San Vicente de Paúl, un perfecto realizador de la voluntad de Dios (VI)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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III. BREVE APUNTE PARA EL HOY: APLICACIÓN DE LA VIVENCIA DE SAN VICENTE

El conocer y comprender la importancia que para san Vicen­te tuvo la realización de la voluntad de Dios es bueno para admi­rar la talla moral de nuestro fundador, pero no es suficiente para nuestra condición de cristianos y vicencianos. Hoy, como enton­ces y como siempre, es esencial para el seguidor de Jesucristo ponerse en sintonía con el querer de Dios y esforzarse por realizarlo. Ahí sigue estando la clave de la perfección cristiana, por lo que ahí ha de estar nuestro empeño.

A decir de Josep Mª Rambla en un excelente artículo de la Revista «Sal Terrae», la historia personal de cada uno está radi­calmente marcada por la iniciativa de Dios, iniciativa que es siempre una manifestación de su amor; por lo que la búsqueda y la realización de esa voluntad han de llevar siempre el sello de la confianza: estamos ante un Padre o una Madre que «ha creado nuestras entrañas y nos ha tejido en el seno materno». Podemos, por eso, afirmar que «buscar la voluntad de Dios es, de algún modo, buscarnos a nosotros mismos; es decir, lo más profundo y auténtico de nosotros, fruto de la iniciativa creadora y amorosa del Señor». Tres facetas se pueden distinguir, según el P. Ram­bla, en este itinerario de descubrimiento de lo más auténtico de nosotros mismos, donde se desvela a la vez la acción del Espíri­tu que actúa en nuestra vida. Son tres facetas, además, que sin estar así formuladas en la doctrina de san Vicente, fueron cierta­mente experiencia suya.

  1. a) DEJARSE DESBORDAR

Porque Dios es Dios y ha de ser amado «con todo el corazón, con toda la mente y con todas las fuerzas», la actitud primera para conocer su voluntad es la de abrir un boquete en nuestro interior y dejar que él lo inunde y desborde: que sea Él la medi­da de cada uno y no a la inversa. Se trata, si nos damos cuenta, más de un asunto de relación personal que de reflexión racional; y esto lo veíamos ya cuando nos percatábamos que Jesús es la encarnación de la voluntad de Dios, por lo que ésta se refleja en su persona, y no en un código escrito. En Jesús se revela la voluntad de Dios como una voluntad de amor, de salvación, de vida; por lo que hemos de orientar nuestra búsqueda en la línea de responder a ese amor, no de someternos a una idea abstracta.

En este contexto, quien busca la voluntad de Dios siempre se encuentra con el Padre, que ha manifestado su querer en Jesu­cristo y ha revelado en su corazón el misterio de su ser. Un cora­zón que, en la Cruz, queda abierto y expuesto, de manera que nos llena de confianza y nos abre a la esperanza.

Esto supuesto, vemos que la voluntad de Dios es abierta, no algo definitivamente escrito en una ley fija e inmutable. Como en nuestras relaciones humanas, también en este caso tratamos de distinguir en nuestra relación con Dios «lo bueno, lo agrada­ble, lo perfecto». Por eso, introducirse en la exploración de la voluntad de Dios resulta algo objetivo y subjetivo a la vez. Es algo objetivo porque ha de regirse por el parecer de Dios, que es distinto al del ser humano. Y es subjetivo, porque comporta cre­atividad, ya que es en la gama inmensa de situaciones continua­mente cambiantes donde hemos de intentar descubrir la opción que mejor se ajusta a aquello que agrada a Dios.

Esta tarea de identificar lo que Dios quiere en una situación determinada conlleva un estilo propio, porque no es empeño solamente intelectual, sino vivencial. Para san Pablo, estaríamos ante un esfuerzo de transformación personal que posibilita la sintonía más perfecta posible de cada creyente con el Señor. Dos actitudes hará falta cultivar en esta tarea: la disposición para asumir riesgos (porque hay que aceptar la salida de nuestras seguri­dades y quedarse a la intemperie) y la confianza (porque se sabe uno conducido por Dios).

  1. b) HUMANIZARSE

La experiencia de Dios y su voluntad no es tan sólo una rea­lidad transcendente. Ese Dios en el que creemos se ha encarna­do en Jesús de Nazaret y en él nos ha mostrado su voluntad. Acercarse a Jesucristo, identificarse con Él, es parte del proceso de búsqueda del querer de Dios y de su proyecto de humanidad.

Desde la encarnación de Jesucristo, la realidad creada ha sido asumida por Dios y se ha convertido en presencia de su misterio. A partir de aquel hecho, sólo tiene garantías de acercarse al conocimiento de lo que Dios quiere quien se sumerge responsa­blemente en la vida humana (con sus componentes personales, sociales y naturales) y sabe captar ahí la presencia del Señor y su deseo.

Es, sin embargo, un sumergirse y un conocimiento que han de pasar por la persona de Jesucristo. Si es en Él en quien se ha manifestado lo que Dios quiere, la mirada al mundo y a la vida y la humanización que de ahí se deriva ha de realizarse a su esti­lo: de acuerdo con sus valoraciones, en conformidad con lo que fue su modo de reaccionar y actuar.

Llegamos así a la necesidad de una espiritualidad cristológica. Espiritualidad propia de san Vicente y de todos los vicencianos. En Jesucristo personalizamos la voluntad de Dios. En Él nos centramos y de Él hacemos el horizonte de nuestra vida. Por eso, como san Vicente, empezamos por amar apasionadamente a Jesucristo y por desear revestirnos de su espíritu, para llegar a ser como Él y humanizamos a su estilo.

  1. c) VIVIR DESDE DENTRO

No basta con esas dos dimensiones de la voluntad de Dios que son claras también es san Vicente: dejarse desbordar por el Dios transcendente y humanizarse según el modelo de Jesucris­to. Todo esto nos lleva a una tercera dimensión: vivir desde den­tro. No en vano cuando el propio san Vicente urgía a buscar el Reino de Dios insistía en que eso implicaba el cultivo de la vida interior, «porque si se falla ahí se falla en todo».

La voluntad de Dios, porque es relacional y existencial, resul­ta siempre personalizadora. Cuando tratamos de buscarla, hemos de prestar atención a nuestro interior, habitado por Dios y donde Él inspira nuestra búsqueda. No se puede dar, en definitiva, esa búsqueda sin interioridad o capacidad para entrar dentro de uno mismo, sin práctica de discernimiento espiritual, sin crecimiento personal; porque la imitación y el seguimiento de Cristo, que son la expresión fundamental del querer de Dios, se configura siem­pre, por la acción del Espíritu, de modo personal y creativo. Y es que no se trata de la repetición mimética de unos comportamien­tos que se hallan ya estereotipados en Él o se muestran consagra­dos en un proyecto ideal de vida cristiana. Se trata de prolongar, de manera libre y siempre nueva (como hizo san Vicente) la vida de Cristo a través de la historia.

«Acuérdese, padre, le escribió Vicente de Paúl a Antonio Portail en memorable cita, de que vivimos en Jesucristo por la muer­te de Jesucristo, y que hemos de morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo, y que nuestra vida tiene que estar oculta en Jesu­cristo y llena de Jesucristo, y que, para morir como Jesucristo, hay que vivir como Jesucristo». Este fue el principio rector de la vida de nuestro Fundador: una vida oculta en Jesucristo, atención a sus centros de interés y vivida desde sus mismas actitudes. Y esto es lo que le capacitó para buscar la voluntad del Padre y realizarla fielmente en su vida.

CONCLUSIÓN

No me resisto a expresar con una imagen la síntesis de lo que en Jesucristo, en san Vicente y en todos los testigos de la fe sig­nifica llevar una vida según la voluntad de Dios. Es una imagen inspirada en un pequeño relato que va punteando el ensayo sobre los sentimientos escrito por José Antonio Marina. La joven María Eugenia está cenando con su tío en un velador de La 11abana mientras una improvisada orquesta interpreta música de Mozart con aires caribeños. Llega un momento en que la joven le dice al señor de Cárdenas: «Ahora entiendo por qué los ingle­ses se aburren tanto, porque tienen mal oído; y vivir, tío, es como bailar». El tío no entiende el comentario y permanece en silen­cio. Pero queda a la vez la sentencia flotando en el aire: «vivir es ramo bailar».

¿Dónde reside el secreto del baile? En adentrarse en la músi­ca, abandonarse a la melodía y dejarse llevar por el ritmo… ¿Y dónde reside el secreto de la vida? En adentrarse en Dios, aban­donarse a su voluntad y dejarse llevar por el Espíritu… Vivir es como bailar.

Santiago Azcárate

CEME  2011

 

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