San Vicente de Paúl y la Caridad (VIII)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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La fe

LA REALIDAD DE LO INVISIBLE EN CRISTO

Lo visible no es pues la única realidad. Todo lo contrario, no es ni siquiera una realidad, es una sombra. ¿Por qué extrañarse de los cambios y variaciones? La Escritura declara que jamás permanecemos en el mismo estado y vemos por lo demás a los hombres girar como veletas. Este cambio y estas variaciones denuncian la falsa solidez de lo creado. Quien construye sobre estas vanidades huecas e inconstantes es un necio.

El sabio y el hombre de buen sentido reclaman igualmente para construir y construirse, una base sólida, la roca que nadie ataca y que nadie conmueve. Al término de las indagaciones será preciso convenir en que solas las verdades eternas son capaces de llenar nuestro corazón.

Pero Vicente no se detiene en los arquetipos etéreos o en las esencias eternas. Se apoya sobre todo en las enseñanzas y en las promesas evangélicas. Esta eternidad sólida es una vida, se concentra, diríase, en un rostro, el de Cristo.

El Cristo que el Señor Vicente contempla y adora, no es el calco de una verdad eterna, es un ser histórico, es el enviado del Padre para salvar a los hombres. El amor del Padre le ha comisionado para esta empresa, que conlleva el anonadamiento de Ia Encarnación, los sufrimientos y la muerte. El Cristo misionero pone en movimiento a todo y en ese movimiento hay que colo­carse. Todo hombre debe asociarse a esta misteriosa aventura del Verbo Encarnado.

Rápidamente, pero con mucha firmeza, Vicente nos da un re­trato interior de Jesús. Del lado del Padre, el Hijo de Dios no es sino estima, honor, amor. Esta disposición le invita a darse y le opone fundamentalmente al mundo malo que es, según san Juan, concuspiscencia de los ojos, concupiscencia de la carne, soberbia de la vida.

LA TERMINACIÓN EN CRISTO

Después de la muerte de Cristo no se ha interrumpido su vida. Prosigue en la Iglesia que la hace presente a todos los tiempos y en todos los lugares.

Pero esta presencia de Jesús es una viva expresión de su es­píritu. De la misma manera que Jesús se dirigió a los pobres, apa­reció como un pobre, se nos representa por los pobres, la Iglesia de Jesús está centrada en los pobres y debe organizarse para ellos. Como Jesús, la Iglesia animada por el espíritu de Dios debe pri­meramente dirigirse a los pobres. Estos lo merecen evidentemente a los ojos de la fe, pues son lugartenientes privilegiados de Dios. Son ellos quienes abren las puertas de la eternidad. Quien sepa volver la medalla verá en ellos la imagen viva de la vida y de la muerte de Jesús.

Obran misteriosamente sobre nosotros. Por su presencia, nos piden que nos adaptemos a ellos. Tomando la actitud que Cristo tenía a su respecto, establece uno en sí mismo las disposiciones que preludian toda evangelización: el amor que previene tiene rostro de pobreza y de humildad.

Así se inicia la vida de Jesús en los corazones humanos. A decir verdad, esta vida se ha merecido gracias a la muerte de Jesús. Pero la muerte de Jesús no obra mecánicamente. Todavía menos inmediata y necesariamente. Depende de la aceptación humana y para vivir en Jesucristo hace falta consentir en morir con Je­sucristo. ¿En qué consiste esta muerte mística instaurada por el bautismo? En una vida de mortificación o con toda exactitud en una vida semejante a la de Cristo en la tierra. Paradójicamente morimos en Jesucristo mediante la vida de Jesucristo.

Esta vida por Cristo y en Cristo permanece escondida sin duda, misteriosa. No por eso deja de exigir esa muerte a sí mismo. Sin esa renuncia y esa humildad que vacían a un alma de sí mismo no se puede «verdaderamente» vivir en Cristo y Cristo no puede obrar en el alma. Es en las almas vacías de sí mismas donde Cristo no solamente subsiste, sino que actúa y obra. No hay vid ni acción sino en Jesucristo.

La prudencia

«El Señor Vicente, declaraba el Padre Ch. de Condren, tiene el carácter de la prudencia». Esta prudencia consistía con toda precisión en ajustarse al modo del que la sabiduría eterna había vivido y hablado. Prudencia, camino de sencillez, pureza de intención, eran para el Señor Vicente todo uno.

¿Cómo obraba esa regulación conforme a la sabiduría eterna? Vicente apelaba muy a menudo a tres preceptos que daban a la vida en Cristo y en Dios su estilo y su cuño.

El primero concierne al enderezamiento y fijeza de la intención. Hace falta, repetía a menudo Vicente, comenzar por Dios, mirar a Dios desde el comienzo, hace falta pedir una participación en el espíritu de Dios, una participación en la visión de Dios. Hace falta comenzar por las cosas de Dios, hay que hacer sus cosas, él hará las nuestras. Hay que ver las cosas como son en Dios y no como aparecen, de otra manera nos engañaríamos gravemente.

El segundo precepto es a la vez una expresión y un control de esta fijeza en lo invisible. ¿Cómo saber si la acción que nos da a Dios nos asume totalmente? Si sostiene bien los «extremos».

Así al amor afectivo debe siempre corresponder el amor efec­tivo; de otra suerte es una ilusión. Igualmente, a la mortificación interior debe siempre corresponder la mortificación exterior, si no, demuestra uno evidentemente no ser mortificado, ni interior ni exteriormente. Aun el amor y la unión con Dios de­ben tener en cuenta un tercer término. No basta que yo ame a Dios, asegura Vicente, si mi prójimo no le ama. Hay que unirse al prójimo para unirse a Dios.

La última regla concierne al régimen de la acción.

Lo mismo que la acción de Dios arraiga por decirlo así en la inmutable esencia divina, y son eternos e inmutables sus desig­nios, así el término de la acción debe siempre ser firme e inva­riable.

Pero así como Dios varía su expresión para alcanzarnos, se refracta y parece progresar en el tiempo utilizando los aconte­cimientos cambiantes, así también hay que utilizar el tiempo y los acontecimientos para adaptarse más profundamente a Dios y comunicar literalmente con su querer y no querer. Firme invariable en el fin, dulce y suave en los medios, he ahí, para Señor Vicente, el alma del buen régimen.

Estos tres preceptos dan a la doctrina del Señor Vicente, la fisonomía, sus rasgos característicos.

  • La vida debe ensancharse sin cesar en la acción.
  • La vida y la acción no tienen profundidad y verdad m. que en la fe.
  • La vida en la fe debe prolongarse sin cesar, adaptar para mantener su intención de eternidad.

Según las vocaciones y los estados, Vicente calificaba los esfuerzos en términos de virtudes: la humildad, la sencillez, la mortificación, el celo, etc. Pedía cinco virtudes a los misioneros y no exigía más que tres a las Hijas de la Caridad. Cada cual, mirando al Señor Vicente, sabía muy bien lo que tenía que hacer. Era la prudencia viviente.

El Señor Vicente, se decía habitualmente, no cambia, el Señor Vicente es siempre el Señor Vicente. Evocaba claramente la inmutable ternura de Dios. A todos parecía asimismo prodigiosamente flexible y dúctil. Este intuitivo, cuyas emociones e impulsos hubiesen podido provocar catástrofes, chocaba a sus interlocutores por su reserva y provocaba en torno a sí un apaciguamiento que muchos consideraban como milagroso. Su alma se ejercitaba y se desplegaba en la presentación siempre concreta y muy clara de sus pensamientos y de sus sentimientos. Hablaba pasando sin esfuerzo de una consideración a una escena viva casando con gracia lo visible y lo invisible, aliando asimismo la finura gascona al respeto y a la afectuosa hombría de bien. Más que un recuerdo, su conversación era una presentación de Jesús una puesta en presencia de su misterio en los pobres.

El espíritu y el misterio de la caridad

Y, sin embargo, quien quisiera reducir la doctrina del Señor Vicente a esos tres preceptos, se arriesgaría mucho a dejar escapar lo mejor de su espíritu.

Observémosle dirigiéndose a los misione ros y a las Hijas de la Caridad, a los ignorantes o a los espirituales: su discurso no es más que un «signo», su doctrina no es más que la envoltura a menudo parcial y siempre efímera de un espíritu que ha de so­brevivirle. Considerados en sí y por sí mismos esos revestimientos protectores clan el cambio y deforman. Reducen y atosigan lo que tenían la misión de salvaguardar y de proclamar. De la misma suerte «una doctrina espiritual» reducida a esas articulaciones esqueléticas o a esas consideraciones edificantes no es ya un alimento capaz de sostener un esfuerzo o de inclinar un alma a Dios: es un residuo.

Pese a su pasión por catequizar, el Señor Vicente, ese cam­pesino hecho santo, parece especialmente agraciado para im­plantar esta convicción en todas las sazones de la vida. La doc­trina no es colección de conceptos o encadenamiento de princi­pios, es el esfuerzo de una vida que ensaya a secundar el desplie­gue de otra vida: la vida de Jesús en las almas. El valor de una enseñanza no se mide pues por lo que concentra o lo que retiene, sino por lo que evoca o recuerda.

El Señor Vicente desalienta con una sonrisa todas las con­sagraciones de fórmula, todas las canonizaciones de método. Había tenido por táctica rehusar los exorcismos espectaculares y abordar al demonio, lejos del teatro, entre bastidores y en par­ticular. Usa de las mismas industrias y rechaza suavemente las sistematizaciones simplificadoras. Ama el orden, el rigor, el mé­todo, las precisiones, sin duda alguna, pero no se deja cifrar en fórmulas aritméticas. Su espíritu pasa a través de las palabras. Según la vocación de sus oyentes cambia el contenido de sus ex­presiones y orienta a los misioneros en la humildad y a las Hijas de la Caridad en la sencillez. Con toda seguridad, hacen falta cinco virtudes, para ser buen «continuador de Jesús»: la hu­mildad, la sencillez, la mortificación, la mansedumbre y el celo, pero basta con tres virtudes: la caridad, la humildad y la senci­llez para convertirse en una verdadera hija de Dios. No hay error posible. Cada cual, mirando al Señor Vicente, sabía no solamente lo que tenía que ser sino todo lo que debía hacer. Invenciblemente, hacía olvidar las palabras y las frases, ponía frente por frente de la tarea esencial: despojarse de sí, ofrecerse a Cristo, al que da a las almas. ¿Qué importa el que se inviertan o se alternen las fórmulas? Hay que despojarse de sí, para llenarse de Dios, hay que darse a Dios para despojarse de sí. Lo esencial, se ve y siente, es darse.

La misma libertad respecto a las palabras, cuyo contenido espiritual se renueva. La uniformidad religiosa tiene sus exigencias y él lo recuerda, la continuidad se opone a la naturaleza y la constriñe para razonarla. Pero la fijación, la esclerosis, el inmovilismo, son también las enfermedades mortales del alma. Quien se repite sin cesar, varía más de lo que piensa porque se deteriora. El secreto de la continuidad está en la fidelidad. Sin pausa, Dios trabaja; también sin tregua, nos invita a asociarnos a sus iniciativas, a secundar sus ingeniosidades, a hacer que se despliegue las múltiples formas de su único amor.

Seamos firmes, no desistamos, tales son las consignas. Pero también, qué error cerrarse sobre sí mismo en nombre de un principio. La firmeza es una ductilidad permanente. Se desarrolla como una energía vital. Se fortifica y enriquece en la voluntad de unirse a todos, en la intención nunca totalmente ilusoria de hacer que se derritan al sol de la bondad divina las corazas de amor propio más duras que acero templado.

Humilde y tenaz, Vicente cursa así su noviciado de la caridad. Los mejores sujetos saben que no profesarán más que en la eternidad. Aquí abajo, las fiebres debilitadoras suceden a las fiebres dinámicas, los espejismos falaces hurtan las certidumbres primeras. ¿Quién llega jamás a desechar definitivamente esos famtasmas de caridad que vagabundean desde las puertas del Edén hasta las sesiones del juicio de Dios? Solos los pobres, esos míseros vivientes, tienen algún poder sobre ellos. Pero nadie tiene derecho a servirse de éstos como de un instrumento. Sería sacrílego. Aun para un buen fin, «la caridad» no puede colonizar a los pobres. Un paternalismo mal bautizado no es más que una añagaza tan repugnante como el egoísmo sentimental que emplea el sufrimiento de los pobres como desagüe de su piedad.

El Pobre de Dios que Vicente introduce en la conversación no garantiza la buena conciencia, al contrario la inquieta. No olvida al verdadero Dios pues no puede tolerar su ausencia. Es que en efecto recibe su poder y su nobleza del Cristo humillado que no tiene más que esta voz para hacerse oír bien. La vocación eterna del pobre consiste en denunciar la sensualidad que se entromete por doquier. Su poder es extremo, su clarividencia te­mible. En la Iglesia, es un rico, un Señor. Por dondequiera que pasa, puede prender el fuego que no muere. Pese a su garbo de indigente, nutre a todos los que viven para servirle. El Señor Vicente se convirtió en uno de sus primeros clientes. A los ham­brientos de Dios que le rodean y le piden una «doctrina», tiende silenciosamente el pan de los pobres.

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