San Vicente de Paúl y la Caridad (VI)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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LAS GRANDES OBRAS NACIONALES

El gobierno de los cuatro sectores podía bastar para la ocupa­ción y la gloria del Señor Vicente. Nos lo imaginamos de grado. Sus contemporáneos no lo veían así. Insensiblemente y sin que­rerlo entró en la vida de la nación. Se convirtió en su corazón, y recibió todas sus sacudidas.

En 1636, los Imperiales se ciernen sobre París y se apoderan de Corbie. San Lázaro se transforma en cuartel militar y en él se distribuyen armas a los soldados. El tambor comienza a redo­blar aquí, escribe Vicente, aunque no sean más que las siete de la mañana, de manera que desde las ocho llevan formadas ya en casa setenta y dos compañías… El establo, la leñera, las salas y el claustro están llenos de armas, y los patios de soldados (1, 340). El canciller Séguier pide veinte misioneros para que sirvan como capellanes de las tropas. Vicente puede suministrar solamente diez. Traza a su propósito un pequeño reglamento, luego les acompaña hasta Senlis. 4.000 soldados han cumplido ya con su deber en el tribunal de la penitencia, escribirá Vicente en sep­tiembre (1, 347).

Pasa un año y el Señor Vicente se ve obligado a tomar en su manos una nueva obra particularmente urgente: los niños expósitos (1638). Cada año se abandona a más de 300 niños en la casa-cuna de Saint-Landry o en las calles de París. Luego, se los vende por ocho sueldos a pícaros que les rompen brazos y piernas o les dejan morir de hambre. Se podía estimar que entre 1600 y 1638, habían muerto 1.200 desgraciaditos por falta de alimento y de cuidados. Vicente comienza por confiar algunos a Luisa de Marillac. Pero bien pronto toma la obra entera y le de­dica una decena de Hijas de la Caridad, y hace se levanten 13 casas para acogerles. Dispone en 1647 del castillo de Bicétre, en 1649 utiliza igualmente el hospicio de los Reclusos.

Comienza el año de 1639 y el Señor Vicente emprende su pri­mera gran cruzada de caridad. En el mes de enero tiene conoci­miento del extremo apuro de Lorena, asolada por la guerra, la peste, el hambre. Hace un llamamiento a las Damas de la Caridad y durante diez años, no cesa de enviar recursos. He aquí algunos balances de las miserias aliviadas, que Vicente de Paúl pudo es­tablecer con ayuda de las cartas de los misioneros:

en Verdun: se socorre de 400 a 600 pobres, se cuida de 50 a 60 enfermos, se ayuda a 30 pobres vergonzantes;

  • en Metz: se sostiene de 4 a 5.000 mendigos;
  • en Pont-á-Mousson: se alimenta a 500 mendigos;
  • en Nancy: se atiende a 500 mendigos, 180 pobres vergon­zantes. Toul no da noticia alguna, pero el Señor du Coudray se da en cuerpo y alma;
  • en Saint-Mihiel: el Señor Guérin alimenta a 1.100 ham­brientos;
  • en Bar-le-Duc: los Señores Montevit y Boucher asisten permanentemente a 800 hambrientos y cuidan a 25 enfermos.

Estos centros de socorro son alimentados por el Hermano Mateo Regnard quien, logra pasar disfrazado por entre las huestes enemigas. Efectúa 53 viajes, transportando cada vez de 25 a 30.000 libras.

Desde San Lázaro, Vicente exhorta, consuela, aconseja, hace se tenga paciencia. Organiza misiones para los refugiados, recoge a las muchachas en peligro, va en ayuda de la Madre Catalina de Bar y de las Benedictinas del Santísimo Sacramento, organiza la red de socorros para la nobleza lorenesa.

Todas estas obras exponen a Vicente a las miradas de los grandes de este mundo. Los políticos le piden consejo y le atraen a su órbita. Impresionado por las Conferencias de los Martes y los retiros de los Ordenandos, Richelieu sostiene financiera­mente a Vicente. Le consulta sobre la validez del matrimonio de Gaston de Orléans y de Margarita de Lorena. El fundador la Misión se aprovecha de estas audiencias para reclamarla y pide a Richelieu que sostenga a los Irlandeses. Luis XIII, siempre preocupado por la reforma de la Iglesia, obtiene del organizador de las Conferencias de los Martes la lista de los que juzga más dignos del Episcopado. Cuando siente que le abandonan las fuerzas, hace llamar al Padre Vicente junto a su lecho de muerte. Asimismo desde la formación del Consejo de Regencia, Ana de Austria comisiona al Señor Vicente. Sobre sus espaldas, ya pesadamente cargadas, se abate una nueva responsabilidad. Quiere huir, pero ¿dónde podría prestar más servicios a los pobres, ahora que se le reconoce de utilidad pública?

Una actividad mundial – (1643-1660)

Cuando en el mes de junio de 1643 toma Vicente de Paúl primera vez asiento en el Consejo de Conciencia, había cumplido los sesenta y tres años. Su actividad cobra unas dimensiones y un ritmo que nos desconciertan. Raya con el prodigio y hemos de contentarnos con examinarla en un vasto recorrido de su horizonte.

LA MISIÓN

Entre los suyos, en San Lázaro, preside las obras que radican en la Casa-Madre: los ejercicios de los ordenandos, los retiros de eclesiásticos y seglares. 200 personas se sientan diariamente en el refectorio. Redacta y corrige las Reglas de los misioneros y las distribuye el 17 de mayo de 1658. Progresivamente, ha convencido a sus compañeros de la utilidad de los votos. En 1655 la Santa Sede aprueba su fórmula y el 25 de enero de 1656, la mayoría de los misioneros renueva sus compromisos.

Dirige a las Visitandinas, preside su consejo, sostiene su vida espiritual mediante avisos escritos y conferencias.

Redacta o dicta como promedio una decena de cartas por día y a partir de 1645 y 1646 tiene que hacerse ayudar por dos secretarios, el Hermano Ducournau y el Hermano Robineau.

Cada semana, da a los misioneros una conferencia y les hace dos repeticiones de oración.

La Congregación de la Misión se extiende no solamente por Francia, sino por Italia (Génova, Turín), por las Islas Británicas (Irlanda, Escocia). Para socorrer espiritualmente a los esclavos, los consulados de Túnez y Argel son ocupados por sacerdotes o hermanos de la Misión. En 1648, un pelotón de misioneros sale para Madagascar y, en 1651, otro para Polonia. Los «Martes» se desarrollan, y de provincias escriben a San Vicente pidiéndole consejo. Los hay ahora en Saintes, Marsella, Alés, Metz, Turín, Le Puy, Angulema, Angers, Burdeos, Val Richer.

HIJAS DE LA CARIDAD

Las Hijas de la Caridad tienen derecho a una conferencia mensual. Solamente se nos han conservado 120. Con paciencia, Vicente da los pasos necesarios para que se aprueben las Constituciones y llega a alcanzar en Roma al Cardenal de Retz, por entonces en ruptura con Mazarino. El 18 de enero de 1655, Juan Francisco-Pablo de Gondi aprueba la cuarta redacción de las Constituciones que recibirán la aprobación civil del rey y del parlamento en 1657 y en 1658.

DAMAS DE LA CARIDAD

En 1647, la miseria aumenta, el celo de las Damas de la Caridad baja y la obra de los niños expósitos está comprometida. Vicente se derrocha. Convoca a las Damas y les dirige una a adjuración patética de sencillez y humanidad. Animo, señoras; compasión y la caridad os han hecho adoptar a estas criaturitas por hijos vuestros; habéis sido sus madres según la gracia, después que sus madres según la naturaleza las abandonaron. Mirad ahora si queréis vosotras abandonarlas también. Cesad de ser sus madres para también haceros sus jueces: su vida y su muerte están en vuestras manos; voy a contar las voces y los sufragios; es tiempo de pronunciar su sentencia, y de saber si no queréis ya tener piedad de ellas. Vivirán si continuáis cuidándolas caritativamente; y en cambio morirán y perecerán infaliblemente si las abandonáis; la experiencia no os permite dudarlo. Ninguna sentencia de muerte se pronunció. Las Damas aceptaron inmediatamente convertirse de nuevo en protectoras de los pequeños abandonados.

Los grandes acentos

Pero todo este trabajo no es más que una conclusión de las obras ya emprendidas, es en suma el de un gran director de obras. Desde 1643, Vicente se convierte en un ministro en el amplio sentido de la palabra, ministro sin cartera y sin secretaría y que señala su paso por el poder en cuatro sectores.

 

ADMINISTRACIÓN EN EL CONSEJO DE CONCIENCIA

El primero es el de la administración religiosa y de la moralidad pública. El Señor Vicente se opone a los Iluminados, hace se vigile la impresión de libros, pone fin a las comedias licenciosas y a las procesiones escandalosas. Emprende una campaña contra el duelo y la blasfemia. Vela muy especialmente por la justa distribución de los beneficios y por los nombramientos episcopales. Con la Compañía del Santísimo Sacramento, ayuda a la fundación de hospitales, emprende la visita de los presos, vela por el alojamiento de los sacerdotes vagabundos.

Es igualmente, desde 1642, vicario general de los Richelie-Vignerod y vigila la regularidad de las abadías. Su papel aquí puede compararse al de un secretario de Estado para Asuntos Religiosos, o al de un Ministro del Interior, particularmente solícito por la moralidad pública y administrativa.

LA ASISTENCIA A LAS PROVINCIAS DEVASTADAS

El segundo sector es el que correspondería a un ministro para regiones devastadas. Desde 1639 no cesa de sostener Lorena. Entre 1650 y 1660 otras tres regiones reclaman su ayuda: Picardía, Champaña, Isla de Francia.

Apenas amainan las primeras sacudidas de la Fronda parisina cuando ya debe Vicente organizar una nueva campaña de asistencia en favor de Picardía y Champaña, que las tropas metódicamente han saqueado, quemado, devastado. Instruido por la experiencia, Vicente lanza una campaña de información, de exhortaciones. Se distribuyen relaciones, mensuales inicialmente, de las que se tiran cuatro mil ejemplares. La última es de diciembre de 1655. El arzobispo de París escribe con este motivo una carta pastoral. El Señor Antoine Lemaitre, ilustre abogado, publica La limosna cristiana y recuerda la tradición de la Iglesia tocante a la caridad para con los pobres; Antoine Godeau, futuro obispo de Vence da a la imprenta su Exhortación a los parisinos en relación con la limosna. Se organizan sermones, cada semana se reúnen las Damas de la Caridad y se reparten metódicamente las visitas. Ayudado por la Compañía del Santísimo Sacramento, el Señor Vicente nombra un intendente general de la Caridad: el Señor Berthe, luego el Señor Alméras. Van de un lado a otro recogiendo las peticiones que hacen, a través de los misioneros, los sacerdotes, los reli­giosos, las Hijas de la Caridad, las Cofradías de la Caridad. He aquí los boletines de miseria que descifran:

  • en Guisa: 35 aldeas devastadas, 600 miserables, 500 en­fermos;
  • en Laon: 100 iglesias devastadas, sacerdotes y religiosos en la miseria;
  • en Soissons: en 30 aldeas, 25 iglesias devastadas, 1.200 en­fermos;
  • en San Quintín: de 700 a 800 pobres, 1.200 refugiados, 350 enfermos, 300 familias en la miseria, 50 sacerdotes en la desnudez;
  • en Reims: casi todas las iglesias están devastadas. Los sacerdotes andan dispersos, algunos han sido asesinados, otros heridos.

Pero la caridad hace frente a esta marea de miseria.

Se entierra a los muertos. Se evacúa a los refugiados, a los enfermos, a las religiosas, a los huérfanos, a las muchachas. Los enfermos transportables son hospitalizados. Se asigna a los sacer­dotes un salario mensual. Se distribuye dinero, víveres, vestidos, paños. Se reorganiza la vida económica y religiosa suministrando herramientas, semillas… y objetos de culto.

Se instauran nuevas cofradías de la caridad. En total, se dis­tribuyen 500.000 libras entre 1650 y 1660.

Una miseria nunca viene sola… Mientras en Picardía y Cham­paña las manos seguían tendidas hacia el Señor Vicente, en la Isla de Francia, miserias y enfermedades, asesinatos y saqueos, se sucedían a un ritmo infernal.

En 1652, había que llevar socorros a un tercer frente, cuando la miseria generalizada mermaba considerablemente los recursos. Pero ¿cómo permanecer insensibles a estas terribles angustias?

En Port-Royal, se había recogido a 240 religiosas, expulsadas y abandonadas. París veía multiplicarse los mendigos: se contó a más de 100.000. En el barrio de Saint-Médard, 11.800 familias estaban en la miseria y había otras 12.000 en el barrio de Saint Marcel. Un centenar de personas moría diariamente en el Hótel Dieu. Cada mes contaba París cerca de 10.000 fallecimientos. El arrabal ofrecía un espectáculo repugnante y lamentable: 1.500 caballos se pudrían en Villeneuve-Saint-Georges. En Etampes y en Palaiseau, los moribundos se arrastraban «como lagartos sobre la carroña».

Pese a sus setenta y dos años, Vicente no duda un instante. En San Lázaro hace que se distribuya sopa a millares de pobres dos veces al día.

En junio de 1652, las Hijas de la Caridad alimentan en su casa madre a 1.500 pobres y asisten a 800 refugiados. En la parroquia de San Pablo, dan de comer a 5.000 pobres y cuidan de 60 a enfermos.

Vicente, por su parte, recoge a los eclesiásticos abandonados que andan errantes por la capital. Alquila una casa para las religiosas expulsadas de sus conventos y confía éstas a las Visitandinas. Las muchachas del campo reciben alojamiento, comida y protección en una casa del Faubourg Saint-Denis.

Utilizando experiencias precedentes, Vicente de Paúl perfecciona y ajusta su técnica caritativa. No solamente insiste informar a todo el mundo, sino que organiza metódicamente la colecta. Las rectorías sirven de primeros depósitos. Los donativos son luego encauzados hacia el hospital de la Señora Bretonvilliers o el hospital de Mandosse. Son los dos grandes puertos de embarque para los centros de distribución de Gonesse, Juvisy, Villeneuve-Saint-Georges.

Se organizan cuestaciones a domicilio, con carretas, entre la corporación de carniceros, de sombreros. Cada semana salen hacia los siniestrados del contorno de 5 a 6.000 libras de carne, de 2 a 3 millares de huevos, provisiones, vestidos, utensilios.

El arrabal está dividido en tantos sectores cuantas son las familias religiosas: Jesuitas, Recoletos, Carmelitas, Capuchinos, Picpucianos se hacen espiritual y materialmente cargo. Los misioneros del Señor Vicente trabajan especialmente en los con­tornos de Palaiseau y Etampes. El trabajo y la enfermedad los diezman, cuatro voluntarios ocupan inmediatamente su lugar. Y se continúa… mientras en Etrechy, Villeseneux, Saint-Arnoult, funcionan «marmitas» y se socorre a una treintena de aldeas.

 

LAS OPCIONES DOCTRINALES

En un tercer sector, el de la fe y de la vida religiosa, había que obrar con rapidez y energía.

Vicente parece haber tomado personalmente partido contra los defensores de Jansenio desde el año 1641. Su presencia en el Consejo de Conciencia requiere una actitud sin equívocos. Habiendo Roma condenado, por la bula «In Eminenti», la doctrina de Jansenio, Vicente, para poner fin a las discusiones, convoca en 1649 a un grupo de obispos en San Lázaro. Anima al síndico de la facultad de París, que extrae las cinco proposiciones de Agustinus. Hace campaña para recabar la adhesión de los obispos y reúne 88 firmas. Para facilitar la sumisión de los Portroyalistas, va en persona a Port-Royal y conversa con los «Solitarios» Pese a su celo, que contribuye a pacificar los espíritus, los resultados no son maravillosos. Se le tenía sin duda en cuenta su oposición a Antoine Arnauld; en efecto, en 1648, ante el descenso de las comuniones pascuales en San Sulpicio (3.000 como mínimo) y en Saint-Nicolas-du-Chardonnet (1.500), había condenado en el Consejo de Conciencia y en público la excesivamente rigorista pastoral del batallador teólogo. De igual modo, en 1655-1656, cuando sobreviene el conflicto entre el Señor Picoté y del duque de Liancourt, estaba agotado su poder de mediador Antes de que pudiese obtener la recomendación, las «Cartas Menores» del Señor Pascal transportaron el debate al foro. Los rientes estaban por Port-Royal, nada más había que hacer.

LAS OPCIONES POLÍTICAS

En el sector propiamente político, su actitud fue mucho más compleja. Aunque se prohibió a sí mismo intervenir en las querellas de los príncipes cristianos, de grado o por fuerza, a tiempo o a destiempo, debía tomar partido. Pero ¿cómo hubiera podido en la confusa refriega de la Fronda y de la Regencia, mantener a la vez los derechos de la moral, salvaguardar su simpatía y su re­conocimiento para con el cardenal de Retz y oponerse a los ma­nejos de Mazarino? Este, que estaba del lado de Vicente para neutralizar la influencia de Port-Royal y proteger la soberanía de Ana de Austria y del joven Luis XIV, no podía perdonarle su influencia sobre la reina. En sus cuadernos no puede contener la amarga traducción de su desconfianza.

La oposición estalló a vista de todos, cuando Vicente, en aquel 6 de enero de 1649, pidió a Mazarino que se retirase. Ana de Austria no sostuvo su petición y Vicente anduvo errante seis meses por los caminos de Francia, antes de volver a París en el momento en que la corte regresaba allá.

Pese a toda la prudencia de Vicente, la lucha se hizo pública, en 1654-1655. Claramente, este último apoyaba al Cardenal de Retz, a quien Mazarino había hecho encarcelar en Vicennes, luego en Nantes. Cuando el fogoso arzobispo escapó, alcanzó España y llegó a Roma para instalarse en la casa de la Misión. Furioso, Mazarino obtuvo de Luis XIV la clausura de la casa de Roma. Pero fiel a sus bienhechores, Vicente se contentó con anun­ciar el acontecimiento a sus misioneros y pedirles dieran gra­cias a Dios, que había permitido a la Compañía practicar a la vez la obediencia al rey y el reconocimiento para con sus bien­hechores.

Voluntariamente al margen de los conflictos, Ana de Austria testimonió siempre al Señor Vicente una benevolencia respetuosa. Sabía todo lo que hacía por los pobres y le ayudaba a socorrer Lorena, a los niños expósitos. En un impulso de generosidad, hasta puso en sus manos 18.000 libras en joyas.

Pero su gusto por la comedia y sus relaciones con Buckingham y Mazarino, limitaron considerablemente la influencia del Señor Vicente. Tuvo en política la mitad del éxito; su verdadera misión estaba en otra parte.

BALANCE Y RETRATO

Según su sueño y su plegaria, no se acostó. Murió con todas sus facultades, «con las armas en la mano».

Desde aquel día de 1617 en que había tomado partido por lo pobres, o sea, desde hacía 43 años, había luchado contra el pecado, la miseria, la fatiga y la enfermedad. Esta, en julio de 1660 le ató a su cuarto. Luchó y trabajó aún. Cuando cesaba el dolor el sueño le aplanaba. Llega el hermano, decía, a esperar a la hermana. La muerte le iluminó literalmente. «Al expirar —nos dice un testigo— entregó en manos de Nuestro Señor su hermosa alma y permaneció sentado, como estaba, bello, más majestuoso venerable que nunca».

Era el 27 de septiembre de 1660, a la hora de la oración. Subía la aurora suavemente.

En el gran vacío que dejaba, se apareció a los suyos de cuerpo entero, en su rica y desconcertante complejidad. En lo físico no era más que un campesino de poca talla —1,62 m.—, pero amasada con cal y arena. Había trabajado como un gigante. Se pudo incluso aderezar sumariamente una cuenta de sus servicios.

Entre 1628 y 1660, habían hecho los Ejercicios de 13 a 14.00 ordenandos. Sólo la casa de San Lázaro había dado cerca de un millar de misiones. San Lázaro y Bons-Enfants habían albergado 20.000 ejercitantes. Cerca de 10.000 niños habían sido arrancados a una muerte segura. Centenares de millares de pobres habían sido socorridos.

El balance moral escapaba a las cifras. Uno comenzaba solamente a hacerse una idea. Había introducido una nueva forma de vida religiosa. Había sido uno de los más hábiles y puede que el mejor reformador del clero. Su acción se había extendido a los religiosos, a los que había alentado, y al Episcopado, al que había depurado. Más que ningún otro, había devuelto el buen gusto a la predicación, un poco de sencillez, en una palabra, el tono y el sentido del Evangelio.

Y aun cuando todas sus obras llegaran a desaparecer, si todas sus conquistas se hubiesen perdido, quedaría él, el Señor Vicente, una fuente inagotable de riqueza y de fuerza. Gracias él, durante algunos años, la invisible amistad de Dios había andado visiblemente trabada a través de los corazones y los cuerpos de los hombres.

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