La doctrina espiritual
SORPRESA
Mucho le hubiese sorprendido oír hablar de su «doctrina espiritual»: se había guardado bien de publicar el menor anuncio para dar a conocer sus ideas o sus convicciones más queridas. Había dado a la estampa las Reglas o constituciones comunes de la Congregación de la Misión, pero no podía obrar de otra manera, y por lo demás no se consideraba enteramente responsable de este diminuto libro que había recogido progresivamente sus experiencias de vida religiosa en común. Como la mayoría de los fundadores, no quería dar sino una condensación del evangelio y señalar los medios más rápidos. los niás simples y los más seguros para «hacer el evangelio efectivo» en una vida misionera. «Uno esperaba ver a un autor y halla a un hombre» (Pascal).
A poco que insistamos, nuestra sorpresa se convierte en decepción o… en distracción. Malicia aparte, había hecho todo lo necesario para que no se le tratase como a un autor. Había dejado a la Señorita Legras recoger, con arreglo a las conferencias, las enseñanzas que pudiesen servir a las ausentes. Revisaba a menudo el texto y hasta consentía en prestar su croquis para facilitar la reconstrucción.
Su actitud con respecto a los misioneros era del todo diferente; si hubiese sabido que algunos tomaban por escrito sus conferencias, se hubiese sublevado. Por fortuna, nadie tuvo el mal gusto de pedir su consentimiento. Los Señores Alméras y Dehorgny, encargaron oficial y secretamente al Hermano Bertrand Ducounau de esta delicada tarea. El Señor Vicente no contaba más que con tres años de vida. En comparación con cuanto había dicho a los misioneros desde 1625, el botín fue bastante escaso.
¿Podría uno, terminado el inventario, discernir con claridad las constantes de este pensamiento, captar su organización, pronunciarse acerca de su originalidad? Aun entre los suyos, subsistieron las vacilaciones.
INCERTIDUMBRE
El Señor Guillaume Delville que publica en 1656 un pequeño resumen del Instituto de la Congregación de la Misión, pone entre las virtudes fundamentales la obediencia en lugar de la mortificación. Hasta el buen Hermano Ducournau, ferviente admirador del Señor Vicente, concede en el decurso de su instancia en pro de la transcripción de las pláticas, «que no dice de ordinario mas que cosas comunes para las personas espirituales y los sabios pero que las dice con fuerza. Cuando habla sobre las virtudes propias de los misioneros, las exalta en cuanto a la práctica y en cuanto a la expresión).
Nos tranquilizamos y comprendemos algo mejor las vacilaciones del primer biógrafo. En 1664, en la primera edición —la que se reproduce constantemente desde 1839 hasta nuestros días— declara que la principal virtud del Señor Vicente era la Imitación de Nuestro Señor. En 1667, define el espíritu del Señor Vicente por referencia a dos virtudes esenciales: la imitación de Nuestro Señor y la conformidad con la voluntad de Dios. Como esta edición manual se convirtió en el texto clásico de 1667 a 1748, los lectores vicencianos no pensaron de otro modo. Pero en 1748, la Vida de Collet recogió la característica de una única virtud y no se contradijo el aserto, pues las reediciones de Abelly que entonces se publicaban recogían, no el texto de 1667, sino el de 1664, que designaba la imitación de Jesucristo como la única nota característica.
LAS DOS TENTACIONES
En estas condiciones, se concibe con facilidad que durante varios siglos, los biógrafos o los espirituales que abordaron al Señor Vicente no se hayan inquietado lo más mínimo: esta devoción a Cristo, este Cristocentrismo bastaba a todo… y hasta permitía sucumbir con buena conciencia a las dos tentaciones que alternaban.
La primera, a la cual no escapó el buen Abelly, fue la de dejarse fascinar por las obras. Desde la entrada del Señor Vicente en San Lázaro, las actividades se multiplican y dispersan la atención. Es un alarde seguir su desarrollo cronológico y señalar sus concordancias con la vida política y religiosa. Desmenuzado por las instituciones, Vicente fue pronto devorado por sus obras.
Desde 1643, los desplazamientos y la actividad en el Consejo de Regencia, transforman infaliblemente a Vicente en gestor de los asuntos nacionales. Se convierte en una función. Su rostro se pierde en un cuadro de conjunto. El espesor de los dos primeros libros de Abelly es una prueba de peso. La hueste de los biógrafos, que después de la canonización del Señor Vicente se sucedieron en pelotones de tres o cuatro por año, nos arrastra habitualmente a una aventura que nos hace olvidar alegremente el misterio de la vida interior.
Para procurarse una buena conciencia y mantener el aspecto espiritual o edificante, bastaba con componer un libro de virtudes. Lo más sencillo y, se pensaba, lo más fructífero para la vida espiritual de los lectores, sería adosar a la vida de Vicente el cuadro o escala de las virtudes; las tres teologales y las cuatro cardinales, sin olvidar las virtudes anejas de las que el Señor Vicente más había hablado.
El procedimiento tan artificial como económico, sirvió a Abelly, Collet, Ansart, Maynard. Los autores modernos de trozos escogidos lo utilizan sin gran fatiga y los resultados, arlequinados de textos arrancados a contextos diferentes por la psicología y la cronología, pretenden menos darnos un trazado exacto la doctrina vicenciana que suministrar un alimento inmediato a la reflexión y a la oración.
La segunda tentación que viene a alternar con la primera o a reforzarla, fluye de la edición de las obras del Señor Vicente de 1881, y sobre todo en 1920-1925. Es la tentación del aplanamiento cuyas secuelas son tan variadas como imprevisibles. Ese bloque de cartas y de conferencias engendra primeramente un pesado respeto. El macizo de 8.000 páginas en su diversidad multiforme repele a los aventureros. Una inspección elemental ilumina todas las dificultades de una síntesis. Las cartas eran numerosas, unas cuatro mil, pero no representaban más que la octava parte de la que el Señor Vicente había expedido. Su diversidad iba del simple billete de agradecimiento a la carta circular, pasando por carta de dirección y la hoja de comisión. No se podían ya ignorar las múltiples ocupaciones del Señor Vicente, pero en cambio, se podía dudar antes de precisar sus ideas maestras y sus preocupaciones dominantes. El reparto tan desigual de estos escritos en el tiempo no permitía en absoluto seguir la evolución y notar las adquisiciones de su vida espiritual. Tres cartas aisladas jalonaban la ruta de 1607 a 1624; 150 páginas de conferencias a los misioneros resumían la actividad de los años 1625-1645; 280 páginas de pláticas a las Hijas de la Caridad representaban la predicación mensual de 12 años (1633-1645). A decir verdad, cartas y conferencias no iluminaban bien sino los cinco últimos años, 1655-1660. No podíamos escuchar más que las palabras de un viejo, que hablaba entre los 75 y los 80 años.
Esas dificultades podrían servir de apología a los vicencianos que en lo sucesivo se aventuraron a hojear las cartas y las conferencias. Era muy necesario seguir un orden y clasificar los textos.
Algunos se contentaron con presentar «consignas», oraciones, pensamientos, elevaciones, etc. Estos florilegios sin pretensiones no estaban desprovistos de utilidad y encontraron siempre lectores y compradores.
Otros agruparon los textos y las consideraciones en torno a las exigencias de una función: el sacerdocio, la dirección de conciencia, el cuidado de los enfermos. Este espigueo de textos para ornamentar unos alvéolos previamente vaciados no carecía de seguridad… pero en fin, habiendo hecho el Señor Vicente multitud de cosas y abordado a profesionales de todas las categorías, los segadores fueron siempre recompensados y los ramilletes fueron siempre agradables y beneficiosos.
Arrastrados más bien a los estudios espirituales o sociológicos, algunos autores se esforzaron por relacionar al Señor Vicente con algún jefe de escuela o algún maestro influyente. Vicente fue así examinando escrupulosamente partiendo de Bérulle, de Francisco de Sales e Ignacio de Loyola.
UNA DOCTRINA EN UNA VIDA
Dúctil y abundante, el Señor Vicente, pese a su gran condescendencia, escapa a las empresas de simplificación y de clasificación. Basta con frecuentarle algún tiempo para convencerse de que no es un especulativo. Ninguna originalidad doctrinal como en un Bérulle, un Olier, un Condren. De otro lado, cualquiera que sea su actitud cuando cita a Bérulle, remeda a Francisco de Sales, adopta sus comparaciones o hace suyos sus razonamientos permanece independiente. No es discípulo en el sentido escolar de la palabra, como quien adopta espontáneamente los principios y las directivas de un maestro. No se confina a un solo director y a una sola escuela. Permanece abierto y acogedor para todos. Si se vuelve con predilección hacia algunos maestros (Bérulle, Francisco de Sales, Rodríguez, Vicente Ferrer, Benito de Canfiel, Duval…), toma su porción con una deferencia que salvaguarda su perfecta autonomía. Al adoptar adapta y a menudo transforma. La originalidad de aquél, que al hablar «exaltaba cuanto a la práctica y en cuanto a la expresión» no está en la doctrina, sino en la vida y en la experiencia.
Tenemos buenas ocasiones de captar su fisonomía propia en los tres dominios en los que se sentía a sus anchas y donde aprecía como un maestro a sus contemporáneos:
el de la experiencia,
el de la fe,
el de la prudencia.
La experiencia
Profesaba no ser más que un ignorante, se obstinaba en hacerse pasar por un escolar que se eterniza como una bestia en los bancos de la cuarta. Eso extasiaba a Saint-Cyran, a Lancelot, a Dom Gerberon y a algunos jansenistas. Utilizaron esas declaraciones para construirle una sólida reputación de ignorante y de estrechez intelectual. Vicente no se preocupaba de ello siquiera.
Tenía conciencia del muy relativo valor de las grandes ideas, de los raciocinios, de los hermosos pensamientos en la oración, de los períodos sonoros de la predicación. Campesino sensible a las cosas concretas, habíale trabajado la curiosidad por los conocimientos empíricos: la alquimia, la terapéutica. Los argumentos invencibles que acciona un silogismo, las grandes teorías que nada menean en la vida de los demás parecíanle inconsistentes e irreales. No carecía de finura. Era de aquellos que están acostumbrados, según Pascal, «a juzgar por el sentimiento», que «nada entienden en cosas de razonamiento pues quieren desde el comienzo penetrar viendo de una vez y no están acostumbrados a buscar los principios». Por su parte, Vicente afirmaba: No se cree a un hombre porque sea sabio sino porque le estimamos bueno y le amamos. Nuestro Señor previno con su amor a aquellos a quienes indujo a creer en El.
Sus ideas no son aislables o reductibles a proposiciones abstractas. Inspiradas y protegidas por el amor que las anima, se expresan en la vida que las desarrolla y prolonga. El amor no es una consecuencia de su pensamiento, al contrario, diríase, el pensamiento no es más que un hijo y una expresión de su amor. Su vida es experiencia, y esta experiencia conlleva y verifica una doctrina. Esto nos explica el movimiento fundamental de su existencia. No pasó de una idea a una acción o a una manera de vivir como si su resolución condensara el fruto de un retiro. Todo nos lleva a creer que incluso después de las conversaciones con el Señor de Bérulle y el buen Señor Duval, su bagaje intelectual no era imponente. Entre 1613 y 1617, evoluciona desde la iniciación de una experiencia hasta un estado de vida deliberado, formula claramente lo que ha comenzado a vivir. Su espíritu está adherido a los acontecimientos y más todavía a las personas que interpretan los hechos. Purificado por la gracia y las pruebas, descifra los acontecimientos y se aplica a darles una respuesta. Cuando averigua que él, Vicente, debe remediar la ignorancia de los pobres y de los sacerdotes, se esfuerza por reconocer las condiciones que requiere esta misión. Una expresión familiar traduce el ritmo de su progreso y distingue las etapas de éste. Hoy que darse a Dios para servir a los pobres… para ir de misiones, para dirigir los seminarios, a los ordenandos… Es por haberse efectuado esta donación, por lo que podrá uno luego tomar la palabra, adoptar la práctica, las disposiciones más aptas y más caritativas para con quien se presente, bien recomendado sin duda, tal Francisco de Sales, Pedro de Bérulle, santa Teresa, san Ignacio, el Señor Duval, Benito de Canfield. El equilibrio del ser está en la acción que da verdad a su existencia. Esta acción consiste en hacer a Cristo presente y operante en uno mismo haciéndose uno presente a El y obrando para El. En su nombre, In nomine Domini… En el nombre de Nuestro Señor Jesucristo.
Hay que comenzar por la acción. Vicente subraya complacidamente cada palabra del Evangelio. Búsquese, no es más que una palabra, mas paréceme que dice mucho; quiere decir que nos pongamos en la disposición de aspirar siempre a lo que se nos recomienda, de trabajar incesantemente por el reino de Dios y de permanecer en estado laxo y detenido, de atender al interior para regularlo bien, y no al exterior para divertirse. Buscad, buscad, eso dice cuidado, eso dice acción. Se sabe asimismo su definición del amor y del celo: Si el amor de Dios es fuego, el celo es su llama.
El Señor Vicente volvía a menudo sobre el resumen de la vida de Jesús que da el primer capítulo de los Hechos de los Apóstoles. Nuestro Señor «obró y enseñó». Partía de esa expresión para proclamar la indispensable prioridad de la acción. Si hay que ser si antes de obrar, hace falta, antes de enseñar, actuar y practicar. Hay que comenzar por establecer el reino de Dios en uno mismo y después en los demás. Hay que tender a la vida interior, y si se falta ahí, se falta en todo.
Esta acción no es solamente un gasto mecánico de fuerza o una satisfacción instintiva. Es una manera y sin duda, para el Señor Vicente la principal y puede que la única de unirse a una realidad invisible, a la voluntad de Dios y a Dios mismo. Hay que santificar las propias ocupaciones buscando en ellas a Dios para encontrarle allí, más que para verlas hechas. Sólo esta intención de rebasar lo visible atravesándolo da un valor a la acción.
Observando el término que contempla la acción se apercibe uno de que no es un prototipo inmóvil; es una persona viva y amante: Cristo. Nada me agrada, afirmaba Vicente, más que en Jesucristo.
Esta polarización hacia una persona invisible da la orientación de su pensamiento profundo, su parcialidad, su manera de hablar. El Señor Vicente siembra sus discursos de aforismos, de citas, pero jamás utiliza éstas como principios absolutos, con–cosas que constriñen. Son para él procedimientos, toques de paz evocar una vida. Hasta las máximas evangélicas son condensaciones de la vida de Cristo. No tienen fuerza por sí mismas, son solamente la expresión de la fuerza de Jesús, que se expresa por ellas y en ellas. Nuestro Señor —y no tal sentencia evangélica- es la regla de la Misión.







