Cuestiones disputadas
LA FECHA DE NACIMIENTO (¿1576 ó 1581?)
Durante dos siglos y medio, fiados de Abelly, los biógrafos afirmaron pacíficamente que el Señor Vicente había nacido en 1576, y con toda exactitud un martes de Pascua, el 24 de abril.
En 1922, P. Coste, que publicaba entonces las Obras de san Vicente de Paúl, demostró en un artículo de la Recite de Borda (1922) que Vicente había nacido, no en 1576 sino en 1581. Su argumentación era bastante simple. Partía del principio de que el Señor Vicente debía ser el mejor testigo de su edad. Ahora, en doce ocasiones al menos, entre 1628 y 1659, viose inducido a esquivar la cifra exacta de sus años. Los alegatos en el Proceso de beatificación de Francisco de Sales y en el momento de la detención de Saint-Cyran eran particularmente claros y firmes.
¿Cómo explicar entonces la fecha de 1576 dada por Abelly? De una manera muy simple. Al morir el Señor Vicente, sus allegados no poseían partida alguna de nacimiento. En cambio, tenían en la mano las dimisorias para la ordenación sacerdotal. Estaban fechadas en 1600 (13 de septiembre), y afirmaban administrativamente que Vicente de Paúl tenía la edad legítima. Como las ordenanzas del Concilio de Trento requerían que el candidato tuviese 25 años para ordenarse de sacerdote, no era difícil concluir que Vicente había tenido que nacer en 1576.
Estableciendo críticamente un dato histórico, P. Coste alzaba una cuestión de orden psicológico: ¿por qué tenía el joven Vicente de Paúl tanta prisa en recibir la ordenación sacerdotal?
LA CAUTIVIDAD EN BERBERIA
El debate en torno a la cautividad del Señor Vicente en Berbería está abierto desde 1927. Durante diez años apasionó a buenos espíritus (René Vallery-Radot, H. Lavedan, Cr. Lenótre, André Bellessort, Armand Praviel, P. Coste).
En nuestros días, se prolonga aún entre los «fervientes» del señor Vicente e invita irresistiblemente a clasificar a éstos «esclavistas» que dan a la carta datada en Aviñón un valor de historia, y «antiesclavistas» que no ven en ella más que un documento psicológico.
En esta pequeña querella en torno a un gran santo, recordemos que la actitud crítica fue primeramente preconizada por Antoine Redier: «lo falso, escribía, se mezcla evidentemente a lo verdadero. El arsenal de las objeciones y de las cuestiones fue a continuación expuesto por J. Grandchamp. En fin, el descubrimiento en 1936 de las «Observations» del marqués Joseph-Louis Dominique de Cambis atrajo la atención hacia la estancia del Señor Vicente en Aviñón y planteó ciertas cuestiones que permanecen actualmente sin respuesta… después de haber desconcertado a P. Collet.
Argumentos
Los partidarios de la cautividad hacen sobre todo valer:
- la honradez del Señor Vicente: «Mientras no quede probado que san Vicente era un pillo en 1607, se tendrán por verdaderos los hechos referidos en las cartas de la cautividad».
- la ausencia de datos positivos, pues el rechazo de la carta de la Cautividad deja un hueco de dos años. Ninguna cohartada puede indicarse y todas las explicaciones no son sino hipótesis.
- numerosos indicios —estado de salud del Señor Vicente, conocimientos médicos, expresiones de alquimia— permiten reconocer la exactitud de la carta dirigida al Señor de Comet.
Los adversarios de la cautividad tunecina avanzan tres clases de argumentos:
- la misteriosa actitud del Señor Vicente:
- en 1605-1607, está endeudado y muy preocupado por procurarse dinero y por obtener rápidamente un buen retiro.
- entre 1607 y 1660, cuando las circunstancias le instaban ello, guarda sobre su estancia en Túnez un desconcertante silencio. Este silencio era para P. Coste un argumento positivo y decisivo contra la Cautividad.
- entre 1658 y 1660, Vicente se alarma singularmente al saber que sus cartas juveniles existen todavía. Quema las copias que expide el Canónigo de Saint Martin. Reclama los originales. Al no recibir respuesta, el 18 de marzo de 1660, suplica a su corresponsal «por las entrañas de Jesucristo», le envíe la «miserable carta».
- la inverosimilitud de las afirmaciones del Señor Vicente y veces la dificultad que presentan para acomodarse a aquello que sabemos con certeza; la captura de una embarcación en aguas provenzales debía normalmente suscitar cierta conmoción en las costas, y particularmente en Marsella, donde se reaccionaba violentamente en semejantes circunstancias. ¿Cómo podían los berberiscos poner en libertad a «los que se rendían», sin exponerse a que se les diera caza? No sabiendo árabe, no podía Vicente conversar sabiamente de alquimia y de religión. El viejo alquimista llamado a Constantinopla por el Gran Turco, murió, dice Vicente, «por los caminos»; ahora, según el empleo que el Señor Vicente hace de esa expresión (19 veces), trataríase de un itinerario terrestre. El entusiasmo por la belleza de la religión despertado en una mujer musulmana por los cantos del Señor Vicente hacen soñar… tanto más cuanto que a continuación, Vicente no hará ya más mención de aquella «turca por naturaleza» y «asna de Balaam». La travesía en un pequeño esquife parece muy poco verosímil cuando se piensa en la distancia a recorrer (más de 1.000 kms.), en la ausencia de tripulación y entrenamiento y en las dificultades del Señor Vicente, quien «nada de más contrario tenía que la mar. En fin, la abjuración de 1607 en Aviñon no dejó rastro alguno en los Archivos del Santo Oficio, que excepcionalmente había podido consultar el Marqués J. L. Dominique de Cambis. Una abjuración tuvo lugar por cierto, pero el 29 de junio de 1608, en manos de Mons. Ferreri, o sea, de otro Vicelegado, 11 meses después de haberse expedido la carta del Señor Vicente, 8 meses después que el Señor Vicente hubiese dejado la ciudad de Aviñón.
- La analogía del relato del cautiverio con las referencias literarias a veces puramente imaginarias que entonces se multiplicaban. El primer libro de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, publicado en Madrid en 1605 (6 ediciones en 1605 y traducido al francés en 1614) contaba también una historia moruna, una huida gracias a un renegado y a una musulmana, una reconciliación eclesiástica en Granada. ¿No es significativo que «en 1658, san Vicente se mostrase desconfiado ante ciertos relatos de renegados evadidos?».
Convergencia y divergencia
- Esclavistas y antiesclavistas están de acuerdo en un principio y en una comprobación. El principio: que la prueba de la no-cautividad no será suministrada hasta que no se demuestre que entre 1605 y 1607 el Señor Vicente estaba en lugar diverso de Túnez; la comprobación: que actualmente, no se puede descubrir ese álibi.
- La controversia de otro lado no se comprende bien más que si se tiene en cuenta la divergencia de las tesis implícitas.
- Lo que apasiona el debate, es la confrontación de dos concepciones de la santidad: la una, estática, inocula al joven Vicente, todas las virtudes que iluminarán su vejez; la otra evolutiva, con la ruptura y las sucesivas conversiones, se detiene en las sombras para acentuar mejor los contrastes. ¿No sería más realista dejar los esquemas teóricos y partir del temperamento, de los precedentes familiares que dan un estilo a lo sobrenatural? Una observación minuciosa haría que apareciese un lento progreso y una transformación incesante.
- Lo que turba el diálogo, es una doble manera de utilizar los documentos y de concebir la historia.
La primera concibe la historia como una ciencia física. El documento es una impresión o un calco de la realidad. Permite una reconstitución y hasta un vaciado de la realidad de la que se ha desprendido. Si es incompleto o parcial, no será utilizable y toda reconstrucción resultará arbitraria o fantasiosa.
La segunda asemeja la historia a un juridismo: el testimonio auténtico de un hombre de buena fe debe ser aceptado y tenido por verdadero… mientras no se dé la prueba formal del error.
¿Hace falta recordar que un buen testigo no siempre se atiene a la misma regla de sinceridad? Y esta sinceridad es muy compatible con algunas exageraciones; piénsese en los «cien mil trozos» en que el Señor Vicente dice que «fue partido el piloto”. Menos conmovido, Abelly se contenta con «mil trozos». ¿No habría que partir de un objetivo reconocido: explicar un silencio y conseguir los documentos de la ordenación, como habría que comprender e interpretar la carta que el Señor Vicente dirige Señor de Comet?
¿Conclusión?
¿Es prudente, «dado el acento de sinceridad», tener por verdaderas todas las afirmaciones, oído un único testimonio? Sería olvidar, y ¡qué pena! el hermoso acento de Gascuña que en el testimonio canta y encanta. Bien puede decirse, al exorcizar el embrujo, que «durante dos años, el Señor Vicente escapa al control riguroso de la historia». Pero puede que valga más mirar este testigo que sabiamente, medio sonriéndose, nos invita a entender a los gascones en gascón, y a hablar a los gascones en gascón.
LA «CONVERSION» DEL SEÑOR VICENTE
La luz que, desde 1922, iluminó la juventud del Señor Vicente en particular su prisa y su singular «aventura tunecina», ha invitado a sus recientes biógrafos a reconocer en su vida un momento capital de orientación y de elección. Algunos, como A. Redier hablan de un viraje.
La palabra tiene que ser precisada y el acontecimiento que designa ha de ser observado más de cerca; pues nos plantean, una y otro, tres cuestiones que se interfieren.
- ¿De qué naturaleza es esta conversión?
- ¿Hay que situar su punto de partida en una vida de pecado o en una cierta mediocridad de ideal y de vida cristiana?
- ¿Fue el ritmo de este movimiento interior brusco y rápido o se prolongó más bien a lo largo de varios años?
- ¿Qué circunstancias exteriores acompañaron esta evolución? Pueden proponerse diferentes explicaciones.
- Redier pone la búsqueda activa de Dios en relación con una toma de conciencia más aguda de la vanidad del mundo, de la que el medio de la reina Margarita de Valois ofrecía una buena muestra.
- El P. Debognie considera la acusación de hurto como el acontecimiento providencial que solicitó a Vicente para que se volviese hacia Dios.
- El P. Defrennes, siguiendo muy de cerca las indicaciones suministradas por el primer biógrafo, ve en la larga tentación contra la fe (3 ó 4 años) la prueba purificadora que explica la irrevocable decisión de consagrarse totalmente al servicio de los pobres.
- ¿En qué momento situar esta conversión?
- REDIER, la pone en 1610-1611.
- DEBOGNIE en 1609-1610.
- DEFRENNES en 1613-1617.
- BREMOND evita prudentemente el precisar. «Su conversión a la santidad debió de esbozarse hacia 1610; en 1620, parece concluida. No conocemos por desgracia ni las etapas, ni, si así pueden llamarse, los mecanismos de esta transformación memorable».
¿No sería un error, en el estado actual de nuestra documentación, el simplificar y precisar en exceso?
Considerando la profundidad y complejidad de la transformación a operarse, habida cuenta asimismo del temperamento y, di ríase, del estilo de la gracia que lenta y prudentemente trabaja III Señor Vicente, uno imagina más bien esta conversión como una aceleración del ritmo evolutivo. De otro lado, esta maduración en profundidad no puede separarse de la prueba purificadora que hizo al Señor Vicente más permeable a la luz y más dócil a las invitaciones de Dios. Se sitúa, pues, con mayor facilidad, en los alrededores de los años 1613-1617. Pero, a continuación, otras conmociones sacudirán su alma, otras delicadas elecciones serán propuestas.







