San Vicente de Paúl, un perfecto realizador de la voluntad de Dios (V)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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— El rechazo del Hospital General

Ante la abundancia de mendigos en París, distintas fuerzas sociales unieron esfuerzos para dar una salida al problema. Un día, hacia 1653, le exponen el proyecto a san Vicente: crear una gran institución en la que serían encerrados los pobres de la capi­tal y donde se les ofrecería alojamiento y comida, además de tra­bajo a quienes pudieran hacerlo. Vicente pide tiempo para refle­xionar y discernir. Consulta a santa Luisa y otras personas, pero no lo ve claro y no se decide. Entre tanto, un edicto real de abril de 1656 decretaba la creación del «Gran Hospital General de los pobres». Los sacerdotes de la Congregación son nombrados capellanes de la nueva institución y se cuenta con las Hijas de la Caridad para el servicio a los pobres. Pero, Vicente reúne a la comunidad y declina el nombramiento. «No estamos aún decidi­dos a comprometernos en estas tareas por no conocer si es voluntad de Dios», escribe en carta de marzo de 1657.

— La pérdida de Orsigny

En 1658, san Vicente sufrió la pérdida económica más impor­tante desde la fundación de la Congregación. Ya en 1644 había aceptado una extensa finca agrícola en Orsigny que venía a ser el granero de la Casa de San Lázaro. A la muerte de los donan­tes, sin embargo, los herederos entablaron proceso por la propie­dad de la finca. San Vicente se siente en la obligación de defender sus derechos y acepta el proceso. En septiembre de 1658 el Parlamento falla el pleito en contra de Vicente de Paúl. Lo admi­rable del caso es la reacción de nuestro santo. La expone en una conferencia a los misioneros en ese mismo mes: «Hermanos míos, también hemos de alegrarnos al ver que se cumple en nos­otros la voluntad de Dios por medio de las humillaciones, las pérdidas y las penas que nos llegan… Creemos que hemos gana­do mucho con esta pérdida; pues Dios nos ha quitado, con esta finca, la satisfacción que teníamos de poseerla y la que había­mos tenido de poder ir allá de vez en cuando… ¿Cuáles son los frutos que hemos de sacar de todo esto? El primero, ofrecer a Dios todo lo que nos queda de bienes y consuelos, tanto corpo­rales como espirituales; ofrecernos a él en general y en particu­lar, con toda sinceridad, para que él disponga absolutamente de nuestras personas y de todo lo que tenemos, según su santísima voluntad.

— La acogida de las enfermedades

Es llamativa la reacción de san Vicente ante enfermedades de misioneros o aun la suya propia. La actitud que manifiesta de acogida de la voluntad de Dios resulta hoy extraña. Cuenta Abelly que en una ocasión, «uno de los principales sacerdotes de la Congregación, y uno de los más útiles, estaba muy enfermo y en peligro de muerte. Y la señorita Le Gras, Superiora de las Hijas de la Caridad, se hallaba muy afligida por eso mismo. El señor Vicente le escribió en estos términos: ‘Hay que reaccionar contra lo que nos desagrada y romper el corazón o ablandarlo para disponerlo a todo. Parece como si Nuestro Señor quisiera tomar su parte en la pequeña Compañía. Ella es totalmente suya, según espero, y tiene derecho a utilizarla como mejor le parezca. En cuanto a mí, mi mayor deseo es no desear más que el cumplimiento de su santa voluntad. No puedo expresarle hasta qué punto va adelante nuestro enfermo en esta práctica; por eso mismo, parece como si nuestro Señor quisiera colocarlo en un lugar donde pueda vivir más felizmente durante toda la eternidad. ¡Oh! ¡Quién nos diera la sumisión de nuestros senti­mientos y de nuestra razón a esa adorable voluntad!». Pero es que el mismo Abelly añade un poco más adelante que san Vicen­te no se contentaba con exhortar a los demás a esta virtud, sino que él mismo estaba fuertemente adherido a la voluntad de Dios: «El primer ejemplo, dice el biógrafo, es el de su indiferencia en cuanto a su persona en las enfermedades, y particularmente en la última, de la que murió. Este santo varón, al acercársele el término de su vida, se daba cuenta clara, y hasta lo decía, que se iba poco a poco, pero con una indiferencia tan perfecta que vivir o morir, sufrir o estar bien, le parecía la misma cosa… no mirando otra cosa, en lo que le sucedía o que le podía suceder, que el cumplimiento de la voluntad de Dios…»

Muchos más ejemplos se pueden encontrar en la vida de san Vicente que manifiestan esa santa indiferencia ante las cosas, esa leal conformidad suya con el querer de Dios. Al fin y al cabo, partía siempre en su vivencia espiritual de la mirada a Jesucristo y de la imitación de sus virtudes. Y si había descubierto en el Señor que el cumplimiento de la voluntad del Padre había sido la razón de su Encarnación y el principio rector de su vida, es lógico que san Vicente haga de una lectura providencialista de la realidad y de una sincera sumisión a la voluntad de Dios norma de su pensar y de su proceder.

Santiago Azcárate

CEME  2011

 

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