SAN VICENTE DE PAÚL y BERULLE (IV)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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LA ESPIRITUALIDAD DEL EQUIPO

Y no es discípulo de nadie porque la infancia de aquellos espirituales y santos se había desarrollado en palacios, mientras que la de san Vicente estuvo rodeada de pobres campesinos. «Os hablaré —decía a las Hermanas— con mayor gusto todavía de las virtudes de las buenas aldeanas a causa del conocimiento que de ellas tengo por experiencia y por nacimiento, ya que soy hijo de un pobre labrador, y he vivido en el campo hasta la edad de quince años» (IX, 92). La compasión hacia los pobres nació en su corazón tan pronto como comenzó a mirar a las personas. Ni en Folleville ni en Chátillon descubrió a los pobres. Ya los había descubierto muchos años antes, los había visto y sentido desde niño y siendo esclavo en Túnez; y desde la Noche pasiva de fe, al menos, había descubierto la obligación personal que tenía él de ayudarlos. Hay datos que lo atestiguan. Sin aprobar la santi­dad que le atribuye Abelly desde niño, sí acepto los hechos que nos narra: que compadecido de los pobres dio a un indigente una buena suma de dinero y a otros, puñados de harina». No se sabe si visitó a los peregrinos enfermos del priorato de Pouémartet en el camino de Santiago, a seis kilómetros de su casa, donde era prior un tal Esteban de Paúl, pero es cierto que los visitó en Roma en 1607. Él mismo se refiere al Hospital de la Caridad de los camilos en el reglamento de la Caridad de Chátillon; las fra­ses sirvientas de los pobres enfermos y nuestros amos y señores, que emplea por primera vez en ese reglamento, parecen tomadas del Reglamento de san Camilo de Lellis, así como el voto de estabilidad o servicio en los paúles e Hijas de la Caridad. En 1611, siendo capellán de la Reina Margarita, se hace notar por su piedad hacia los enfermos del Hospital de la Caridad que los Hermanos de San Juan de Dios han fundado en París, y le hacen intermediario para entregar a dicho hospital 15.000 libras; en 1613, estando con los Gondi, sigue visitando a esos pobres enfermos, extendiendo luego su acción a los pobres de los pue­blos de los Gondi y, años después, a todos los pobres. Se ha dis­cutido mucho sobre la verdad de su esclavitud en Túnez. Yo, que la considero cierta, pienso que allí empezó a sentir que ayudar a los pobres era una obligación personal. Por eso veo normal que salga de la Noche mística, al prometer dedicarse a los pobres toda su vida. ¿Por qué esta promesa? Está claro: los pobres a los que ya conocía estaban desde hacía muchos años, acentuados desde su cautividad, dentro de sus entrañas compasivas. En la Noche de purificación pasiva se convenció definitivamente en la obligación personal que tenía de socorrerlos. Y toda influencia espiritual que encuentra en Bérulle, instintivamente la va acomo­dando al servicio de los pobres que hacen de filtro. Bérulle com­pone una espiritualidad intelectual que san Vicente va convir­tiendo en una vida de amor y compasión al estilo de Jesucristo (XI, 411, 554).

Poco después, en Chátillon y por las tierras de los Gondi, san Vicente descubrirá que toda obra de caridad para que perdure y sea eficaz no puede ser individual, sino realizada y organizada en equipo. Nunca ya trabajará solo, sino rodeado de buenos colabo­radores, sacerdotes, consagrados y laicos: Caridades, misione­ros, Hijas de la Caridad, que le van a absorber de tal manera que hacia ellos dirigirá todas sus energías. En Chátillon nace el gran organizador de asociaciones que, iguales o parecidas, había visto en Roma. Estas asociaciones, cofradías o instituciones se con­vierten en líneas de acción u objetivos inmediatos. Lo más urgen­te será preparar y formar a sus miembros, acomodando para ellos toda la teología y la espiritualidad que recuerde de Bérulle, Duval, Canfield, el P. Rodríguez, san Francisco de Sales, Saint Cyran, los Ejercicios de san Ignacio de Loyola, santa Teresa, y otros espirituales. Todo lo aprendido o escuchado queda deposi­tado en su interior, y cuando hable a sus colaboradores irá toman­do frases, comparaciones, recuerdos de esos espirituales y teólo­gos, adaptándolos a su edificio espiritual y pastoral. Eso sí, es una formación en función de los pobres. Claramente se lo expone a los misioneros en la conferencia «sobre las máximas del evange­lio», buscad primero el reino de Dios dentro de uno mismo para anunciárselo después a los pobres, pues si falta la vida interior, falta todo. El misionero, si tiene verdadera vida interior, nada debe temer ya que la Providencia de Dios vela sobre él.

Benito Martínez. CEME 2008

 

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