San Vicente de Paúl, un hombre de oración (IV)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: .
Tiempo de lectura estimado:

Al salir de esta crisis, Vicente ya no es el mismo, y Dios ya no es para él el «Todopoderoso al que hay que pedir en la ora­ción el logro de sus deseos y ambiciones. El Dios que a partir de ahora encuentra Vicente es una Persona y Jesucristo es el Salva­dor que nos libera de la esclavitud del yo». En adelante Cristo está en el cen­tro de su vida y hubiera podido decir con san Pablo: «Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí», San Vicente decía al P. Antonio Portail: «Recuerde señor, que vivimos en Jesucristo, por la muerte de Jesucristo, y que hemos de morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo, y que nuestra vida tiene estar oculta en Jesucristo y llena en Jesucristo y que para morir como Jesucristo hay que vivir como Jesucristo».

Progresivamente y cada vez mejor, Vicente se esforzará en participar en otra vida, a «entrar en el espíritu de Jesús que es camino, verdad y vida». Animado por esta convicción dirá un día a uno de sus cohermanos, Antonio Durand a quien confía el Seminario de Agde: «Ni la filosofía, ni la teología, ni los discur­sos logran nada en las almas; es preciso que Jesucristo trabaje con nosotros, o nosotros con Él; que obremos con Él, y Él con nosotros; que hablemos como Él y con su espíritu, lo mismo que él estaba en su Padre y predicaba la doctrina que le había ense­ñado… Por consiguiente, padre, debe vaciarse de sí mismo para revestirse de Jesucristo».

«Vaciarse de sí mismo para revestirse de Jesucristo». Esto para Vicente nunca ha significado establecer una relación inti­mista con Cristo. Para él, Dios, que se encarnó en Jesucristo, entró en nuestro mundo y nunca salió de él. Sería ilusión por lo tanto querer, para encontrarlo, salir de este mundo del que Él hizo su morada y de nuestro cuerpo del que hizo su templo. Puesto que gracias a la Encarnación contemplamos en el mundo el amor de Dios, lo que contemplamos es el don del amor de Cristo con quien estamos invitados a colaborar. Por eso, no puede haber oposición entre la oración y la acción, puesto que es el mismo Dios el que encontramos en la oración y con el que colaboramos en la acción. La oración y la acción lejos de opo­nerse, por el contrario, se remiten la una a la otra como dos ver­tientes de una misma realidad. «Así pues, mis queridas herma­nas, es preciso que vosotras y yo tomemos la resolución de no dejar de hacer oración todos los días» decía san Vicente a las hijas de la caridad. Digo todos los días, hijas mías; pero, si pudiera ser, diría más: no la dejemos nunca y no dejemos pasar un minuto de tiempo sin estar en oración, esto es, sin tener nues­tro espíritu elevado a Dios; porque, propiamente hablando, la oración es, como hemos dicho, una elevación del espíritu a Dios. ¡Pero la oración me impide hacer esta medicina y llevarla, ve a aquel enfermo, a aquella dama! ¡No importa, hijas mías! Vuestra alma no dejará nunca de estar en la presencia de Dios y estará siempre lanzando algún suspiro.

Todos conocemos los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola; precisamente tienen como objetivo conducir a encontrar a Dios, a encontrarlo efectivamente y a compro­meternos con Él, no fuera de todo sino en todas las cosas. Este proceder de los Ejercicios puede inspirar a toda persona que busca a Dios, cualquiera que sea su estado de vida particular. No hay competición ni oposición entre la acción y la contemplación. Se trata de dos niveles diferentes, el del ser y el del actuar. Ser contemplativo no es una acción sino un estado, una cualidad per­manente de ser. San Ignacio sugiere que seamos contemplativos siempre, es decir, siempre unidos a Dios y en su presencia, no sólo en la actividad de la oración, durante los tiempos fuertes que consagramos a ella (no podemos estar continuamente en acto de oración), sino en todas nuestras actividades, en nuestro tra­bajo, nuestro descanso, nuestros encuentros, etc. Relativiza, por lo tanto, «el aspecto material del tiempo pasado en la oración para poner el acento sobre la disponibilidad del corazón». Se trata en efecto, de esa «disposición habitual del corazón, del espíritu, de la voluntad, de escuchar la voz del Maestro interior».

Henrique Nouwen decía un día que para él «orar no significa pensar en Dios más que en otra cosa, o pasar tiempo con Dios en lugar de pasarlo con la gente. Orar significa más bien pensar y vivir en la presencia de Dios. Si yo estoy convencido y podemos comprobarlo en san Vicente, la oración no nos enseña solamente lo que tenemos que decir o hacer, sino que nos transforma en nuestro mismo ser; nos sitúa cada vez más en la realidad de lo que somos, seres en relación con Dios, una relación de amor que ilumina nuestra vida y le da testimonio. «Aunque no digáis ni una sola palabra, si estáis muy llenos de Dios, tocaréis los corazones sólo con vuestra presencia». «La oración es tan excelente que nunca la haréis demasiado; y cuanto más la hagáis, más la querréis hacer, si de veras buscáis a Dios», decía san Vicente.

Finalmente, al terminar mi exposición y puesto que se me ha pedido hablar «no de la doctrina, sino de la experiencia espiritual de san Vicente», les propongo algunos medios que les podrán servir y ayudar para discernir ustedes mismos, cómo san Vicente pasó de la vida espiritual a la experiencia espiritual, pero me parece importante definir antes lo que es la experiencia, de la misma manera que hice al principio respecto a la oración, así, digámoslo en seguida, lo que nosotros llamamos experiencia supone cuatro componentes principales. Se trata de una vivencia concientizada, repetida, real y verificada.

Una vivencia concientizada. Lo que caracteriza la experiencia, en primer lugar, es su carácter reflexionado. La experiencia es una vivencia concientizada. Así, la vivencia pura, incluso la espiritual, si no se es consciente, se pierde en el pasado y no puede servir para el crecimiento. Sin toma de conciencia no podemos hablar de lo que hemos vivido, ni comunicarlo a los demás. Dios está siempre presente en nuestra vida, pero corno Jacob, muchas veces no lo sabemos. Con frecuencia, como sucedió a los discípulos de Emaús, es el extranjero que no reconocemos. La experiencia espiritual consiste justamente, en hacer la anámnesis espiritual, la relectura de lo vivido. Se trata de hacer emerger del inconsciente, la toma de conciencia de la realidad y de la presencia activa de Dios en nuestra vida concreta. Si a veces tenemos la impresión de no avanzar en nuestra vida espiritual, es quizás porque vivimos lo cotidiano de manera repetitiva, sin tomar distancia y sin profundizar. Toma de distancia y profundidad que puede darnos la relectura. Para buscar y encontrar a Dios esperamos algo excepcional… ahora bien, es aquí y ahora donde Dios nos espera, está presente en nuestras vidas con una presencia y humilde y discreta que tenemos que apren­der a reconocer en los acontecimientos y en los encuentros más cotidianos.

Una vivencia repetida. Otro aspecto importante de la experiencia es la duración. Por ejemplo hablar de una persona de experiencia es hablar de alguien que ha frecuentado durante mucho tiempo una realidad, que ha desarrollado una familiari­dad con ella, que la conoce por haberla explorado, con tiempo, bajo todos sus ángulos. La experiencia es el resultado de un con­tacto frecuente, repetido, durable, con un sector de la actividad humana, que hace que se la conozca. Hablar de experiencia espiritual connota este mismo aspecto de duración.

Una vivencia, no una teoría. En el dominio de la ciencia, la experiencia se opone al conocimiento teórico, a las ideologí­as, al conocimiento ordinario, espontáneo, no verificado. En el plano religioso se distinguirá la Teología (conocimiento especu­lativo, teórico de Dios) y la espiritualidad (conocimiento experi­mental de Dios). Además, hay una gran diferencia entre hablar de Dios, disertar sobre su existencia, oír hablar de Él y hablar y entrar efectivamente en comunicación con Él. La experiencia espiritual es pasar de lo nocional a lo real, del oír decir al encuentro efectivo y a la presencia. La experiencia espiritual designa por lo tanto algo distinto a una adhesión a una doctrina tradicional, a una ideología o a un sistema de pensamiento que se presenta con autoridad.

Una vivencia verificada. La experiencia es una vivencia concientizada, sometida a la duración, una vivencia real, no una teoría, una vivencia cuya realidad soy capaz de verificar. Si se quiere hacer la etimología de la palabra «experiencia,» en latín «experientia,» encontramos en ella: ex, peri, y entia:

Ex: marca un movimiento de salida, una toma de distan­cia entre yo, mi subjetividad y una realidad objetiva. Esto indica que lo vivido ha sido vivido: está terminado, yo he salido de ella. Esta salida, esta distancia, implica una capacidad de acoger realidades diferentes, nuevas, poner me en tela de juicio, dejarme interpelar, dejarme cambiar por mi encuentro con la realidad objetiva, esto es lo opuesto a un movimiento ideológico en el que se quiere forzar la realidad e imponer ideas recibidas, ideas hechas. Peri: significa un trabajo de verificación. He rodeado una realidad de la que he tomado distancia. La he considerado bajo sus múltiples aspectos y bajo ángulos variados. Para captar bien la realidad, este trabajo supone duración, repeticiones. Mi percepción ha sido vivida y ha sido comprobada, verificada. Esta operación se opone a la espontaneidad, a la estrechez y al exclusivismo del niño, que justamente no tiene experiencia.

Entia: significa que he tomado distancia frente a mi vivencia (ex), la he rodeado, (peri), puedo responder de ello: es real (entia), es verdad. La experiencia coincide con la realidad, busca, a diferencia del conocimiento teórico o libresco, contactar las cosas en su verdad concreta, vital y existencial.

Al final de esta exposición y para no ser demasiado largo les propongo que tomen ustedes mismos (durante esta semana, o un el curso de un retiro de mes), las cuatro componentes que acabo de exponerles y que nos hacen decir que lo vivido se hace experiencia.

Después, les propongo que relean la vida de san Vicente, y traten de localizar los acontecimientos esenciales que le marca ron y la relectura que hizo de ellos, sea con las Hijas de la Caridad o con los Misioneros o en su correspondencia. Como acontecimientos importantes se pueden citar por ejemplo lo sucedido en Gannes —Folleville y Chátillon, lo que ocurrió en MontmiraiI y Marchais, o el encuentro con Margarita Naseau, etc…

Después sería interesante localizar, en sus propias vidas, los acontecimientos sobresalientes, los «acontecimientos fundado­’ es» haciendo con ellos una «relectura vicenciana» y para terminar, traten de hacer una oración al «estilo de san Vicente». Si aceptan hacer este pequeño ejercicio no se arrepentirán de ello, estoy seguro. Además, sería una manera muy interesante de sacar de las bibliotecas más o menos polvorientas, la palabra de san Vicente para hacer de ella una palabra viva que podría ayudarles a buscar a Dios, a encontrarle y a comprometerse con Él, no fuera de todo, sino en todas las cosas, como Él supo hacerlo.

Al decir esto, de ninguna manera quisiera invitarles a confor­marse a un modelo, a imitar a san Vicente. El mimetismo en la vida espiritual es estéril y desastroso. Pero los que nos han precedido y los que nos acompañan pueden inspirarnos y guiarnos trasmitiéndonos la sabiduría que ellos adquirieron a lo largo de tu vida espiritual. Pueden darnos el gusto de repartir, de compro­meternos seriamente en el camino de la vida espiritual para bus­car y encontrar a Dios en todas las cosas.

La oración, digámoslo una vez más, es un encuentro íntimo y vital con el Dios vivo, un Dios inconfortable que nos dice como ti Moisés: «He visto la miseria de mi pueblo… Ahora vete, Yo te envío…».

Así es como la contemplación cristiana difiere profundamen­te de la contemplación pagana. Un cristiano no se hace contem­plativo huyendo del mundo para sentir emociones espirituales y éxtasis. El contemplativo cristiano contempla a un Dios encarna­do, un Dios crucificado y salvador. Por lo tanto es imposible ser contemplativo sin ser misionero, imposible amar a Dios sin empezar a parecérsele. Santa Teresita del Niño Jesús ¿no fue ele-rufa patrona de las Misiones por esta razón?

Alain Pérez

CEME 2011

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *