SAN VICENTE DE PAÚL y BERULLE (VI)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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PARTE TERCERA: APLICACIÓN EN LA ACTUALIDAD Los ACONTECIMIENTOS Y SU EXPERIENCIA

«Tal es mi fe y tal es también mi experiencia», escribía el santo a los 62 años (II, 237). Y ésta es también la primera aplicación que podemos sacar la Familia Vicenciana, si queremos que san Vicente de Paúl siga presente en la actualidad: convertir la expe­riencia de la vida en caudal y motor de espiritualidad. Bérulle trabajaba intelectualmente bajo el lema Dios está en todas partes, a san Vicente la experiencia le convenció de que Dios está aquí, en cada pobre. Para comprender a Vicente de Paúl no basta saber lo que aprendió de Bérulle, es obligatorio conocer cómo aplicaba la doctrina a los sucesos de la vida para interpretarlos, pues cada acontecimiento de la vida es un signo de la voluntad de Dios y se convierte en un signo determinante cuando los suce­sos se refieren a los pobres. Descubrió que todo lo que sucede en la vida repercute en los pobres y El Espíritu divino nos pide una respuesta a favor de ellos. Esta es su experiencia y su fe, y esto es lo suyo propio, lo que le hizo ser siempre él mismo.

Y si la doctrina que asumía de aquellos espirituales, la aplica­ba a la formación de sus colaboradores, hay que afirmar que más que una formación es una reforma. La formación encierra el peli­gro de ser considerada de una manera intelectual, la reforma es una aplicación práctica al problema de la pobreza. Así, su expe­riencia aplica la concepción beruliana de la Trinidad a la igual­dad de los hombres, y todos, aun los pobres, son imagen de la Trinidad que habita también en ellos. Por eso, toda la vida mate­rial y espiritual debe estar dirigida a Dios Trino. El bautismo a todos hace hijos de Dios. San Vicente asume la idea de Bérulle de que “El Verbo ha asumido personalmente en él no sólo la naturaleza humana, sino toda la naturaleza humana” en el pudiente y en el necesitado y admite que la naturaleza humana está debilitada, que es la nada en todos, ricos y pobres, y todos deben anonadarse, aún los poderosos; y concluye que las dife­rencias económicas ni vienen de Dios ni de la naturaleza, sino del egoísmo, la avaricia y las injusticias de los poderosos. Dios en la tierra es Jesucristo, que se pone como modelo de la res­puesta que debemos dar al Espíritu Santo en bien de los pobres de los sucesos de la vida: «Si se pregunta a nuestro Señor ¿qué has venido a hacer en la tierra? (Responderá) Asistir a los pobres. ¿Qué otra cosa? Asistir a los pobres» (XI, 34).

La doctrina de aquellos espirituales la aplica, desde la Noche mística, a la experiencia que vivía desde niño de la exclusión de los pobres: los pobres no interesan a las autoridades civiles que se ven impotentes, negligentes o impedidos por las normas sociales; tampoco a los poderes económicos, porque ni producen ni pagan impuestos. Las personas particulares dan limosnas, pero eso no sirve, y saca la conclusión, primero, de unir las fuer­zas privadas de todos los creyentes particulares para salvar a los pobres. Se ve claro en las ayudas a los desplazados por la gue­rra. Segundo, su experiencia le indica que hay una fuerza huma­na inutilizada: la fuerza femenina, en especial la mujer consagra­da. San Vicente la organiza y la envía a los pobres. Tercero, comprende que la unión de los grupos la realiza el espíritu que los anima, ya que ayudar a los pobres es una obligación de todos los cristianos y seres humanos, y que lo esencial de la identidad vicenciana es el espíritu, revestirse del espíritu de Jesucristo, que sacó de Bérulle.

Es decir, fue un hombre creativo y audaz. A lo largo de los siglos se ha exaltado la prudencia del señor Vicente, que aguar­da se manifieste la voluntad de Dios, y se la ha retratado en aque­lla frase que tomó de la tercera parte de la Regla de Perfección de Benito de Canfield y que escribió a santa Luisa: «¡Qué gran­des tesoros hay ocultos en la divina Providencia y cómo honran maravillosamente a Nuestro Señor los que la siguen y no se ade­lantan a ella!» (I, 131, 132). Pero la prudencia no es miedo ni comodidad ni indecisión ni cobardía; prudencia para san Vicen­te es confiar en Dios, es ver las cosas como son en Dios y no como a nosotros nos parecen; pues si hacemos sus cosas, Él hará las nuestras (VII, 331; XI, 436).

La actualidad nos pide a los vicencianos que seamos audaces y creativos. Si san Vicente agrietó los poderes constituidos, agru­pando a las personas privadas y dando fuerza social a las muje­res, hoy debemos intentar agrietar los poderes económicos de las multinacionales que dan más importancia a las ganancias que a la solidaridad, del capitalismo que antepone el dinero al trabajo o de la globalización, en cuanto exige liberar la movilidad de los recursos financieros y comerciales hacia cualquier país, pero no de los trabajadores. Se puede tachar de utopía irrealizable. Y la obra de san Vicente ¿no lo fue? Se ha dicho que la sociedad nueva que nació en 1789 con la Revolución francesa, fue posible porque siglo y medio antes había existido san Vicente de Paúl. Él dirigió unas decenas de miles de personas, hoy sus sucesores somos alrededor de un millón. ¿Por qué en la lucha contra la pobreza no agruparnos en una sola fuerza? San Vicente tuvo la suerte de ser superior efectivo de paúles, hijas de la caridad y de las Damas con poderes y fines comunes. Hoy esto sería impo­sible, pero ¿les sería posible a las Asambleas?

Acaso debiéramos plantearlo en nuestras Asambleas con inventiva y sin miedo, como se presentaron objetivos renovados en la primera que se celebró, entusiasta y dinámica, una vez ter­minado el Concilio. ¡Que las Asambleas no sean una repetición continua de lo mismo, cambiando algunas palabras! ¡Hay que reformar los horizontes y las fuerzas, hay que lograr una Familia Vicenciana unida! San Vicente nos dio los mismos fines y un mismo Espíritu para colaborar unidos. Y la Familia Vicenciana no puede responder al Espíritu Santo según las directrices de san Ignacio o santa Teresa de Calcuta, sino teniendo en cuenta la experiencia de nuestros fundadores. La sociedad nos urge adqui­rirlo y reformarlo como identidad distintiva en un mundo nuevo y en una época diferente de acuerdo con algunas preguntas: ¿Qué dice la gente de nosotros? ¿Cómo quieren que vivamos? ¿Qué respuesta damos a las necesidades de los pobres?

LA VIDA INTERIOR

La segunda aplicación nos la dice él mismo: «No se le cree a un hombre porque sea muy sabio, sino porque lo juzgamos bueno y lo apreciamos» (I, 320). Es la reforma más inexorable que se nos exige a sus colaboradores. La experiencia le hizo dar un giro a la espiritualidad. El amor no es resultado de la fe, sino la fe, fruto del amor. Para creer a una persona, por muy sabia que sea, hay que amarla y, si no se la ama, no se la cree ni se confía en ella. Pero sólo se ama a las personas buenas. De ahí la insistencia en que las Hijas de la Caridad fueran buenas; de ahí la frase que les dijo: «Estáis destinadas a representar la bondad de Dios entre los pobres enfermos» (IX, 915). Y esta bondad sólo se adquiere en la oración, en contacto con el único santo, pues en realidad la verdadera ora­ción es sentir la presencia del Espíritu Santo en nuestro interior.

Cuando en 1609, buscando la santidad, Vicente de Paúl toma por director a Bérulle, éste le inicia y le inculca la oración. En unos cinco años, Vicente entra en la contemplación mística a tra­vés de una Noche, y de aquí en adelante la oración será su ali­mento incuestionable, hasta exclamar: «Dadme un hombre de oración y será capaz de todo; podrá decir con el santo apóstol: «Puedo todas las cosas en Aquél que me sostiene y me confor­ta». La Congregación de la Misión durará mientras se practique en ella fielmente el ejercicio de la oración» (XI, 778).

Nos hemos preocupado constantemente de la inculturación —y es necesaria— pero hemos ignorado lo que pide y necesita la gente de hoy día. La gente —y la juventud más— en el fondo lo que busca es a Dios, porque lo demás lo encuentra en la socie­dad y no nos necesita para encontrarlo. La libertad, los goces, lo tienen a su alcance, lo que busca en nosotros es a Dios, es la vida de oración. Acaso no vienen vocaciones, porque queremos dar­les lo que ya encuentra en la calle o en cualquier ONG, y ellas, ellos nos piden que les demos a Dios, que les enseñemos a orar, que les enseñemos a decidir la respuesta que deben dar a la acción del Espíritu Santo en su interior para seguir a Jesús evangelizador y servidor de los pobres, (espiritualidad vicenciana). Antes las Hijas de la Caridad (aun admitiendo los cambios sociales tan profundos) tenían vocaciones, porque las jóvenes veían que el servicio a los pobres lo hacían unas mujeres de Dios que les daban a Dios, y en el servicio encontraban a Dios al igual que en la oración, pero ahora que el servicio lo hacen creyentes e increyentes por igual, quieren encontrar a Dios también en la oración. Piden doctrina y cursillos, sí, pero sobre todo piden encuentros de oración. De igual modo los misioneros Paules eran sacerdotes que les ofrecían la salvación divina y no sólo la humana, el encuentro con Dios en el interior personal, además del encuentro en el grupo, el acompañamiento individual y no sólo la animación del grupo, la moral, pero como fruto de la ora­ción. No olvidemos que san Vicente —que habló tanto de la oración como del servicio— decía en una conferencia algo que guardaba desde hacía tiempo en el cofre de su experiencia: «Buscad, bus­cad, esto dice, preocupación, esto dice acción. Buscad a Dios en vosotros, ya que san Agustín confiesa que, mientras lo andaba buscando fuera de él, no pudo encontrarlo; buscadlo en vuestra alma, como en su morada predilecta; es en el fondo donde sus servidores, que procuran practicar todas las virtudes, las estable­cen. Se necesita la vida interior, hay que procurarla; si falta, falta todo» (XI, 429).

Otra aplicación actual es el acompañamiento, pero desarro­llarlo alargaría mucho esta conferencia.

Benito Martínez. CEME 2008

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