y la Com­pañía del Santísimo Sacramento colaboraron, convendrá, dirán, tal vez, poder distinguir en qué medida pertenece a San Vicente de Paúl el eminente papel de creador de las obras de apostolado y de caridad cuando trabajaba de concierto con la Asociación del Santísimo Sacramento. San Vicente de Paúl ¿tiene realmente el valor personal que le atribuyen sus biógrafos, ó bien, las obras que salieron de sus manos durante este periodo no es, tal vez, la manifes­tación del trabajo bienhechor que se realiza en el seno de la Asociación algún tanto misteriosa de los cofrades del. Santísimo Sacramento?

Para responder a esta cuestión, recordaremos desde lue­go lo que hemos dicho más arriba: que conviene no olvidar las fechas, y que cuando se trata de la creación de la cé­lebre Asamblea (1630), y sobre todo cuando la admisión del Sr. Vicente entre los miembros de la Asociación, admisión que se coloca generalmente hacia 1635, ya el Santo había creado todas sus grandes obras: una de las últimas crono­lógicamente es la institución de la Compañía de las Hijas de la Caridad, que acaeció en 1633.

Respecto de aquellas obras en que se ocupan simultánea­mente San Vicente de Paúl y la Compañía del Santísimo’ Sacramento (1635 a 1660), si se añade que para dar a cada parte la influencia que corresponde al uno y al otro, a Vicen­te de Paúl y á. la Compañía del Santísimo Sacramento, era preciso hallar un hombre que hubiese vivido de alguna manera en la intimidad del uno y de la otra, que hubiese sido admitido para ver con sus ojos y oir con sus oídos lo que se hacía y se decía en la misteriosa Compañía y qué era y lo que hacía San Vicente de Paúl. Pues bien, esto es lo que se ha hallado.

Hubo allí un hombre que era miembro de la Sociedad del Santísimo Sacramento que conocía, siendo uno de los iniciados, la marcha y los trabajos: éste era Luis Abelly, uno

de los Párrocos por entonces de París y más tarde, Obispo de Rodez. Luis Abelly tenía la mayor intimidad con San Vicente de Paúl y estaba al corriente de todas las obras de la casa de San Lázaro, en donde pasó los últimos años de su vida. Era un juez perfectamente informado, era hombre inteligente y de conciencia; se puede asegurar que su’ testimonio debe ser de mayor excepción y decisivo.

Este testimonio de Abelly se escribió en las mejores con­diciones de imparcialidad y de libertad muchos años des­pués de la muerte de Vicente de Paúl, y cuando la Compa­ñía del Santísimo Sacramento ya no existía. El Sr. Vicente murió, en efecto, el 27 de Septiembre de 1660, y el decreto del Parlamento que dio el golpe de muerte a la Asociación de los Señores del Santísimo Sacramento es del 16 de Di­ciembre del mismo año; el libro de Abelly no salió a luz hasta cuatro años después, en 1664. Este testimonio lleva, por su fecha, el carácter de veracidad, pues fue escrito cuando habían desaparecido el Sr. Vicente y la Compañía del Santísimo Sacramento; sin embargo, vivían entonces aún casi todos los miembros de la célebre Asociación y casi todos los testigos de la vida y obras de Vicente de Paúl, testigos ante quienes no se hubiera atrevido a falsear la opinión ni a alterar públicamente la verdad. El testimonio público de que hablamos es, según se comprende, la Vida del Venerable Siervo de Dios Vicente de Paúl, publicada por Abelly en 1664 y dedicada a la Reina Madre Ana de Austria, que ella misma había conocido íntimamente a Vicente de Paúl y había sido amiga y protectora de la Compañía del Santísimo Sacramento; la Vida «que es la primera y tal vez la mejor de todas las historias de este gran Siervo de Dios», como se expresa justamente el señor .de Graveson. De donde resulta que la idea más segura y más justa que podemos formar de San Vicente de Paúl y del papel que desempeñó es la idea que nos da su historiador Abelly; pues todos nuestros lectores saben que, especialmente de las relaciones de Abelly, se deduce la admirable figura de San Vicente de Paúl y la grandeza de su papel. Es decir, no tenemos más que conservar la idea que ya tenemos de San Vicente de Paúl.

Hubiéramos preferido, en cierto sentido, no escribir es­tas reflexiones; pues siguiendo el consejo del autor de La Imitación, estamos persuadidos que sirve de muy poco discutir sobre los méritos respectivos de los Santos. Pero como la cuestión estaba planteada y algunos de nuestros amigos nos preguntaban lo que pensábamos sobre ella, por eso lo hemos dicho.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *